Ayaan Hirsi Ali: Yo acuso. Defensa de la emancipación de las mujeres musulmanas
Barcelona: Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006. 196 páginas.


Un empujón al choque de civilizaciones

Ayaan Hirsi Ali es de origen somalí. Con apenas veinte años, y huyendo de una boda concertada con un primo lejano, llegó a Holanda, donde cursó Ciencias Políticas. Trabajó en el servicio de inmigración y militó en el Partido Socialdemócrata holandés, que pronto abandonaría para ingresar en el Partido Liberal. Por sus abiertos ataques al islam y por su colaboración con Theo Van Gogh en la película Sumisión recibió amenazas de muerte; el propio Van Gogh fue asesinado por un islamista en 2004. En 2003 Hirsi Ali fue elegida diputada el parlamento holandés; pero en 2006 vio amenazada su nacionalidad holandesa al descubrirse que había cometido algunas irregularidades en la solicitud de asilo. El gobierno consideró que merecía conservar la nacionalidad; aun así tomó la decisión de instalarse en Estados Unidos, donde trabaja para el American Enterprise Institute.

Yo acuso es una colección de artículos y breves ensayos publicados entre 2002 y 2006, en los que Hirsi Ali analiza la situación del islam en el mundo actual, y en especial la de las mujeres musulmanas, tanto en los países de mayoría islámica como en Occidente. El libro incluye también el guión de Submission. Part 1 de Theo Van Gogh.

Ayaan Hirsi Ali conoce de cerca la situación de abuso y opresión en que tantas mujeres viven hoy. Aun siendo la hija de un destacado político aperturista de Somalia, recibió una educación represiva que narra en algunos de los textos de Yo acuso. En un libro más reciente, Mi vida, mi libertad (2006), expone con más detalle su biografía.

Las experiencias narradas por Hirsi Ali, tanto las personales como las de otras mujeres, son estremecedoras: desde la mutilación genital en la tierna infancia (cual fue su caso) hasta el dominio total por parte de los varones, pasando por la situación desfavorable de las que, llegando a Occidente, permanecen recluidas en una jaula de sumisión e ignorancia. Estos relatos han provocado una aguda polémica en torno a Hirsi Ali. Personalmente, no veo razones para poner en duda la veracidad de lo narrado. Es más, tengo la impresión de que cree sinceramente en los análisis y las conclusiones que traza. Pero ello no impide que haya que estudiarlos críticamente.

Ayaan concede un gran valor a las ideas y las mentalidades, lo cual resulta interesante y positivo. Su llegada a Europa, y al que es tenido por uno de sus países más abiertos y “progresistas”, como es Holanda, supuso para ella una bocanada de aire fresco tras una vida de cadenas físicas y mentales. Con no poco esfuerzo consiguió liberarse de las ataduras psicológicas inculcadas por las convicciones heredadas. Por eso Ayaan desearía que todas las personas (y especialmente las mujeres) que viven la realidad que ella vivió, pudieran salir de la jaula y respirar libertad. Con su lucha, pretende ayudarlas. Ofrece, por ejemplo, “Diez consejos para musulmanas que quieren huir” (cap. 13); huir de las familias que, en los países de acogida, siguen encadenando a las mujeres mediante la violencia, la amenaza, las bodas concertadas… Son consejos prácticos, que seguramente pueden salvar a más de una mujer.

Aboga abiertamente por la formación de las mujeres, contra los convencionalismos y tradiciones que pretenden mantenerlas en la ignorancia. Relata casos de mujeres musulmanas en Holanda abocadas al fracaso y la tragedia por culpa de su desconocimiento de los aspectos más básicos, no sólo sobre sus derechos como persona, sino también sobre su propia fisiología y sexualidad. Ayaan ha trabajado con ellas, intentando orientarlas (con pocos éxitos concretos, al parecer).


Contra el multiculturalismo

Uno de los objetos predilectos de su crítica es el multiculturalismo que concibe los grupos, y no los individuos, como sujetos de derecho. Ejemplifica y ataca la aberración, defendida por los multiculturalistas, de permitir ciertas prácticas a algunas personas por pertenecer a colectivos determinados, y prohibirlas a otros. Frente a este modelo, Hirsi Ali apuesta por la integración, pero sobre cómo ha de ejercerse ésta sólo aporta ideas generales, sin entrar en pautas concretas. Leyéndola, percibe uno que la autora identifica el problema, pero no es capaz de proponer una línea de acciones que puedan solucionarlo. Quizá es que nos hallemos ante un problema insoluble, o al menos de imposible solución no traumática (ver nuestra reseña de Giovanni Sartori: La sociedad multiétnica).

Criticando la práctica de instituir centros para mujeres musulmanas en los países de acogida, dice Hirsi Ali: «En una amplia capa de la sociedad musulmana sigue vivo el pensamiento de que las mujeres no deben llevar a cabo ningún movimiento de liberación y que las mujeres no deben trabajar fuera de casa. Una crítica clara a esa forma de pensamiento ayudaría más a las mujeres musulmanas que la creación de “centros de actividades” para mujeres» (pp. 135-136). De acuerdo, pero ¿cómo ejercer esa crítica? ¿Hay que esperar a que las musulmanas oprimidas de origen extranjero experimenten a corto plazo la misma evolución mental y vital que ha seguido ella? ¿Hay que fomentar que estas mujeres maldigan a Mahoma, renieguen del Corán y asuman la ética sexual del holandés medio? Bien sabe Ayaan que eso es más que improbable. No deja de tener interés, sin embargo, que señale y describa algunos de los abismos y retos que la convivencia intercultural plantea a nuestras sociedades.

Hirsi Ali afirma que se ha “apartado de Dios” (p. 17), que éste es “una invención” (p. 24) y que, por tanto, es atea (p. 74); cree que «Dios no existe» (p. 83). Aun así, se considera musulmana (pp. 12 y 24). Quizá con ello quiera tener presentes sus raíces y destacar un rasgo de identidad que le permita ayudar a las musulmanas de las que se compadece. Difícil lo tiene, cuando por otro lado su descripción del islam y de los musulmanes se expresa en términos duros, incluso injustos. «He sido musulmana, sé de qué hablo», asegura (p. 76), pero en ocasiones parece que su conocimiento del islam es, cuando menos, fragmentario. Según ella, para los musulmanes «Mahoma es un hombre, pero es el mejor, el ser humano perfecto, igual que un dios» (p. 7); cuesta creer que las ideas de un musulmán piadoso se acerquen a ese concepto idolátrico (al menos en lo de “dios”).

Ayaan asocia, casi hasta identificarlos, islam con terrorismo: «Aun teniendo en cuenta todas las diferencias existentes entre musulmanes, lo cierto es que la doctrina del islam y la manera en que se practica constituyen el sustrato principal del crecimiento del fundamentalismo y, por ende, también del terrorismo» (p. 28). Para Hirsi Ali a todo musulmán varón se le enseña a ser violento: «La primera virtud que el niño varón aprende es la obediencia a los miembros adultos de su familia, amén de atacar, pues el comportamiento agresivo es funcional en esa cultura para evitar la humillación por parte de terceros» (p. 53). Con afirmaciones de este tipo, no sólo ofende a todos los musulmanes pacíficos, sino que cierra las puertas a que los más aperturistas se presten siquiera a escucharla. De ahí que, sin entrar en sus intenciones, al menos haya que poner en duda su estrategia. Sólo en alguna ocasión matiza sus furibundas generalizaciones: «Naturalmente, no todos los varones musulmanes son misóginos o violentos, tengo la suerte de conocer a muchos hombres musulmanes fantásticos que se comportan de manera correcta con sus madres, hermanas o esposas» (p. 132). ¿En qué quedamos, Ayaan?

Hace ataques generalizados al islam y sus creencias, pero sin proporcionar citas literales ni referencias que los justifiquen (p. 29). Critica a los terroristas internacionales autodenominados Eje del Bien ¡por ser blandos con el islam!: «Líderes políticos como Blair y Bush deben evitar declaraciones como que el islam está secuestrado por una minoría terrorista. El islam está secuestrado por sí mismo» (pp. 33-34). «Cinco de los siete Estados que apoyan a los terroristas y que como tal aparecen en el Departamento de Estado estadounidense son países musulmanes, y […] la mayoría de las organizaciones extranjeras de dicha lista son también organizaciones musulmanas» (p. 37). Hirsi Ali concede total credibilidad a este informe, sin siquiera plantearse que pudiera estar sesgado por los intereses geoestratégicos de la superpotencia; claro, como ya ha caracterizado a Bush como casi pro islámico…

Para Hirsi Ali, el mundo islámico es «una comunidad integrada por millones de creyentes» donde «no hay lugar para el conocimiento ni el avance, sino que prima la pobreza, la violencia y el atraso» (p. 178). Ciertamente no hay que desdeñar los factores relacionados con las mentalidades en el análisis comparativo entre sociedades; pero parecería que para Ayaan sólo existen dos mundos (según el planteamiento más burdo de la teoría del choque de civilizaciones): Occidente (en concreto, la representación que de este concepto se ha forjado en sus vivencias holandesas) y el islam. Aquel representa la culminación del bien; éste el absoluto mal. Por eso, leyéndola uno pensaría que en ningún país que no sea musulmán «prima la pobreza, la violencia y el atraso». ¿O quizá es que el islam no es el factor decisivo?

«La identidad islámica (ser humano-imagen del mundo) es la identidad de grupo y en ella ocupa un lugar fundamental el honor y la ignominia o vergüenza. El “honor” se relaciona totalmente con la idea de grupo» (p. 51). De acuerdo, pero este esquema social es común a infinidad de sociedades del denominado Tercer Mundo, tanto islámicas como no islámicas; y lamentablemente aflora incluso en algunos esquemas mentales de los países occidentales.

Hasta tal extremo alcanza su obsesión antiislámica que, cuando comenta el análisis de Bernard Lewis, comienza comparando el devenir de la civilización china con el del mundo islámico («Durante el florecimiento del islam existió una civilización de nivel comparable: la de China»), para, a continuación, olvidarse por completo de China y contrastar islam con Occidente: «En comparación con el mundo cristiano el del islam ha devenido pobre, débil e ignorante» (p. 56). ¿Qué ha pasado con China, querida Ayaan? ¿En qué ha parado? ¿Es que acaso la China actual es equiparable al “mundo cristiano”? ¿O sólo interesaba destacar su esplendor pasado (comparable al islámico) para concluir en la decadencia del mundo musulmán actual? Puesto a comparar, ¿dónde están los derechos humanos de los chinos actuales (sometidos al comunismo tanto como a sus tradiciones)? ¿Qué ocurre con los derechos de las mujeres indias?

En un estupendo (a pesar de todo) artículo, Un genocidio contra las mujeres, Ayaan Hirsi Ali repasa las distintas modalidades de abuso y exterminio de las mujeres. Habla de «los países donde el nacimiento de un varón se considera un regalo y el de una niña una maldición», donde «se recurre al aborto y el infanticidio selectivos para eliminar a las niñas», pero no menciona cuáles son (todos lo sabemos: India y China, entre otros; no los países musulmanes, donde el aborto está prohibido). Habla de la mutilación genital, tan generalizada en África, incluso entre “cristianos”; pero no menciona a estos pueblos. Sólo identifica a un colectivo cultural: «Los islamistas están empeñados en revivir y extender una serie de leyes brutales y retrógradas». Ayaan dice no estar mediatizada por sus experiencias personales, y pretende analizar estos fenómenos objetivamente. Sus sufrimientos pasados y las amenazas a que está sometida hoy son dignos del máximo respeto y consideración; pero que no se engañe (ni nos trate de engañar) diciendo que no padece islamofobia (ver al respecto el artículo Sobre Ayaan Hirsi Ali: ¿la islamofobia es un mito? de Abdennur Prado).


«Mi estrategia es seguir provocando»

Hirsi Ali ataca a la izquierda europea, no sin cierto grado de razón, porque «su crítica se limita a Occidente. Son críticos con Estados Unidos, pero no con el mundo islámico», con Israel pero no con Palestina. Pero no señala que este simplismo bipolar se ve correspondido por otro: el que exalta a Estados Unidos y su política planetaria («sigue siendo el líder del mundo libre», afirma en una entrevista en El País), y demoniza cualquier oposición a la misma, proceda de donde proceda. Y no identifica este peligro porque Hirsi Ali forma parte del mismo.

Si por algo critica al gobierno de Estados Unidos es porque su política exterior distingue entre regímenes musulmanes peligrosos y regímenes amigos, cuando en realidad, según Hirsi Ali, «esos regímenes [todos los musulmanes, se entiende] y la clase religiosa que los mantiene en el poder son copartícipes del fanatismo»; «de ahí la urgencia y la necesidad de que los musulmanes critiquen y revisen su religión desde dentro, pero con ayuda externa» (p. 39). Nuevamente, no precisa en qué consistirían esas ayuditas. ¿Quizá una política más agresiva aún que la de Estados Unidos? ¿Quizá una dialéctica del enfrentamiento al estilo de la que ella practica? Bueno, no parece muy aconsejable, si su principio de acción es el siguiente: «Mi estrategia es seguir provocando hasta que la tormenta amaine» (p. 14). Ayaan es optimista: piensa que las tormentas amainan a base de provocaciones. Cree que incitando al combate, llegará un momento en que los musulmanes se acostumbrarán y se harán “occidentales”.

Algunos de sus análisis geopolíticosresultan, cuanto menos, pintorescos. Considera que Bin Laden, Jomeini y Saddam Hussein son malvados porque los tres se inspiran en la figura de Mahoma. «¿Te parece raro que incluya a Saddam Hussein? Mahoma es su ejemplo. Mahoma es un ejemplo para todos los musulmanes.» Incuestionable silogismo. Y se queda tan tranquila. Resulta que el laicista Saddam, el aliado de Estados Unidos contra el Irán de los ayatolás durante los ochenta, es muy malo por ser… como Jomeini, un fanático musulmán. No digo que ella no se lo crea, pero uno se cuestiona quién es realmente fanático cuando ofrece como garantía de tal afirmación la siguiente sentencia: «He sido musulmana, sé de qué hablo» (p. 76). Como Ayaan ha sido musulmana, sabe distinguir los malos sin más de los malos por culpa del islam. Y Saddam, sin duda, es de estos últimos.

Otras afirmaciones requerirían una meticulosa exégesis: «Paradójicamente, los atentados del 11 de septiembre han supuesto una enorme fascinación, no pretendida, hacia el islam. Esa fascinación –que en parte deriva del instinto de conservación occidental– otorga a los musulmanes que viven en el Occidente la oportunidad de liberarse de su jaula» (p. 111). Pero, una vez más, no nos dice qué pasos han de dar para hacerlo.

En algo quizá acierte: «Bin Laden y sus secuaces han logrado precisamente lo contrario de lo que yo considero. En primer lugar empeorará la situación –y el ataque a Iraq nos dará una idea de cuánto–, pero el 11 de septiembre, toma buena nota de ello, fue el principio del fin del islam» (p. 80). Teniendo en cuenta que para Hirsi Ali islam significa integrismo, su planteamiento coincide con la idea que pocos días después del 11-S publicamos en LaExcepción.com: los «genocidas agresores, presuntamente islamistas, se suicidaban en dos tiempos: primero, al estrellar los aviones contra edificios y miles de vidas humanas; segundo, y como consecuencia de ello, al inducir la respuesta que llevará […] al final del "integrismo islámico"» (ver Una fecha y sus secuelas. Sobre la crisis internacional presente). Ahora bien, ella asume acríticamente la intragable versión oficial sobre el 11-S y Bin Laden (ver Cuarenta y tres preguntas sobre el 11-S), y parece encantada con la “lucha contra el terror” bushiana. Su activismo se encuadra claramente en la estrategia del Imperio de dividir a los musulmanes en moderados-occidentalizables y radicales terroristas dignos de ser masacrados (junto con sus países, por supuesto).

Finalmente, indaguemos en la ética social de Ayaan Hirsi Ali. En Un genocidio contra las mujeres advierte contra «los relativistas culturales y morales». Veamos cuáles son sus valores absolutos. Encuentra que el progreso y la libertad en Occidente residen fundamentalmente en el laicismo. Desea un Voltaire para el islam. Exalta a Occidente porque aquí «la Constitución se ve como un texto mucho más importante que el libro sagrado de Dios. Y Dios importa, sí, pero únicamente en la esfera privada. Las relaciones y el trato entre las personas está regulado por leyes y reglas que fueron creadas por las propias personas y que no son eternas ni inamovibles, sino que se reemplazan y se completan con reglas nuevas. […] La homosexualidad no es un pecado que […] amenaza para supervivencia de la humanidad, sino una forma de amar tan normal como la que se da entre heterosexuales. El amor no se limita al matrimonio […]. Hay todo tipo de medios para evitar el embarazo y para regularlo. […] La otra vida importa poco. Quien quiere creer en ella, ya sabe a qué atenerse, pero no hacen falta preparativos para alcanzarla» (pp. 32-33; negrita añadida). Hirsi Ali es partidaria del aborto, e incluso ha impartido charlas en clínicas abortivas (p. 13). Condena que exista un «grave tabú a la hora de hablar de anticoncepción, aborto y violencia sexual» (p. 43). Aprueba el lesbianismo, como da a entender entrevistando en su entrevista a la escritora canadiense-ugandesa Irshad Manji, lesbiana (p. 84).

Ayaan celebra el supuesto retroceso de la religión como factor de la dinámica social: «En Occidente […] todo indica que el infierno se ha abolido» (p. 6). Condena toda «experiencia religiosa irracional conservadora en que Satanás es una figura viva» (p. 31). (Parece que esta mujer cree que todo Occidente es Holanda; quizá ahora que vive en Estados Unidos haya comenzado a ver las cosas de otro modo.) «Debemos reducir estrictamente la religión al lugar al que pertenece: la mezquita y la vida privada», dice (pp. 40-41). No habla de las iglesias, pero suponemos que lo que se ha de aplicar para una religión, servirá también para otras. Máxime cuando, según ella, «estamos saturados de fe y de superstición. Lo que necesitamos son escuelas filosóficas y la liberación de nuestras mujeres» (p. 42), y «la obsesión del dominio de la sexualidad de la mujer no es exclusiva del islam. También aparece en otras religiones como la cristiana, la judaica o la hindú» (98). «Yo no tengo nada en contra de la religión como fuente de consolación, pero rechazo la religión como forma de vida», afirma en una entrevista a El País.

Parece que su dudoso conocimiento del islam se corresponde con un desconocimiento de otras religiones: «Me han llegado reacciones de musulmanes según las cuales atraigo mucho la atención sobre los puntos más negativos del islam. […] Por supuesto, en la Biblia y en el Talmud también hay textos que podría calificar de poco amables con las mujeres. Es un hecho que en Holanda (y en tantas otras partes del planeta) viven comunidades cristianas que interpretan sus textos sagrados de manera tan literal como los musulmanes el Corán. Y desde luego ambos implementan una moral sexual idéntica, como gotas de agua, a la que propone la sharia en un país como Arabia Saudí. Allí también se maltrata a las mujeres, se condenan los avances y se muestra intolerante con los homosexuales». No explica cuáles son las comunidades cristianas o judías que resultan tan rigoristas como la dictadura saudí. Eso sí, no puede traicionar al Occidente “judeocristiano”, y reconoce que «el alcance del sometimiento a la palabra es infinitamente menor en el mundo judío o cristiano. El dios cristiano o el dios judío está atenuado y desterrado a la conciencia privada de los fieles» (pp. 186-187). Afirmación que pocos cristianos o judíos consecuentes, pienso, asumirían sin más…

Además de apoyar fervientemente a los medios que publicaron las famosas viñetas de Mahoma, Ayaan defiende que en los países musulmanes se fomenten las parodias sobre la religión, al estilo de La vida de Brian (pero «con Mahoma en el papel principal») o un Like a prayer de una hipotética Madonna marroquí (p. 116). Seguramente es parte de su estrategia de apaciguamiento mediante la provocación.

Estos planteamientos extremos deberían haber hecho saltar las alarmas de los defensores de la “civilización cristiana”, pues Hirsi Ali, como acabamos de comprobar, comparte un laicismo de ésos que el papa y la jerarquía de la Iglesia Católica Romana tachan de militantes, agresivos, totalitarios e intransigentes. Dada la creciente influencia de esta mujer, sería de esperar que los “guardianes de la fe cristiana” y sus adláteres estuvieran advirtiendo a la sociedad del peligro de esta abortista, feminista radical, laicista extrema, atea y defensora de numerosas desviaciones sexuales. Recientemente estuvo en España publicitando su último libro, pero, por mucho que he indagado, no he encontrado ni una voz católica que previniera contra su peligrosa influencia ¡y eso que se expresa en términos más claros y directos que el gobierno de Zapatero o que el mismo Pedro Zerolo (el famoso dirigente del PSOE defensor de la homosexualidad y el laicismo)! Ignoro si se habrá publicado algo en esta línea, pero no he hallado ningún pronunciamiento romanista sobre esta destacada autora.

En cambio, en ámbitos muy cercanos al catolicismo español, Ayaan ha recibido innumerables elogios. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, presentaba su libro en Madrid (recordemos que en su día Aguirre se sumó a los planteamientos identitarios “cristianistas” mediante una defensa del «legado y de los valores de la Civilización Occidental, que están indiscutiblemente enraizados en las enseñanzas del Evangelio»; Veritas, 9.10.06). El periódico Libertad Digital, principal plataforma en Internet de la Brigada Antiprogre, ha publicado numerosos textos favorables a Hirsi Ali. Este medio, controlado ideológicamente por el periodista de la Cadena Cope Federico Jiménez Losantos (ateo, por cierto, como Hirsi Ali), alberga una sección semanal con participación de destacados autores cercanos a la Conferencia Episcopal Española y con responsabilidades en la Cope (en realidad, esta cadena se ha convertido en un apéndice radiofónico de Libertad Digital). Numerosos colaboradores de LD han exaltado la lucha de Ayaan: Alicia Delibes, Juan Carlos Girauta, Lucrecio-Albiac, etc.

Según José María Marco, Hirsi Ali conoce las dos grandes amenazas de nuestra civilización: «el islamismo, por una parte, y el nihilismo cultural occidental, por el otro» (LD, 1.2.07). Es curioso cómo este defensor de los valores católicos exalta a una mujer cuyos planteamientos sobre ética social, como hemos comprobado, suponen la negación de algunas de las principales señas de identidad romanistas. Otro tanto se puede decir de la defensa que de Ayaan hace Horacio Vázquez-Rial, adalid del «legado del cristianismo, y de manera muy especial el del catolicismo» y del «mundo judeocristiano, racional y democrático» (LD, 12.9.06). Lo cual demuestra que en realidad es la confrontación con el islam lo que vincula a Hirsi Ali, la Brigada Antiprogre y la derecha católica identitaria (la que se adscribe a la línea del discurso papal en Ratisbona; ver BXVI: ¿Apostando por la guerra?).

Consideremos otro ejemplo. Hirsi Ali, en consonancia con los “defensores de la civilización occidental”, cree que Europa debe liberarse de sus complejos históricos: «Existe toda una lista de culpas en Occidente: por el descubrimiento de América, por el colonialismo, […] por el “ay, Dios mío, nosotros somos ricos y ellos son pobres”». Pero en esta enumeración de complejos Ayaan incluía otro: «por la persecución de los judíos» (Conversación con Ayaan Hirsi Ali). En el libro y en otros escritos, la autora somalí se muestra simpatizante con los judíos en general y con el sionismo en particular. ¿Ha tenido un lapsus? ¿Realmente piensa que los europeos debemos olvidar el complejo de judeofobia tanto como el complejo de haber masacrado a los nativos americanos? ¿Es otra de sus contradicciones? ¿Es que no tiene suficientemente estructurado su esquema interpretativo de los males que aquejan a nuestro mundo? ¿Qué pensarán sus admiradores sionistas (Albiac, etc.), quienes (no sin su parte de razón) insisten en no olvidar el Holocausto por las lecciones que aquella experiencia que debe enseñarnos hoy? Quizá se lo perdonen, siempre y cuando su artillería pesada se siga dirigiendo contra los musulmanes.

Pero Ayaan no es patrimonio exclusivo de antiprogres y neocons. Precisamente su laicismo y feminismo radicales, que la derecha olvida y perdona, suponen un excelente anzuelo para parte de la izquierda, entusiasmada con su defensa de los derechos de la mujer (véase como ejemplo la entrevista a El País del 7.1.07).

Hay aspectos admirables en esta mujer: la forma en que ha conseguido superar todos los obstáculos culturales y psicológicos que la encadenaban, la rapidez con la que aprendió varias lenguas (su escritura, en la traducción española del holandés, resulta ágil y se lee con agrado), la inteligencia y habilidad con la que ha prosperado en un medio social muy diferente a donde se crió, sus intentos por ayudar a las mujeres a quienes encuentra atadas a los ligaduras que un día la sometían a ella misma… Como afirmaba al principio, no entraré a especular sobre cuánto de lo que dice Ayaan Hirsi Ali lo cree realmente, o sobre si es un instrumento al servicio de oscuros intereses. Asumo que, a pesar de sus contradicciones (¿quién no las tiene?), expresa convicciones personales. Eso sí, tras analizarlas, no puedo menos que concluir que su activismo resulta en conjunto dañino: defiende la posición más extrema del choque de civilizaciones, ofrece una imagen simplificada de los musulmanes, sin atender al hecho de que no sólo critica ideas, sino que ataca a millones de personas (la mayoría de ellas inocentes) y alienta a los grandes poderes militares e ideológicos a enfrentarse al mundo islámico con mayor contundencia todavía.

© Guillermo Sánchez Vicente (21 de febrero de 2006)
© LaExcepción.com

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