Giovanni Sartori: La sociedad multiétnica.
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros

Madrid: Taurus, 2001, 139 páginas.

Occidente se topa con una creciente ola de inmigración y no sabe muy bien qué hacer. Su instinto reflejo le lleva a contenerla, aunque no sin percibir, y en buena medida aprovechar, las ventajas de una mano de obra más barata y dispuesta a trabajar en sectores de producción que atraen cada vez menos a los nativos.

Algunos países, como Francia, el Reino Unido, Alemania, o los Estados Unidos, contemplan cómo su sociedad, que viene recibiendo flujos de inmigrantes ya desde hace décadas (en algún caso, desde hace siglos), se torna multicultural. Ciertamente, el proceso no es el mismo en los mencionados países europeos que en el coloso norteamericano: este último se forjó como nación, en las últimas centurias, a partir de la conjunción de las etnias más diversas; aquéllos, en cambio, llevan siglos con una identidad étnico-cultural más bien homogénea, y es sobre todo desde la descolonización del Tercer Mundo cuando han empezado a recibir inmigrantes en masa; fenómeno agudizado debido al empuje de la globalización, y que afecta igualmente a países "nuevos ricos" como España. En cualquier caso, las consecuencias para unos y otros modelos de progresiva multiculturalización empiezan a ser cada vez más similares: creciente fragmentación sociocultural y choques interétnicos.

El libro de Giovanni Sartori, que se mueve entre la sociología y la filosofía política, tiene al menos tres virtudes: tratamiento riguroso del asunto (sin concesiones a eufemismos y estereotipos políticamente correctos), diáfano abordaje de una cuestión compleja, y exposición de algunos (por desgracia, no todos) de los principales problemas implicados. Su defensa de la sociedad abierta, su exaltación del pluralismo, nos presentan a un típico partidario del liberalismo occidental. Justamente en nombre de éste se opone a llevar el pluralismo demasiado lejos, hasta el grado por el que parecen abogar los multiculturalistas. Afirma Sartori que «el pluralismo está obligado a respetar una multiplicidad cultural con la que se encuentra. Pero no está obligado a fabricarla. Y en la medida en que el multiculturalismo actual separa, es agresivo e intolerante, en esa misma medida el multiculturalismo en cuestión es la negación misma del pluralismo.» En virtud de ello, Sartori concluirá que hay que poner serios límites a la inmigración (sobre todo la de culturas muy distintas de la occidental), habida cuenta de que hoy aquélla promueve el multiculturalismo.

No le falta razón a Sartori en muchos de sus asertos. Es muy fácil ir de progre y decir que toda cultura es igual de buena, motivo por el cual se han de respetar por igual las costumbres de los inmigrantes cualesquiera que sean sus orígenes. Pero luego no resulta igual de fácil transigir con usos tales como la poligamia o la ablación del clítoris.

El problema es entonces: ¿Hasta qué punto se ha de respetar, o cuando menos tolerar, la cultura del inmigrante con todas sus consecuencias? Asunto aún más enjundioso si se tienen en cuenta dos consideraciones: 1ª) La defensa occidental, al menos sobre el papel, de la igualdad de derechos humanos sin distinción de sexo, condición económica, religiosa, etcétera. 2ª) El valor, también típico en la civilización occidental, conferido a la conciencia individual (asunto éste al que Sartori no presta atención). No siempre, como se constata en los ejemplos citados en el párrafo previo, resulta sencillo conciliar estas dos necesidades.

El autor establece un límite básico a la indiscriminada extensión del pluralismo, o su "degeneración" en multiculturalismo: el reconocimiento recíproco. El país receptor reconoce los derechos del inmigrante, pero éste debe a su vez –con mayor razón, dado que entra en un marco jurídico y territorial que no es el suyo– reconocer los derechos del país de acogida a mantener la prevalencia de su consenso básico en materia de moral y costumbres. Con este criterio, Sartori se opone rotundamente al establecimiento de una ciudadanía diferenciada dentro de una misma comunidad (concepto al que recurre por ser consciente del declinar del estado-nación).

Sartori insiste en que el multiculturalismo emergente involucra una amenaza contra la democracia liberal, y contra el propio pluralismo. Y condena su auge por considerarlo también un factor de destrucción de la propia sociedad como tal.

Hay, insistamos en ello, no poca sensatez en muchas de estas apreciaciones de Sartori. Pero cabe hallar puntos débiles en su argumentación. Para empezar, es cuestionable que la fragmentación social sea producto del multiculturalismo y no más bien su causa. La pérdida de valores trascendentes, antes comunes a los ciudadanos de los países occidentales, es quizá un factor mucho más poderoso de descohesión social; el multiculturalismo creciente, es cierto, contribuye a aumentarla, pero porque encuentra el terreno abonado. Una sociedad civil fuerte y cohesionada sería mucho menos propensa al desarrollo de un multiculturalismo fragmentador. Son las tendencias centrífugas ya presentes desde hace muchas décadas en el mundo occidental las que favorecen que el multietnicismo tenga efectos disgregadores, pues se ha perdido la vieja inercia unificadora y lo que hoy prevalece es una dinámica de signo opuesto. ¿Puede haber un control al pluralismo desbocado y rupturista sin una sólida cohesión moral de fondo, sin un proyecto real y compartido de comunidad?

Además, Sartori despacha a la ligera cuestiones como la pobreza extrema de los países de origen de los inmigrantes, en muchos casos debida –directa o indirectamente– a la rapiña histórica y presente llevada a cabo por los países opulentos. La necesaria consideración de este aspecto complicaría los análisis del autor (razón por la cual quizá prefiere omitirla).

Por otra parte, los planteamientos de Sartori favorecen una visión del problema en términos de choque de las civilizaciones (hoy, tras el 11.9.01, tan de moda otra vez). En particular, llega a afirmar el peligro de la inmigración islámica por su adscripción a valores teocráticos, que estarían claramente en oposición a los postulados liberales de Occidente. No es éste el lugar, por falta de espacio, para mostrar la superficialidad de la argumentación en clave de choque civilizatorio.

Digamos, para terminar, que nos hallamos ante un problema seguramente insoluble, o al menos de imposible solución no traumática, dadas las condiciones sociales y morales que imperan hoy por hoy sobre la tierra. Incluso puede que su problemática resulte inabordable desde los clichés habituales de las ciencias sociales, que siguen patrones colectivistas. Por ejemplo, mi anterior alusión a la conciencia, con los principios morales que de ella pueden derivarse para un determinado sujeto, remitiría más bien a la necesidad de una aproximación de tipo individualista, y a un marco de pensamiento y praxis que fuera más allá del ámbito sociológico.

La esperanza de solución se encuentra, tal vez, en los aledaños de una renovada experiencia moral y espiritual. Pero para la mayoría se diría que emprenderla supone un paso incómodo y osado.

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(21 de septiembre de 2001)
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