Thierry Meyssan: La gran impostura
Madrid: La Esfera de los Libros, 2002. 232 páginas.

¿El clásico “libro-denuncia explosivo”? Quizá, pero su objeto no es cualquier escándalo, sino el que, de confirmarse, podría alzarse como uno de los mayores y más aborrecibles de toda la historia. Pocas veces representantes de la especie humana, de suyo perversa, habrían alcanzado un nivel semejante de refinada maldad, al servicio de un objetivo tan ambicioso y abarcante. La obra de Meyssan nos ofrece la espeluznante teoría de unos círculos de poder que, mediante uno de los más brutales ataques jamás registrados, buscan hacerse con la presa más codiciada imaginable, al menos “tejas abajo”: el dominio absoluto del planeta. La magnitud del escándalo (relativo al fraude en la explicación de los hechos) sería proporcional a la importancia de los hechos mismos (ver Una fecha y sus secuelas). Hablamos, naturalmente, del 11-S y de todo lo que ese macabro día desencadenó.

A la credibilidad de esa teoría no contribuye la sensacionalista presentación de esta edición española ni, hasta donde sabemos, la promoción que se ha hecho del libro en determinados medios (sobre todo, internáuticos). Casi la mitad de la portada la ocupan letras de gran tamaño sobre el fondo de una espectacular imagen pretendidamente esclarecedora (nada nítida, por cierto), con una gran circunferencia blanca en el punto del Pentágono donde no habría chocado avión alguno en la citada fecha. El título completo, incluyendo antetítulo y subtítulo, es el de 11 de septiembre de 2001. La gran impostura. Ningún avión se estrelló en el Pentágono, cuya última frase aparece entre admiraciones en las portadillas interiores. Y el eco de la obra, centrado en sectores musulmanes o sospechosamente progres y “antiamericanos”… Demasiados elementos para conceder crédito alguno a sus tesis.

La imagen cambia al poco de comenzar la lectura. Contra lo que cabría esperar en presencia de tanto alarde efectista en la portada, el autor no parece un loco temerario ni un musulmán fundamentalista (preside, por cierto, la llamada Réseau [Red] Voltaire). En tono sereno e incluso con frecuencia aséptico, Meyssan nos introduce al horror de la impostura, no sin antes decirnos: «Le invitamos a no considerar nuestro trabajo como una verdad definitiva. Al contrario, le invitamos al escepticismo. Confíe únicamente en su espíritu crítico» (p. 14). A partir de ese momento da comienzo a una de las denuncias en forma de libro más prolijamente documentadas que nos cabe recordar.


El “avión fantasma”

El primer capítulo, dedicado a desacreditar la información sobre el avión (un Boeing 757-200) que supuestamente se estrelló contra el Pentágono, incluye considerable material fotográfico. Éste procede de solventes agencias de información (como la imagen de Associated Press, tomada muy poco después del impacto, que muestra el muro ardiente del Pentágono sin resto de avión alguno) o de fuentes oficiales norteamericanas, como determinados enlaces en Internet del Departamento de Defensa. Las numerosas notas a pie de página, tanto en dicho capítulo como en el resto del libro, remiten sobre todo a la prensa electrónica y a otras webs oficiales de los Estados Unidos. 

Como es natural, no podemos, ni tendría sentido alguno, reproducir aquí la riada de datos que aporta el libro. Nos limitaremos a algunos ejemplos. La descripción oficial afirma, según la recuerda el autor, que «el Boeing chocó contra la fachada del edificio a la altura de la planta baja y la primera planta». Todo ello, apostilla Meyssan, «sin dañar el magnífico césped del primer plano, ni el muro, ni el aparcamiento, ni el helipuerto» (p. 23). Continúa señalando que «a pesar de su peso (un centenar de toneladas) y de su velocidad (entre 400 y 700 kilómetros/hora), el avión sólo destruyó el primer anillo de la construcción», como acreditaría el material fotográfico presentado (pp. 23-24). Las incoherencias entre las versiones oficiales de las primeras horas (se habló, por ejemplo, de casi ochocientos muertos, cuando finalmente resultaron ser unos ciento veinticinco); las dubitativas declaraciones del capitán de bomberos del condado de Arlington (cuyos hombres nunca llegaron a intervenir en el lugar exacto de la colisión; «nadie vio el menor pedazo de avión, ni siquiera el tren de aterrizaje», afirma Meyssan; recordemos, por nuestra parte, que tampoco las televisiones mostraron jamás dicho avión una vez hubo impactado contra el Pentágono, y evoquemos de paso la omisión de múltiples imágenes tras los atentados con el fin declarado de evitar herir la sensibilidad de los espectadores con dolorosas dantescas); la entrevista concedida por el presidente egipcio Hosni Mubarak, ex piloto de aviación y aliado de los Estados Unidos (en las que insinúa que el ataque al Pentágono pudo obedecer a un plan interno en vez de externo); y la impresión técnica de la controladora aérea Danielle O’Brien (para quien, habida cuenta de la velocidad y manejabilidad del artefacto, no era posible que fuera un avión comercial, sino sólo un aparato militar) son algunos ejemplos de los indicios que permiten cuestionar la versión oficial sobre el atentado al Pentágono.

«Sólo un misil del ejército de Estados Unidos de América que emita un código amigo puede entrar en el espacio aéreo del Pentágono sin que se desencadene la descarga de contramisiles. Este atentado sólo puede haber sido cometido por militares norteamericanos contra militares norteamericanos», es la cruda conclusión de Meyssan (p. 32). Y agrega: «Si la Administración Bush falsificó el atentado del Pentágono para enmascarar problemas internos [en alusión a los enfrentamientos en el seno de la clase dirigente norteamericana], ¿no pudo ocultar también algunos elementos de los atentados ocurridos en el World Trade Center?» (p. 33).


El 11-S en su conjunto

En el resto de la obra, el autor, como era de esperar, extiende las sospechas a los otros atentados (o intentos de cometerlos) sucedidos en aquella negra jornada. Presenta indicios, por ejemplo, para pensar que los atacantes de las Torres Gemelas tuvieron que contar con cómplices en tierra, que habrían ayudado a los pilotos camicaces a dar de lleno en el blanco mediante el uso de balizas (señales empleadas para orientar el tráfico aéreo). Incluso afirma que los equipos de apoyo terrestre habrían dinamitado tres edificios del complejo (recuérdese que no se desmoronaron solamente las dos Torres Gemelas). «Todo bajo la mirada de unos servicios de información tan atentos como pasivos», comenta el autor, que para entonces ha ido ofreciendo al lector las diversas fuentes, todas ellas (pro)estadounidenses, a partir de las cuales obtuvo sus conclusiones.

Entre los múltiples detalles llamativos que agrega cabe citar los avisos por correo electrónico, previos a los ataques, que al parecer recibieron muchos ocupantes de una de las torres, y que habrían servido para evitar numerosas víctimas (el dato lo encontró Meyssan en el periódico israelí Ha’aretz). No menos interés presenta la curiosa confesión del propio George W. Bush respecto a que vio por televisión el choque del primer avión contra una de las torres, antes de que las televisiones ofrecieran el segundo, es decir, el único que se dio en directo. Según los datos que aporta Meyssan, el presidente sólo pudo ver dichas imágenes gracias a que los servicios secretos habrían filmado el primer atentado, de lo que es inexorable deducir que sabían que iba a ocurrir. ¿Por qué no actuaron, entonces, para impedirlo? Cuando menos, ¿por qué no se evitó el segundo ataque? (La pregunta sobre el posterior ataque al Pentágono, casi una hora después, resulta aún más bochornosa).

El autor compara muchos elementos del 11-S con el atentado de 1995 en Oklahoma City, en el que, según documenta, el FBI también habría “dejado hacer”. Y como en esta última tragedia, encuentra en la primera datos suficientes para ver la autoría de los hechos en una intervención de sectores duros del ejército norteamericano, que el 11-S habrían dado un golpe de estado o, cuando menos un auténtico golpe de timón.


Reflexión final

No desvelaremos más datos e hipótesis provistos por el autor (quien, por cierto, incluye en un amplio anexo valiosos y reveladores documentos sobre el 11-S y operaciones similares supuestamente orquestadas por grupos de poder en los Estados Unidos). Nuestro propósito sólo era llamar la atención sobre un texto que, a pesar de haber sido proscrito en muchos medios, presenta no poca verosimilitud. Y más cuando, en los últimos dos meses, se ve crecientemente avalado –siquiera de modo parcial– por las investigaciones que los parlamentarios estadounidenses, tanto demócratas como republicanos, vienen desarrollando en torno al 11-S y a la actuación de los servicios de seguridad al respecto (ver Preguntas sobre el 11-S).

El totalitarismo informativo que se intenta imponer desde la Administración Bush y organismos adyacentes dificultará el pleno esclarecimiento de los hechos, o al menos su divulgación. Sin ánimo heroico alguno, en La Excepción estimamos que semejante circunstancia no debe impedir la lucha por conocer la verdad en torno al asunto, sobre todo cuando es público y notorio que lo acontecido en dicha fecha sigue sirviendo de excusa para lanzar una genocida campaña bélica en todo el mundo.

Concluimos con una pregunta de Meyssan que, a la luz de sus investigaciones, parece relevante formular: «¿Una operación así pudo ser concebida y dirigida desde una cueva de Afganistán y realizada por un puñado de fundamentalistas islámicos?» (p. 45).

© Juan Fernando Sánchez Peñas [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(28 de junio de 2002)
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