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Juan Ignacio González Faus: Herejías del catolicismo actual
Madrid: Trotta, 2013. 131 páginas.


Crítica moderada desde posiciones ligeramente reformistas

Juan Ignacio González Faus, jesuita, nacido en 1933, es uno de los teólogos españoles actuales más destacados. El título de su libro es sin duda llamativo; incluso podría resultar escandaloso para algunos. El autor aclara en la introducción que se refiere a las herejías materiales o "inconscientes" que se han acumulado en la dogmática o en la práctica católicas, y que por tanto no pretende acusar a nadie de hereje, sino más bien realizar una confesión, pues «las herejías que aquí intento desmontar son las que he ido descubriendo en mí mismo, porque he tenido la inmensa suerte de estar muy en contacto con las fuentes cristianas y con la reflexión de mis hermanos mayores en la fe»* (pp. 14-15).

Faus expone, en otros tantos capítulos, las que a su criterio son las diez herejías principales del catolicismo actual. Coincido en considerarlas así; en realidad son diez desviaciones doctrinales respecto al genuino cristianismo bíblico no sólo actuales, sino propias del catolicismo romano histórico. No se trata de creencias y prácticas que se hayan adherido a la ICR en aspectos secundarios; hablamos de asuntos sustanciales que definen la esencia de esta iglesia y forman parte de su identidad. Algunas de ellas, además, afectan a muchas otras iglesias de la cristiandad.


Las diez herejías según González Faus

La primera herejía es la negación de la verdadera humanidad de Jesús. Faus no aclara si encuentra este enfoque cristológico en la dogmática oficial de la ICR, ni contrasta su posición con lo que dice el Catecismo sobre este tema. Lo que hace es enfrentarse a la concepción, tan difundida en el cristianismo en general, que incide tanto en destacar la dimensión divina de Cristo, que tiende a olvidar su condición plenamente humana.

Al marcar una falsa distinción dualista entre lo material y lo "espiritual", los cristianos tienden a incurrir en otra herejía: la negación de la eminente dignidad de los pobres en la iglesia (cap. 2).

El capítulo 3, "Falsificación de la cruz de Cristo", resulta interesantísimo. En él Faus desmonta la «imagen pagana de Dios» (según la cual la muerte de Cristo es un pago que satisface a un Dios que exige sangre por el pecado) y expone las consecuencias de este enfoque: 1) La redención "sadomasoquista" que conduce a penitencias, a infligirse a uno mismo daños físicos y privaciones, al culto a la sangre y el dolor. «Lo peor de este dolorismo no es que en él se magnifique el dolor, sino que se banaliza todo el drama del Calvario y su impresionante seriedad» (p. 42). 2) Convertir la Cruz «en factor de resignación cuando en realidad es el resultado de no haberse resignado Jesús ante la injusticia establecida» (p. 42); este enfoque ha sido utilizado de forma interesada por las autoridades religiosas. 3) Promover el castigo, incluso la venganza, sobre el injusto, en lugar de esperar que cambie. 4) «La necesidad de buscar sustitutos misericordiosos de ese Dios inmisericorde: María, la devoción al Sagrado Corazón, los santos intercesores, las velas, los votos», etcétera (p. 43).

Frente a esta visión pagana Faus traza algunas líneas de interpretación de la muerte de Jesús muy sugerentes; a la vez, se cuida de «negar el carácter oneroso de la redención humana» (p. 42). Pero considero que no llega a profundizar en por qué la muerte de Jesús era necesaria, no por exigencia del Padre (a fin de cuentas, «el Padre y yo uno somos», dijo Jesús –Juan 10: 30–), sino por la dimensión cósmica de su sacrificio (Hebreos 9: 26; Filipenses 2: 5-11; Colosenses 1: 15-20, etc.). Aun así, Faus sabiamente explica que el pecado «no es meramente una ofensa al Amo, sino algo mucho más serio: una ofensa al Amor» (pp. 43-44).

En el capítulo 4, "Desfiguración de la cena del Señor", González Faus trata de conjugar la explicación bíblica sobre esta celebración (entendida como adoración «en Espíritu y en verdad»), con la dogmática católica, siendo que ambas visiones resultan en realidad irreconciliables. Por eso incurre en contradicciones: dice que «la eucaristía es una comida, no es un acto de culto»; pero a continuación afirma que «se convierte en "el único acto de culto que los hombres podemos ofrecer a Dios"» (p. 49); considera que la sacralización de esta ceremonia ha conducido a un insoportable clericalismo, pero a la vez que «todo esto es comprensible por la mera dinámica de las cosas humanas» (p. 48); partir el pan es un símbolo, pero «en la realización de estos gestos se nos da la garantía de una presencia real del Resucitado» (p. 49). Además, cree que la vida de Jesús «se actualiza en cada eucaristía que reproduce sacramentalmente aquella cena» (p. 50), y al criticar la costumbre de que el fiel no puede tocar la hostia con la mano, equipara la figura del sacerdote con la de Cristo (p. 52). Además acepta la tradición católica de celebrar la "primera comunión" (p. 54).

En definitiva: se contenta con apreciar que el Vaticano II trató de recuperar los significados primarios de la fracción del pan, fomentando una mayor participación de los fieles (una leve concesión, conforme al Principio de Sí Contradicción). Pero Faus se mantiene nítidamente en la dogmática sacramentalista de la ICR; una dogmática que, a la luz de la Biblia, es una herejía.

El capítulo 5, "Convertir el cristianismo en una doctrina teórica", es una magnífica apelación a cualquier cristiano y a todas las iglesias. El autor señala como "gnosis" la tendencia a la especulación teórica desligada de la dimensión vivencial y social del cristianismo (por herencia platónica), y explica la falsa oposición entre conocimiento y amor (este, necesariamente activo, ha de condicionar a aquel, que puede limitarse a ser pasivo). Hay que fomentar la vida devocional, pero «no para acumular un caudal de méritos personales como si el cristianismo fuese una especie de capitalismo piadoso», sino para «alimentar la experiencia de gratuidad» (p. 60). Todo ello con una proyección horizontal hacia las necesidades del prójimo.

En la misma línea, el capítulo 6 expone magistralmente la herejía consistente en negar la absoluta incompatibilidad entre Dios y el dinero. Jesús dijo que es imposible servir a Dios y al Dinero (Lucas 16: 13); del mismo modo, dice Faus, «tampoco se puede servir al hombre y al dinero» (p. 72). Hoy es más necesario que nunca denunciar los efectos deshumanizadores del capitalismo, porque en el sistema económico-financiero actual «el dinero se ha vuelto fecundado por sí mismo. Se ha hecho Creador como Dios, y crea de la nada» (p. 76). Es necesario oponerse frontalmente a la «religión del dinero» (p. 77).

La siguiente herejía consiste en presentar a la iglesia como objeto de fe (cap. 7). El autor explica que en gran medida esta desviación se debe a una incorrecta traducción del Credo: las lenguas modernas carecen de los matices preposicionales del griego y el latín, que permiten diferenciar «creo en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (acto de fe) de «creo en la Iglesia» (en el sentido de «creo que la Iglesia existe», como ya indican que debe traducirse algunos autores medievales).

En cualquier caso, para Faus el problema es la mentalidad, promovida oficialmente, que lleva a los católicos a equiparar a la iglesia con el propio Dios, en una tendencia opuesta a la de la iglesia primitiva (Hechos 14: 11-15, etc.).

En el capítulo 8, que trata sobre la divinización del papa, Faus explica cómo una cadena de errores teológicos llevó a reducir el cristianismo a eclesiocentrismo, el eclesiocentrismo a jerarcocentrismo, para finalmente reducir la jerarquía en la figura del papa. Faus lamenta que los obispos de Roma acepten ser llamados "Santo Padre" o "Santidad" (cayendo así en la tentación del diablo a Jesús: «Todo este poder te daré si postrándote me adoras»), pero ante todo pone el énfasis en abundantes referencias históricas en las que se trataba al papa como al propio Dios; olvida destacar que este tratamiento se mantiene con los papas actuales en muy gran medida (ver Blasfemias).

Estas aberraciones son la culminación del clericalismo (cap. 9). Faus explica correctamente que en el Nuevo Testamento no hay diferenciación entre "clero" y "laicos", sino que los creyentes constituyen un "reino de sacerdotes". Pero se conforma con que el Vaticano II ponga el acento en la participación de los fieles y prefiera el término "presbítero" al de "sacerdote"; cuando lo cierto es que ese concilio mantuvo íntegramente la concepción clerical y sacramentalista de la iglesia (ver Clericalismo). El teólogo invoca ciertas tradiciones según las cuales es toda la asamblea la que consagra el pan y el vino y la que perdona los pecados, siendo el presbítero «un lazo que une cada comunidad concreta con la Iglesia universal» (p. 107); cuando él sabe que hace siglos que la teología católica otorga al sacerdote unas funciones exclusivas y relega a la comunidad a un plano más que secundario. Así lo consagran el Concilio Vaticano II y el Catecismo; el propio autor cita el decreto conciliar que afirma que «el ministerio sacerdotal […] sólo puede cumplirse en comunión jerárquica con todo el cuerpo»; y él mismo incurre en concepciones clericalistas, por ejemplo al destacar que "san" Agustín era obispo, y «sucesor de los Apóstoles, por tanto» (p. 15). Es muy significativa una cita de Rahner incluida en el libro: «El Espíritu actúa en la Iglesia no sólo a través de la jerarquía sino también a través de lo no jerárquico» (p. 126). ¡Menuda "revolución" conceptual!

Al exponer la última herejía, el olvido del Espíritu Santo (cap. 10), González Faus desarrolla una acertada y muy bella pneumatología bíblica: la acción del Espíritu en los creyentes es «el estilo de Dios», y se plasma en paradojas como unidad en la pluralidad, máxima libertad en la máxima entrega, transformación de lo material y no su negación, presencia en la ausencia…


Una historia idealizada

Parecería que este librito supone una dura crítica a la Iglesia Católica Romana. Ya hemos señalado algunos puntos en los que, por el contrario, resulta de lo más convencional. Pero hay mucho más.

En primer lugar, Faus no se desmarca de importantes aspectos sombríos de la historia de su iglesia; es algo que resulta comprensible en un jesuita, pues fue precisamente su orden la que en mayor medida pergeñó los dos concilios que definieron y sellaron la dogmática católica moderna, el de Trento (1545-1563) y el Vaticano I (1870).

Sus referencias a la Reforma protestante son en general negativas, o como mucho equidistantes entre el papismo y los reformadores (exceptuando una muy positiva a Lutero, que recoge en su artículo El dinero como Dios). Minimiza las causas de aquel proceso al considerar que la confrontación por la doctrina de la justificación en tiempos de la Reforma seguramente fue un malentendido (p. 12). Incurre en un disparate al escribir que los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, tan legalistas y clericales, «son casi una puesta en acto del sola scriptura luterano» (p. 13). Afirma que Lutero, con su "devaluación" del hombre, contribuyó «a robustecer la imagen del Dios del miedo» (p. 39). Aunque cree que un buen católico debe reconocer que «fue su iglesia la que provocó reacciones que acabaron en la separación», piensa que los reformadores no hicieron buen uso de la razón (p. 100). Considera a las evangélicas «iglesias separadas» (p. 100), cuando lo cierto es que, como bien señalaron los reformadores, fue la ICR la que se fue separando de las raíces del cristianismo a lo largo de la Edad Media (de ahí la necesidad de la Reforma, y finalmente de la ruptura).

En cambio apenas se distancia del Concilio de Trento, aquel que condenó sin reserva cualquier intento de reforma doctrinal, y que consagró la Inquisición y la persecución como métodos con los que hacer frente a los "herejes". Según Faus, ese Concilio hizo suya una preciosa plegaria bíblica (p. 32). Cree que la diferencia que marcó este concilio entre el "sacerdocio ministerial" y el "sacerdocio de todos los fieles" «no implica sin más superioridad sino simplemente diversidad cualitativa» (p. 109), algo insostenible si se lee el conjunto de documentos conciliares. Además, Trento tiene «algo muy positivamente católico» pues a la vez que justifica la ceremoniosidad del ritual de la misa y las «místicas bendiciones, luces, inciensos, vestiduras», también las relativiza enormemente (interpreta Faus) al indicar que están destinadas «a la contemplación de las altísimas realidades que en este misterio están ocultas»; de este modo, dice, «se desacralizan todos esos elementos y se los obliga a adaptarse a la utilidad de los fieles». Lamenta, eso sí, que dos párrafos después el texto conciliar se contradiga al prohibir la celebración de los oficios en la lengua vulgar (p. 113). ¿Cabe mayor "ingenuidad" al interpretar este concilio antievangélico?

Según el autor, «la Iglesia ha reconocido siempre […] la legitimidad de una opinión pública y crítica en la Iglesia» (p. 85). Lo cierto es todo lo contrario; y a lo largo de la historia ha sido precisamente la Compañía de Jesús una de las organizaciones que más han promovido la persecución de los "herejes" y disidentes.

El autor interpreta el decreto de infalibilidad papal de 1870 como que «el papa no tiene más infalibilidad que la que tiene la Iglesia»; por tanto afirma, erróneamente, que los infalibilistas radicales del Concilio Vaticano I no consiguieron sus máximos objetivos. Más que una declaración dogmática aberrante (eso es a todas luces), le parece que fue ante todo inoportuna (pp. 85-86).

Cuando Faus destaca los aspectos positivos del movimiento pentecostal, se refiere a él en todo momento como algo propio de la ICR, olvidando que los orígenes de esta corriente –más que cuestionable bíblicamente– están muchísimo antes en las iglesias evangélicas, a las que ni menciona (p. 123).

Según él, si históricamente hubo razones para acusar a la ICR de ponerse por encima de la Palabra de Dios, tras el Concilio Vaticano II la acusación es injusta, porque en la constitución dogmática Dei Verbum una frase indica que el magisterio está al servicio de la Palabra de Dios (nº 10). Faus "olvida" que el conjunto de la constitución, remitiendo al Vaticano I, sitúa la tradición y el magisterio al mismo nivel que la Escritura (9-10, 21) y establece que la interpretación de la misma queda sometida «al juicio definitivo de la Iglesia» (12), entendida esta básicamente como organización jerárquica (DV 25 y Lumen Gentium, pássim). El propio autor atribuye al magisterio el deber de empeñarse en elucidar la intención del texto bíblico y no manipularlo en beneficio de intereses propios (p. 89); confía por tanto en que pueda llegar a cumplir esa misión.


¿Crítica del papado?

Al dedicar algunos capítulos a la eclesiolatría y la papolatría, podría parecer que González Faus mantiene una visión crítica del papado. Pero su concepción de la institución es profundamente conservadora. Cree que el papa y los obispos conforman el «colegio apostólico» (p. 74), y que la curia y el cuerpo episcopal deberían ser «la mano derecha de los papas»; la burocracia vaticana «no existe para provecho de ella misma, sino para servicio de la verdadera autoridad de la Iglesia que es el colegio episcopal con Pedro, su cabeza» (p. 100).

Siente la tentación de creer que quizá habría que esperar otra iglesia distinta de la ICR; pero entiende que la culpa de las desviaciones es de la curia, mientras que los papas muchas veces se han expresado en una línea contraria a la de esta (p. 29). Como es habitual en muchos católicos, deja impune al máximo responsable y atribuye la maldad a los subalternos.

Aunque no se ahorra alguna referencia crítica, resulta de lo más indulgente con los "papas duros". Destaca que Juan Pablo II proclamó que «en la fidelidad a los pobres se juega la Iglesia su fidelidad a Cristo», pero olvida que ese papa de largo reinado es uno de los máximos responsables de que en el catolicismo de nuestros días «tengan toda la preeminencia los ricos», una realidad que él deplora (p. 25). Alaba la supuesta humildad de este papa cuando afirmó que «el único título digno del sucesor de Pedro es el de "siervo de los siervos de Dios"» (p. 94), pero no recuerda que a pesar de ello una y otra vez Wojtyla se atribuyó muchos otros títulos blasfemos (aparte de que bíblicamente no hay ningún fundamento para considerar a los papas de Roma sucesores de Pedro; quien, además, no ostentó ningún título de ese tipo). Y cuando Wojtyla propuso al pervertido Marcial Maciel como modelo para la juventud, lo hizo «con la mejor intención» (p. 95), cómo no.

Destaca de Ratzinger que presentara su obra sobre Jesús «como simple teólogo», «como si quisiera invitar a los fieles a que sean el seguimiento y la voluntad de Jesucristo, y no la voluntad del papa, las que deben orientar y regir sus vidas» (p. 101). Cuando se tiene mitificado a un simple mortal, cualquier gesto suyo que resultaría de lo más normal en cualquier otra persona se interpreta como si fuera una hazaña de humildad…

«El ministerio de Pedro –escribe Faus– es un ministerio necesario y espléndido: que la Iglesia tenga un ministerio dedicado a la unidad y la edificación de la comunión constituye para mí una razón para ser católico, aunque puedo comprender a quienes ven en la desfiguración sufrida por el primado de Pedro una razón para no serlo» (p. 101). Así, cree que este dogma no debería ser para otros cristianos una dificultad de cara a la unidad, sino que más bien lo es «la forma concreta, desaforada, centralizada, sacralizada y contraria a la más primitiva tradición, de que se ha ido revistiendo ese ministerio». Faus debería saber que ese proceso histórico ha estado muy bien trazado, y que es irreversible en su esencia, como podemos comprobar con el papa Francisco, quien, mostrándose como renovador, ni siquiera ha propuesto una modificación sustancial de la estructura de su función papal y de su iglesia (ver nuestra serie sobre Francisco).

Precisamente en su libro (publicado poco antes de la entronización de Bergoglio) Faus anticipaba la aparición de un papa carismático "aceptable": «Una mitificación del papado sería tolerable si Roma fuera la abanderada indiscutible de los pobres de la tierra y de las víctimas de la historia: en fin de cuentas, así es como fue naciendo el prestigio de la iglesia de Roma en el cristianismo primitivo». Es decir, estaría dispuesto a que se sacrificara el modelo bíblico de iglesia con tal de que el jefe máximo se volcara bondadosamente hacia los desfavorecidos. Esta mentalidad es precisamente la que ha provocado la ola de simpatía generalizada hacia Francisco. Según Faus, la iglesia de Roma hará un gran servicio cuando «el papa aparezca efectivamente ante la humanidad como sucesor de Pedro y no de Constantino o del sumo sacerdote judío» (p. 101). Vemos aquí un apoyo a la vocación de supremacía universal del papa, disfrazada (como siempre) de vocación de servicio. Por supuesto, Bergoglio ha sido aclamado por Faus y por todos los demás teólogos "progresistas" de su iglesia como la gran esperanza de su iglesia y de la humanidad. Y aunque con Francisco la afirmación de Faus de que «el Vaticano compite con cualquier Estado de este mundo en ambivalencias, distorsiones, unilateralidades, silencios y secretos pontificios» (p. 28) sigue siendo tan válida como siempre, seguramente este autor eximiría al actual papa de esta acusación.

En definitiva, las críticas de González Faus al papado (al igual que ocurre con las de Pikaza, Küng, Boff, etc.) se quedan en algunas cuestiones superficiales y de ningún modo profundizan en los aspectos esenciales de esta institución.


Faltan muchas herejías…

Faus expone las que según él son las diez principales herejías del catolicismo actual. El criterio con que determina el carácter herético de estas creencias y prácticas es la Biblia. El problema es que la Escritura establece muy claramente la gravedad de otras desviaciones doctrinales, tan graves o más que las que él destaca, que merecerían un capítulo completo cada una, o cuanto menos una mención.

En cuanto a la soteriología (teología de la salvación), resulta interesantísima su denuncia de los elementos paganos presentes en algunas ideas sobre el sacrificio de Jesús en la cruz. ¿Pero no es menos pagana la práctica de las indulgencias (confirmada por Francisco), según la cual la Iglesia Católica distribuye la gracia a aquellos que cumplen ciertas conductas? Estrechamente relacionada con ella está la creencia en el purgatorio, adecuadamente descrito por E. Monjo como "campo de concentración del Vaticano" por el gran montaje de misas y ganancias económicas relacionadas con él. Faus no lo menciona.

¿Y qué decir de la doctrina del infierno? Aunque algunos creen que ha sido "abolido" por papas recientes, lo cierto es que es una enseñanza totalmente vigente en la ICR que no tiene ningún fundamento en la Biblia. En estrecha relación con él está el bautizo de bebés, práctica contraria al bautismo exclusivamente para adultos de los primeros cristianos.

Faus sólo hace una breve mención al culto a María y los santos como «sustitutos misericordiosos» del Dios inmisericorde que exige la sangre de su Hijo (p. 43). Lo cierto es que el culto a María conlleva en el catolicismo romano un amplísimo conjunto de creencias y prácticas que lo único que hacen es eclipsar la adoración de Cristo (ver ¿Cristo en el centro, o María?). Otro tanto puede decirse del culto a los "santos", previa "canonización" de los mismos (que él ve como algo aceptable desde el punto de vista cristiano –pág. 15– pero que es radicalmente opuesto al concepto bíblico de santidad). Acompañan a estas prácticas la veneración de imágenes, prohibida por uno de los Diez Mandamientos, que ha sido suprimido arbitrariamente por la ICR; ésta también alteró el mandamiento que prescribe la observancia del sábado, transfiriéndola al domingo y a "las fiestas" (ver Una religión sin imágenes).

La devoción tradicional va acompañada de rituales, rezos y gestos (p. ej. persignarse, que Faus ve como algo aceptable –pág. 123–), que tienen más un carácter supersticioso que propiamente piadoso. El propio rezo del Padrenuestro se ha convertido en una práctica herética, según el propio Jesús: «Al orar no uséis vanas repeticiones, como los gentiles». Siendo todo esto tan dominante en el catolicismo actual, y tan contrario al cristianismo primitivo, ¿no merecería un capítulo en el libro?

El paganismo permea toda la liturgia católica, que gira en torno a un calendario que desfigura el sentido bíblico del tiempo y relega a un plano más que secundario la gran enseñanza bíblica, tan olvidada, de la segunda venida de Cristo (ver ¿Adviento o advenimiento?).

Faus considera que «el sacramentalismo es una falsificación de lo sacramental» (p. 110); pero no llega a comprender que lo sacramental tampoco es bíblico, sino que supone una falsificación de lo comunitario. Por eso, en realidad acepta plenamente la concepción sacramentalista de su iglesia, incluida la lista de siete sacramentos desarrollada por el catolicismo (los apóstoles sólo practicaban el bautismo y la cena del Señor, como ceremonias pero no como "sacramentos"). Entre estos se encuentra el matrimonio, que la ICR ha sometido a numerosas regulaciones tradicionales recogidas en el derecho canónico, al igual que han hecho con mil aspectos más de la vida personal y eclesial.

Ninguno de estos importantes puntos se trata en el libro.


Conclusión

Ya desde el título, el libro de González Faus podría parecer una obra muy crítica con su iglesia, pero hemos comprobado que en las cuestiones clave su posición como mucho es ligeramente reformista (algo similar a lo que ocurre con el papa Francisco, a quien muchos ven como un "revolucionario").

Lógicamente, si Faus llevara a sus últimas consecuencias el análisis crítico de las herejías de su iglesia, en coherencia dejaría de ser jesuita, e incluso de pertenecer a ella; cuando, como él mismo confiesa, con su libro pretende alertar a quienes han optado por «labrarse un camino en solitario o en círculos minúsculos y cómodos, con el enorme peligro de caer en lo que se llama hoy "religión a la carta"». Según él, lo mejor es seguir dentro de la ICR «porque a pesar de todo, es por ella y a través de sus arrugas y sus manchas como nos ha llegado la manifestación de Dios en Jesús. Si la deformó a veces, tenemos las voces de muchos profetas y el depósito de las otras iglesias y comunidades eclesiales perdido a veces por nosotros» (pp. 129-130). Es decir, que las demás confesiones (obsérvese el lenguaje ratzingeriano utilizado por Faus) tienen como función corregir alguna que otra desviación ocasional de la Iglesia Católica Romana; pero es esta la que conserva la línea principal del cristianismo.

Hemos visto que su crítica a las herejías romanistas es más que insuficiente; a la vez, hay que destacar que el libro propone algunas líneas teológicas y espirituales muy interesantes, como su defensa de la dignidad de los pobres (un capítulo fundamental, que apela a todo el que se llame cristiano), sus reflexiones sobre el significado de la cruz, el esfuerzo por desvincularse de la influencia platónica en la doctrina cristiana y la explicación sobre la obra del Espíritu Santo.

* Las negritas de las citas son siempre añadidas.

© Guillermo Sánchez (20 de agosto de 2014)
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Para comentarios sobre esta reseña, escribir a: guillermosanchez@laexcepcion.com

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