Bruno Cardeñosa: El gobierno invisible
Madrid: Espejo de Tinta, 2007. 309 páginas.


Lectura tan amarga como necesaria

Habíamos llegado a Sheffield, en el corazón de Inglaterra, a finales de junio, escasamente dos días después de las inundaciones que afectaron a la zona y justo a tiempo para presenciar, desde el día siguiente, la nueva oleada de pánico terrorista que desde el recién formado gobierno de Gordon Brown se quería transmitir al pueblo británico.

Los días 29 y 30 de dicho mes se sucedieron, en Londres y en Glasgow, al menos tres intentos de atentado por medio de coches cargados con distintos tipos de explosivos. Rápidamente se dispararon las alarmas en un país ya acostumbrado a fuertes medidas de seguridad (no ya por el viejo IRA, sino más bien por el nuevo terrorismo iniciado con la masacre del 7-J).

«Son inminentes más ataques.»

«No existe un lugar seguro en todo el Reino Unido.»

«La gente debe estar “constantemente vigilante”.»

Éstas y otras advertencias proliferaron en aquellos días, especialmente concentradas en las primeras horas. Procedían de instancias gubernamentales (la última, del propio primer ministro: ver http://news.bbc.co.uk/1/hi/uk/6258062.stm), es decir, de los responsables de garantizar la seguridad del pueblo. Los mismos que, como era previsible, no tardaron en imputar a Al Qaeda la autoría de los ataques.

«Ondéala frente al terror», proclamaba en portada el diario sensacionalista The Sun (4.7.07) propiedad del magnate Rupert Murdoch (su conglomerado mediático es uno de los principales altavoces del Imperio Global). La frase aparecía en gruesos tipos sobre la bandera británica, que llenaba dicha portada.

«Estamos entrando en la era del coche bomba», aseguraba The Independent (1.7.07), un diario que no tiene fama de amarillo (y que probablemente sufrió un repentino lapsus de memoria, pues el coche bomba viene siendo empleado por todo tipo de organizaciones terroristas, incluido el IRA Provisional en el propio Reino Unido, desde al menos 1947).

Unos días después, era penoso contemplar cómo la policía británica, todavía amablemente, retenía a una señora mayor en el aeropuerto de Liverpool por llevar pasta de dientes y algún perfume en el bolso. La inútil medida, en realidad, se implantó a raíz de los supuestos planes terroristas de agosto del año pasado (al parecer, los “islamistas” pretendían colar en varios aviones líquidos con los cuales luego, en los lavabos, elaborarían explosivos capaces de destruir las naves en pleno vuelo). Pero tanto el rigor en su aplicación como los numerosos puntos de control del citado aeropuerto reflejaban el nuevo reforzamiento de la seguridad.


La política del miedo

El relato anterior es ilustrativo de la política del miedo que los poderosos del planeta vienen aplicando desde al menos el 11-S. Se trata de fabricar supuestos enemigos de Occidente como excusa válida para adueñarse de los recursos energéticos, relanzar sus negocios en el mercado mundial y garantizar su Imperio Global en el mundo. La base de este montaje no es otra que el propio 11-S, a pesar de la creciente convicción entre la opinión pública de que la versión oficial no es más que un fraude (ver Desenmascarando el 11-S, Cuarenta y tres preguntas sobre el 11-S y Thierry Meyssan: La gran impostura).

Gracias al 11-S, y al factor victimista asociado a él, se han organizado guerras y la historia ha sufrido una loca aceleración (ver Cronología de la emergente Era Neorreligiosa). Pero, como el tiempo pasa, los sacerdotes del Imperio necesitan reactualizar periódicamente el sacrificio primigenio. Es el modo de refrescar la memoria del miedo entre sus súbditos (¿quién dijo “ciudadanos”?). Con tal fin se organizan cada no muchos meses nuevos terrorist attacks en zonas sensibles de Occidente, las más útiles para mantener la llama encendida. Pero, como en el “sacrificio incruento” (y también fraudulento) de la misa, no siempre es necesario que los amagos causen víctimas: la simple amenaza que entrañan permite preservar la vigencia del hecho originario (demasiados atentados con víctimas se volverían contra los propios gobiernos, que aparecerían ante el pueblo como incapaces de protegerlo). Lo que no obsta, claro está, para que cuando sea menester vuelva a correr la sangre y a vestirse el luto.

Esta política del miedo es un arma imprescindible para el control del ciudadano en los países occidentales, requisito previo para tener las manos libres en la ocupación económico-militar de todo el planeta.


Los think tanks

El último libro de Bruno Cardeñosa nos habla acerca de quiénes están detrás del presente giro en la política mundial. El gobierno invisible nos ilustra con brillantez y profusión de datos acerca de los agentes de la política del miedo (como ese Comité sobre el Peligro Presente, cuyo nombre muestra sin mucho recato cuál es su Leitmotiv).

Cardeñosa se centra en los llamados think tanks (o laboratorios de ideas), cenáculos de “sabios” que pretenden influir, desde diversas áreas, en las políticas de los gobernantes. En la “Carta de presentación” describe a sus miembros como «hombres de carne y hueso, pero sin sentimientos, que procuran cumplir con una serie de planes».

Los think tanks, de origen anglosajón, son ya una realidad cada vez más visible, pese a su carácter discreto (a veces secreto). Incluso en países como España, ciertamente periférico respecto a los centros de poder mundial, los grupos de ese estilo se están haciendo notar, sobre todo en círculos de la Derechosa. Pero, por razones obvias, no son, no pueden ser en la práctica, sino sucursales de los grandes think tanks planetarios (sobre todo, estadounidenses).

No estamos ante entidades fácilmente encasillables, ni siquiera en lo ideológico. Puede tratarse de institutos, grupos de debate, centros de investigación, fundaciones, comités especializados, asociaciones culturales, clubes internacionales, agencias de relaciones públicas… o ser directamente círculos conspiradores. Pueden estar más o menos a la sombra del poder, o funcionar como asesores e incluso como lobbies. Sus intereses pueden ser preferentemente políticos, tecnológicos o económicos. Por su finalidad, pueden constituir grupos ad hoc o tener objetivos más genéricos y vocación de permanencia. Y según su grado de hermetismo, se parecerán más o menos a las antiguas sociedades secretas (logias masónicas, p. ej.). 

Pero lo que caracteriza a la mayoría de los más influyentes think tanks de nuestros días es, según acredita Cardeñosa, su proclividad a impulsar la hegemonía occidental aunque sea al precio de la guerra o incluso de restringir las libertades democráticas (en la línea, por ejemplo, del fallecido filósofo Leo Strauss, el ya célebre gurú de los neocon).

No menos significativo es el hecho de que tienden a constituir una red que acaba estando directamente vinculada a los gobiernos, cuando no pone a éstos bajo su influencia y, no muy raramente, bajo sus dictados. El autor explica que algunas de estas entidades tienen sus sedes junto a la Casa Blanca (circunstancia incluso tradicional en el caso de la Brookings Institution), y en todo caso expone la notable interrelación entre ellas y los más importantes gobiernos.

Nombres como Rockefeller (la dinastía), Hayek, Kissinger, Brzezinski, Pipes (padre e hijo), o Condoleezza Rice se asocian a potentes think tanks, perteneciendo con frecuencia a más de uno. Muchos otros miembros son básicamente desconocidos pero no menos influyentes (es el caso, en el contexto español, de Bardají o Portero, ambos vinculados a la FAES y al GEES, centros de “estudios” de la derecha más dura y agresiva del sistema, que ve con añoranza el periodo aznarista, justifica la guerra de Irak, promueve el ataque a Irán y fomenta descaradamente la islamofobia; todo ello, como puede comprenderse, al servicio del Imperio Global).

Entre los más poderosos laboratorios de ideas, Cardeñosa incluye a la Rand Corporation, la Comisión Trilateral, el Consejo de Relaciones Exteriores, la Freedom House, la Fundación Heritage, el Proyecto Nuevo Siglo Americano o el CIS, aunque sin olvidar al Club Bilderberg (institución a la que, no obstante, parece dejar adrede en un plano muy secundario).

Entre los hechos más notables o llamativos que cabe atribuir, en mayor o menor grado, a la influencia de los think tanks, el autor recoge la exageración del peligro militar soviético durante la guerra fría, el atentado a Juan Pablo II, la llegada de George W. Bush al poder, la creación de la fantasmal Al Qaeda, la desestabilización de la Venezuela “bolivariana”, la implicación de Europa en la guerra contra Irak, el aprovechamiento del tsunami de finales de 2004 para militarizar la zona afectada, la “guerra de las caricaturas” en los primeros meses de 2006, el amago de un segundo 11-S (ya hemos aludido antes a él, en relación con los supuestos planes de atentar contra aviones en Inglaterra en agosto de 2006) e incluso el 11-S propiamente dicho.

No se trata, en la mayoría de los casos, de afirmaciones originales del autor. Lo interesante es que provee datos y argumentos que las hacen (aún más) creíbles.


¿Conspiracionismo barato?

Es sintomático de los últimos años que se vuelva a hablar tanto de conspiraciones. Con frecuencia, para descalificar a quienes más obsesionados parecen con ellas, se usa el término ‘conspiranoicos’, acuñado al efecto. Es una manera ingeniosa de imputarles paranoia.

La acusación se viene lanzando, de modo particular, contra quienes ven una mano negra (la mano del Poder) en los grandes atentados terroristas de los últimos años, singularmente el 11-S. No es extraño, por tanto, que sean los partidarios de la versión oficial de los mismos quienes esgriman con más frecuencia el sambenito.

Pero parece obvio que para desarrollar actos criminales de ese calibre es necesario conspirar desde las sombras. De hecho, como venimos viendo, el propio Imperio Global es el primer interesado en atribuir a un enemigo difuso, “el terrorismo” (concretando más, el “islamista”, articulado en la red clandestina Al Qaeda), la ejecución de los peores atentados de los últimos años. Y en imbuir a la población, por medio de su política del miedo, de la idea de que esa red sigue conspirando para atacar “en cualquier momento”, motivo por el cual es precisa una “vigilancia constante” (¿quién hablaba de paranoia…?).

Por otra parte, sabemos lo que los señores del Poder son capaces de hacer a plena luz del día. En los últimos años, hemos visto cómo, con una legitimidad más que dudosa, le daban la presidencia a Bush en detrimento de Al Gore; cómo invadían Afganistán sin prueba alguna de que ese país tuviera algo que ver con el 11-S; cómo ocupaban Irak mintiendo sobre “sus armas de destrucción masiva” y “sus vínculos con Al Qaeda”; o cómo están demonizando al régimen iraní, inventándose que tiene un programa nuclear de tipo bélico, con vistas a lanzar una agresión contra el país (ver ¿Dejaremos que los masacren?).

Si todo esto son capaces de hacerlo a las claras, ¿qué no serán capaces de hacer entre tinieblas?

Pero es que, además, resulta obvio que para hacer lo que vemos que hacen, previamente han tenido que tramar mucho por detrás de bastidores…

Todo esto nos provee un trasfondo lógico, no sólo intuitivo, para nuestras sospechas. Son, pues, sospechas fundadas. Y no basadas solamente en el Qui prodest? (¿A quién beneficia [la comisión de un determinado acto]?), sino además en multitud de pruebas, indicios y evidencias.

He ahí, justamente, el mérito de Bruno Cardeñosa (no sólo en el libro que nos ocupa, también en sus obras anteriores de similar temática): estamos ante un investigador que ofrece una gran profusión de datos y se muestra capaz de hilarlos racionalmente y documentarlos de manera suficiente (lo que no quita, dicho sea de paso, para seguir observando cierto desorden en su exposición, y para echar de menos una metodología más rigurosa a la hora de referenciar sus fuentes; aunque constatemos que ha mejorado respecto a libros previos).

Su descripción de los think tanks como una red que conforma un auténtico “gobierno invisible” no es un castillo en el aire. Semejante acusación (durísima, a poco que lo meditemos) aparece bien fundamentada, por más que su libro no sea, ni lo pretenda, un tratado o una tesis doctoral sobre el tema, sino periodismo serio que apela al sentido común, la lógica y la intuición del lector. De ahí que Cardeñosa sea capaz de declarar: «Las sospechas sobre quién manda en el terrorismo internacional pueden manifestarse con firmeza» (pág. 100).

No hay “conspiranoia” ni conspiracionismo barato, sino una exposición documentada y convincente a la luz de lo que ya sabíamos (que no era poco, o no debería serlo) y de lo que podíamos deducir o imaginar a partir de ello.

Hay, además, no poca crudeza, aun dentro de la sobriedad que caracteriza al estilo del autor. Por ejemplo, cuando nos recuerda esa máxima oriental que, seguramente, no se les escapa a los “sabios” de los think tanks, y que dice: «Cáusate daño a ti mismo y obtendrás de esa forma un enemigo creíble y creído» (pág. 31, destacado añadido; de nuevo, pues, el factor victimista). O cuando señala que al Poder, de acuerdo con el perverso Strauss, le interesa «trasladar al vulgo una forma de vida en la que sea permanente la guerra o la sensación de estar en guerra» (pág. 17). O cuando afirma, certeramente, que «el término ‘libertad’ ha perdido su significado debido a que unos pocos –con mucho poder, eso sí– se han apoderado del mismo» (pág. 182). También, cuando achaca al “gobierno invisible” la voluntad de «vaciarnos de objetivos cívicos y éticos» para «llenarnos de cosas materiales» (pág. 172).

La cuestión esta de la crudeza del autor, durísimas críticas incluidas, es interesante, además, por otros motivos. En libros anteriores, Bruno Cardeñosa mostraba un estilo más aséptico. Se diría que su creciente contacto con la siniestra realidad mundial que investiga le está dejando una huella amarga y profunda (dato que acreditaría en él una condición de intelectual sensible que va más allá de los respetables intereses por el mundo paranormal con los que se dio a conocer).

Bruno hace en algunos de sus libros (pensamos también en La jugada maestra) breves alusiones a su propia experiencia personal. Al final de El gobierno invisible, meditando sobre la dureza del tema abordado en la obra, reproduce una frase de Cesare Pavese, quien, pocos días antes de suicidarse, afirmó: «Todo esto da asco, basta de palabras, un gesto: no escribiré más.» Pero a renglón seguido, Bruno agrega estremecedoramente: «A veces, uno tiene la tentación de hacer propias sus palabras.»  El motivo es que resulta descorazonador que «nada, o casi nada, se puede hacer contra ellos» (págs. 308-309, cursiva añadida).

Pese a lo cual, el autor concluye su “Carta de despedida” invocando de manera optimista el Tao Te King… Es sólo un “ojalá”, en realidad. Acaso su legítimo agnosticismo no le permita otra alternativa… pero seguramente es un hombre demasiado lúcido como para que le consuele realmente (su última frase, de hecho, vuelve a sonar pesimista: «Gracias y, si me dejan, hasta el próximo libro»; pág. 309, cursiva añadida).


La gran omisión

No todo son luces en esta valiosa contribución cívica. Mencionemos rápidamente el hecho, imputable a la editorial, de las deficiencias ortotipográficas de esta obra (¡no se puede vender un libro, a precio de casi 20 euros, plagado de erratas y obviamente necesitado de una más detenida revisión de estilo! La calidad formal de un texto impreso ha de ser mayor, si cabe, en la presente época, caracterizada por la aguda competencia de Internet, que entre otras tiene la ventaja de su gratuidad y de ser más rápidamente actualizable; a cambio, los libros deberían esmerarse en una presentación mucho más cuidada de la que es usual encontrar en la Red).

Pero nos interesa más aludir a un aspecto sustancial. Bruno acierta, frente a los excesos de otros (pensamos en las obras de Estulin sobre el Club Bilderberg, pero también en un ya viejo librito de Luis Capilla titulado La Comisión Trilateral: el gobierno del mundo en la sombra), al rechazar la idea de que haya una sola organización o entidad que constituya el gobierno real (“invisible”) del planeta. De hecho, la gracia de su tesis está, justamente, en que no se limita a una. Dados los intereses cruzados de un mundo marcado por la competitividad en la economía y en la política, no resulta realista hablar de un solo think tank, por potente que sea, de un solo foro, o incluso de un solo país como el núcleo de ese gobierno real.

Lo que sí provee la coyuntura mundial presente (de globalización unipolar en todo caso) es la posibilidad, e incluso la necesidad, de que esos agentes con algunos intereses más o menos encontrados lleguen a un consenso basado en otros que tienen en común y se coaliguen, a la postre, formando una red. Eso es lo que hoy está ocurriendo entre todos los grupos de poder de Occidente.

De hecho, como síntoma “ejemplar” de ello, se da la circunstancia de que al frente del país más poderoso de la tierra han confluido los señores del dinero (nunca como hoy los intereses económicos personales se habían mezclado tan descaradamente en los manejos de un gobierno estadounidense: pensemos en los Bush, Cheney, Rumsfeld… vinculados a empresas petroleras, constructoras, de armamento…) con los “sabios” (ideólogos neocon, típicos representantes de los think tanks: Rice, Perle, Wolfowitz…).

Hay, sin embargo, una clamorosa omisión en el libro de Bruno Cardeñosa (cuya trayectoria como autor de estos temas muestra una progresiva profundización, así que no sería extraño que pronto la subsane): la referencia al Vaticano.

Quienes recordamos tanto los gestos papales más espectaculares de las últimas décadas (“Santa Alianza” Reagan-Juan Pablo II, demostración de fuerza en el entierro de Wojtyla incluyendo la adoración tripresidencial del cadáver, elección del duro Ratzinger…) como los aparentemente más ambiguos o incluso muy oscuros (paripé contra la guerra de Irak a cargo del propio Wojtyla, inspiración de la Hoja de Ruta, discurso de Benedicto en Ratisbona…) no podemos sino echar de menos ese decisivo agente del gobierno real en el mundo (que asciende ya, de hecho, rápidamente al pináculo del Poder).

En La Excepción, desde el principio, venimos prestando especial atención a esta poderosísima institución que busca neoconfesionalizar el mundo (España es una de las tristes vanguardias de este proyecto). Tanto en artículos como en apostillas y “traducciones”, procuramos descubrir sus a menudo sigilosos pero firmes pasos hacia la meta del dominio universal. En el esquema de la globalización unipolar, pero bicéfala, ella es una de las dos cabezas (concretamente, la que dará la justificación “ético-espiritual” a la otra, la económico-militar, siendo ambas igual de políticas).

Es lo que llamamos el eje Washington-Vaticano, cuya segunda rueda o cabeza constituye una asignatura pendiente para el inquieto investigador Bruno Cardeñosa.

© Juan Fernando Sánchez (14 de julio de 2007)
© LaExcepción.com

Para comentarios sobre esta reseña, escribir a: juanfernandosanchez@laexcepcion.com

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