José Antonio Marina: Dictamen sobre Dios
Barcelona: Anagrama, 2001. 272 páginas.

José Antonio Marina compendia una serie de virtudes que convierten sus ensayos en obras de referencia: sentido común, búsqueda notablemente desprejuiciada de la verdad, capacidad de síntesis... Además, hay que destacar la honestidad con que el autor aborda la materia de estudio: en más de una ocasión reconoce que no es especialista en alguno de los temas que trata, o simplemente revela que su conocimiento de una obra o de un autor citado no es tan exhaustivo como desearía, lo cual, si bien pudiera debilitar su argumentación, demuestra, en principio, una apertura mental que favorece el diálogo y un desarrollo progresivo de las ideas. De hecho, somete su dictamen «a cualquier otro argumento mejor fundado en la realidad de los hechos» (p. 226).

La lectura de Dictamen sobre Dios se ve facilitada por el estilo didáctico del autor, en el que, sin menoscabar la profundización conceptual, abundan los ejemplos (se recoge incluso alguna experiencia personal), y no faltan reflexiones acerca del proceso de indagación del autor. Una y otra vez aflora, con total naturalidad, la primera persona del singular, que permite leer la obra como si se tratara de un conjunto de lecciones o conferencias.

Dictamen sobre Dios es un ensayo, ampliamente documentado, sobre la religión. Marina intenta integrar el conocimiento que sobre el fenómeno religioso aportan la filosofía, la antropología, la historia, la teología, el arte... Y, a pesar de algunas generalizaciones pocos fundamentadas, lo hace con notables aciertos. Por ejemplo, reconoce el valor de la religión como generadora de verdades privadas. Pero como la historia demuestra que las religiones han sido y son fenómenos públicos y generalizados, e incluso han devenido auténticas ideologías oficiales en algunas sociedades, la cuestión fundamental del libro (que es sin duda una de las primordiales del mundo actual), es la del estatus social de las religiones.

El proceso de laicización y de secularización en Occidente ha ubicado a las religiones (especialmente a aquellas que durante siglos han dominado el pensamiento) en el plano personal, privado. Pero, en la medida en que los individuos viven en una sociedad y se integran en grupos religiosos, las relaciones entre las creencias y la praxis social son intensas y, a veces, conflictivas. Se observa hoy en día la pretensión por parte de las religiones de conformar y modelar la sociedad; esto se puede afirmar del Islam, pero también, en gran medida, del catolicismo y de determinadas corrientes protestantes (como la “derecha cristiana” estadounidense).

Marina comparte con muchos otros pensadores actuales (cada vez más: Vattimo, Derrida, Trías, y aun el propio Habermas, entre otros) la convicción de que es indispensable pensar sobre la religión. Frente a la descalificación característicamente atea o la indiferencia superficial típicamente agnóstica a que se veía sometido en otros tiempos, el problema religioso resurge con fuerza. El crecimiento de las religiones en términos cuantitativos y en capacidad de influencia social es tal que ya no se cree que las religiones estén experimentando una disolución progresiva, suplantadas por la ciencia, el materialismo, el espíritu pragmático.... Es evidente que la presencia de la religión es cada vez más decisiva en la aldea global. (En La Excepción solemos referirnos a este fenómeno en términos del advenimiento de la Época Neorreligiosa). De ahí que, desde la tradición ilustrada y agnóstica que representa Marina, se considere conveniente determinar cuál debería ser el lugar que a las religiones les corresponde en la sociedad.


Evolución ética de las religiones

Según Marina, es necesario que se avance hacia unas religiones de segunda generación, caracterizadas por un decidido sentido ético de proyección universal. Para ello se apoya en cuatro tesis que trata de apuntalar con sus argumentos: 1. «Las religiones, que comenzaron siendo sociales, tienden a privatizarse. 2. La existencia y la percepción de la existencia como punto de partida de una teología profana. 3. La evolución de las religiones hacia la ética, que nace de ellas y acaba después juzgándolas. 4. La posibilidad de una ética como moral transcultural» (p. 227).

Toda la obra trata de fundamentar estas tesis mediante referencias históricas y citas de textos religiosos y de autores contemporáneos. Sin negar la validez total o parcial de algunas de ellas, hay que señalar que los argumentos con que las defiende adolecen de ciertas debilidades.

El autor, que demuestra un conocimiento bastante amplio de las tradiciones religiosas tanto occidentales como orientales, se remite principalmente al cristianismo, por su cercanía cultural. Y es precisamente en relación con esta religión donde fallaría la tesis 1: El cristianismo no nace como una religión social (en el sentido político del término a que Marina se refiere), sino claramente como una religión de la persona. Su fundador, Jesucristo, realizaba llamados individuales y esperaba adhesiones personales. Sólo tras la conversión el catecúmeno accedía a la comunidad, que se desarrolla como sociedad alternativa, paralela. Jamás en sus orígenes los cristianos, que por otra parte aceptaban la vida en la sociedad como parte de su experiencia vivencial, pretendieron hegemonizar la sociedad en que vivían. Su religión era, en términos tomados de Marina, una “verdad privada colectiva”; pero privada. El carácter público del cristianismo sobrevino con la oficialización, y consiguiente perversión, de esta religión en el imperio romano, y su prolongación como ideología oficial y obligatoria durante la Edad Media.

A partir de la Reforma protestante, efectivamente, los conflictos religiosos originados por la fractura de la cristiandad occidental trajeron una nueva reprivatización, que afectó, en principio, a los países protestantes (lógicamente, dado que la Reforma supuso un intento de recuperación del cristianismo original). Aunque tampoco en ellos se ha logrado plenamente la separación de la iglesia y el estado, sin duda ha avanzado infinitamente más que en el ámbito católico, que no reconoció oficialmente este carácter privado de la religiosidad hasta el Concilio Vaticano II (un reconocimiento parcial; de hecho, en la actualidad de manera creciente el discurso del magisterio vuelve a hablar de modelar la sociedad según las pautas católicas romanas).

Para fundamentar la tesis 3 («evolución de las religiones hacia la ética»), Marina recurre a ejemplos supuestamente tomados del cristianismo, pero con tan mala fortuna que elige para ello los siguientes procesos teológico-sociales: la superación de la creencia en que los niños no bautizados se condenan en el infierno, los avances de la libertad religiosa en Occidente y la admisión de que es posible la salvación fuera de la iglesia. Sobre el primero, Marina no tiene en cuenta que el concepto de infierno eterno es ajeno al cristianismo original y al pensamiento bíblico, y que la definición del pecado original (que sigue perviviendo en el catolicismo como fundamento para el bautismo de infantes) no se desarrolla hasta Agustín. Sobre el segundo, olvida que los primeros defensores de la libertad de conciencia en occidente fueron precisamente los cristianos. Sobre el tercero, no encontrará en el Nuevo Testamento afirmaciones que sostengan la salvación a través de la iglesia y de los sacramentos, sino a través de la obra de Cristo. Si ha habido avances en estas materias, como en tantas otras, no se debe a una racionalización progresiva del cristianismo, sino sobre todo a la demoledora crítica a que estas doctrinas espurias se han visto sometidas desde la Reforma (y ya antes, por parte de algunas “herejías” que preservaron el sentido originario del mensaje cristiano).

Por tanto, no es que el cristianismo desde sus orígenes se haya teñido de rasgos cada vez más privados y más éticos, sino que, simplificando, nació como una religión centrada en la persona y con una vocación ética innegable (no hay más que leer los evangelios para comprobarlo); se vio luego sometido a perversiones teológicas durante la hegemonía católica medieval, y ha venido recuperando sus caracteres originarios desde la fractura del siglo XVI, a medida que en Occidente han ido aflorando algunas de las convicciones de los primeros cristianos: valor sagrado de la persona, separación con respecto al estado, sacerdocio universal de los creyentes, primacía de la libertad de conciencia...

Sirvan como muestra estos últimos ejemplos para desmontar el esquema evolucionista sobre el que está construido Dictamen sobre Dios (de hecho, el autor, tras rechazar cualquier posibilidad de aprensión intersubjetiva de la trascendencia, admite una «dimensión divina de la realidad» –p. 152– deducida de la evolución humana; proceso que reconoce no poder comprender y explicar, pero que presupone científicamente innegable). Marina asume, desde un voluntarismo insostenible, la idea de que el mundo avanza hacia mayores cotas de libertad y bienestar (ver ¿Fin del optimismo humanista?), idea que ya había tratado de demostrar en su obra con María de la Válgoma La lucha por la dignidad. Por ello, se aferra a su tesis 3, a pesar de que numerosos indicios delatan su carácter falaz (en el campo que nos concierne, por ejemplo los integrismos religiosos, especialmente los más violentos). Desgraciadamente, cada día podemos observar cómo se desvanecen las esperanzas de asistir a una racionalización y un revestimiento ético de muchas religiones, evidencia a la que el autor parece hacer caso omiso.


¿Hacia una ética interreligiosa?

Marina propone, siguiendo al teólogo Hans Küng, que las religiones busquen unos mínimos éticos comunes (tesis 4). Esta propuesta no deja de resultar interesante, ya que, efectivamente, las principales religiones comparten unos presupuestos éticos generales bastante similares. Pero tropieza con grandes escollos. Por un lado, las tendencias político-sociales que se vienen reforzando desde el 11-S son precisamente de confrontación, de “lucha de civilizaciones”. Los problemas religiosos se ven sometidos a una crispación que amenaza con aumentar todavía más. Por otro lado, el ecumenismo humanista necesariamente evoluciona hacia el sincretismo, lo cual podría adulterar significativamente el núcleo de alguna de esas religiones (ver Ecumenismo humanista).

Además, en la mayoría de los casos, el diálogo está condenado al fracaso por la confusión entre la voluntad y la necesidad de dialogar (ver Diálogo). Finalmente, se plantean complejas cuestiones sobre el liderazgo y la autoridad en los procesos de consenso ideológico (ver Ecumenismo y autoridad). Esta búsqueda del consenso ético se revela como imposible en la práctica en planteamientos tan contradictorios como el de la declaración inicial “Hacia una ética mundial” (1993) del Parlamento de las Religiones del Mundo, que dice: «Queremos animar a las distintas comunidades religiosas a que formulen su ética más específica: aquello que cada una, partiendo de su tradición en la fe, tiene que decir, por ejemplo, sobre el sentido de la vida y de la muerte, manera de afrontar el problema del dolor, perdón de las culpas, la entrega desinteresada y la necesidad de la renuncia, la compasión y la alegría. Con ello se profundizará, explicitará y concretará el ethos mundial, que ya se va haciendo perceptible». Lógicamente, una formulación detallada de distintos sistemas éticos jamás los podría acercar, sino que inevitablemente los alejaría.

Por ello, parece que sólo se conseguirían unas religiones más éticas mediante la compulsión, lo cual contradiría el espíritu ético de la propuesta. Desgraciadamente, esta salida (la fuerza) no es imprevisible; no olvidemos, por ejemplo, que, aunque el cristianismo a lo largo de su historia trajo avances notables en las concepciones religioso-sociales europeas, éstos en muchas ocasiones fueron impuestos.

La obra de Marina incurre en una contradicción, que supone en realidad una de las grandes paradojas de la historia de Occidente: reconoce que sería deseable que la sociedad mundial evolucionara hacia una aceptación universal de los derechos humanos, basados en el concepto del individuo como sujeto de derechos inalienables. Pero, dado que este reconocimiento por parte de algunos individuos no es suficiente para asegurar un futuro mejor, sería necesario que, si no todas, por lo menos la mayoría de las personas llegue a la conclusión de que se requiere una regeneración ética, sea cual sea su fundamento. Aun en el caso hipotético (por no decir imposible) de que la humanidad en su conjunto aceptara esos postulados, todavía habría que conseguir el salto a su puesta en práctica. Desgraciadamente, y mal que le pese a Marina, pocas personas están dotadas de la inteligencia creadora y el sentido común suficientes como para lograrlo colectivamente. Por tanto, la paradoja está en que, partiendo del sano individualismo sobre el que se fundamentan los derechos humanos, estas propuestas pueden degenerar en un colectivismo que finalmente socavaría los derechos religiosos de numerosos individuos (no digamos los de los practicantes de religiones o confesiones minoritarias).

En realidad, el problema insalvable que se le plantea aquí al proyecto de Marina es el mismo que, desde una perspectiva aún más laicista, ha venido caracterizando las célebres propuestas del filósofo Jürgen Habermas, relativas al establecimiento de una “comunidad ideal de comunicación” a partir de la “comunidad real de comunicación”. La intrínseca debilidad de tales propuestas radica en el optimismo antropológico e histórico que subyace a ellas. Tanto Habermas como Marina parecen querer ignorar las lecciones que es de rigor extraer del colapso de la Modernidad, el cual motivó la aparición del ya manido posmodernismo.

Junto a ello, y evidenciando el mismo apego a una mentalidad ilustrada que se ha demostrado excesivamente promisoria, ambos autores tratan demasiado a la ligera la cuestión crucial, relativa al fundamento de la ética (ver Ética y fundamento). ¿Es concebible, y más a estas alturas (es decir, desde Kant y en vista de la agonía de la Modernidad), fundamentar la ética en la sola razón, por más que a ésta se la llame “razón comunicativa” o “uso racional de la inteligencia” (Marina, p. 181)? ¿Da para tanto la limitada e imperfecta naturaleza de la racionalidad humana? ¿No es mucho más lógico y verosímil seguir al cristiano Dostoyevski y a los ateos Nietzsche y Sartre, quienes coincidieron en que no es posible una ética universal y absoluta sin la existencia del Dios del cristianismo? (Es curioso cómo, muy de pasada, Marina pretende desacreditar la sentencia de Dostoyevski “Si Dios no existe, todo está permitido”, invocando para ello a Hugo Grocio, quien afirmaba que el derecho natural seguiría siendo válido aunque Dios no existiera [ver p. 206]. Parece confundir aquí Marina el ser con el deber ser. Dostoyevski, como Nietzsche y Sartre con otras formulaciones, no hablaba de lo que debería ocurrir, sino de lo que inevitablemente acaba ocurriendo si no se acepta la existencia de Dios).

Otra consecuencia no deseada de estos planteamientos podría ser la tentación de instrumentalizar la religión (las religiones) con fines sociopolíticos. Tentación que es aún mayor cuando, como es el caso de Marina, no se cree en ningún sistema religioso, sino que se los considera “invenciones” o “creaciones culturales”. (Pero, ¿cómo pretender edificar una ética a partir de lo mejor de las religiones, y respetuosa con ellas, negando al mismo tiempo lo que más define a algunas de ellas, de manera señalada al cristianismo: la Revelación? Según el pensamiento judeocristiano, la primera y la última palabra no las tiene el hombre, sino Dios.¿Cómo, pues, pretender compatibilizar el cristianismo con una ética de inspiración tan humanista como la que Marina persigue?).

Instrumentar la religión ciertamente supera la tendencia a ver la religión como obstáculo (según la tradición marxista), pero supone valorarla como medio de control y/o reordenamiento social (una de las funciones que más ha desempeñado la religión, y que Marina considera, quizá precipitadamente, que está en declive). Finalmente, la idea de establecer un ranking de religiones en función de su carácter ético, tan legítima e interesante desde el punto de vista filosófico y teológico, puede resultar letal cuando se aborda desde posiciones políticas. Y aunque Marina se sitúa en el terreno del pensamiento, es evidente que sus conclusiones aspiran a alcanzar una proyección social.

© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] /
J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(30 de julio de 2002)
© LaExcepción.com

[Página Inicial] | [Índice General]
[Actualidad] | [Asuntos Contemporáneos] | [Nuestras Claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
laexcepcion@laexcepcion.com