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Umberto Eco: A paso de cangrejo
Barcelona: Debate, 2007. 389 páginas.


Avanzando hacia atrás

Hay que celebrar la edición de esta obra en español. Subtitulada “Artículos, reflexiones y decepciones, 2000-2006”, recoge textos para la prensa y conferencias del conocido semiólogo, filósofo y novelista Umberto Eco. Algunos de ellos habían sido publicados en la prensa española; pero ahora, gracias a esta generosa antología, tenemos la oportunidad de conocer más ampliamente sus lúcidos análisis sobre diversos asuntos de actualidad.

La primera sección, “La guerra, la paz y otras cosas”, recoge textos que analizan la deriva belicista que sufrimos desde el 11 de septiembre. Eco responde a las acusaciones de “antiamericanismo” con que se tacha a los críticos de las guerras promovidas por Bush y, aun sin llegar a cuestionar la versión oficial del 11-S (tampoco vierte sospecha alguna sobre el bando en el que se encuentra realmente Bin Laden), apuesta por el pacifismo, no de forma absoluta (parece admitir un uso limitado de la fuerza militar) pero con valentía, en tiempos de desprestigio de los defensores de la paz. Incluso se atreve a revisar la visión maniquea de la Segunda Guerra Mundial, según la cual los aliados actuaron movidos por los más altos principios en defensa de la libertad, y recuerda cómo «Estados Unidos esperó a entrar en un conflicto terrible, a pesar de la tensión moral que le empujaba a hacerlo, por razones de prudencia, porque no se consideraba suficientemente preparado, e incluso porque también allí había (famosos) simpatizantes del nazismo» (p. 44).

Aun con algunos errores de análisis (como considerar que China puede reemplazar geopolíticamente a Estados Unidos –p. 51–, o no querer entrar, ya en mayo de 2004, «en la discusión actual sobre si Sadam tenía realmente armas de destrucción masiva» –p . 67–), las reflexiones sobre el imperialismo de nuestros días son muy oportunas. La conferencia “El lobo y el cordero. Retórica de la prevaricación” establece un ilustrativo paralelismo entre el discurso de los neocons estadounidenses y el de Hitler y Mussolini, o el del propio Pericles en su famoso elogio de la democracia ateniense recogido por Tucídides. Eco, desmitificador, denuncia este discurso como modelo de retórica de la prevaricación emulado por los modernos imperialistas y que puede resumirse en: «Tenemos derecho a imponer nuestra fuerza sobre los otros porque encarnamos la mejor forma de gobierno que existe» (p. 71).

La sección III, “Retorno al Gran Juego”, complementa la anterior. Eco refuta el simplismo bipolar de los actuales totalitarios:

Se empezó diciendo que el que estaba en contra de la guerra estaba a favor de Sadam, como si el que discute sobre la oportunidad de suministrar al enfermo determinada medicina estuviera de parte de la enfermedad. […] Luego se dijo que el que estaba en contra de la política de Bush era un antiamericano visceral; es como decir que quien está en contra de la política de Berlusconi odia a Italia. En todo caso, sería al contrario.

Finalmente, aunque no todos han tenido tanta caradura [sic], se ha insinuado que el que se manifestaba por la paz apoyaba las dictaduras, el terrorismo y tal vez también la trata de blancas. (Pp. 220-221)

Eco aporta puntualizaciones lingüísticas que deberían resultar obvias, pero que en el actual clima de confusión y manipulación terminológicas se han vuelto imprescindibles. Así, aclara cómo no es lo mismo explicar, comprender, justificar o compartir el terrorismo internacional, a pesar de que cualquier intento de las dos primeras acciones implique para quien lo hace ser tachado de terrorista. Aclara también los conceptos, tantas veces confundidos, de “fundamentalismo” e “integrismo”, recordando que el primero surge en el contexto protestante estadounidense en el siglo XIX, o que hay integrismos «que pretenden ser progresistas o revolucionarios» (p. 231). Tampoco duda en considerar que en Irak existe un movimiento de resistencia, combinado con la guerra civil y el terrorismo. Lamentablemente, no extiende (al menos explícitamente) este último concepto a los invasores del país (ver La resistencia iraquí, ¿terrorista?). Por otro lado, se equivoca en la terminología al aplicar una y otra vez el concepto de “antisemitismo” a lo que en realidad es antijudaísmo (habla, por ejemplo, de integrismo islámico antisemita –p. 231–, olvidando que los árabes también son semitas).

La sección IV se titula “El retorno a las cruzadas”. Junto a la crónica en directo de la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099 (una “retransmisión radiofónica en directo”, amarga e irónica, de aquel evento histórico), encontramos reflexiones sobre el desafiante reto que plantea el multiculturalismo. Eco, sin caer en un relativismo simplón, se niega a aceptar las soluciones maniqueas de los defensores del choque de civilizaciones:

Uno de los aspectos loables de las culturas occidentales (libres y pluralistas, dos valores que consideramos irrenunciables) es que desde hace tiempo se han dado cuenta de que una misma persona puede manejar parámetros distintos y contradictorios entre sí sobre cuestiones distintas. […] La cultura occidental ha elaborado la capacidad de poner libremente al descubierto sus propias contradicciones. Tal vez no las resuelve, pero sabe que existen, y lo dice. (P. 253)

Eco apuesta por educar en el valor del respeto y por negociar, sin claudicar de los principios, en el contexto de una sociedad multiétnica; denuncia también la injusticia y el absurdo de exigir la reciprocidad en cuestiones de libertad religiosa a los países islámicos:

Somos una civilización pluralista porque permitimos que en nuestro país se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ello solo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagadores del cristianismo. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos también en talibanes. El parámetro de la tolerancia de la diversidad es sin duda uno de los más fuertes y de los menos discutibles, y consideramos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y que son bárbaros los que pertenecen a nuestra cultura y no la toleran. (P. 257)

La sección II, “Crónicas de un régimen” ofrece reflexiones sobre el mandato de Silvio Berlusconi, que Eco califica de “régimen” por la insólita circunstancia de que el jefe del gobierno de una democracia fuera el hombre que tenía el control de los medios de comunicación más influyentes del país. Este único hecho ya abrió la puerta a tendencias totalitarias; si a ello se unen las técnicas propagandistas de Berlusconi (que Eco compara con las de los comunistas de la vieja guardia), el flagrante victimismo con que actuaba, su impunidad ante la justicia, su populismo exacerbado, su doble lenguaje en política internacional (pro imperial con los amos del planeta, nacionalista hacia la galería italiana), encontramos en esos años (2001-2005) un preocupante ejemplo de degradación de la democracia con el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos. De ahí el interés de leer ahora estos artículos, aunque contengan algunas referencias al escenario sociopolítico italiano que se nos escapan.

En “La suma y el resto” (sección V) se recogen artículos sobre temas de actualidad religiosa, como el empleo de símbolos de ese ámbito en la vida pública o la posición católica sobre el alma de los embriones. Incluye un interesante análisis de la película La pasión de Cristo de Mel Gibson (disponible en Internet: ¡Quita las manos de mi hijo!), de la que afirma que «no es una película religiosa»; según él, «no tiene nada de la sublime reticencia de los Evangelios, muestra todo lo que estos callan para dejar a los fieles en la meditación silenciosa del mayor sacrificio de la historia». Para Eco, Gibson muestra un extraño odio por el Nazareno: «Quién sabe qué antiguas represiones desahoga sobre su cuerpo cada vez más ensangrentado» (p. 297).

Bajo el epígrafe chestertoniano de “El que ya no cree en Dios cree en todo”, se agrupan nueve artículos sobre diversas creencias y supersticiones propias de la Era Neorreligiosa en la que estamos inmersos: el neopaganismo, el ocultismo, los templarios, las teorías de El Código Da Vinci o el tercer secreto de Fátima. En respuesta a las constantes diatribas vaticanas contra el “relativismo”, Eco ofrece una sintética aclaración sobre los diversos relativismos filosóficos, para concluir que son incompatibles entre sí, y que sólo el neotomismo radical y la epistemología leninista se librarían por completo de esta etiqueta. Le falta señalar que la alternativa que plantea el papado es el dogmatismo teocratista y autoritario centrado en la figura del jefe de la Iglesia Católica Romana.

En este sentido, se echa en falta que Eco no incluya entre sus “pasos de cangrejo” el descarado desafío neomedieval del papado en las últimas décadas (ver Ratzinger: Continúa la demostración de fuerza), y eso que vive tan cerca de su epicentro. Quizá por ello, acostumbrado a las permanentes incursiones vaticanas en el espacio político italiano, Eco no es capaz de comprender la escala mundial de estos asaltos. En esta línea, no ofrece atención más que a una intervención del cardenal Ruini en el debate sobre uniones civiles, a las incongruentes denuncias supuestamente antipopulistas de un populista como es el presidente del Senado italiano Marcello Pera (destacado teocon), y a la incoherencia de quienes defienden la escuela privada, pero sólo si ésta es acorde con sus creencias. Su despiste en cuestiones vaticanas es tal que califica a Juan Pablo II de «infeliz y noble anciano» (p. 96). Lamentablemente, Umberto Eco, gran conocedor de la tradición teológica católica (no olvidemos que ya a los 24 años publicó su tesis La cuestión estética en la obra de santo Tomás de Aquino), demuestra un menor conocimiento del pensamiento bíblico, tan opuesto a esa tradición.


Pesimismo y optimismo

La obra traza en general un panorama pesimista. Ya desde el título Eco advierte de las diferentes dimensiones de la regresión que vivimos hoy en día, cuando la historia parece marchar a paso de cangrejo (ver el artículo que convirtió en prólogo del libro). Por un lado, los avances tecnológicos parecen conducir a una simplificación del consumo audiovisual, desde la en su día espectacular televisión en color hasta el iPod o el lector de MP3 (pero Eco parece no tener en cuenta la reaparición de la imagen en los MP4 y los móviles de última generación). Por otro, el mapa de Europa da un salto de un siglo hacia atrás para regresar a la fragmentación anterior a 1914. Desde la guerra de Afganistán, la incursión imperial en Asia Central evoca el Gran Juego decimonónico en la zona. La reaparición de los fundamentalismos cristianos y del burdo antijudaísmo de los Protocolos de los sabios de Sión (dedica a este tema la breve sección VI, “La defensa de la raza”) parecen desplazarnos a tiempos ya vividos. Los poderosos del mundo vuelven a hablar de cruzadas y de su consiguiente choque de civilizaciones, como si viviéramos una “nueva Edad Media” (sobre la que ya escribera Alain Minc en los noventa).

Ante tales perspectivas, el autor reserva para el final del volumen dos breves secciones. La VII, “Intentemos al menos divertirnos”, recoge varios artículos plenamente humorísticos (en muchos de los anteriores ya hemos ido saboreando algunas dosis de su vis comica), alguno de ellos hilarante, como el titulado “Sobre un congreso teológico berlusconiano”. Para la sección VIII, “El crepúsculo del comienzo de milenio” ha reservado sus reflexiones más personales. “Un sueño” es un artículo conmovedor, aun con su triste ironía de fondo, en el que Eco imagina el mundo tras una gigantesca hecatombe bélica: la desaparición de numerosos “avances” de la civilización proporciona a los supervivientes un estilo de vida arcaizante, con el que se vuelven a apreciar los valores de la vida sencilla y del tiempo lento. En “A hombros de gigantes” reflexiona sobre el concepto de modernidad e innovación a lo largo de la historia; y concluye: «Tal vez en la sombra se mueven ya gigantes, que desconocemos todavía, dispuestos a sentarse sobre nuestros hombros de enanos» (p. 382). Una muestra de optimismo voluntarista poco coherente con los análisis anteriores (ver ¿Fin del optimismo humanista?).

En el último artículo sopesa “los inconvenientes y las ventajas de la muerte”; al plantearse la hipótesis de la inmortalidad como una pervivencia eterna en este mundo, preservándose las actuales condiciones del mismo (muerte de los otros, dolor por la necedad humana, limitación de los recursos…), encuentra insoportable la idea, de modo que concluye, un tanto estoico:

Comienzo a sospechar que la tristeza que me embarga cuando pienso que, cuando muera, perderé todo mi tesoro de experiencia es parecida a la que siento al pensar que, si sobreviviera, empezaría a aburrirme de esta experiencia opresiva […]. Tal vez es mejor que, durante los años que todavía me sean concedidos, siga dejando mensajes en una botella para los que vengan después, y espere a la que san Francisco llamaba Hermana Muerte. (P. 389)

Estas sinceras palabras reflejan el afán de trascendencia de una persona inquieta; pero muestran también el muro con el que se topa al ser incapaz de ir más allá de la pura satisfacción intelectual como fuente máxima, única casi, de felicidad. Puestos a fantasear, podría Eco haber imaginado otro modelo de inmortalidad, de alcance universal, que de hecho ya se le ha propuesto al hombre hace tiempo (ver La esperanza). Quizá entonces no habría necesitado el vano (pero a la vez loable) consuelo de la perpetuación de sus obras y de su influencia, que espera él sea benéfica para la posteridad. No podemos decir que la filosofía de fondo de Umberto Eco sea la respuesta a las preguntas más profundas del hombre, pero sus opiniones eruditas, agudas y críticas constituyen un estimulante referente en algunos de los principales debates de nuestros días.

© Guillermo Sánchez (9 de octubre de 2007)
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