[Desde mayo de 2001]
laexcepcion_logo
Portada Actualidad Asuntos Contemporaneos Nuestras Claves Reseñas

 

Inicio > Reseñas > Cine

Yo, Daniel Blake
I, Daniel Blake, Reino Unido, 2016

Director

Ken Loach

Guión

Paul Laverty

Intérpretes

Hayley Squires, Natalie Ann Jamieson, Dave Johns, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones, Mick Laffey, Dylan McKiernan, John Sumner, Briana Shann, Rob Kirtley

Fotografía

Robbie Ryan

Música

George Fenton

Duración

100 minutos


Una película sencilla que enseña muchas cosas

La última película de Ken Loach, sencilla, descarnada, austera, supongo que barata, nos enseña muchísimas cosas:

–Que los diversos sistemas de atención a las necesidades de los ciudadanos están muchas veces diseñados con criterios técnicos y burocráticos, y olvidan la dimensión humana.

–Que la formación de los “expertos” en recursos humanos deja mucho que desear: seguro que estudian las preciosas teorías existentes, pero algo falla cuando en tantas ocasiones no se llevan a la práctica.

–Que, a pesar de toda la deshumanización del sistema, casi siempre suele haber alguien con la sensibilidad y flexibilidad suficientes como para saltarse el reglamento y aplicar criterios humanos y de sentido común. Pero, y cuando no lo hay, ¿qué es del pobre “cliente”?

–Que esas personas sensibles pueden jugarse su puesto de trabajo por actuar con humanidad.

–Que en nuestras relaciones diarias (trabajo, conocidos, desconocidos…) debemos tratar a los demás como personas, no como “clientes”, “usuarios” o un número de expediente.

–Que la digitalización de los sistemas de atención al ciudadano seguramente ha hecho que sean más eficientes en algunos aspectos; pero si hay situaciones que incluso a las personas con formación tecnológica les resultan desesperantes (atención telefónica por robots, instancias que únicamente pueden presentarse por Internet a través de sistemas que dan error una y otra vez…), ¿qué no les ocurrirá a aquellos que no han tenido la oportunidad de aprender a manejar un ordenador?

–Que los sistemas burocráticos conducen a situaciones kafkianas, como tener que hacer el paripé de que buscas trabajo, pero intentando que no te contraten para que no te perjudique en la solicitud de un subsidio que necesitas.

–Que aunque hubiera un auténtico propósito de que el estado de bienestar cubriera las necesidades básicas del ciudadano (propósito que ha desaparecido del horizonte político como consecuencia de esta crisis hábilmente diseñada y de sus consiguientes recortes), en última instancia esa atención se concreta en las personas que tienen que aplicarla, y por tanto deberían aplicarla con humanidad. Y aun en un hipotético estado de bienestar perfecto, siempre quedará un área que sólo puede ser cubierta por las redes de amistades y conocidos que velan unos por otros.

–Que hay que andar con mucho cuidado, porque siempre hay personas y mafias dispuestas a hacer como que ayudan a los que se encuentran en exclusión, pero en realidad buscan explotarlos.

–Que en este sistema capitalista cuyas virtudes exaltan los “neoliberales” (esos falsos liberales) hasta el más luchador puede parecer un vago o un aprovechado porque no es capaz de adaptarse al darwinismo social rampante.

–Que en lugar de juzgar precipitadamente a las personas por actos que no nos parecen aceptables, deberíamos conocer las circunstancias que les han llevado a ello, y apoyarles en la búsqueda de las mejores alternativas.

–Que generalmente son las personas desfavorecidas las que se muestran más solidarias con otros que están en peores condiciones que ellas, mientras que los acomodados suelen vivir en su burbuja de bienestar (y, para colmo, muchas veces desprecian a los humildes).

–Que si alguna vez llegamos a necesitar ayudas sociales públicas o procedentes de las ONG (algo que a cualquiera nos podría llegar a ocurrir), no deberíamos avergonzarnos de recibirlas.

–Que todos tendríamos que esforzarnos por dedicar aunque sea una pequeña parte de nuestro tiempo y recursos en ayudar a alguien.

–Que muchos de los pequeños (o grandes) actos de solidaridad que podemos hacer cada día quizá no lleguen a tener el efecto esperado, pero que aun así hay que hacerlos (como tan magistralmente sintetizan los mandamientos paradójicos de Kent M. Keith).

–Que para conseguir mejoras en los niños desadaptados son mucho más eficaces la paciencia, la comprensión y la empatía que la reprensión y el castigo.

Yo, Daniel Blake es una película recomendable para todo el mundo, pero no estaría mal que fuera de visionado obligatorio para:

–todas las personas que trabajan en atención al público y recursos humanos;

–todos los representantes políticos de cualquier nivel (desde el concejal del pueblo más pequeño hasta el presidente del gobierno);

© Simón Itunberri / @situnberri / situnberri@gmail.com (30 de noviembre de 2016)
© LaExcepción.com

[Página Inicial] | [Índice General]
[Actualidad] | [Asuntos Contemporáneos] | [Nuestras Claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
laexcepcion@laexcepcion.com