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Trumbo. La lista negra de Hollywood
Trumbo, Estados Unidos, 2015

Director

Jay Roach

Guión

John McNamara

Intérpretes

Bryan Cranston, Diane Lane, Helen Mirren, John Goodman, Elle Fanning, Louis C.K., Michael Stuhlbarg, David James Elliott, Roger Bart, J.D. Evermore, Mark Harelik, Peter Mackenzie, Toby Nichols, Becca Nicole Preston, Elijah Miskowski

Fotografía

Jim Denault

Música

Theodore Shapiro

Duración

124 min.


Una historia de fidelidad, idealismo, resistencia y, ante todo, dignidad

La terrible época de la paranoia anticomunista de los años 40 y 50 en Estados Unidos ha sido llevada al cine previamente con gran acierto en películas como La tapadera (Martin Ritt, 1976) o Buenas noches y buena suerte (George Clooney, 2005). A ellas se une este biopic sobre Dalton Trumbo, genial escritor y guionista, y director de una sola cinta, la memorable Johnny cogió su fusil.

Trumbo es tan redonda que parecería escrita por el propio Trumbo. Son portentosos la recreación de ambientes y los detalles sobre el proceso creativo del escritor (cómo redacta guiones a máquina, cómo recorta los trozos de papel para pegarlos con celo…). Pero especialmente los diálogos no tienen desperdicio. Hay momentos en que se llora de risa (como las discusiones en torno al estrambótico guión de El extraterrestre y la granjera), otros en que se llora de pena y, sobre todo, otros en que se llora de emoción y de admiración.

Es una historia de traiciones y fidelidades, de fanatismo e idealismo, de afán de lucro y resistencia, de miseria y dignidad, ante todo dignidad. Y todo ello sin caer en maniqueísmos, mostrando las debilidades, dudas y dilemas de los protagonistas, exponiendo el conflicto entre las diferentes posibilidades de abordar una situación difícil. Como dice Trumbo en su discurso final, no es una historia de héroes y villanos, sino de víctimas. Y no añade “y de verdugos”, aunque los hay, y tienen nombres y apellidos. Porque una vez que se logra eliminar la lista negra, no es momento de hacer leña del árbol caído, no es momento de rebajarse a la rastrera condición de quienes con procedimientos mafiosos se regodearon destrozando la vida de miles de personas y familias, mientras se les llenaba la boca de patriotismo, de “ideales americanos”, de valores.

Un productor que contrata a Trumbo para que escriba bajo seudónimo guiones de películas basura, le pregunta: “¿Seguirá haciendo de las suyas?”. Espera una respuesta negativa, claro, o que al menos disimule, pues el sustento del escritor depende de ese contrato. “Eternamente”, responde Trumbo con firmeza imbatible. Resistencia.

El film muestra que la frágil aritmética de las instituciones puede resultar decisiva para bien o para mal: de la designación de un solo juez de nueve que componen el Tribunal Supremo dependerá que muchas personas pierdan o no toda posibilidad de encontrar un trabajo. Muestra que mediante la manipulación y el engaño los poderes fácticos totalitarios disfrazados de demócratas, con la colaboración de fanáticos, ignorantes y trepas, pueden imponer un clima de terror. Que una democracia no es un sistema estable y seguro per se, sino que puede deslizarse hacia la dictadura si no hay personas y colectivos que individualmente y de forma organizada ejercen la resistencia, dispuestos a sufrir la estigmatización, la cárcel, el desprecio de los vecinos y conocidos, incluso la muerte. Toda una advertencia para nuestros días, en que las técnicas de persuasión, control de la población, manipulación y propaganda están mucho más perfeccionadas que entonces, las masas más adocenadas, los poderes fácticos más globalizados y la posible resistencia en gran medida desactivada. Un aviso sobre el fascismo que se agazapa en nuestros regímenes.

Y en cada uno de nosotros. Porque Trumbo enseña que mediante el ejemplo (que es el mejor maestro, el único maestro), un padre resistente enseña a su hija a convertirse en una activista por los derechos de los demás. Pero también que un padre idealista es igualmente imperfecto, y que puede llegar a ser tiránico, despreciar a sus seres queridos y estar a punto de destrozar a su familia. Además de no llevar un estilo de vida muy coherente con su ideología, como le señala su amigo.

Uno se pregunta: ¿Y no habrá hoy otro tipo de “listas negras” en Hollywood, y en tantas otras instancias en las que, por ejemplo, los artistas deben someterse a lo políticamente correcto –en este caso de línea progre–, o esperar el boicot y el sabotaje de sus proyectos?

La película muestra que los auténticos patriotas no alardean de su patriotismo, simplemente lo ejercen; pero, como vemos en nuestros días también, los que se llenan la boca de la palabra “patria” suelen ser los que más la desprecian, los que con esa palabra aplastan a los conciudadanos que componen esa patria.

Trumbo te hace preguntarte: ¿Cuál es tu jerarquía de valores en la vida? ¿Te aferras a lo material, y quieres recuperar lo perdido aun a costa de rebajarte moralmente? ¿Justificas patéticamente tu miserable conducta, sabiendo que es injustificable?

Hay un gran diálogo entre Dalton Trumbo y Edward G. Robinson: este, tras delatar a sus amigos, sale de la lista negra, consigue buenos contratos y ha vuelto a comprar el Van Gogh que había vendido años atrás para pagar a abogados que defendieran a sus colegas. Trumbo le echa en cara que todo su interés haya sido poder tener “bobadas muertas en las paredes”. En eso se convierten las grandes obras de arte cuando se comparan con los valores inmortales: la fidelidad, la amistad, la dignidad.

La dignidad, un gran tema que todavía necesita de muchas películas, novelas, poemas, obras de arte. Pero ante todo, de personas que estén dispuestas a encarnarla.

© Simón Itunberri (24 de mayo de 2016)
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