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Spotlight
Spotlight, Estados Unidos, 2015

Director

Thomas McCarthy

Guión

Thomas McCarthy, Josh Singer

Intérpretes

Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, Stanley Tucci, John Slattery.

Fotografía

Masanobu Takayanagi

Música

Howard Shore

Duración

121 minutos

Por las víctimas, contra la impunidad, cueste lo que cueste

La película reproduce la historia de un equipo de periodistas del diario The Boston Globe, denominado “Spotlight”, que a lo largo de 2001 investigó el encubrimiento por parte de la jerarquía católica de miles de casos de abusos de clérigos sobre niños.

Es ante todo una historia sobre el periodismo, en la línea de los grandes títulos del género. Refleja de manera muy convincente el trabajo riguroso y obstinado de cuatro periodistas (y sus superiores) que, esquivando todos los obstáculos imaginables, se empeñan en publicar su historia, por dignidad, por sentido de la justicia y por amor a las víctimas. Es triste comprobar cómo sólo quince años después de estos hechos ya prácticamente no existe un periodismo de investigación valiente e independiente como el de este equipo de héroes.

También es una historia sobre la maquinaria diabólica de una institución en la que no sólo se multiplican los crímenes y pecados más abominables, sino que, y esto es lo más grave, la jerarquía construye todo un sistema de encubrimiento, silenciamiento e impunidad, que tiene como resultado la perpetuación del mal. Sólo cuando fueron aflorando algunos casos la Iglesia Católica Romana (ICR) organizó de forma privada un sistema de compensaciones económicas a cambio del silencio; de este modo la jerarquía se limitaba a dar un nuevo destino a los abusadores, o a internarlos temporalmente en “centros de tratamiento”, sin que jamás llegaran a pagar por sus crímenes.

El film expone también los mecanismos psicológico-espirituales que propician un fenómeno como este: cuando unos hombres se posicionan como mediadores entre Dios y las personas (según la doctrina católica sobre el sacerdocio), las víctimas quedan paralizadas, a veces de por vida. Muchas nunca más volvieron a hablar del asunto, ni siquiera a sus personas más allegadas. Una de las víctimas, relatando el abuso que sufrió por parte de un cura, comenta: “¿Cómo le dices que no a Dios?”. Otros supervivientes (así se consideran a sí mismos) hacen comentarios similares. Un sistema blasfemo propicia pecados exponenciales.

En la película se pueden ver también las “sutiles” presiones que la jerarquía religiosa ejerce sobre los periodistas para que dejen de investigar y para que no publiquen la historia. Un abogado especializado en estos casos les explica cómo la ICR constituye una red muy sólida en todos los niveles, y les advierte: “Lo controlan todo. Todo”. Un responsable de las ONG católicas, laico, dirige este argumento al director del equipo profesional: “La gente necesita a la Iglesia”, por eso es malo dañar su imagen. Es la forma de razonar de todos aquellos que, en cualquier iglesia u organización, sitúan a la institución por encima de la persona.

Pero precisamente también es el amor a su iglesia lo que mueve a los periodistas, todos ellos procedentes de familias católicas. Destapar estos casos les afecta también a su vida personal y familiar. Les provoca crisis de fe y dilemas morales, y causa dolor a seres queridos que son devotos creyentes. Pero su empatía con las víctimas está por encima de todo. Y su empeño por afrontar el reto hasta sus últimas consecuencias arrastra a otras personas a colaborar en destapar la red de encubrimientos criminales. El poder del ejemplo.

El propio director, Tom McCarthy, declara: “Me crié en un ambiente católico, así que entiendo muy bien a la institución y siento gran respeto y admiración por ella”. Y añade: “Esta historia no trata de despotricar contra la Iglesia. Trata de preguntar: ¿Cómo pudo suceder algo así?” (La Butaca). La película responde muy acertadamente a la cuestión; eso sí, quiéralo McCarthy o no, contribuye a desmontar en gran medida el respeto a la institución.

Los casos relatados se circunscriben a la ciudad de Boston, ámbito de investigación del equipo periodístico. Se muestra cómo el cardenal de Boston, Bernard Law, promovió la impunidad y el silenciamiento de estos abusos. Pero en la película se apunta hacia otros ámbitos (en los títulos se incluye un listado no exhaustivo de los lugares donde se han probado abusos sexuales por parte del clero católico romano), e incluso se dice que el caso “afecta al Vaticano”, aunque no se llega a detallar en qué grado es así. Lo cierto es que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI establecieron los mecanismos para encubrir todos estos casos (ver Los papas y la pederastia). Sólo cuando las dimensiones del escándalo llegaron a ser clamorosas, no les quedó más remedio que tomar algunas medidas, preferentemente a partir de la normativa interna de la Iglesia Católica Romana (el “derecho canónico”) y en lo posible evitando la vía judicial.

Además, hoy el cardenal Law reside tranquilamente en el Vaticano; el papa Francisco dijo que no quiere verlo ni que frecuente la basílica de la que fue arcipreste (El Mundo, 15.3.13), pero no ha tomado ninguna medida para que se enfrente a la justicia por sus crímenes (El Diario, 3.2.16). Ya que Bergoglio concede entrevistas de vez en cuando, a ver si un periodista se anima a plantearle no las típicas preguntas para lucimiento personal del papa, sino cuestiones comprometedoras como la situación de este cardenal, o los encubrimientos promovidos por los papas que le precedieron, uno de los cuales, Ratzinger, también vive cómodamente en el Vaticano y otro, Wojtyla, fue declarado “santo” por el propio Francisco.

En la película el tratamiento de la historia es impecable: en una trama con tantos personajes, la aparición de los mismos va dosificándose, de modo que no resulta complicado seguir el hilo e identificar a cada persona. A medida que avanza la historia, aumenta la emoción, sin caer en la sensiblería. Es de destacar que apenas salen imágenes de niños, y cuando así es, la cámara guarda una pudorosa distancia.

Es cine sobrio, sin regodeo alguno en lo morboso, ni por supuesto ninguna imagen de los abusos, pero sí algunas menciones explícitas a ellos porque, como dice una periodista, no basta con hablar genéricamente del tema, hay que saber en qué consiste exactamente destrozar la dignidad a un inocente. Pero con los relatos orales es suficiente, como en el cine clásico.

Finalmente, queda claro que estos hechos no son una cuestión de un pasado remoto: al final, cuando ya han conseguido publicar la historia, uno de los periodistas puede ver en el despacho de un abogado a dos niños que acaban de sufrir abusos de un sacerdote. La historia continúa, pero aventuras periodísticas como la del equipo Spotlight, y películas como ésta contribuyen a que al menos el grado de impunidad sea menor.

© @SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com (10 de febrero de 2016)
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