Sólo mía
España, 2001

Director Javier Balaguer
Guión Álvaro García Mohedano
Intérpretes

Sergi López
Paz Vega
Elvira Mínguez
Alberto Jiménez
María José Alfonso
Beatriz Bergamín
Asunción Balaguer
Ginés GarcÍa Millán

Fotografía

Jordi Socías

Duración 112 minutos

Sobre un hombre bueno y violento

Aparte de un brillante creativo publicitario, Joaquín es un tipo cordial y adorable, con la suficiente chispa como para rendir a una bella moza, de nombre Ángela, y prometerle un futuro radiante. Desea un matrimonio estable y con hijos, datos éstos que a ella tampoco dejan, en principio, de complacerla.

La boda es idílica y lo son también sus primeros meses juntos. Pero un mal día, en medio de ciertas asperezas entre ambos, el monstruo despierta: a Joaquín se le va la mano y ella, embarazada de cinco meses, la recibe en forma de bofetada. Así empieza su personal via crucis.

Según datos hechos públicos recientemente, 57 mujeres han perdido la vida por malos tratos domésticos en los diez primeros meses de 2001, lo que supone un 15% de incremento respecto al año anterior. Y de acuerdo con diversas asociaciones de ayuda a la mujer, una de las principales carencias a la hora de abordar este problema es la escasez de políticas reales de prevención, así como de recuperación de las mujeres que ya han sufrido malos tratos pero (¿todavía?) sin resultados fatales.

Ahora bien, más allá de las necesarias medidas sociales y políticas, el asunto merece una reflexión de hondo calado sobre la naturaleza humana. Y a ella invita Solo mía, el primer largometraje de Javier Balaguer (director) y Álvaro García Mohedano (guionista). Su planteamiento es hábil porque juega con la paradoja de un sujeto aparentemente encantador que, de súbito, se torna un salvaje. No es el típico depravado que causa náuseas por donde va, y he ahí la sorpresa.

Numerosas veces, tras el acontecer de graves sucesos criminales, hemos escuchado en los medios de comunicación comentarios de este tipo: «¡Pero si era un tío muy majo!», o «"Fulano" siempre ha sido un vecino de lo más normal, que no se metía con nadie y acariciaba al perro de los del quinto...» Las almas cándidas que así muestran su perplejidad ignoran en qué medida resultan acertados sus comentarios, aunque sea en un sentido diferente al que ellas pretenden transmitir. Pues los tipos más normales, y aun los más "majetes", son humanos a pesar de todo, dicho sea sin la connotación positiva que habitualmente se confiere al término.

Como decíamos al principio de otro texto publicado en La Excepción (ver Una fecha y sus secuelas), lo normal entre los miembros de nuestra especie no es la avenencia y la paz, sino la discordia y la violencia. Ciertamente, no siempre dichos rasgos propios de nuestra más mediocre normalidad exhiben su faz más espectacular y siniestra. Las más de las veces actúan de manera más o menos soterrada, pero sólo alguien demasiado despistado puede ignorar su presencia, y aun su omnipresencia, entre nosotros.

Cruel condición, la humana. Por un lado, nos necesitamos mutuamente en grado superior al de la mayoría de otros seres. Por otro, muy pronto, ya en las edades más tiernas, experimentamos los tremendos riesgos asociados a ese contacto. En una analogía de lo más afortunada, Schopenhauer comparaba a nuestra especie con «un grupo de puerco espinesČ que se acercan y apretujan a fin de protegerse, dándose calor para no quedar helados. Pero no tardan mucho en sentir Įlas recíprocas púas», lo que les impulsa a volver a distanciarse...

El matrimonio, o la vida marital, es quizá el grado máximo de proximidad entre dos almas humanas conscientes. Atraídas por el amor (o, más comúnmente, por cualquiera de sus sucedáneos), se juntan asimismo sus cuerpos y emprenden una convivencia que esperan bienaventurada. Naturalmente, suelen ignorar que, puerco espines como son (usualmente macho y hembra), aquélla más bien está llamada a resultar explosiva.

El detonante puede arrancar de cualquier diferencia o conflicto de intereses. Ya desde el primer día juntos se desata la lucha por el poder. Por lo general, cada puerco espín preserva su propia parcela, mayor o menor que la de su pareja. Si, pese a la lucha, se llega a un cierto equilibrio (generalmente, injusto pero más o menos llevadero), la asociación se prolonga en el tiempo. La inercia juega a favor de dicha estabilidad. Pero si una de las dos partes se empeña en prevalecer, anulando a la otra más allá de lo que ésta puede tolerar, sobreviene la crisis brutal.

Sólo mía ejemplifica este último caso, concretamente en su variante más violenta (aunque las imágenes, siendo duras, no alcanzan una crudeza desmedida). El puerco espín macho es además machista, es decir, un egoísta que manifiesta su egocentrismo recurriendo a viejos anclajes patriarcales y a su fuerza física superior. La puerco espín hembra, que llegado el momento no podrá reprimir su deseo de venganza, es con todo la víctima.

La película entrecruza, desde un principio, escenas correspondientes a momentos distintos de la historia, en un juego de flash-backs de notable interés y fáciles de seguir. El uso de fondos cromáticos diferentes según cuál sea la fase de la historia que se narra, y que nos recuerda a la excelente Traffic, constituye un acierto formal y narrativo, en un largometraje que, por lo demás, adolece de fallos de ritmo, intensidad escasa y –a pesar de lo dicho– carencia de suficientes contrastes en sus secuencias. Pero todo ello queda sobradamente compensado por unos diálogos ágiles, saltos rápidos entre escenas (quizá, a veces, demasiado rápidos, aunque nunca resulten bruscos) y, sobre todo, el atractivo temático y argumental de la historia. Por supuesto, a la buena factura global también contribuye la convincente interpretación de la mayoría de los actores; destaquemos a Paz Vega, en el papel de Ángela, quizá un prodigio de naturalidad y eficacia fílmica. El final de la película, que no contaré aquí, me parece otro de sus aciertos reseñables, por más que algunos críticos parezcan empeñados en interpretarlo erróneamente.

En cuanto al guión, habida cuenta de su evidente intencionalidad, tal vez lo único reprochable que en él me cabe encontrar sea la ausencia de algún momento más reposado, más dado a la meditación sobre los penosos sucesos descritos. No creo que su inclusión hubiera hecho el menor daño al tempo de la historia, ni que el espectador se hubiera "despegado" de la película (pues la cinta engancha) por causa de aquélla.

Un deseo, para concluir. Valga este digno trabajo cinematográfico como parábola sobre la realidad del ser humano, su violencia y su necesidad de encontrar unos valores (por cierto, al alcance de quien quiera buscarlos) que trasciendan esa realidad. Tales valores seguramente constituyen la única garantía de que el éxito en la convivencia pueda superar el derivado de la simple inercia.

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(noviembre de 2001)
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