El señor Ibrahim y las flores del Corán
Monsieur Ibrahim et les fleurs du Coran, Francia, 2003

Director

François Dupeyron

Guión

François Dupeyron y Eric Emmanuel Schmitt, a partir de la novela del segundo

Intérpretes

Omar Sharif (Señor Ibrahim)
Pierre Boulanger (Momo)
Gilbert Melki (Padre de Momo)
Lola Naymark (Myriam)
Anne Suarez (Sylvie)

Fotografía

Remy Chevrin

Música

François Laurel

Duración

95 minutos


¿Paternalismo o paternidad?

La historia transcurre en un barrio de París en los primeros años sesenta. En un humilde piso de una calle transitada permanentemente por prostitutas viven Moisés (Momo), un adolescente judío, y su padre. Las relaciones son difíciles: el padre, con problemas laborales y una acusada insatisfacción vital, desatiende a su hijo. Moisés ve en él a alguien distante e insensible. Hay roces, falta de afecto. El propietario de la tienda de enfrente, un viejo turco llamado Ibrahim (para Moisés y su padre, “el árabe”), se interesa por Momo, habla con él y le va enseñando lecciones sobre la vida. Comienza una curiosa amistad.

Conocidas estas líneas argumentales, podríamos pensar que estamos ante una sencilla y ya conocida historia de iniciación a la vida adulta, en la que un sabio instruye a un joven desorientado, salvando las barreras religiosas y culturales que los separan. “Cine de buenos sentimientos construido sobre el eje de la tolerancia y el respeto”; “bonito cuento en el cual se ofrece toda una filosofía de la vida y de la felicidad”; “tierna fábula sobre la tolerancia racial y religiosa”; “canto a la amistad por encima de las diferencias de origen, una apuesta por otra vida más amable, más tolerante”; “un mensaje de esperanza en un mundo, en el cual, diferencias como la edad, la religión, la raza u otras, separan a la gente aún antes de conocerse”. Son algunos de los juicios con que la crítica ha recibido esta película de François Dupeyron. Parecería que en ella, en principio, no fuéramos a hallar más que el discurso tópico sobre la “tolerancia” (ver Diálogo), con el consabido paternalismo del viejo maestro hacia el joven inexperto.

En El señor Ibrahim y las flores del Corán hay algo de todo ello: el magisterio del tendero (magníficamente interpretado por un Omar Sharif muy bien caracterizado) suena un tanto simplón en ocasiones; las enseñanzas que imparte resultan más prosaicas y perogrullescas de lo que cabría esperar. Hay cierto aire de pretenciosidad, cuando parecen presentarse como reflexiones profundas sobre el hombre y la vida lo que en realidad es un ramillete de sentencias presuntamente sapienciales teñidas de sufismo de andar por casa. Aun siendo de interés algunas de ellas, el conjunto es filosóficamente pobre; cabe señalarlo cuando se aprecia el esfuerzo (algo fallido) de los guionistas por dotar de claves reflexivas a los diálogos. Hay incluso cierta banalización de la mística islámica. Pero aun así considero que todo ello no desmerece el conjunto de la película. ¿Cómo puede ser? Porque el sufismo del señor Ibrahim no es el del místico eremita, el del sabio intelectual, sino el que el sencillo tendero de barrio vive y aplica en su cotidianeidad, con espíritu práctico e idealista a la vez. Pues Ibrahim es un personaje entrañable y no exento de valores humanos. Propone a Moisés criterios de actuación para las relaciones personales, basados en la espontaneidad, cierto hedonismo y la confianza en sí mismo. Es por tanto una película con pretensiones éticas, de ahí que quepa preguntarse: ¿cuáles son los valores que representan el señor Ibrahim y la obra en general?

Comencemos por lo secundario: la historia ofrece una visión de la prostitución muy frecuente en el cine de los años en que está ambientada, según la cual las meretrices son amables mujeres que ejercen alegremente su profesión. Es bien cierto que por entonces las drogas sintéticas y el SIDA todavía no habían invadido estos ambientes; pero resulta frustrante que en muchas películas, como en ésta, apenas se refleje el terrorífico drama que implica la condición de estas mujeres de vida muy poco alegre. Para colmo, el espantoso rito machista de la iniciación del joven en el sexo a través de la prostitución, aparece en la película edulcorado por la candidez del protagonista.

En segundo lugar, habría que considerar la presencia de las religiones en la película. En el contexto actual de creciente enfrentamiento global entre musulmanes y judíos, de salvajes atentados judeófobos (muy abundantes en Francia, precisamente) y de propagandistas alentando el “choque de civilizaciones”, puede resultar sospechoso que en la película los personajes judíos no aparezcan favorecidos, mientras que el personaje musulmán destaca por su humanidad. Si se contempla como una historia sobre religiones, el espectador judío podría sentirse un tanto molesto, no sin cierta razón. Pero también es cierto que en el filme no hay acritud ni animosidad hacia el judaísmo; no hay que olvidar que es la historia de un adolescente, cuya madre lo abandonó y cuyo padre lo desprecia, en busca de identidad. Es comprensible que el muchacho reniegue del judaísmo cuando, en su ignorancia e inexperiencia (claramente expuestas en la película), entiende que es la religión que representa su padre (en realidad, un hombre en absoluto “practicante”).

Por otro lado, hay que destacar que el único personaje musulmán de la película difícilmente puede representar el islam mayoritario. Ibrahim profesa el sufismo (cierto sufismo) y se aleja intencionalmente de la letra del Corán para construir una religión a su medida, que resultaría inaceptable para muchos mahometanos. Se podría decir que es un humanista espiritual (con no pocas pinceladas paganas), más que propiamente un creyente. En realidad, y a pesar del título, El señor Ibrahim… no es tanto una historia sobre religiones, como una historia sobre personas. No trata tanto las creencias cuanto las relaciones. Como muy bien afirma Omar Sharif en una entrevista: «No se trata de una película religiosa, ni políticamente comprometida. Lo que me gusta es que es una película de amor, una película sobre el ser humano, sobre el intercambio. El hecho de que uno sea judío y el otro musulmán no tiene mayor importancia, la relación siempre habría sido la misma».

Llegamos por tanto al núcleo narrativo (y ético) de esta historia. Ya hemos dicho que Ibrahim propone cierto hedonismo y la confianza en uno mismo como soluciones vitales. ¿Qué lecciones aprende Moisés del tendero? Ibrahim, que aun desde su relativa humildad en ocasiones irradia cierto aire de autosuficiencia típicamente orientalista, le enseña a buscar su felicidad; y Momo, al aplicar el principio en su vida diaria (en sus relaciones con la muchacha que le gusta, por ejemplo), busca la satisfacción propia, en lugar de la entrega (que constituiría la verdadera felicidad). El principal problema de Momo es la hostilidad e indiferencia de su padre (además de la temprana ausencia de su madre, a la que desconoce). Tampoco aquí se puede decir que Ibrahim le ofrezca claves que le permitirían resolver la raíz del problema y hallar la que constituiría la auténtica solución: reconstruir la relación paterno-filial y tratar de rescatar a su padre de su vacío existencial (al menos Momo encuentra un verdadero padre, e Ibrahim un hijo; es ésta la dimensión más bella y sabia de la historia). El tendero le enseña cómo sisarle dinero al padre sin que se dé cuenta y manteniéndolo contento a la vez (dinero que después Moisés se gastará en los servicios sexuales de las prostitutas). Ciertamente, sería bastante inverosímil que un muchacho con una educación afectiva tan deficiente pudiera asimilar con lucidez el sentido de esfuerzo personal y de renuncia a favor de un padre abocado a la desesperación, pero ¿no habría constituido esa salida el auténtico idealismo que algunos han querido ver en esta historia?

En cambio, Ibrahim le ofrece los recursos para evadirse de ese medio hostil mediante la ruptura. La iniciación espiritual de Moisés se concreta en un viaje iniciático al estilo de las road movies de la contracultura, en busca de su destino personal… y dejando atrás cualquier vínculo con sus raíces familiares. Una huida hacia delante. Escapismo, en definitiva, en la línea de cierta espiritualidad posmoderna (ver La “Nueva Era”, una típica religión posmoderna). Tras las palabras y gestos bonitos (en absoluto despreciables, pero insuficientes) apenas hay un fundamento que sustente las posibilidades de acción (ver Ética y fundamento).

Hay que señalar, pese a todo, que el bello final de la película (que no desvelaremos) ofrece interesantes claves interpretativas. Las frases magistrales desaparecen, y quedan las enseñanzas que un padre lega finalmente a su hijo (las flores del Corán…), que no son tanto sus palabras, cuanto su propia vida.

© Guillermo Sánchez Vicente
(3 de septiembre de 2004)
© LaExcepción.com

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