Lutero
Luther, Alemania, 2003

Director

Eric Till

Guión

Camille Thomasson, Bart Gavigan

Intérpretes

Joseph Fiennes (Martín Lutero)
Alfred Molina (Johann Tetzel)
Claire Cox (Katharina von Bora)
Peter Ustinov (Federico de Sajonia)
Bruno Ganz (Johann von Staupitz)
Jochen Horst (Andreas Karlstadt)
Uwe Ochsenknecht (papa León X)
Torben Liebrecht (emperador Carlos V)
Jonathan Firth (Girolamo Aleander)
Mathieu Carrière (Cardenal Cayetano)

Fotografía

Robert Fraisse

Música

Richard Harvey

Duración

2 horas y 1 minuto


El monje que encontró la fe

La cristiandad llevaba siglos sumida en las tinieblas. Aunque hoy algunos se empeñan en reivindicarla (¡algún “protestante” incluido!), la Edad Media transcurrió marcada por la ignorancia forzosa y el miedo a la condenación. La fe, como alegre y esperanzadora confianza, era un hecho insólito, así entre el vasto pueblo como en el clero. Sólo algunos corazones atisbaban el gozo genuino de la salvación, a pesar de la adulteración de las enseñanzas cristianas.

La Palabra yacía marginada y restringida al latín y a los ámbitos monacales (ver Trilogía de los falsos maestros). En los estertores del Medievo, la corrupción clerical (y, destacadamente, papal) había alcanzado niveles de escándalo. El clamor por la reforma bullía aquí y allá. Con el paso del tiempo, ya no bastaría un simple maquillaje: todo hedía demasiado en Roma y allí donde llegaban sus malolientes tentáculos.

La expresión radical de ese clamor se encarnó en un fraile de intachable comportamiento. Su nombre, Martín Lutero. Para hacerle justicia, reconociendo su extraordinaria aportación, llega la película que nos ocupa (que, sin caer en el ditirambo, por momentos resulta apologética, como al atenuar su responsabilidad en la masacre de los campesinos). Justicia tanto más necesaria en un país como España, donde protestantismo siempre ha equivalido a herejía (¿hay, por estos pagos, un nombre históricamente más difamado que el del gran reformador?). Y aún es así en el inconsciente colectivo, cuando no despierta la más completa indiferencia.

Al hilo de esto último, cabe preguntarse si la película llega oportunamente. Nos tememos que no, al menos en el plano global: llega tarde, demasiado tarde, quizá ya para siempre tarde…


La concienciación de un alma sincera

La fidelidad de una película histórica a los hechos es a menudo tema de controversia. Habrá quien cuestione, por ejemplo, la pertinencia de mostrar la escena (para algunos historiadores, legendaria) en que Lutero clava sus tesis contra las indulgencias en la puerta de aquella iglesia de Wittenberg. O el mencionado énfasis apologético, que puede empañar el rigor histórico (pero es un énfasis compensado al presentarnos a un Lutero obsesionado cuasipatológicamente con la culpa y el demonio; así, al menos, lo percibirán muchas mentes “laicas”, de las que más adelante ofreceremos un ejemplo).

Lo relevante para nuestros fines, que no son contar la película ni discutir su exactitud literal, es que la cinta sea fiel al espíritu de la historia y personajes a los que nos acerca. Cualquiera que conozca mínimamente la figura de Lutero y la época que le tocó vivir y cambiar, no dejará de hallar esa fidelidad en esta producción alemana dirigida por el británico Eric Till (para contrastar esta afirmación, véanse las espléndidas biografías del protestante Atkinson, del jesuita García-Villoslada, del historiador puro y duro Lucien Fébvre…).

Película que, aun sin alcanzar la perfección (cabe achacarle ciertos defectos narrativos, al no dejar siempre muy claro quién es cada personaje: Spalatino, Aleander, Eck, etc., detalle aún más relevante en un ámbito, el español, que ignora casi todo sobre el asunto), exhibe un ritmo y una amenidad más que aceptables. Esto es digno de resaltarse por cuanto el guión no renuncia en ningún momento a lo que constituye el meollo de la historia: lo teológico y moral. Es cierto que, por lo demás, los detalles heroicos de la biografía de Martín favorecen su dramatización.

Estamos, en realidad, ante una historia muy simple. A principios del siglo XVI un joven idealista opta por entregarse a la “vida religiosa”, ingresando en el convento agustino de Erfurt. Allí, movido por su afán de impecabilidad, luchará contra la tentación pero no más que contra el sentimiento de culpa, la angustia y el miedo al infierno. Por ejemplar que sea su conducta, no logra pacificar su corazón.

Como monje, tiene acceso a las Escrituras. Guiado en su estudio por Staupitz, superior en la orden agustina y el gran mentor de Lutero durante años (en el filme lo revive Bruno Ganz, el aún reciente “Hitler” de El hundimiento), empieza a vislumbrar un camino diferente: quizá nuestras propias obras nunca puedan darnos la paz y el secreto consista en aferrarse a los méritos de Cristo… («El justo vivirá por la fe», insiste la Biblia en Habacuc 2: 4, Romanos 1: 17, Hebreos 10: 38…).

Su rigorismo ético choca con lo que se encuentra en Roma, la “joya” de la cristiandad. No es sólo estupor ante la pompa papal, ante la grotesca corrupción (incluso “carnal”) de todos los niveles del clero… Es, quizá principalmente, la constatación de las terribles exigencias que pesan sobre los fieles si quieren obtener la paz: la escena de tantos desdichados, con Lutero entre ellos, subiendo de rodillas la Scala Sancta, escalinata del Palacio Lateranense (con la bula del “perdón” previamente comprada al clérigo de turno), es quizá uno de los mayores logros de la película, aparte de un hito en su vida.

La visión de tanta depravación no puede dejar impávido a un ferviente estudioso de los Evangelios («En Roma», escribirá después, «he visto dos cosas: los monumentos de los antiguos y la cátedra de pestilencia. El primer espectáculo, ¡qué alegría! El segundo, ¡qué vergüenza!»; citado en L. Fébvre, Martín Lutero, un destino, FCE, 1975). El Cristo de la Palabra nada tiene que ver con quienes se proclaman sus vicarios (y que, como acabará reconociendo Lutero, no son más que sus usurpadores).

En el gesto estupefacto y cada vez más indignado de Martín, en su compasiva mirada hacia los demás fieles que como él suben de hinojos la escalinata (rezando un padrenuestro en cada peldaño), en el acto de romper al fin la fraudulenta bula…, Eric Till nos revela el decisivo distanciamiento frente al sistema que se está operando en la mente de Lutero. A partir de ahí, su camino llegará a ser el de un disidente, incluso el de un subversor, por más que él semejante misión no la busque en modo alguno.

Pero es la consecuencia lógica del contraste entre el Dios liberador que encuentra en la Palabra y el sistema opresor que se resiste implacablemente a dejar actuar a ese Dios. («¡Ay de vosotros, fariseos...! Imponéis a los hombres cargas que no pueden llevar. Y vosotros ni aun con un dedo las tocáis», decía ya el Maestro de Nazaret en el Evangelio de Lucas 11: 43, 46).

Otra escena clave de la película nos muestra al dominico Johann Tetzel vendiendo bulas. Trata así de allegar fondos con los que renovar la Basílica papal en Roma (y, de paso, enriquecerse personalmente). La desvergüenza de este sujeto, comisionado papal y fiel portavoz del sistema, se manifiesta en cómo utiliza los horrores del purgatorio y del infierno para chupar la sangre de los pobres: “En cuanto la moneda suena en el cepillo, el alma sale del purgatorio.” El márketing de las bulas con las indulgencias tenía poco que envidiar a la mercadotecnia contemporánea: oportuno uso de imágenes del fuego purificador y/o torturante, solemne teatralidad del buldero, desfile de éste con sus monaguillos entonando la siniestra cantinela…


Mensaje liberador

La protesta de Lutero será creciente pero gradual. Sus tesis contra las indulgencias, sus comparecencias en Augsburgo y en la Dieta de Worms (1521, ante el emperador Carlos V, momento en el que pronunciará su célebre negativa a retractarse: «No es recto ni seguro ir contra la propia conciencia… que Dios me ayude») no son reflejo tanto de la humana obstinación como de una ardiente fe en Jesucristo. No es empeño de Martín levantarse contra Roma, lo es debatir sobre doctrina apelando a las Escrituras que la propia Iglesia Romana llama “Palabra de Dios”.

Roma se cierra al debate y se atrinchera en su espíritu condenador. Cancela así toda esperanza de verdadera y profunda reforma… Pues el clamor de Lutero no pretendía limitarse a señalar la corrupción más evidente y espectacular. Ésta ya era obvia por sí misma, y no pocos representantes de la cristiandad, por motivos más o menos nobles, insistían en erradicarla. La reforma que propone Lutero, y de ahí su carácter radical y revolucionario, va a las esencias.

La grosera conducta del clero sólo indica los síntomas, la consecuencia lógica de tanta deformación doctrinal. El problema de fondo no era que los papas fuesen tan ostentosos, tuviesen concubinas o que los frailes fornicasen… ni siquiera que Tetzel vendiera indulgencias con la blasfema promesa de liberar almas de ese invento romanista llamado purgatorio. El núcleo del asunto estaba (y por desgracia, sigue estando) en la teología católica romana sobre la fe y las obras, que juzga necesarias a estas últimas para la salvación, ensalzando así el esfuerzo humano en detrimento de los méritos de Cristo (y dejando al apóstol Pablo por mentiroso: ver Romanos 3: 28; Gálatas 2: 16; etc.).

Al subrayar la absoluta incapacidad humana para vencer el pecado y salvarse, Lutero no hace sino recuperar las enseñanzas paulinas y las del propio Maestro de Nazaret (ver Romanos 3: 10 ss.; 8: 7; Mateo 7: 17 ss.; Lucas 18: 19; Juan 15: 5; etc.). Su propia experiencia de fallida lucha moral le había revelado esa impotencia para acceder a la paz. Ahora enseñará al pueblo, por medio de sus prédicas, de sus escritos, incluso de sus himnos (Lutero fue también compositor, como recuerda la película) y quizá, sobre todo, de su monumental traducción alemana de la Biblia, que la paz está al alcance de cualquiera que se ponga a los pies de Jesús (ver Mateo 11: 28-30).

Pero además, la rebeldía frente a Roma, progresiva pero inexorable, supondrá un paso decisivo contra el dominio del hombre sobre el hombre… que es como decir en la dirección del cristianismo genuino (ver Jeremías 17: 5-7; Mateo 20: 24-28; 22: 9-12; etc.). Ni los curas, ni los obispos, ni los cardenales, ni el mismísimo papa merecen que nadie se arrodille ante ellos (en la película, Martín se niega a postrarse ante el cardenal Cayetano, cuando en 1518 viene a exigirle sumisión en su encuentro en Augsburgo). El principio Sola Scriptura ya estaba en marcha.

La voluntad de ayudar a sus hermanos en Cristo (que entonces era como decir a todo el pueblo) ya se hallaba presente en sus 95 tesis, donde repetía una y otra vez: «Hay que enseñar a los cristianos...» (Lutero, Obras, Sígueme, 1977). Fruto de ese sincero anhelo será la difusión de la Biblia gracias a la imprenta, una divulgación en la que, como ya hemos visto, tuvo él un papel tan destacado.


Demasiado humano…

La Reforma avanzaría con los efectos históricos que son de sobra conocidos. El legado de Lutero, con ser gigantesco, no resultó inmaculado. Su concepción sobre los dos reinos (temporal y espiritual), pese a suponer un avance frente a la interpretación romanista (gracias al cual empezaría a requerirse la independencia del estado frente a la tutela religiosa, y viceversa), no carecía de elementos erróneos en algunas de sus innovaciones, que la aproximaban a una especie de doble moral, o al menos de doble praxis, según se tratase del ámbito político o del estrictamente religioso. No es que fuera ésta, en modo alguno, la intención del honrado ex monje, tan reacio a la doblez, sino un resultado involuntario de su aún imperfecta visión del asunto.

Además, Lutero era sin duda todavía rehén de la medieval cultura de la violencia, así como del énfasis romanista en la “resignación” (concepto antibíblico donde los haya). Esto se echaría de ver en su actuación frente a la rebelión campesina. Tras una inicial “Exhortación a la paz” (1525), en la que usaba un tono moderado y conciliador (no exento de críticas a la opresión de los nobles sobre los campesinos pero tampoco de confusión entre la resignación y la doctrina cristiana de la sumisión), la extensión de la revuelta y sus terribles efectos extremarían sus posturas llevándole, en ese mismo año, a redactar un terrible panfleto: “Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos”, donde invita a que «quien pueda, ¡pinche, raje, golpee y estrangule!» a los sublevados (Lutero, op. cit.).

La película de Till muestra el horror con que Martín contempla los atroces efectos de la brutal represión que él mismo, en gran medida, ha contribuido a desencadenar (aspecto este que, ya lo hemos apuntado, queda diluido en el filme). Los campesinos, ciertamente, se habían conducido de una manera desaforada y violenta. Pero la masacre posterior, con tantas víctimas inocentes incluidas (el filme nos muestra el cadáver de una niña minusválida a quien, años atrás, el propio Lutero había tiernamente ayudado…), no puede sino añadir más horror al horror previo. No es difícil comprender que una mente sensible como la de este reformador hubo de lamentar amargamente aquel desastre.


Impacto de la Reforma

Mucho se ha discutido sobre los efectos a corto, medio y largo plazo de la singular y casi incomparable revolución protagonizada por el (ex) monje Martín Lutero. Hay general acuerdo en que rebasaron con mucho los límites del ámbito estrictamente religioso: la política (paulatino giro hacia la democracia), la economía (consolidación y desarrollo del capitalismo y la libre empresa), el derecho (énfasis en la libertad de conciencia como la primera de las libertades humanas), la educación y la cultura (alfabetización general de los pueblos y revalorización de las lenguas vernáculas)… son algunos de los campos influidos por la Reforma.

Ciñéndonos a lo teológico, principal preocupación de Lutero, su obra desterró, al menos del mundo evangélico, doctrinas extrabíblicas como el purgatorio, la gracia sacramental, el celibato obligatorio, la adoración a las “vírgenes” y “santos”, el papado y la transustanciación. De hecho, la Reforma se resume en situar a la Escritura como centro y fundamento de la cristiandad, y aun de la experiencia cristiana, en vez de a la iglesia (el romanismo es, ante todo, eclesialismo y eclesiocracia, pero siempre que por “iglesia” se entienda la jerarquía, y sobre todo la cúspide de ésta). En otras palabras, al equívoco humanismo de Roma la revolución luterana le opone el cristianismo: sólo Cristo salva.

Que ésta es la esencia de la Reforma es algo que todavía cuesta comprender. Muy en particular, a las personas de mentalidad progre (léase este término sin matices peyorativos), secularmente desdeñosa y, en razón de ello, ignorante frente al hecho religioso (ver Progres: El ocaso de una pose). Cuando, a regañadientes, sus comentaristas se acercan a figuras como Lutero y a episodios como el nacimiento del protestantismo, es casi seguro toparnos con planteamientos superficiales.

Típica de esta mentalidad es la aproximación materialista a la Reforma, con el consabido latiguillo de que obedeció fundamentalmente a motivos políticos (y, en el fondo, económicos). Y entre los reseñistas de la película de Till no podía faltar quien aludiese a esto. Veamos un ejemplo:

«Esta película pone toda la carga en la personalidad del reformador protestante, dejando en un segundo plano la geopolítica y los intereses que hicieron posible el asentamiento de la Reforma. Sobre esto, algunos exageran. .Lutero fue un político antes que espiritual. ¿O creen que no? El personaje del film apenas se sostiene: parece un esquizofrénico, un maníaco que lucha con el demonio, un iluminado teólogo más que un hábil estratega. ¿Jugaron con él? Aunque la razón de fondo le asistiera en la desintermediación de la espiritualidad, el Lutero del cine no se sostiene» (Javier Esteban, El Blog del Anarca).

Siendo cierto que Till despolitiza en exceso la historia (por ej., cuando muestra a unos príncipes luteranos quizá demasiado heroicos y “espirituales”), supone un error monumental ignorar que la Reforma nació, ante todo, a partir de un problema de conciencia.

Pero ya decía Mircea Eliade que “la escala crea el fenómeno”, y es evidente que la escala desde la que un ilustrado de mente progre mira el cristianismo no suele ser la adecuada para captar la naturaleza de éste.

Sí la capta, en cambio, Eric Till, director ya veterano que no por primera vez muestra su preocupación por el ámbito religioso (por ejemplo, en 2000 dirigió un largometraje sobre Bonhoeffer, el teólogo y pastor protestante que se enfrentó al nazismo). Su película sabe transmitir, de manera sencilla, la dimensión cristocéntrica de la peripecia de Lutero.

Como dice el excelente comentarista cultural protestante José de Segovia, «ésta no es la historia de un gran hombre, sino de un gran Dios» (“Lutero llega a España”, Protestante Digital). Así, al menos, lo sintió el propio Lutero: lejos de buscar protagonismo, de confiar en sus fuerzas, «se sabía a sí mismo recogido de la cuneta de la vida y llevado a su posada por Cristo, su Buen Samaritano, sin cuya intervención habría perecido» (J. Atkinson, Lutero y el nacimiento del protestantismo, Alianza, 1987).

Lutero no completó la Reforma, pero dio pasos de gigante. Otros hombres tras él la llevarían adelante, profundizándola (Calvino, Zuinglio, Wesley…). Antes de él ya hubo precursores (Wyclif, Hus…). En todos los casos, se trató de figuras que se pusieron por debajo, y no por encima, de las así llamadas “Sagradas Escrituras” para aprender de ellas, dejarse cambiar por ellas, y promover el progreso gracias a ellas.

Como todos esos sinceros reformadores, Lutero, y así lo refleja Till, anheló un Dios misericordioso y encontró la liberación gracias al redescubrimiento del evangelio. Pero, como ninguno de ellos, el extraordinario éxito de Lutero fue el de un hombre solo (lleno de fe) contra un imperio mastodóntico, sobre todo como poder dominador de las conciencias.


Lutero y el romanismo presente

Al día de hoy la Iglesia Católica Romana (ICR) parece haber procedido a una especie de “rehabilitación” del gran reformador (la mera pretensión en tal sentido es indicio de las extrañas potestades que se arroga). Ya en el Concilio Vaticano II se empezó a llamar a los protestantes “hermanos separados”, a pesar de que la esencia del catolicismo romano (incluidos el papado y las indulgencias) se mantuvo sin cambios.

Quizá el gesto más llamativo desde entonces ha venido dado por la Declaración Conjunta Católico-Luterana sobre Justificación por la Fe (firmada, además de por el representante vaticano, por la Federación Luterana Mundial, que aunque poderosa es sólo una de las varias instancias luteranas actuales), en el marco de un “ecumenismo” papalmente dirigido y tan engañoso como la susodicha declaración (ver Ecumenismo cristiano).

Que ésta es, en el fondo, un absoluto fraude (un nuevo camelo tridentino) lo corrobora el hecho de que, lejos de avanzar en el aparente aperturismo conciliar, los pontificados de Wojtyla y Ratzinger, éste aún vigente, no hacen sino reafirmar, con hábiles camuflajes, las doctrinas básicas del romanismo de siempre.

Prescindirán de grotescos lastres como el limbo, pero mantendrán el purgatorio y el infierno; hablarán de dar mayor relieve a los laicos o “seglares”… para enseguida remarcar que su papel no es comparable al de los clérigos (por mucho que en la búsqueda de sus fines, más políticos que religiosos, depositen una confianza creciente en líderes mediáticos que a veces ni siquiera son católicos romanos, si acaso son creyentes…); mostrarán una actitud menos pacata y algo más positiva hacia el sexo, pero no eliminarán el celibato obligatorio para esos clérigos; ofrecerán una imagen más blanca, próxima y atractiva de su líder máximo, pero sólo para adaptarlo a los tiempos y así garantizar la preservación, y aun el auge, de su primado sobre la(s) iglesia(s) e incluso sobre el conjunto de la sociedad, adoración incluida (ver “Mirad que nadie os engañe…”).

Los vientos que mueven a la ICR actual no son los de personajes tan llanos, sinceramente ecuménicos… y despistados como algunos católicos progres, cercanos a la decrépita teología de la liberación (quizá el prototipo sea el noble y combativo teólogo español Juan José Tamayo). Son más bien los vientos del neotridentinismo ratzingeriano con ecuménico disfraz. Los vemos reflejados, por ejemplo, en la reivindicación que del mentor de Lutero (el ya citado Staupitz, quien le orientó bíblicamente pero sin llegar a adherirse a la Reforma) hace el crítico católico romano Juan Orellana en su reseña de la película de Till:

«La clave más interesante del film está en el personaje de Johann von Staupitz, vicario general de los Agustinos, y que encarna el siempre imponente actor Bruno Ganz. Y es que él pone el dedo en la llaga. Siempre fiel amigo y consejero de Lutero, trata de que las cosas no vayan demasiado lejos; cuando ya lo han hecho, le dice a su pupilo: “Yo esperaba que reformaras la Iglesia, no que la destruyeras”, y le hace ver cómo lo correcto es construir desde lo bueno que se encuentre, y no partir desde las cosas que están mal. Es un juicio lúcido, ya que no cuestiona las razones originales de Lutero, pero sí su método, que devino en un subjetivismo radical» (Libertad Digital, Iglesia, 15.12.05).

Lo que curiosamente omite Orellana es la respuesta del “pupilo”, recogida en la película: «Cuando me indujiste a reformar la iglesia, ¿ignorabas acaso que este camino tendría un coste?» Así expresaba Lutero su ausencia de voluntad “destructora”, y el hecho de que la ruptura llegó a resultar inevitable para el éxito de la Reforma.

Por cierto, a renglón seguido este mismo reseñista (quien, con todo, da una visión positiva de la película que nos ocupa), llama a la tridentina Contrarreforma «una de las épocas más hermosas [sic] de la Historia de la Iglesia» (ibíd.).


¿Hace falta un nuevo Lutero?

Lutero, la película, llega a España en un momento ambivalente… Por un lado, cuando la Era Neorreligiosa ya ha emergido en todo el mundo, aunque la mayoría no parezca haberse percatado y en muchas partes siga actuando la inercia “secularizadora”. Por otro, en medio de un revival romanista (también ajeno a muchos) y de unas maniobras “ecuménicas” que ponen el énfasis más en cuestiones morales que estrictamente teológicas (coincidiendo en ello con el moralismo de los Evangelicals estadounidenses, los “protestantes” más característicos de nuestro tiempo). Maniobras que han favorecido, como ya hemos visto, el entreguismo a Roma de muchos “luteranos” y, cuando menos, el desconcierto mezclado con crisis de identidad en buena parte de las filas protestantes.

Quizá en razón de todo ello, la acogida a la cinta de Eric Till en España (precedida por más de tres millones de espectadores en los cines alemanes) ha resultado también ambigua: pese a cierta expectación periodística y el lleno en numerosas salas, su estreno prenavideño ha distado de suponer un superéxito, una auténtica sensación, mucho menos un aldabonazo revolucionario. Como decíamos, llega demasiado tarde. Una película como ésta, en un país como el nuestro, sólo hubiera causado tal impacto hace al menos cuarenta años… cuando tan sólo plantearse estrenarla resultaba una quimera.

Con todo, es saludable que haya llegado. Siempre informará, conmoverá, incluso despertará más de una conciencia. Y suscitará, al menos entre los “enterados”, alguna pregunta… como la de si hoy, cinco siglos después, vuelve a hacer falta un Lutero.

Para contestarla, basta pensar en que la mayor revolución de la historia de la “Era Cristiana” está siendo traicionada por gran parte de sus seguidores nominales. Su rendición ante Roma, siempre Roma; su relajación teológica en beneficio de un moralismo de uno u otro signo (reaccionario, entre los fundamentalistas Evangelicals; “progresista”, en buena parte de las iglesias más tradicionales surgidas de la Reforma), su abandono de la recta teología (fundada en la terna Sola Fide, Sola Gratia, Sola Scriptura) nos permiten concluir que hoy, más que nunca, vuelve a ser necesaria la Reforma. Pero esta vez, triste y paradójicamente, el primer campo de batalla del nuevo Lutero no sería otro que el de las propias iglesias ya “reformadas”…

Mientras ese nuevo Lutero llega, quedémonos con la libertaria rebeldía del viejo, tan apropiada para estos tiempos en que los derechos humanos vuelven a ser menospreciados con descaro; la libertad de conciencia, amenazada; y el papismo, exacerbado. Quedémonos con su alegría, tan visible en su tratadillo “La libertad del cristiano” o en las amenas Charlas de sobremesa. Además, si es posible, quedémonos con su modelo, admitiendo que «nadie, excepto Cristo, ha amado la justicia» (Comentario a la Epístola a los Hebreos, en J. Atkinson, op. cit., cursiva añadida), y que sólo de él podemos aprender a amarla.

© Juan Fernando Sánchez
(2 de enero de 2006)
© LaExcepción.com

Para comentarios sobre esta reseña, escribir a: juanfernandosanchez@laexcepcion.com y/o laexcepcion@laexcepcion.com

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