La pasión de Cristo
The Passion of the Christ, Estados Unidos, 2004

Director

Mel Gibson

Guión

Mel Gibson
Benedict Fitzgerald

Intérpretes

James Caviezel (Jesús de Nazaret)
Monica Bellucci (María Magdalena)
Mattia Sbragia (Caifás)
Claudia Gerini (Claudia Procles)
Maia Morgenstern (María)
Sergio Rubini (Dimas)
Toni Bertorelli (Anás
Roberto Bestazzoni (Malchus)
Francesco Cabras (Gesmas)
Giovanni Capalbo (Cassius)
Rosalinda Celentano (Satán)
Francesco De Vito (Pedro)
Luca Lionello (Judas)

Fotografía

Caleb Deschanel

Música

John Debney

Duración

126 minutos


¿Una película cristiana?

Ciertas producciones artísticas de temática religiosa han venido acompañadas de escándalos en los últimos tiempos, como muestra una vez más de que los asuntos religiosos, lejos de perder vigor en nuestra sociedad secularizada, siguen movilizando a importantes sectores de la población. Películas como Yo te saludo, María de Godard (1985) tuvieron que dejar de proyectarse en determinados cines por las presiones de algunos grupos católicos. Al igual que ocurre actualmente con la película de Mel Gibson, ya en otros casos se suscitaron polémicas antes de que siquiera se empezara a rodar una producción. Cuando Martin Scorsese manifestó su intención de filmar La última tentación de Cristo (1988), algunas organizaciones ultraconservadoras emprendieron una campaña para impedir el rodaje de una película en la que, afirmaban, se verían escenas pornográficas entre Jesús y María Magdalena.

En el caso del largometraje que nos ocupa, también antes de que se concluyera su realización Gibson comenzó a recibir numerosas críticas. El hecho de que el director sea católico tradicionalista y, sobre todo, la circunstancia de que su padre, un ultraconservador, haya realizado públicamente declaraciones antisemitas, despertó la alarma de algunas organizaciones de judíos celosos. Esta polémica resulta absurda por al menos dos motivos. Si bien es cierto que los comunicadores de masas tienen una gran responsabilidad social por su influencia social (y es legítimo tratar de hacérselo ver), resulta inaceptable que un artista tenga que ver limitada su labor creativa por los prejuicios de sus “censores preventivos”. En segundo lugar, toda la polémica ha tenido el efecto colateral de despertar una gran expectación y la consiguiente afluencia de público, para beneficio lucrativo del propio Gibson (también productor de la exitosa película). Quizá pocos le hayan proporcionado tanto dinero como sus airados críticos.

Gibson ha contado con abundantes medios para la realización de su obra sobre las últimas horas de la vida terrenal de Cristo. Un excelente equipo técnico, un magnífico reparto, una ambientación cuidada, una banda sonora de calidad, son los ingredientes con los que contaba para ofrecer una obra memorable.

Mucho se ha escrito ya sobre lo que de esta cinta más impacta a los espectadores: los ríos de sangre que salpican la sala de cine. No me limitaré a constatar esa evidencia, sino que trataré de relacionarla con el estilo y, en definitiva, con el fondo de la obra.


El estilo

En su intento de buscar un estilo unitario y coherente con los contenidos del relato que ofrece, el director australiano tiende a abusar de ciertos recursos a lo largo de la extensa cinta. El baño de sangre, sin duda, es el más llamativo. Al margen de si el director ha logrado o no mostrar con realismo histórico los tormentos que sufrió Jesús, conviene recordar aquí la sabiduría con que el refranero castellano ha sabido sintetizar la idea de que aquellos imagineros (tallistas de santos) que no saben ejecutar una obra intensa por sí misma, recurren a procedimientos espectaculares: «A mal Cristo, mucha sangre». Palabras que, desde el punto de vista artístico, se pueden aplicar sin reservas al Cristo de Gibson.

La cámara lenta también resulta excesiva. Es bien sabido que recurrir a ella sólo tiene sentido como procedimiento excepcional para subrayar determinados pasajes. El efecto dramático que puntualmente puede ofrecer una secuencia ralentizada queda anulado cuando una y otra vez el director se recrea en utilizar este recurso, cuyo abuso evoca ciertos clásicos del western más violento, y en principio resulta totalmente inapropiado en una obra de la naturaleza de La Pasión de Cristo.

Pero es que además el énfasis exagerado de la cámara lenta no se ve compensado con otros procedimientos moderadores. Por el contrario, Gibson narra su relato a base de numerosos primeros y primerísimos planos, deteniéndose especialmente en los detalles más escabrosos. Viendo la obra uno no puede dejar de pensar, por contraste, en la extraordinaria película de Passolini El evangelio según San Mateo, auténtica antítesis de la cinta que nos ocupa. Pasolini utilizó con sabiduría y moderación primeros planos muy expresivos, pero compensó su obra con un ponderado distanciamiento de los personajes en determinados pasajes, en los que incluso un travelling hacia atrás simbolizaba la actitud respetuosa ante el dolor humano, tanto de Cristo en su agonía como de Pedro tras la negación, por ejemplo. Es precisamente en ese tipo de pasajes en los que Gibson acerca el objetivo hasta extremos casi enfermizos.

Cuenta Franco Zeffirelli, director de la muy superior Jesús de Nazaret (1977), cómo Gibson le confesó durante el rodaje de una escena de Hamlet en que muere un personaje: «Cuando puedo, para relajarme, voy a mis granjas y mato tantos terneros como los días de matanza». Y añadió: «Con la pistola, los animales mueren demasiado pronto. Se entiende mejor lo que os estoy contando de los ojos de los terneros cuando los degollamos» (El Mundo, 27.2.04). Estas confesiones quizá ayudan a comprender el tono morboso que puede llegar a alcanzar el estilo de Gibson. La violencia puede resultar “inevitable” en determinados guiones; el recurso a la misma y sus efectos sobre el espectador son objeto de largos debates; pero la exhibición inagotable e intensa de la brutalidad humana recibe una valoración moral bastante unánime por parte de las almas sensibles. Es una agresión a las fibras más íntimas del ser humano (ver Crueldad).

El efectismo es evidente también en la estructura narrativa de la película. Quizá el principal acierto en este punto sea el relato a base de flash-backs, mediante los que relaciona, a veces a partir de evocaciones de Jesús u otros personajes, el sentido de los acontecimientos que están teniendo lugar con momentos anteriores de la vida de Jesús. Es precisamente en esas breves escenas intercaladas, algunas de ellas de gran belleza y cierta originalidad, donde el espectador puede respirar aliviado, al compensarse ligeramente el drama sangriento de la pasión con vivencias intimistas de la vida de Jesús. También en esos pasajes se descubre que Jim Caviezel podría haber sido uno de los Jesús de Nazaret más memorables de la historia del cine, eventualidad que queda frustrada por la línea principal de la historia, en la que desde las primeras secuencias Cristo queda casi reducido a un maniquí magullado y vapuleado.

El efectismo al que hacía referencia se concreta en los numerosos sobresaltos con los que Gibson ha buscado impactar al público. Es evidente el empeño por asustar al espectador de una manera no sólo innecesaria, sino sobre todo incoherente con el sentido de la historia narrada. Una vez más, parecería que Gibson ha errado en la elección del lenguaje empleado, optando por recursos procedentes de otros géneros (cine de acción, incluso de terror o gore) que resultan tan inapropiados en esta historia. Más adelante explicaré por qué este “error”, sin embargo, puede responder a una intencionalidad.

La música de John Debney, entre la New Age y las composiciones orquestales tradicionales, es buena, teniendo en cuenta los parámetros de calidad del género de las bandas sonoras. Pero el su uso resulta también inapropiado. En primer lugar, la presencia de la música es excesiva. En vez de servir para subrayar emocionalmente momentos selectos, fluye a lo largo de casi todo el film, como viene siendo habitual en todo tipo de géneros del cine de los últimos años (da la impresión de que los realizadores están afectados por el síndrome de los jefes de marketing de grandes almacenes, bancos, autobuses y otros espacios públicos, que parecen tener miedo a que el público se aburra si no hay un fondo musical permanente). Sin desmerecer los pasajes más expresivos y hermosos (la orquestación es aceptable), en conjunto la banda sonora tiende a resultar cargante y desproporcionadamente ampulosa en ocasiones, anulando así la solemnidad de no pocos momentos. El gusto del público está en general tan deteriorado por el uso comercial que se hace de la “música” hoy en día, que quizá pocos han reparado en este desequilibrio de la obra de Gibson (lógicamente, cuando muchas personas ven una película basada en la imagen pura y en la palabra, con un uso racional de la música, se aburren). Por cierto, Debney ha declarado que sintió la presencia real de Satanás mientras componía la banda sonora, y afirma haber presenciado algunos fenómenos paranormales durante la composición (ACI, 3.3.04).


El mensaje

Estos rasgos de estilo, que antes señalaba como “errores”, responden en realidad a una concepción estética determinada. Y, como siempre, la estética implica una ideología. En este caso, el desajuste entre los contenidos que Gibson trata de narrar y los procedimientos utilizados supone un eslabón más de la antigua tradición de representar la Pasión de Cristo, en lugar de explicarla. Por eso, y frente a lo que aventurábamos anteriormente, no es que Gibson se haya equivocado en sus planteamientos estilísticos, sino que los ha sometido a una teología que, como ocurre en otras representaciones de la Pasión (la Semana “Santa” y toda la parafernalia que la rodea), se aleja radicalmente del Evangelio (ver Pascua pagana). De ahí que, quienes conozcan los relatos evangélicos, percibirán con frecuencia una sensación de extrañeza ante numerosos detalles de la historia que narra La Pasión de Cristo.

Por eso, no deja de chocar que Gibson, cuando inició el rodaje de la obra, declarara: «Yo estoy contando la historia como aparece en la Biblia, sin glosas. Habla por sí misma. El Evangelio es un guión completo y eso es lo que nosotros estamos filmando» (Zenit, 6.3.03). Una vez terminada, el director de la Oficina de Información del Vaticano ha declarado que «la película es una trascripción cinematográfica de los Evangelios» (Zenit, 11.3.04). Nada más lejos de la realidad.

Por un lado, hay escenas que no aparecen en la Biblia y que resultan, cuando no contradictorias, difíciles de conciliar con el relato evangélico: Cristo es vapuleado desde el instante en que la guardia del templo lo detiene en Getsemaní; mientas lo dirigen al Sanedrín, cae por un puente bajo el que se encuentra un horrorizado Judas, que se ve frente a Jesús y además es asustado (como toda la sala...) por un horripilante diablejo; Simón de Cirene no toma la cruz en lugar de Jesús (como indica el Evangelio), sino junto con Jesús; durante los procesos de Jesús hay multitudes de judíos del pueblo que constantemente lo desprecian con gestos y palabras, si bien algunos también muestran compasión (lo más probable es que en toda la historia de la pasión sólo unos pocos dirigentes judíos se responsabilizaran de la condena, e incluso fueran ellos quienes profieran las palabras que a última hora Gibson decidió suprimir en el film: «Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos»).

Por otro lado, hay importantísimos detalles que ofrece el evangelio y que Gibson, significativamente, ignora: el valor de dirigentes judíos como José de Arimatea o Nicodemo, o la declaración del centurión que dirigió la crucifixión («Verdaderamente éste era Hijo de Dios»; Mateo 27: 54). Parece que sólo se quisiera destacar todo lo negativo y no lo positivo, excepto el papel de María, personaje casi ausente en el relato evangélico (sólo se menciona en Juan 19: 26), pero omnipresente en la película. La sensación que se transmite es que sin el apoyo de su madre Jesús habría sido incapaz de soportar el tormento. Los apóstoles se dirigen a ella como “Madre” (con mayúscula en los subtítulos). Otros muchos elementos responden a leyendas católicas, como la forma de narrar el Vía Crucis (itinerario en el que, en cambio, se omiten las destacables palabras que Jesús dirigió a las mujeres que lloraban su suerte), o la “Verónica” (personaje ciertamente ahistórico; su propio nombre significa “icono verdadero”, y le ha sido transpuesto a esta “santa” por confusión con el elemento iconográfico al que se la asocia, el paño con la imagen grabada de Jesús, venerado en la catolicidad).

Pero es que, además, a los horrores de la historia real, un tanto distorsionados en el film, Gibson añade detalles que resultan especialmente horrendos, incluso diabólicos: los niños endemoniados que atormentan a Judas incitados por Satanás, la celebración de la muerte de Cristo por el maligno (una combinación entre el cine de terror y efectismo al estilo de El Señor de los anillos) y, sobre todo, la sanguinolenta extracción de ojos a la que un sombrío cuervo somete al “mal ladrón”. Uno se pregunta a qué guionista enfermizo se le pueden ocurrir semejantes detalles truculentos, que por lo visto están tomados de las fuentes extrabíblicas en las que Gibson se basó para su obra, cuales son las visiones de la estigmatizada Anna Katharina Emmerich (1774-1824).

No cabe duda de que la tortura y el asesinato de Cristo fueron horrendos. Seguramente Gibson ha exagerado algunos detalles, pero es posible que se quedara corto en otros. Si alguna virtud religiosa tiene el film es la de recordar al creyente que el sacrificio de Jesús no sólo fue injusto, sino también terrorífico, lo cual lo hace todavía más precioso a quien considera esta entrega un acto de amor (por eso Pablo en Filipenses 2: 8 acentúa la idea de que «se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz»). No es poco. Hay de hecho algunos testimonios de personas a las que la contemplación de estas escenas le ha conducido (parece que definitivamente, y no sólo a modo de “acto reflejo” irreflexivo) a un cambio de vida (ver Un asesino y un terrorista neonazi se entregan a la policía tras ver «La Pasión»). Quizá para “compensarlo”, también al menos tres personas han muerto de infarto viendo la película (ACPress.net, 26.3.04).


La teología

Pero desde una perspectiva cristiana y en términos generales, el tratamiento que este film hace de la pasión se opone frontalmente al que presentan los Evangelios (que son la única fuente autorizada sobre el asunto), no sólo en cuanto a los contenidos, sino también en cuanto al estilo. Porque, una vez más, el estilo es el mensaje. Al reducirla a un espectáculo de sangre, al identificarla estilísticamente con las superproducciones fantásticas de Hollywood, Gibson se arriesga a banalizar la muerte de Jesús, olvidando su auténtico sentido.

La lectura de la pasión en Mateo, Marcos, Lucas y Juan ofrece al lector una secuencia muy escueta de los acontecimientos, que destaca por su carácter narrativo y huye, precisamente, de lo descriptivo. Esta opción de los autores inspirados no es casual: los Evangelios pretenden invitar a la comprensión, no buscan simplemente impactar. Los sufrimientos de Jesús tienen un sentido teológico, pero no son, como en esta película, el centro de la Pasión. La idea bíblica fundamental es la muerte expiatoria de Cristo, idea muy poco destacada en el guión (a excepción del texto de Isaías 53: 5 con que se abre la película, y que resulta de lo más acertado: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados»). Pero en la película hay tanto acento en lo físico, tanta imaginería barroca, que lo verbal y lo espiritual (dos niveles identificados en el pensamiento bíblico) parecen relegados a un segundo o tercer plano. El autor católico Vittorio Messori lo resume muy bien en su defensa de la obra: «Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el “comprender las palabras” [...]. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura [el latín], como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación» (Zenit, 18.4.04).

Por otro lado, la teología bíblica destaca la idea de que la muerte de Jesús fue fundamentalmente consecuencia de la privación de Dios, fue una muerte definitiva que Jesús sufrió en lugar de la humanidad. Por eso exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27: 46). También explica el que Jesús muriera antes que los otros condenados, sumido en las tinieblas de la muerte eterna de la que a los tres días retornaría por su propio poder. Esa muerte expiatoria es precisamente la que propicia que haya vida para aquellos que deberíamos recibirla como consecuencia de nuestra condición. El mayor sufrimiento de Jesús, el que provocó su exhalación, no fue tanto el físico, sino el espiritual. Ya en Getsemaní sudaba sangre (Lucas 22: 44), pues comenzaba a sentir que las tinieblas se apoderaban de él. Estas dimensiones quedan veladas en la película por la intensidad de los detalles físicos de la tortura.

La película no se puede considerar propiamente antisemita, como algunos pretenden. Pero es una obra con una pobre comprensión del contexto judío en el que se desarrollan los acontecimientos (a pesar de que César Vidal, aferrándose a detalles poco significativos y olvidando los datos más obvios, afirma que ésta es ¡una “película judía”! –La Razón del 7.4.04–). No hay referencias al sistema sacrificial de Israel centrado en el templo de Jerusalén (que se explica en la Biblia como tipo de la muerte sustitutoria y antitípica de Jesús); ni siquiera se muestra el significativo detalle de que el velo del templo se rasgó (Mateo 27: 51), dejando expuesto el Lugar Santísimo del templo, y anulando así el culto judío (y eso que esta escena, bien filmada, habría resultado muy cinematográfica). En cambio, el terremoto que cuenta Mateo destruye en la película parte del templo, algo que ni parece en la Biblia ni tiene sentido a la luz de la misma. Hay abundantes referencias a la Santa Cena establecida por Jesús la noche anterior, pero están muy impregnadas de un tono sacramental, propio de la creencia católica en la transubstanciación, y muy alejado del sentido simbólico de la Eucaristía bíblica.

Todas estas críticas no pretenden deslegitimar o censurar la propuesta de Gibson. Como creador, puede y debe optar libremente por aquellas obras que respondan a sus inquietudes. En este sentido el director y productor ha sido muy injustamente tratado. Pero es necesario advertir de que sus contenidos, considerados en su conjunto, impiden que se pueda hablar de una película cristiana; sí contiene elementos cristianos, como los que se han indicado, y como el magnífico plano final, que no desvelaremos a quienes no la han visto. Ahora bien, cuando muchos han afirmado cosas como que es la película más fiel a los Evangelios que se haya filmado, hay que asegurar claramente que La Pasión de Cristo se aleja de ellos una y otra vez. Por eso, resulta ridícula la frase que se atribuye a Juan Pablo II: “Es como fue”. Digo que se atribuye, pues una vez más y según la ambigüedad que caracteriza a este poder, desde fuentes oficiales y oficiosas del Vaticano emanaron informaciones contradictorias en torno a la autenticidad de la misma. La frasecita implica, por otro lado, la autoatribución papal de una autoridad no sólo dogmática, sino incluso de conocimiento histórico. No, señor Wojtyla, no es como fue: es como le gustaría a la tradición católica que fuera, con todos los aditamentos apócrifos con que a lo largo de la historia de su iglesia se ha distorsionado el sencillo relato evangélico. Cuando el director Gutiérrez Aragón filmó su serie y su largometraje basados en Don Quijote, un crítico acertadamente señaló que a partir de aquellos habría todavía más gente que creería haber leído El Quijote sin haberlo hecho. Igualmente en este caso lo peor de la película de Gibson es que todavía habrá más personas que creerán conocer mejor el Evangelio (no es de extrañar que luego se encuentre uno con gente que crea que la Biblia cuenta leyendas ajenas a la misma pero recogidas en la liturgia semanasantera y otras tradiciones).

Hay que defender la libertad de Gibson a realizar lo que quiera; pero también sería deseable que él mismo conociera sus limitaciones, algo que no parece demostrar con estas palabras: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuropara el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre» (citado por V. Messori en Zenit, 18.2.04). Yo, por el contrario, considero que si medimos la calidad artística en función de los resultados conseguidos, y no de la espectacularidad de los medios empleados, se puede considerar que esta película no aporta mucho a la historia del cine, a pesar de que precisamente la enorme suma en ella invertida, más la publicidad gratuita ofrecida por la polémica, y la utilización evangelística que están haciendo de ella no pocas organizaciones, harán que se recuerde durante mucho tiempo. A la vista de estos últimos elementos, se puede considerar que es una obra de mayor interés sociorreligioso que cinematográfico. Veamos por qué.


Las consecuencias

La polémica sobre el antisemitismo ha desvelado el fanatismo censor de algunas organizaciones judías, hasta el punto de que no pocos judíos de prestigio han salido en defensa del australiano (en la propia película intervienen varios judíos). Como consecuencia de todo ello, los sectores más recalcitrantes del judaísmo han quedado en cierta medida desprestigiados, mientras que otros sectores judíos, con su apoyo al film, se han acercado más al romanismo, profundizándose la tendencia ecuménica (ver Los hijos de Abrahán). Hay que destacar que el principal rabino de Israel, Yona Metzger, en una carta enviada al papa en relación con esta película, le solicitó: «El Vaticano y el Papa deben explicar hoy [...] que la nación judía, el pueblo judío, no mataron a Jesús» (La Estrella, 26.2.04). De esta manera, las protestas han conseguido reforzar la autoridad papal como representante de toda la Cristiandad.

Un fenómeno llamativo ha sido la aceptación que ha tenido el film en algunos países islámicos. Al extenderse la idea de que era antisemita, no pocos musulmanes han mostrado un gran interés por verla. En Qatar se ha difundido considerablemente, y en Kuwait se ha proyectado en bastantes cines (Red Nacional de Intercesores, abril de 2004). Todavía está por ver si esta moda tendrá algún tipo de consecuencias sociales (conversiones, por ejemplo) en estos países.

Pero quizá el efecto social más sorprendente de esta película ha sido las numerosas y exaltadas alabanzas que ha recibido en medios evangélicos. Sobre todo en Estados Unidos, muchas iglesias están utilizándola para campañas evangelísticas con las que pretenden explicar el significado de la muerte de Jesús. Este acercamiento al romanismo por parte de las iglesias tradicionalmente más lejanas al catolicismo sólo se puede entender en el contexto de la evolución del fundamentalismo protestante norteamericano en las últimas décadas (ver Ecumenismo cristiano). Es tal la preocupación de la “derecha cristiana” por la corrupción de la sociedad y sus presuntas soluciones morales, que hace tiempo que buscan alianzas extrañas en otras épocas, como la del catolicismo más conservador. Unos y otros han reducido su “evangelio” a un proyecto sociopolítico (con profundos ramalazos totalitarios, por cierto), y es ése el objetivo que les une, más allá de “minucias” como la doctrina de la salvación, el papel de María y los “santos”, la organización interna de la iglesia...

Igualmente, parecería que muchos evangélicos han claudicado ante la parafernalia sangrienta de esta pasión consolándose con las migajas bíblicas que se pueden rascar en la película (“Al menos muestra cómo fue la muerte de Jesús”, sugieren algunos... Pero no sólo adoctrina en esa línea, como hemos visto). El coproductor de la obra, Steve McEveety, resumía esta situación, haciendo referencia al famoso predicador evangélico estadounidense: «Billy Graham vio la película y la apoyó. Y ahora es el mismo Juan Pablo II. Lo increíble es que están de acuerdo con la película» (ACI, 17.12.03). Messori, perspicaz apologeta papal cercano al Opus Dei, ha comprendido bien el alcance del fenómeno al hablar de «una “catolicidad” radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución)» (loc. cit.). Todavía más significativas son las palabras de Melchor Sánchez de Toca, jefe de Oficina del Consejo Pontificio de la Cultura: «La catolicidad es evidente [...]. Sin embargo, esto no impide que sea una empresa ecuménica; no creo que un cristiano de otra confesión tenga reparos en aceptar esta interpretación de la Pasión y, a juzgar por el entusiasmo con que ha sido recibida por el mundo protestante americano, prestará un gran servicio a la causa del ecumenismo. Una confirmación de que el ecumenismo no siempre pasa necesariamente por la búsqueda del mínimo común» (Zenit, 17.3.04; negrita añadida). Y una confirmación, añado, de que el supuesto “ecumenismo” siempre pasa por Roma.

© Guillermo Sánchez Vicente
(21 de abril de 2004)
© LaExcepción.com

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