La conspiración
The conspirator, Estados Unidos, 2011

Director

Robert Redford

Guión

James D. Solomon; basado en un argumento de James D. Solomon y Gregory Bernstein.

Intérpretes

James McAvoy (Frederick Aiken),
Robin Wright (Mary Surratt),
Kevin Kline (Edwin Stanton),
Evan Rachel Wood (Anna Surratt),
Danny Huston (Joseph Holt),
Justin Long (Nicholas Baker),
Tom Wilkinson (senador Reverdy Johnson),
Alexis Bledel (Sarah),
Toby Kebbell (John Wilker),
Colm Meaney (general David Hunter).

Fotografía

Newton Thomas Sigel

Música

Mark Isham

Duración

123 min.


Una oportuna defensa de las garantías legales

Al final de la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865), el capitán del ejército federal Frederick Aiken, abogado de profesión, se encuentra en la gala de celebración de la victoria, donde recibe las felicitaciones del establishment.  En esos mismos momentos un grupo de sudistas asesinan al presidente Lincoln mientras asiste a una obra de teatro de Washington, y tratan de matar, sin éxito, al vicepresidente y al secretario de Estado. En los días siguientes, las autoridades detienen a ocho sospechosos de colaborar con el magnicidio; el autor material del disparo, John Wylkes Booth, es abatido por el ejército al ser acorralado en una granja.

El senador Reverdy Johnson le ruega a Aiken que se encargue de la defensa de una de las personas acusadas: Mary Surratt, la madre de uno de los conspiradores, que se encuentra prófugo. A Aiken, que ha estado a punto de morir en la guerra, le espanta la idea de tener que defender a alguien implicado en semejante crimen. Pero finalmente cede, asumiendo la responsabilidad de cumplir con un derecho legal que nadie está dispuesto a ofrecer a la señora Surratt.

Sobre estos hechos históricos el guionista James D. Solomon y el director Robert Redford construyen una película excepcional, en la mejor tradición del "cine de juicios" estadounidense. Hay que agradecer a Redford la sobriedad de que ha dotado a su película, que contrasta con la tendencia a lo escabroso del cine reciente, al evitar los aspectos truculentos en los momentos más duros del film (asesinato, ahorcamiento). Si a ello unimos la exquisita fotografía y las sensacionales interpretaciones, ver La conspiración se convierte en una magnífica experiencia estética.

Pero lo más admirable es la capacidad de sintetizar los datos esenciales. La película consigue centrarse en lo nuclear, mediante una estructura narrativa en la que se alternan los hechos fuera de la sala (despachos, vida privada de Aiken, búsqueda de apoyos para su defensa) con las sesiones en el tribunal. En éstas, Redford alcanza el ideal de la concisión, evitando los largos discursos o alegatos característicos del género. Los conceptos fundamentales se van desplegando a lo largo de toda la película mediante unos diálogos soberbios, en los que no sobra ni falta una palabra. Gracias a ello, y al afortunado recurso a la elipsis, las dos horas de film transcurren sin que el espectador pierda interés en ningún momento.

La conspiración presenta a un héroe que no se ha propuesto serlo. Aiken es un soldado fiel a su patria y un abogado convencido de que los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución son sagrados; su conducta simplemente se ajusta a esos valores, incluso cuando va descubriendo que quienes él consideraba los máximos representantes de los mismos se están moviendo en realidad por otros intereses. Así es como comprueba que se está convirtiendo en un apestado, arriesgando su futuro profesional, que tantas expectativas presentaba, e incluso su inminente matrimonio con una encantadora joven, que no comprende los "extremos" a los que su prometido puede llegar por defender a una encubridora de asesinos. Por encima de todas esas presiones está su sentido del deber, gran virtud cívica que se materializa de forma ejemplar en este caso.

 Lo interesante es que la historia no se mueve en un contexto de certezas absolutas. Redford no se encarga de acentuar la crueldad de los militares que juzgan a Mary Surratt; por supuesto, queda expuesto el cinismo del secretario de Guerra Stanton, pero también se le da la oportunidad de exponer sus razones para conseguir la condena de esta dama: hay que evitar una nueva guerra, para lo cual es necesario que los sudistas no pergeñen nuevas conspiraciones, y que los del norte no provoquen actos de venganza. «Yo también considero sagrados nuestros derechos, abogado; pero no tendrán ningún valor si nuestra nación deja de existir», alega. De este modo, la señora Surratt, sea culpable o inocente, es usada como un chivo expiatorio para la paz del país. Estaba en el lugar inconveniente en el momento inadecuado, y a ella le corresponde ser sacrificada. Stanton lo deja claro: «Alguien debe pagar por ello, es lo que el pueblo quiere», dice. «Me conformo con cualquiera».

Además, la rumorología popular la va contemplando como la víctima ideal: es una mujer fría, viste siempre de negro, reza continuamente el rosario… Se pone en marcha el prejuicio anticatólico; claro que Redford, a la vez que muestra el consuelo que el sacerdote ofrece a la dama, también pone en evidencia el modo en que el clero católico (identificado con la causa sudista) encubre al hijo de Mary, claramente implicado en el crimen, argumentando que ellos se rigen por otras reglas distintas de las constitucionales.

Como digo, no hay maniqueísmo barato: los espectadores no discernimos a una acusada claramente inocente enfrentada a un tribunal. A diferencia de lo que ocurre en el consejo de guerra de Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), obra maestra cuya estela sigue La conspiración, las cosas no están tan claras. El abogado no sabe si Mary es inocente o no; los espectadores tampoco. Lo que él reivindica es un juicio justo, garantista y sin interferencias del gobierno. Aiken es consciente de que la arbitrariedad aplicada a una sola persona daña al sistema legal en su conjunto.

La historia enfrenta dos concepciones del patriotismo: por un lado, el patriotismo de la razón de estado, según la cual el supuesto bien común (la integridad de la patria, la unidad, la lucha frente a los enemigos de la nación…) prima sobre los derechos individuales («Para garantizar la supervivencia de la nación haría lo que fuera», dice Stanton). La historia de Mary Surratt ejemplifica a la perfección la solución de Caifás (o la "razón patriótica"): «No comprendéis que más vale que un hombre muera por el pueblo, y no que perezca la nación entera». Por otro lado, el patriotismo que da valor a cada individuo, y que por tanto no puede condenar a un solo ciudadano sin la certeza, probada ante un tribunal en juicio equitativo, de que es culpable. «¿Por qué luché por la Unión si mis derechos no se garantizan?», plantea Aiken. Una sola cesión en los derechos de una sola persona, además de una atrocidad contra ella, supone una grieta que irá ensanchándose, poniendo en peligro el sistema garantista.

Este patriotismo no tiene miedo a señalar los puntos oscuros de la política y la historia nacionales, sino que considera indispensable que se expongan para así aprender de la historia y evitar más injusticias. Con estilo diferente, es el mismo planteamiento del cine de Michael Moore, quien sin embargo no dejará de ser acusado de demagogia y antipatriotismo, en estos tiempos de amenazas fantasma post-11-S y de fervor patriótico (no sólo nacional, sino también global, con la excusa de "defender la Civilización Occidental").

La película muestra cómo el gobierno (en concreto, el maquiavélico Stanton) se dedica a infundir miedo en la población provocando alarmas sobre la extensión de la fiebre amarilla, la supuesta preparación de nuevos atentados… Algo que hoy en día ocurre a una escala infinitamente mayor (ver La gripe cochina: Terror fácil y hediondos intereses). Expone la fundamental injusticia de la pena de muerte, especialmente por su carácter irreversible en casos de culpabilidad dudosa, pero también por su crueldad. La secuencia del ahorcamiento, con presencia del pueblo –incluidos niños–, debería inducir a reflexionar a una sociedad moralmente enferma que en este punto no ha avanzado lo más mínimo en ciento cincuenta años.

 El título español pierde la sugerente ambigüedad del original, The conspirator, que puede ser interpretado como "la conspiradora", en referencia a la acusación que recae sobre Mary Surratt, pero también como "el conspirador", quizá en referencia al gobierno de los Estados Unidos (representado sobre todo por el secretario Stanton, pero también por el presidente Andrew Johnson, que permanece fuera de plano en todo el film, pero que interviene convenientemente para conculcar la última protección legal de Mary). Si así es, sintonizaría con la famosa frase de Balzac: «Todo poder es una conspiración permanente.»

Eso sí, el tono crítico de la película no alcanza al idealizado presidente Lincoln, un icono sagrado para el pensamiento políticamente correcto estadounidense, pero cuya actuación política presenta numerosas sombras, tal y como José Carlos Rodríguez (autor "ultraliberal", por otro lado) desarrolla en Abraham Lincoln, forjador de una nueva unión, y resume en Lincoln, Obama y los conservadores: «El primer presidente republicano no sólo violó la Constitución, sino que mandó detener al juez de la Corte Suprema... por advertirlo; suspendió el habeas corpus; gobernó por decreto durante tres meses; detuvo a miles de personas acusadas de ser contrarias a su política; impuso la recluta forzosa; cerró más de 300 periódicos desafectos...»

Ahora que el mundo se encuentra envuelto en la llamada "Guerra contra el Terror" (que, según vaticinara George W. Bush, podría durar cincuenta años), hay que prestar especial atención a uno de esos breves pero jugosos diálogos de la película:

–"Inter arma silent leges": en tiempo de guerra las leyes enmudecen –dice el senador Johnson.

–No deberían –responde Aiken sin vacilar.

La conspiración, ambientada en 1865, se convierte así en una película oportuna en estos días, pero que no servirá de mucho: a pesar de su calidad, ha tenido poco éxito en Estados Unidos, y no parece que vaya a recoger premios significativos. Tampoco da la impresión de que el público, puede que ni siquiera Redford, llegue a vislumbrar el alcance de los paralelismos más alarmantes; como mucho, se ha interpretado que el film es un recado de Robert Redford a George W. Bush, útil villano del pasado que hace más atractivo el espectacular producto publicitario llamado Obama. La película concluye ofreciendo el consuelo de que, al menos, la causa defendida por Aiken trajo un progreso: los juicios a civiles dejaron de ser realizados por tribunales militares (lo cual a su vez comportó la terrible paradoja de que el hijo de Mary, John Surratt, conspirador ante toda evidencia y detenido un año después, fuera absuelto por un jurado). En nuestros días, en cambio, la legislación de Estados Unidos está experimentando una terrible involución: se ha extendido la jurisdicción militar y se han recortado las garantías legales hasta extremos propios de una dictadura (ver Obama firma la 'Ley de Autorización de Defensa Nacional').

Pocos sacarán conclusiones, entre otros motivos porque casi nadie se ha enterado de las leyes dictatoriales que se han aprobado en Estados Unidos, o porque la mayoría cree que el campo de tortura de Guantánamo es una extraña excepción que Obama no ha conseguido eliminar, a pesar de sus terribles esfuerzos por lograrlo. La realidad es que el presidente (quien justifica retrospectivamente la guerra de Irak con argumentos dignos de Bush) no sólo no ha hecho nada por suprimirlo, sino que además ha reabierto los tribunales militares en Guantánamo, un campo de concentración, por otro lado, que no es más la punta del iceberg de un enorme universo de ilegalidades, torturas, vuelos secretos…

Tras el caso Surratt, el sistema legal avanzó en Estados Unidos; hoy, en cambio, está experimentando una veloz regresión hacia el liberticidio, no sólo nacional, sino también global.

© Guillermo Sánchez (10 de febrero de 2012)
© LaExcepción.com

Para comentarios sobre esta reseña, escribir a: guillermosanchez@laexcepcion.com

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