El reino de los cielos
Kingdom of Heaven, Estados Unidos, Reino Unido y España, 2005

Director

Ridley Scott

Guión

William Monahan

Intérpretes

Orlando Bloom (Balian de Ibelin)
Eva Green (Sibylla)
Jeremy Irons (Tiberias)
David Thewlis (Hospitalario)
Brendan Gleeson (Reynaldo)
Marton Csokas (Guy de Lusignan)
Liam Neeson (Godofredo de Ibelin)
Alexander Siddig (Imad)
Ghassan Massoud (Saladino),
Velibor Topic (Almaric)

Fotografía

John Mathieson

Música

Harry Gregson-Williams

Duración

145 minutos


Dos modelos de sociedad enfrentados

Ridley Scott ofrece una película de ambientación histórica, como ya hiciera en Los duelistas, 1492. La conquista del paraíso o Gladiador. La acción transcurre entre 1184 y 1190, poco antes de la tercera cruzada. Narra la historia de Balian (Orlando Bloom), un joven herrero francés cuyo padre, al que desconocía (el barón Godofredo de Ibelin, interpretado por Liam Neeson), regresa de Jerusalén y le anima a viajar a “Tierra Santa”. Allí las circunstancias le conducirán a dirigir la defensa de la ciudad frente a las tropas de Saladino.

Scott ha logrado en esta ocasión un notable producto cinematográfico. La ambientación, a pesar de ciertos anacronismos (en la arquitectura, por ejemplo), está muy cuidada. La interpretación es magnífica, en general. Es cierto que Orlando Bloom no se sitúa entre los más grandes actores del momento, pero, como ya demostró en la trilogía de El Señor de los Anillos y en Troya, encarna con dignidad personajes épicos, trascendiendo la imagen de galán de posters para adolescentes.

Es evidente que Scott no ha querido desarrollar extensamente la dimensión emocional de la historia a fin de concentrar la narración en el asunto principal (el enfrentamiento entre dos modelos de sociedad). Esta contención se aprecia también en la historia de amor, adecuadamente expuesta con rápidas pinceladas. En este sentido, el guión de William Monahan funciona perfectamente. Frente a larguísimos y a veces agotadores desarrollos de otras producciones épicas (piénsese en la fallida Alejandro de Oliver Stone), las poco más de dos horas de El reino de los cielos condensan de forma equilibrada una historia en la que, según los cánones del cine clásico a los que habitualmente tan bien se adapta Ridley Scott, no faltan los ingredientes necesarios para mantener el interés del espectador.

Ciertamente, el film recurre a numerosos convencionalismos, tanto en el tratamiento de la música y de la fotografía como en el guión. Es una película comercial, como corresponde a la línea del director (que, a pesar de contar con algunos rasgos de estilo propios, nunca ha llegado a hacer cine de autor), y en ella descubrimos los estereotipos habituales del guerrero noble, la dama enigmáticamente atractiva, el rey justo, los villanos cuya sed de poder es insaciable, o los personajes populares gregarios y fieles. Pero este envoltorio convencional ofrece un interesante discurso en torno al tema principal, como veremos.

Hay cierta contención narrativa, que proporciona un ritmo a la vez ágil y equilibrado, pero que no nos ahorra innecesarios primeros planos de un naturalismo brutal, tan del agrado del director (recuérdense Blade runner, Gladiador o Black Hawk derribado, que reseñamos en su día), pero de tan mal gusto, especialmente cuando se añade el recurso un tanto rancio de ralentizar la imagen. Al menos recurre a la elipsis para saltarse la decisiva batalla de Hattin o el horripilante asesinato de la hermana de Saladino (ver Elipsis).


¿Cine histórico?

En el llamado cine histórico se suele criticar el que no se ajuste con rigor a los hechos. Esta crítica sólo sería legítima cuando el autor explícitamente hubiera pretendido reproducir con fidelidad la historia. Pero este tipo de documentales dramatizados no son los más frecuentes en el género histórico, y aun en ellos se suelen introducir escenas de pura ficción. La reconstrucción de los hechos históricos en un tiempo limitado requiere sintetizar y elegir, dotar a los personajes de unos gestos y una voz, procesos que en sí implican la adopción de una perspectiva. Películas como El día más largo o El hundimiento, a pesar de su rigor, no son la historia, sino que la representan.

Pero lo más habitual es que en este género, aun cuando todos los personajes estén documentados, se priorice el desarrollo dramático sobre la precisión histórica, de modo que los acontecimientos de una época sirvan de trasfondo para la historia que se quiere contar. En estos casos, parte de los personajes (incluidos en ocasiones los protagonistas) suelen ser ficticios, pero no necesariamente. Resultaría tan absurdo demandar absoluta fidelidad histórica a estas películas como exigírsela a los dramas de Shakespeare o al Cantar de Mio Cid. Un director o novelista no es un historiador, sino un narrador de historias. Ben Hur, El nombre de la rosa, Restauración o cualquiera de las películas que se ajusten a esta categoría pueden resultar más o menos verosímiles, pero su principal objetivo no es la veracidad histórica, y menos en detalles que a veces son criticados severamente por los puristas.

El grado de historicidad de las películas no debe necesariamente invocarse como criterio de calidad de las mismas. Tarkovski en su magistral Andrei Rubliev presenta una visión personal de la Rusia del siglo XV a través de los ojos de un personaje sobre el que apenas se dispone de datos biográficos; para ello procede a una reconstrucción poética de su vida, creando un nuevo personaje. Algo similar puede decirse de El séptimo sello de Bergman, film que por cierto ofrece algunos paralelismos con El reino de los cielos.

Los principales personajes de la película que nos ocupa están perfectamente documentados en la historia. Se pueden señalar (como se ha hecho) bastantes errores históricos. Es lógico que quienes de alguna forma se identifican con algunos de los personajes se sientan incómodos con el modo en que Scott retrata a sus “antecesores” históricos. Pero, a tenor de lo dicho más arriba, el análisis debería centrarse en el tema y en su tratamiento. La cuestión de si Balduino IV, Saladino o el propio Balian de Ibelin (que en realidad tenía cuatro hijos y nunca fue herrero) fueron exactamente como los vemos en el film, no es de la mayor importancia. Scott ha querido ofrecer una reflexión sobre las luchas territoriales y los enfrentamientos religiosos en “Tierra Santa”, reflexión que alcance a los conflictos que hoy en día existen en la zona, como queda plasmado en los títulos finales (donde, no sin cierto pesimismo, se constata cómo ocho siglos después se sigue sin resolver este tipo de contenciosos).

Balian es, al igual que el cruzado de El séptimo sello, un personaje con inquietudes modernas enclavado en la Edad Media. Su crisis espiritual, su agnosticismo, están formulados mediante categorías de pensamiento que pueden sonar anacrónicas. Pero a la vez, en conjunto, hay no poca verosimilitud en la actitud del personaje. Los conflictos políticos y religiosos y la apertura a nuevos horizontes territoriales de la plena Edad Media en que se sitúa la historia (siglo XII), fueron el caldo de cultivo de una nueva mentalidad que afloraría con fuerza en la baja Edad Media (siglos XIII-XV). Una mentalidad más crítica con el poder, más relativista, más reacia a aceptar la mediación clerical, más volcada a una espiritualidad personal. Son esos parámetros, que encontramos en algunos intelectuales y “herejes” de la época, los que definen al personaje.

Al principio de la película, Balian no sabe dónde está Dios. Ha perdido un hijo, como consecuencia de lo cual su mujer se ha suicidado. Pero sus dudas no le han apartado de la religiosidad propia de la época, por lo que al ofrecérsele la posibilidad de expiar sus pecados y los de su difunta esposa, finalmente opta por peregrinar a Jerusalén con su padre. Balian parece haber encontrado un sentido espiritual a su vida, un sentido que se concreta en la devoción a la cruz que portaba su esposa, en el rezo intenso y, ya en Jerusalén, en la visita al Calvario. Frente a esta espiritualidad penitente, cuyo acento recae en la obtención de la salvación final, su padre le presenta un ideal de servicio a los más débiles, concretado en un voto que Balian asume: “Nunca mostrar miedo en el campo de batalla; decir la verdad aunque eso lleve a la muerte; valentía y coraje, además de cuidar de los necesitados y no hacer el mal”.

A partir de estos valores, se establece la línea divisoria entre los personajes “buenos” y los “malos”, en un discurso narrativo considerablemente maniqueo. Este planteamiento ha disgustado a muchos críticos, bien por considerarlo simplista o tópico, bien por diferir con el director en quiénes fueron buenos y quiénes malos en el tiempo de las Cruzadas. Pero si concebimos la película más como un cuento que como un drama, el juicio puede ser más favorable. Scott dedica poco tiempo a desarrollar la evolución de los personajes, como señalábamos. Ello habría requerido o bien un metraje más extenso (que habría perjudicado el resultado), o bien renunciar al desarrollo visual de las batallas (lo cual habría restado espectacularidad al film, pero quizá lo habría hecho más profundo; sería otra película, en cualquier caso).

La idea básica es clara: en Jerusalén se enfrentan dos modelos de sociedad. El rey Balduino defiende una Jerusalén pacífica en la que puedan convivir cristianos y musulmanes (no hay referencia a los judíos en la película), pudiendo ambos grupos venerar los lugares que consideran sagrados; de este modo se preserva el pacto con Saladino, quien respetaría el dominio franco de la ciudad. Los Templarios y los políticos favorables a ellos, en cambio, defienden un estado de guerra permanente con el fin de exterminar a los sarracenos y expulsarlos de los “santos lugares”; de modo que incurren en constantes provocaciones a los musulmanes para desatar una guerra definitiva.


Revisionismo

Se ha criticado, no sin algo de razón, que se ofrezca una imagen muy favorable de los musulmanes, frente al fanatismo de algunos grupos del bando cristiano, según supuestos cánones de lo políticamente correcto. Ciertamente Saladino es retratado como hombre de honor (numerosas crónicas de la época destacan este rasgo suyo), pero no se oculta que fue, ante todo, un estratega calculador; sí se elude, en cambio, cómo ajustició a todos los caballeros templarios y hospitalarias tras la batalla de Hattin, y el happy end impone modificar el que tras la toma de Jerusalén tres cuartas partes de la población fuesen vendidos como esclavos. Ahora bien, entre los sarracenos no faltan quienes incitan a cumplir la “voluntad de Alá” exterminando a los infieles. Y siendo que el argumento de la historia se centra en el bando europeo, la presentación que se hace de estos extremistas musulmanes es lógicamente mucho más concisa que la de los fanáticos Guy de Lusignan o Reynaldo.

Otras secuencias, como la del sacerdote que anima a los cruzados con la consigna “Matar un infiel no es asesinato, es el camino al cielo”, son tristemente históricas (recordemos las prédicas de Bernardo de Claraval animando a la segunda cruzada). La guerra santa fue defendida tanto en el bando musulmán como en el papal, tal como se aprecia en el film. El escritor libanés Amin Maalouf, que en su libro Las cruzadas vistas por los árabes recoge interesantes anécdotas sobre la tolerancia de algunos templarios para con los musulmanes, ya ha señalado que la película le parece «demasiado dura» con ellos, si bien «el espíritu de esos tiempos está allí» (Reuters, 9.5.05).

Desde hace un tiempo viene observándose en medios católicos romanos cierto revisionismo en relación con diversos asuntos de la historia de la iglesia. Se ha reconsiderado el caso Galileo, concluyendo que las presiones a las que se le sometió fueron cuanto menos comprensibles, si no justificadas; se han minimizado las salvajadas de la Inquisición (ver De la “Santa” Inquisición... y de todas las inquisiciones); y por supuesto no podían faltar las Cruzadas (ver Nuevos hallazgos sobre las cruzadas). La película de Scott ha suscitado muchos comentarios justificando estas invasiones, y haciéndolas pasar por cristianas. Jay Reyes, presidente del Instituto Agustino de Denver, afirma que quienes participaron en las cruzadas tenían «los corazones ardiendo por honrar como es debido al Reino de Dios»; pervierte así el concepto evangélico del Reino y asume que las supuestas buenas intenciones justifican la violencia. Y añade: «Si bien ocurrieron muchas atrocidades durante las Cruzadas, muchas cosas por las cuales pedir disculpas, no deberían hacernos creer que hay que pedir disculpas por las Cruzadas en sí mismas» (ACI, 29.4.05). El Arzobispo de Denver, Charles Chaput, al hilo de este estreno considera que también hubo mucho de «fe, nobleza y sacrificio personal» genuinos en las Cruzadas, y que los cristianos tienen el deber de prevenir que los «hechos reales de la historia» se pierdan y así evitar que Dios sea «expulsado» del futuro de Estados Unidos (ACI, 6.5.05). Vittorio Messori, representante de la línea ideológica más cercana al papa actual y al anterior, decía recientemente que «las cruzadas no fueron más que una peregrinación armada» (La Razón, 15.12.04). Son de temer las aplicaciones actuales que podrían derivarse de estas interpretaciones.


Desacralización

El planteamiento ideológico de la película podrá resultar simplista, pero no está exento de interés. Se expone claramente en la arenga de Balian a la población de Jerusalén cuando es sitiada por Saladino: la mayoría de los habitantes de la ciudad en ese momento no están ahí por haberlo elegido, sino porque sus antepasados llegaron allí. La cuestión no es decidir quién tiene legitimidad para gobernar u ocupar la ciudad, sino preservar la integridad de las personas. “Defendemos esta ciudad no por sus piedras, sino por los que moran en ella”, afirma el caballero francés, fiel al juramento prestado a su padre. Este enfoque moderno, como ya hemos explicado, no sólo no es ilegítimo, sino que es lo propio del cine, el teatro o la novela históricos. Pero es que además en realidad Bailan está tomándose en serio los valores que la teoría medieval de los tres órdenes asignaba a la nobleza, entre los cuales destaca por sobre los demás la defensa de la vida de sus subordinados. Si el personaje resulta en cierta medida inverosímil es por su idealismo, no por traicionar los valores que debería defender.

Diferente asunto es si los procedimientos que utiliza son los más éticos. Autores católicos o de derechas han tachado de “pacifistas” (con toda la carga negativa que tal término suele tener en esos medios) los planteamientos de Balian y del rey Balduino (y por tanto de Scott). Sólo se les podría aplicar tal término si se entiende por pacifismo, como es frecuente, la preferencia por las vías pacíficas frente a las militares. Pero ante todo Bailan es un guerrero; eso sí, defiende la máxima contención posible de la violencia y el mantenimiento del statu quo, frente al recurso permanente a la misma como mecanismo para lograr la hegemonía en la zona, propugnado por el partido belicista. También algunos evangélicos conservadores han criticado el enfoque “proislámico” y “anticristiano” de la película, como Annabelle Robertson, quien se pregunta si Scott no ha oído hablar de la teoría de la “guerra justa”, y de paso critica a los «izquierdistas [liberals] que creen que la guerra es inapropiada, en cualquier circunstancia» (¿olvida ella que precisamente es ésa la visión del evangelio?). En realidad, Balian asume la doctrina de la “guerra justa” al optar por la defensa armada de los civiles y al rechazar la guerra ofensiva contra los musulmanes. Y considera que una heroica defensa de Jerusalén frente a Saladino costará menos vidas que la entrega incondicional de la ciudad.

Entre algunos creyentes ha desagradado que precisamente un escéptico, de entre todos los personajes, encarne los ideales más elevados, mientras que quienes supuestamente representan al cristianismo (las autoridades religiosas y, en especial, las órdenes militares como los Templarios) son retratados como canallas sanguinarios. Pero es que paradójicamente Bailan está más cerca del evangelio por su alejamiento del cristianismo institucional de la época. Al principio de la película busca consuelo en los medios de salvación que ofrece la iglesia: el rezo, la peregrinación, el contacto con los “santos lugares”; pero siguiendo los consejos de su padre y los planteamientos del rey Balduino, descubre que la santidad no está en la tierra y las piedras que han presenciado la vida de Jesucristo.

No es éste un enfoque «desde los presupuestos intelectuales del relativismo y laicismo modernos» (como critica Juan Orellana, en su artículo Laicismo medieval), sino que se retrotrae al propio fundador del cristianismo, quien con sus palabras, su vida y su muerte procedió a la desacralización el templo de Jerusalén, el único espacio sagrado reconocido en la Biblia hebrea; en conversación con la samaritana que inquiría dónde debe adorarse (en Sión o en Gerizín), Jesús le dijo: «Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4: 23). Al anunciar que no quedaría piedra sobre piedra del templo de los judíos (Mateo 24: 2), al reprobar la práctica judía de adornar los monumentos a los profetas a quienes sus padres habían matado (Mateo 23: 29), Jesús eliminó cualquier posibilidad de hablar, desde una perspectiva cristiana, de “tierra santa” o “santos lugares”. Cuando murió, el velo del templo se rasgó en dos, dejando expuesto el hasta entonces inaccesible lugar santísimo (Mateo 27: 51). Desde entonces, no hay lugar sagrado para los cristianos; como en parte llega a comprender Balian, lo único que es físicamente sagrado son las personas (1 Corintios 3: 16, 17; 6: 19).

El discurso desacralizador de Balian en el asedio de Jerusalén es mucho más cercano al cristianismo que el del patriarca que lo acusa de blasfemo. Además, su escepticismo hacia la sacralidad de los monumentos no se traduce en el desprecio a los mismos, sino en el respeto a todo aquel que quiera venerar esos lugares; como dice el personaje, Jerusalén ha de ser “un reino de conciencia”, un ideal de convivencia que tan difícil ha resultado mantener a lo largo de la historia. Pero la teología de Balian no deja de ser la de su época y la de su iglesia, pues considera que “la santidad está en los buenos actos” (frente al mensaje del evangelio, que rechaza la salvación por las obras y afirma la salvación por la gracia divina; ver Romanos 3: 20); aun así, representa unos ideales de defensa del débil y de la justicia notablemente más genuinos que los de sus contemporáneos. Su igualitarismo, simbolizado en la ordenación como caballeros de todos los habitantes de la ciudad, no es tan anacrónico ni “políticamente correcto” como algunos pretenden. Algunas de las “herejías” de la época, inspiradas en la Biblia (Marcos 10: 42, 43; Gálatas 3: 28) criticaron la concepción jerárquica y clerical de la iglesia-sociedad. No es de extrañar que los inquisidores actuales se escandalicen del discurso del herrero convertido en soldado.


Providencia

Si afirmaba antes que la película es más un cuento que un drama, me refería no tanto a la verosimilitud histórica de los hechos, sino al desarrollo del relato. Se han criticado la súbita transformación del herrero en estratega y la precipitación en la puesta en escena de otros procesos, sin ofrecernos transiciones. Estos cambios se entienden y se aceptan mejor si observamos que el director ofrece un cuadro de tipos humanos simplificados, más que un análisis psicológico de los personajes.

Ridley Scott transfiere su agnosticismo al personaje principal, quien descubre el sentido de la vida en el mundo de lo inmanente, en la asunción de su misión de proteger a los débiles. Pero como ocurre en las leyendas y en los cuentos populares, sobreviene el happy end a modo de destino inexorable. En este sentido, y frente a desenlaces más dramáticos o ambiguos en otras obras suyas, Scott se aproxima en ésta a la cinematografía hollywoodiense. Así, el éxito al que el héroe dirige su acción se convierte en el elemento trascendente que preside la trama. Un final trágico habría puesto en cuestión todos los valores del discurso que, a través de la boca de Balian, pronuncian el guionista y el director. ¿Qué sentido habría tenido la resistencia heroica de la ciudad si, como suele ocurrir en la realidad, habría desencadenado el peor de los desenlaces?

Balian es en gran medida una persona de principios; declina matar a Guy de Lusignan, el hombre que pretende asesinarlo a él mismo, y cuya política belicista llevaría a la ruina la precaria paz conseguida por Balduino. Matarlo le proporcionaría la posibilidad de prolongar la política “pacifista”, y además le permitiría unirse legítimamente a la esposa de Guy (por cierto, parece que sus principios no le impiden sucumbir a la tentación de acostarse con ella). A partir de ese momento la creciente fortuna del héroe frente a las circunstancias más desfavorables, resulta tan inverosímil que sólo puede entenderse en clave de fantasía.

Balian es capaz de trascender muchos de los prejuicios y corsés religiosos de su época, encarnando así unos ideales próximos al cristianismo. Pero a fin de cuentas su agnosticismo le impide recurrir a Dios para realizar esos ideales hasta el final y renunciar a la violencia. Prescinde de Dios, pero no por ello deja de actuar la providencia, que se manifiesta en la fortuna y el éxito que acompañan a quien confía en sus propias fuerzas. Se convierte así en un héroe mítico (insisto: de cuento), pero no trágico, de modo que la violencia queda legitimada. En ese sentido, los nobles valores que se desprenden de la historia se apoyan sobre fundamentos endebles, sobre todo cuando la experiencia (siempre tan lejos de lo que muestra la fantasía…) insiste en demostrar que es más probable que empresas como la de Balian tengan un desenlace trágico.

© Guillermo Sánchez Vicente
(1 de junio de 20054)
© LaExcepción.com

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