El hombre que nunca estuvo allí
The man who wasn’t there, Estados Unidos, 2001

Director

Joel Coen

Guión

Joel Coen
Ethan Coen

Intérpretes

Billy Bob Thornton (Ed Crane)
Frances McDormand (Doris Crane)
Michael Badalucco (Frank)
James Gandolfini (Big Dave James)
Katherine Borowitz (Ann Nirdlinger)

Fotografía

Roger Deakins

Música

Carter Burwell
Sonatas para piano de L. van Beethoven

Duración

116 minutos

El vacío del hombre de hoy

Con su habitual maestría narrativa, los hermanos Coen vuelven a ofrecer una original película en la que sabiamente combinan homenaje a los clásicos, esperpento y toques de su particular surrealismo simbólico.

El hombre que nunca estuvo allí es la historia de Ed Crane, un barbero de Santa Rosa (California) que sabe que su mujer le es infiel con el propietario de unos grandes almacenes para el que ella trabaja. Ante la posibilidad de prosperar y de perjudicar a la vez al adúltero (no a su esposa, a la que de alguna forma “ama”), Crane idea una forma de chantaje que le arrastrará a un oscuro callejón de muerte y vacío. Pero el barbero no es la víctima de un sistema social injusto, no es el último engranaje de una maquinaria anónima que desgasta sus piezas hasta su exterminio. Está “alienado del mundo que le rodea” –como afirma Joel Coen– pero también está alienado de sí mismo como persona que existe, que vive o que siente. Hasta las absurdas ilusiones depositadas en la carrera de la joven pianista a la que decide apoyar, lejos de reflejar entusiasmo, no son más que una estúpida opción sin sentido. Pues aunque al principio de la historia Ed Crane parece albergar la esperanza de salir de su monotonía de barbero engañado, el absurdo de su existencia y el propio azar, paradójico e inexorable, van diluyendo en la nada cualquier sentido vital.

El uso de un blanco y negro depurado y sobrio no sólo remite a una época (finales de los años 40), sino también a un estilo de hacer cine, en el que se recurre acertadamente a la elipsis (ver Elipsis). Además de contar con alguna referencia estilística a la inigualable La noche del cazador, de Charles Laughton, su tono meditativo y frío evoca Falso culpable de Hitchcock. Pero lo que en este clásico constituía una inmersión en el abismo kafkiano de un presunto inocente acusado de un crimen, se convierte aquí en una narración desapasionada de un drama por parte de su protagonista, un barbero silencioso y flemático. Escuchamos su monólogo interior exento de angustia, culpa, miedo o arrepentimiento. Ed Crane (interpretado con aplomo por Billy Bob Thornton) relata, en un ritmo pausado y cadenciosamente acompasado por los movimientos lentos de las sonatas para piano de Beethoven, su propio drama como si el de un desconocido se tratara.

Si por algo atrae el cine de los Coen, además de por su originalidad, quizá sea porque sus seguidores vislumbran en sus personajes un intento por conocer la realidad. Pero viven vidas cuya meta es el propio itinerario, como sugiere el final abierto de Barton Fink (1991). En la aparentemente optimista O brother! (2000) la odisea particular de sus personajes parece culminar en un punto de llegada, pero el destino no es más que un ciego circulando por la vía del tren.

Si se sigue la trayectoria creativa y las declaraciones de los Coen, que califican El hombre que nunca estuvo allí de “drama existencial”, cuesta creer que en esta película hayan querido reflejar una auténtica angustia personal. Más bien es una simulación de semejante agonía. No estamos ante los personajes desesperanzados de, pongamos, un Bergman. Ya no se sale del cine reflexionando sobre el vacío existencial. La sensación con que el espectador se levanta de la butaca no es la del abismo de la nada, la de la búsqueda sin encuentro, que quizá, a quien superara la pedantería adolescente del “iniciado” en el cine de autor, le podría conducir a preguntas más profundas y a respuestas satisfactorias.

El hombre que nunca estuvo allí es, como dice el ridículo abogado en el juicio, “el hombre de hoy”: un hombre sin inquietudes, a quien la incertidumbre le impide percibir su propia condición. Pero su espíritu está tan árido, que la luz que ve (que vemos) al final del túnel es sólo la tenue cortina que separa la ficción de la realidad. El espectador esteta y posmoderno, al igual que los creadores del personaje, saldrá del cine ponderando las cualidades del film, pero quizá seguirá viviendo, sin darse cuenta de ello, una vida tan mediocre y tan vacía como la de Ed Crane.

G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(23 de junio de 2002)
LaExcepcion.com

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