El buen pastor
The Good Shepherd, Estados Unidos, 2006

Director

Robert de Niro

Guión

Eric Roth

Intérpretes

Matt Damon
Angelina Jolie
William Hurt
Tammy Blanchard
Alec Baldwin
Robert De Niro
Billy Crudup
Michael Gambon
Timothy Hutton
Eddie Redmayne
Joe Pesci
John Turturro

Fotografía

Robert Richardson

Música

Bruce Fowler
Marcelo Zarvos

Duración

167 minutos


¿Una denuncia inútil?

La filtración de los planes para un ataque a Cuba da pie al principal hilo conductor argumental de la película. El ataque es la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, preparada por la CIA. Alguien relacionado con el estrecho círculo conocedor de la operación anticipa a los rusos el lugar del desembarco, dato clave para el fracaso de la invasión (todo esto, según el guión de la película, al margen de su verosimilitud histórica). Las indagaciones para averiguar quién ha sido el chivato, sobre la base de unos documentos audiovisuales, guiarán la trama de la historia.

Pero ésta ofrece otros alicientes para el espectador. En realidad, estamos ante una reconstrucción (“novelada”, pero al parecer bastante veraz en general) de los orígenes de la Central Intelligence Agency, una de las organizaciones oficiales más criminales de nuestros tiempos.

La película efectúa sucesivos flashbacks, siempre desde principios de los sesenta. Enseguida conocemos cómo el protagonista, un brillante estudiante de Yale llamado Edward Wilson, es reclutado en 1939 por el servicio de espionaje norteamericano (la OSS, precursora de la CIA en la Segunda Guerra Mundial). Particularmente interesante es su ingreso previo en la sociedad secreta Skull and Bones (S&B), siniestro círculo de poder que al parecer le abre las puertas a las más ambiciosas empresas. (Recordemos aquí, por cierto, que está acreditada la pertenencia a esa organización del actual presidente estadounidense, George W. Bush, pero también la de John Kerry, el último candidato demócrata a las presidenciales). Como parte de su ritual iniciático, Edward tiene que revelar «su secreto mejor guardado», momento en el cual narra una experiencia de cuando tenía seis años. En ella su padre, poco antes de suicidarse, le recomendaba no mentir nunca, pues de lo contrario dejaría de gozar de la confianza de la gente. Es interesante notar que dicha recomendación se funda claramente en la propia experiencia personal del padre, cuyo abrupto final deriva de no haber sido, él mismo, capaz de cumplirla.

Pero la vida de Edward, un tipo parco en palabras (un colaborador suyo le describe como «un cabrón muy serio que no tiene sentido del humor»), no diferirá de la de su progenitor en ese aspecto. Siendo un joven idealista y patriota, se enrola en la citada OSS y aprende muy pronto, concretamente en Londres y con los servicios británicos de inteligencia, los cuestionables métodos utilizados en el discreto mundo del espionaje y el contraespionaje. Sólo una semana antes de partir para Inglaterra, el muchacho (frío, pero mujeriego a su manera) ha contraído matrimonio con una mujer ya embarazada de un hijo de ambos. A partir de ahí la historia nos muestra la aparente imposibilidad de compatibilizar una profesión tan “arriesgada” y “exigente” como la de espía al servicio de su país, con la atención a la familia (esposa e hijo). La “patria”, sucia entelequia que ha servido de excusa para los crímenes más abominables, es más importante que los vínculos familiares. (Por supuesto, también que Dios: repetidamente, incluso desde antes de casarse, su esposa subrayará cómo en las comidas de los “devotos” miembros de la S&B, y por ende también en la CIA, lo primero es la loa a la propia asociación y luego la oración).

Por desgracia esto, aun siendo un factor decisivo en la degradación moral del personaje, no es lo peor. Lo más grave será todo lo que hará, ordenará hacer y apoyará como miembro, cada vez más destacado, de la inmoral agencia norteamericana: mentir y falsear la información sin pudor, matar a un compañero porque «sabía demasiado», organizar golpes de estado contra gobernantes legítimos, aplicar la tortura a prisioneros, asesinar a la novia de su propio hijo...

Todo ello en un marco de endiosamiento propiciado por la excusa del sacrosanto patriotismo. En un momento dado, un agente cuenta que alguien le preguntó: «Cuando interviene la CIA, ¿por qué rara vez se piden explicaciones?» Su respuesta fue: «¿Le pide usted explicaciones a Dios?»

He aquí el porqué de la barbarie del Poder, sea cual sea: los que lo tienen se jactan de tenerlo (de ahí también que se hable de su erótica). Se jactan de hacer el mal.

Y he aquí, de manera específica, el porqué del poder absoluto que se ha ido gestando en un país, Estados Unidos de América, inicialmente surgido como paladín de la libertad y del control del propio poder. Hoy su gobierno arrebata vidas y libertades ante la pasividad general. De este modo, no sólo se autoendiosa, también lo endiosan quienes deberían denunciarlo.


La deriva del fanático

Fanático es todo aquél que antepone e impone su verdad a cualesquiera otras consideraciones, empezando por la libertad y el derecho de los demás de tener también la suya, por diferente que sea; y siguiendo por los restantes derechos humanos: el de vivir en paz, sin atropellos, con un mínimo de justicia para sí y para su entorno.

El fanático acabará justificándolo todo con tal de llevar adelante su verdad. Pero salvo que se vuelva loco de remate, algún día comprenderá que está pagando un precio moral demasiado alto. Lo más probable, con todo, es que esa comprensión no lo detenga: ya es demasiado tarde, ha desoído demasiadas veces el imperativo categórico, su vida es puro cinismo.

Tras su estampa de hombre frío, culto, educado, civilizado, incluso pacífico, Edward Wilson es un fanático que devendrá un cínico desalmado. Cerca del fin de la historia (que en absoluto estamos destripando pese a estos detalles) leerá unos consejos paternos escritos muchos años antes, casi en el momento del suicidio: «Espero que de mayor seas un hombre valiente, un buen marido y un buen padre [...], y que decidas lo que decidas, lleves una vida honrada.» Literalmente, los quema. Él ya está muerto para todo eso. Su “vida”, y así lo muestran las últimas imágenes con él caminando por los pasillos de la agencia, seguirá consagrada a la CIA, área de contraespionaje.

Pero en realidad la historia no acaba aquí. Tanto Wilson (nombre ficticio que encarna, al parecer, a J. J. Angleton, uno de los padres de la CIA) como tantos otros criminales de su calaña tendrán que rendir cuentas un día, cada vez más próximo, de sus elegantes fechorías como espías, jefes de torturadores, ministros, secretarios de estado o presidentes: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquél que no tenga misericordia» (Santiago 2: 13).


¿Para qué?

El buen pastor es una buena película, pero no redonda. Le falta ritmo y le sobra metraje; a pesar de que la trama es compleja, determinadas escenas resultan más bien prolijas; algunas, repetitivas. Quizá por ello ni su brillante reparto, ni su archifamoso director (aunque a Robert de Niro la fama le venga como actor), ni su atractivo asunto lograron el éxito de taquilla.

Con elementos que recuerdan a El Padrino (pensemos de nuevo en De Niro, e incluso en Coppola, cuyo nombre figura en algún rincón de los créditos) y a Múnich (no en vano se trata del mismo guionista), El buen pastor fracasa donde triunfan ambas, cosa tanto más lamentable por cuanto su tema es aún más relevante y actual que los de aquéllas. La CIA es una poderosa y ubicua mafia legal (aunque también alegal) que casi hace buena a la Cosa Nostra. Y el alcance del activismo de sus “comandos” supera incluso al del Mossad, siendo responsable de gran parte del sombrío escenario global que vemos dibujarse en nuestros días.

Pero hay un fracaso todavía mayor: el del público que la ha visto, y que en muchos casos se ha quedado con meras impresiones estéticas o “cinematográficas”. Un público y una crítica que no han logrado convertir la película en un escándalo. Cuando la CIA, retratada en esa historia de manera creíble y realista, cobra un protagonismo especial por sus crímenes presentes (torturas, vuelos y cárceles secretos, invención de pretextos para hacer la guerra, participación en conspiraciones con propósitos imperialistas...), la película que expone su trayectoria y canalladas pasa inadvertida, a pesar de que una mente sensible sólo puede verla en clave de denuncia. En otras palabras, resulta inútil.

Este fracaso es un reflejo, a su vez, del derrumbe moral de la sociedad en su conjunto, y aun del colapso de toda una civilización. Se confirma así que la paz y la justicia muy difícilmente vendrán de quienes se arrodillan ante los falsos dioses de nuestro tiempo.

© Juan Fernando Sánchez (11 de diciembre de 2007)
© LaExcepción.com

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