Amélie
Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, Francia y Alemania, 2001.

Director

Jean Pierre Jeunet

Guión

Guillaume Laurant
Jean Pierre Jeunet

Intérpretes

Audrey Tautou
Mathieu Kassovitz
Rufus
Yolande Moreau
Artus de Penguern
Urbain Cancelier

Duración

120 minutos

El cine como ficción de cine

Decir que el cine es un arte de ficción resulta poco informativo. Son ya muchas las décadas que el cinematógrafo lleva especializado en reflejar mundos ficticios, aunque no por ello menos grandiosos e incluso reales en un sentido nada virtual.

Pero si al término arte le damos una acepción mínimamente respetable, sin que ello implique caer en la pedantería, entonces no cabe admitir que cualquier película sea un acontecimiento artístico. (Esto tampoco resulta demasiado informativo, aunque suele abrir el camino a las más encendidas polémicas). El cine como "séptimo arte" exige unos niveles de calidad narrativa, sonora y visual que no están al alcance de cualquier cineasta. Sin embargo, a lo que parece es posible fingirlos y, en buena medida, "dar el pego" a mucha gente, numerosos críticos incluidos.

Es el caso de Amélie, auténtico circo surgido del cinematógrafo, monumental despliegue de recursos estéticos y efectismos supuestamente impactantes. No muy originales, por cierto (el sonido-ráfaga de viento ya lo hemos oído en Chocolat, por ejemplo, película a la que tanto se parece Amélie; y los movimientos de cámara en torno al personaje, aunque aquí multiplicados ad infinitum, ya formaban parte del acervo filmográfico general). Pero el problema no es la falta de originalidad en algún aspecto, ya que justo es admitir que globalmente la película resulta peculiar y diferente. El camelo deriva del hecho de que nos hallamos ante un brillante envoltorio con muy poca sustancia dentro, lo cual se nos pretende disimular también mediante el recurso al ritmo frenético y a los tan ágiles como breves diálogos repletos de frases lapidarias.

Pero que nadie me interprete mal. No es mi intención descalificar gustos ajenos, y me consta que esta película ha gustado mucho y a mucha gente. Creo que puedo comprender por qué, sin recurrir a impropios e inútiles paternalismos. En nuestro tiempo, al que le han robado tantos absolutos necesarios, hay una sed de mensajes frescos, diferentes, mágicos. Tan repulsiva se nos hace la realidad habitual (marcada por el recelo, la guerra y la mentira) que evadirla se convierte en algo imperativo. Y si una película nos presenta el vuelo de una imaginación que ofrece tranquilidad a nuestras conciencias, y lo hace sin excesivas exigencias morales, ¡bendita sea su gracia!

Amélie es un canto a los pequeños detalles, aunque vacuos en tanto que poco impregnados de sentido. Su protagonista, encarnada por una actriz de singular encanto (Audrey Tautou), también anhela desde su soñadora timidez adolescente una realidad distinta del mediocre devenir que nos consume. A raíz de una casualidad (el hallazgo en un oculto rincón de su casa de una cajita de metal con juguetes de un antiguo residente), toma una decisión: encontrará a su dueño y, si se conmueve al ver sus infantiles objetos, Amélie dedicará el resto de su vida a ayudar a los demás; en caso contrario, "a otra cosa, mariposa".

Encuentra al dueño en cuestión, un tal Bretodeau, y éste recupera su cajita lleno de emoción. Así que Amélie empieza a ayudar a los demás. Atento, querido lector, pues la gran pregunta que venía planteándose la metafísica de nuestra época ha quedado así resuelta: el fundamento de la ética altruista no es otro que el azar. Pero claro, lo que nace del azar puede también morir por azar. No es extraño, entonces, que la película nos sugiera después esa muerte, una vez que Amélie se cansa de limitarse a ayudar a los demás y se dedica a ayudarse a sí misma (fascinada por el empleado de una sex-shop que por las noches se dedica a buscar fotos rotas debajo de los fotomatones para su álbum personal).


Cine posmoderno

Los (anti)filósofos posmodernos y/o posmodernistas nos han enseñando que, fenecida la Modernidad, todo en la realidad del ser humano –sobre todo en su conducta– es simulacro. Parece que el cine tampoco se libraría de un rasgo tan actual, por lo menos el cine que es hijo de su tiempo.

Como en Chocolat, hay en Amélie una exaltación de la magia y una priorización de lo lúdico y lo hedonista sobre cualquier otra instancia; y al igual que en aquélla, la tesis omnipresente de un destino inexorable, para bien y/o para mal, viene a recordarnos cuánto se ha avanzado en el proceso de destrucción de los viejos valores (como la responsabilidad y el libre albedrío, por no hablar de la fe y la esperanza en la intervención de un Dios de amor).

Pero Amélie es aún más falsa que Chocolat. Si en esta engañosa fábula se alcanzaba, al final, una completa armonía basada en el inverosímil triunfo de la subversión ilusionante, ha de admitirse que cuando menos algún tema o sustancia tenía, siquiera cierto asidero en la realidad tal cual es (en su caso, el choque entre dos formas de ver la vida, la mojigata y la supuestamente innovadora). La película que nos ocupa, en cambio, presenta una realidad enteramente mixtificada, de la que ni siquiera el personaje del ruin y grotesco tendero Colignon se escapa; y una casi absoluta carencia de tema argumental, ofreciéndonos poco más que un absurdo y romántico cuento de hadas para adultos sedientos de un mundo diferente. Un cuento de hadas, por cierto, que más de una vez considera "bueno" a lo que es dudoso que merezca ese adjetivo. Pero es que del romanticismo neopagano apenas cabe esperar otro valor que la mera evasión. O en otras palabras, el valor de lo imposible.

El carácter de simulacro, con todo, no se agota en esa faceta. Lo peor es que se nos pretenda vender como cine-arte un encadenamiento de escenas al que, como ya decíamos, sólo el ritmo enloquecido salva del decaimiento y del hartazgo ante su exagerada inverosimilitud. Amélie, esto resulta innegable, es una cinta de "buena factura": eficaz interpretación, efectismo seductor y, sobre todo, un magistral montaje que tiene por finalidad sostener un producto tan atractivo por fuera como hueco por dentro.

Su éxito acaso revele, al menos en muchos casos, las carencias emocionales (el vacío interior) de quienes, con sus elogios, lo han procurado. Una vez más, la sed. Pero no será Amélie quien la apague

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(31 de diciembre de 2001)
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