A. I. Inteligencia artificial
A. I. Artificial intelligence
, Estados Unidos, 2001

Director Steven Spielberg
Guión Steven Spielberg; basado en una historia de Ian Watson a partir del relato de Brian Aldiss Supertoys last all summer long.
Intérpretes

Haley Joel Osment (David Swinton)
Jude Law (Gigolo Joe)
Frances O'Connor (Monica Swinton)
Sam Robards (Henry Swinton)
Jake Thomas (Martin Swinton)
Brendan Gleeson (Lord Johnson-Johnson)
William Hurt (profesor Hobby)

Música

John Williams
Duración 145 minutos 

Una historia de desarraigo y redención virtual

El proyecto de Inteligencia artificial nació hace más de quince años en la mente del director Stanley Kubrick, quien se puso en contacto con Spielberg con la idea de llevarlo a cabo conjuntamente, el primero como productor, el segundo como director. A pesar del fallecimiento de Kubrick en 1999, Spielberg ha realizado la película, en la que, tras su estilo sentimental y efectista, se pueden apreciar numerosas referencias al mundo personal del director de 2001. Odisea del espacio (se puede leer un interesante análisis simbólico del film desde el punto de vista de la trayectoria de Kubrick en http://www.rebelion.org/cultura/oso_kubrick170901.htm).

Spielberg recrea el cuento de Pinocho en la historia futurista de David, un niño robot creado para llenar las carencias emocionales de un matrimonio cuyo hijo se encuentra en estado de coma. David, como ser virtualmente humano, trata de ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. En su caso, al ser un "niño", a través de su experiencia estrecha los lazos afectivos con la mujer a la que, tal como es programado por ella misma, siempre reconocerá como madre. Pero el hijo real se recupera inesperadamente y llega a casa, donde se encuentra con la sorpresa de tener que compartir el cariño de sus padres con el nuevo "hermano".

La película plantea el ya clásico debate acerca de las posibilidades que tendría un sistema de inteligencia artificial de simular la inteligencia humana, y da un paso más allá: el androide no sólo llega a imitar la conducta humana, sino que adquiere una entidad personal tal que él mismo vive como un humano, y los propios humanos así lo perciben. De ahí el conflicto moral que le supone para la "madre" tener que desembarazarse del robot a quien ya trata como a un niño, pero cuya presencia resulta incompatible con la de su hijo humano ya recuperado.

David, programado para el afecto, se ve condenado a vagar como un proscrito, pero se niega a ser Pinocho: no quiere convertirse en un niño, pues ya es un niño. Y a fin de alcanzar su único deseo, el cariño de su madre, busca desesperadamente a su creador (el ingeniero que lo diseñó), para descubrir que para él no es más que una oportunidad comercial, un objeto lucrativo fabricado en serie para llenar artificialmente el vacío de miles de parejas sin hijos. (Para una sinopsis más completa de la película, se puede visitar http://www.otrocampo.com/criticas/ai.html).

En esta parábola, Spielberg ofrece una visión desoladora de la condición del hombre, abandonado por su Creador en un mundo hostil. La sociedad que retrata es en definitiva la nuestra, o aquella cuyo germen ya está sembrado: una sociedad en la que la confusión entre lo virtual y lo real ha llegado a deshumanizar las relaciones naturales de las personas. Una sociedad en la que los sectores reaccionarios responden a la deshumanización intentando exaltar la vida específicamente humana mediante la destrucción de robots en un espectáculo de muerte virtual, la "Feria de la carne". Estas duras escenas podrían servir de advertencia ante los extremos a los que la justificación de la violencia puede conducir en una sociedad desesperada. Pero, ¿son acaso estos integristas de la vida más crueles que los ciudadanos exquisitamente educados que en la película "explotan" a los androides como mano de obra, máquinas de placer o siervos obedientes, quienes instrumentalizan a los robots como medios para construir un mundo sustentado sobre un hedonismo vacío?

Recurriendo a un tema característico de su cine (y de casi toda la producción actual de historias infantiles), Spielberg propone una solución paradójicamente basada en el mismo fundamento que sustenta a esta sociedad enferma: la confusión de límites entre fantasía y realidad, entre lo virtual y lo existencial. La insatisfacción condena a David a recitar su deseo ante el ídolo de cartón-piedra de su hada madrina, durante miles de años, a modo de mantra mágico o plegaria mecánica. Y una avanzadísima civilización cibernética le concede la reconstrucción virtual de un solo día en compañía de su madre. Para David es suficiente. No siente un anhelo de eternidad. La salvación que se le ofrece y que A.I. nos propone se limita a un acto único de satisfacción de una necesidad vital, tras el cual la vida cobra sentido y, por tanto, la muerte también. Al igual que American Beauty, donde el protagonista muere feliz por un solo acto final de regeneración personal, A.I. sólo es capaz de prometernos un nirvana vacío en el que el individuo se funde tras alcanzar aquello que considera su anhelo más profundo.

La neoespiritualidad que destila A.I. no sólo no tiene capacidad de satisfacer la sed de eternidad del ser humano, sino que la niega. Toda esperanza se reduce a la realización de un acto irrepetible, y por tanto falsamente (virtualmente) eterno, un acto que en poco trasciende a los placeres anhelados por la sociedad consumista y materialista de la que huye David. Los sueños suplen aquello que la realidad no nos puede ofrecer. Inteligencia Artificial, que peca además de los característicos estereotipos un tanto superficiales de las producciones "comerciales" de Spielberg, es una historia con final dulzón pero trágicamente desesperanzado, un cuento de niños para adultos insatisfechos que, desalentados ante la vacuidad de su existencia, seguirán creyendo que la fantasía les redime de su actual y eterno desarraigo, ignorando que a su alcance existe una auténtica redención personal y eterna.

© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(noviembre de 2001)
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