Sobre "La mujer, ¿un error de Dios?"
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www.laexcepcion.com (26 de mayo de 2012). Publicado originalmente en El Blog de Cordura

«Que aprendan, al menos, cuál es la religión que combaten antes de combatirla.»
(Blas Pascal, Pensamientos, artículo primero)

En los respetables medios progres, generalmente no muy doctos en materia religiosa, es común tomarse a broma estos asuntos y –lo que no es menos malo– favorecer con ello a los principales beneficiarios de esa ignorancia, a saber: quienes han hecho secularmente de la religión una incomparable plataforma de poder. Algo así hemos constatado esta misma mañana en la Cadena Ser. Ha sido al dar la noticia del mayordomo del papa detenido por haber filtrado documentos secretos. El periodista de turno no ha podido evitar concluir al hilo de ello que, por tanto, de tales problemas «no se libra ni Dios». De esta manera se identificaba, una vez más, a la Divinidad con esa entidad político-religiosa que siempre ha querido monopolizarla (y que en la práctica es su mayor usurpador). Los principales responsables de la misma deben de sonreír gozosamente cada vez que escuchan o leen tales reconocimientos por parte de quienes, supuestamente, los critican. Cosa que, insistamos en ello, ocurre a menudo gracias a la mencionada incultura y el superficial tratamiento de estos temas.

La religión es con harta frecuencia un elemento reaccionario y un factor de opresión. Buena parte de sus críticos acertaron al constatarlo. Sin embargo, es absurdo negar que, bien entendida, contiene un enorme potencial liberador e incluso revolucionario (algo que comprendió perfectamente, p. ej., un filósofo tan ateo como Ernst Bloch). Razón por la cual cabe preguntarse si es sabio despreciarla en bloque y dejar que solo se beneficien de ella, con el peor fin, los poderosos.

Otros medios menos frívolos, pero algo imbuidos del mismo espíritu progre, también incurren a veces en estos errores. Es el caso de la habitualmente seria Rebelión, que ayer publicaba en portada –y en lugar destacado– el artículo de Hernando Calvo Ospina "La mujer, ¿un error de Dios?". Con la mejor intención –la defensa de los derechos de la mujer–, Calvo tergiversaba considerablemente la Biblia y, por supuesto, trazaba una identificación entre esta y la institución papal (la mayor experta en tergiversar aquella). El texto, reproducido al día siguiente en otro medio usualmente serio y alternativo como Kaos en la Red, se anunciaba además como el primero «de un libro, en creación», con lo que puede tener de consagrar tales errores en una obra de mayor volumen y pervivencia en el tiempo. Sin otro ánimo que el de ayudar y esclarecer, procedemos a un breve análisis de ese artículo.


¿Una creación machista?

Empieza así Calvo: «Y Dios hizo al hombre a su "imagen y semejanza", dice la mitología cristiana en la Biblia. O sea, hombre y perfecto. Adán, lo llamó. Como lo vio tan solito en la inmensa extensión del Paraíso, le sacó una costilla y se la convirtió en un ser con algunas diferencias corporales. Le dijo que era una mujer, y que Eva se llamaba.» Y añade poco después que a Eva «no la hizo a su "semejanza"».

Es comprensible y plenamente respetable que un no creyente hable de "mitología" en alusión a los relatos bíblicos. Menos tolerable resulta distorsionar estos así (aunque sea de manera seguramente involuntaria). Basta tomarse la molestia de leer los dos primeros capítulos del libro de Génesis (que no suelen ocupar más de tres páginas en cualquier versión bíblica) para comprobar que no afirman lo que Calvo les atribuye.

Lejos de ello, según dicho relato, la mujer fue creada a imagen divina tanto como el hombre: «Y Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó» (Gén. 1: 27; donde se define al ser humano completo, en cuanto especie, y luego se distingue entre sus dos sexos, ambos parte de la misma). Seguidamente, ambos reciben exactamente las mismas instrucciones divinas (1: 28-29). En el capítulo 2, donde el narrador bíblico se concentra más extensamente en la creación de la humanidad, se refuerza la idea de igualdad completa de la pareja, a la vez que se reafirma el hecho de que forman una unidad: «Entonces Adán dijo: "Ésta es ahora carne de mi carne y hueso de mis huesos; será llamada "mujer", porque fue sacada del hombre." Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán un solo ser» (Gén. 2: 23-24). Que uno de ellos –Adán– fuera creado antes que la otra –Eva– no tiene por qué implicar más desigualdad que la meramente cronológica, salvo que instilemos en el relato ideas anacrónicas (y, por tanto, circulares). Y que, según el relato, Eva fuera formada a partir de una costilla de Adán, más bien confirma la paridad entre ambos sexos, a diferencia de lo que hubiera ocurrido de ser formada a partir de la cabeza del varón –simbolizando superioridad– o de los pies –inferioridad–.

Además, el autor del artículo que nos ocupa efectúa la clásica identificación de la "fruta prohibida" con la sexualidad; más concretamente, con una parte específica del cuerpo de la mujer: Adán «no pudo aguantar la tentación de devorar esa manzana que se escondía entre las piernas de Eva». Por supuesto, se trata de una interpretación por entero gratuita –aparte de anacrónicamente "maliciosa"–, sin base alguna en el texto. Se funda en una hermenéutica alegórica de los primeros capítulos del Genésis (por cierto, muy cara desde antiguo a la teología católica romana), cuando el buen sentido reclama hacer una lectura literal de los mismos (al margen de que se acepte o no su veracidad). En cualquier caso, nadie podrá acreditar jamás que el citado referente valga para el fruto del «árbol del bien y del mal».

El texto de Calvo discurre entre chanzas y tópicos (como cuando llama a Dios «ese señor canoso, barbudo, de ojos claros, de piel blanca y que escondía casi todo su cuerpo detrás de una nube»), o especulaciones infundadas (como cuando da a entender que Dios «no sabía lo que iba a suceder», dato que no puede deducir del relato) para de repente inventarse que el creador «apareció "lleno de ira" [...] y los expulsó del Paraíso». Algo que contrasta con el pacífico aproximarse del creador –según la Escritura– para entablar un diálogo con sus criaturas (ver Gén. 3: 8-13). Diálogo seguido con la promesa de un Liberador futuro (la «descendencia» de Eva), el anuncio de una realidad ciertamente más dura tanto para el hombre como para la mujer, y la renovación de la protección, pese a la desobediencia, como se muestra en la confección de unas «túnicas de pieles» para ambos (3: 14-21). Solo después se produce la expulsión del Edén (sin el menor signo de ira), medida que no supone –siempre según el relato bíblico– abandono de Adán y Eva por parte de Dios (ver 3: 22-24).

Afirma también Calvo, en su irónica recreación de los hechos, que «Eva le argumentó a Adán: esto de pecar es tan sabroso que vale la pena seguir. Por lo tanto se dedicaron a gozar, y a procrear hijos e hijas», ignorando que había sido su propio creador quien les había dicho: «Fructificad y multiplicaos» (1: 28), con la obvia bendición de las relaciones sexuales que eso conlleva (lo cual, de paso, desmonta por completo la teoría de que la "fruta prohibida" sea el sexo; pues además, de acuerdo con el relato de Génesis, esa orden fue previa a la prohibición de comer de ese fruto).

Algo más adelante, el autor del artículo sostiene que «a partir de las primeras páginas del Antiguo Testamento, se dice que Eva merece persecución y humillaciones por haber orientado aquel "pecado original"». Vendría bien que nos dijera dónde aparece eso (llevamos años estudiando la Escritura y jamás lo hemos visto). Y es inmediatamente después cuando Calvo invoca una y otra vez a históricos prebostes de la Iglesia Católica Romana (ICR) para reforzar la idea de que el cristianismo es misógino. Reiteramos que es loable defender los derechos de la mujer, pero hacerlo enalteciendo a la vez a la institución espuria que –en el marco de la cristiandad– más los ha conculcado no parece lo más inteligente ni recomendable. Y al dar por hecho que la ICR es bíblica, incluso la continuadora de "San Pablo", Calvo –aunque inconscientemente– la enaltece para mayor gloria de la misma.

Sería bueno, por cierto, que este autor dedicase tiempo a leer las cartas de Pablo. En ellas, aparte de consejos adaptados a la situación cultural de su tiempo (ver p. ej. 1 y 2), podría leer frases nítidamente igualitarias como estas: «El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con su marido. La mujer no tiene dominio sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento» (1 Corintios 7: 3-5; lo que supone nuevamente una reivindicación de la sexualidad, alejada además de las limitaciones católicas romanas al ámbito reproductivo). «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3: 28). «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5: 25; texto que sin duda implica el mayor y más incondicional respeto hacia la esposa).


Conclusiones prácticas

En nuestros días, la igualdad de derechos hombre-mujer sigue siendo un desafío. Bienvenida sea su defensa, pues. Pero nunca al precio de la verdad o mediante la distorsión de la realidad.

Más necio es aún hacerlo favoreciendo de facto a poderes históricamente adversarios de la dignidad femenina, además de fieles enemigos de la justicia en general (nos referimos a jerarquías obsesionadas por dominar las conciencias, pero lo decimos siempre desde el respeto hacia cualquier confesión religiosa).

Por otra parte, estaría bien que en el campo alternativo se reconociera de una vez que en su seno hay una cantidad no desdeñable de creyentes, incluso de creyentes bíblicos. Para los cuales Jesús de Nazaret (el verdadero protagonista de la Escritura –según se recoge en 1 y 2–, torturado y asesinado por los poderosos de su tiempo) es un Liberador y jamás un opresor.

Por último, tampoco estaría de más que los disidentes frente al orden emergente profundizaran un poco en la cuestión religiosa, más allá de lugares comunes. Aunque solo sea porque, dados los vientos que corren (con el Gran Tapado esperando su momento), lo van a necesitar.

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