El sistema
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (12 de enero de 2003)

Y tú, ¿formas parte del sistema, o te opones a él? No soy tu padre ni lo pretendo, pero deseo mostrarte aquí que hay muchos malentendidos al respecto. Cierto que el asunto depende de cómo definamos ‘sistema’, pero no sólo…

El término ‘sistema’, en el ámbito sociopolítico (no hablaremos aquí del “sistema de pensiones”, ni del hegeliano…), se usa sobre todo en sentido peyorativo. También hay un uso neutro, o incluso positivo, pero entonces suele ir adjetivado. Así, se habla del “sistema democrático” o del “sistema capitalista” (esta última expresión, también con frecuente matiz negativo). Pero cuando se alude a “el sistema”, sin más, suele ser para referirse al monstruo de siete cabezas que todo lo envuelve y domina. Es un denuesto de reminiscencias kafkianas u orwellianas, empleado sobre todo, como es lógico, por quienes se pretenden ajenos o contrarios a dicho referente: los llamados “antisistema”

Pero éstos, ¿son realmente contrarios al monstruo? La pregunta es si lo son, no si creen que lo son o si anhelan serlo con toda su alma. Hablamos, en particular, de los activistas contra el sistema, es decir, de quienes se muestran activos contra él, o así piensan ellos.

Naturalmente, todo depende de cómo se defina el sistema. Pero no sólo de eso. Si la postura antisistema se pretende práctica, entonces la lucha contra él debe contribuir a desmontarlo, y no a reforzarlo. Así pues, para cada corriente empeñada en oponerse al sistema habrá que preguntarse cómo lo define y si realmente lo debilita en la práctica.


Las corrientes y el sistema (en sentido intuitivo)

Naturalmente, el sistema no cuenta sólo con adversarios. De hecho, como ya hemos mostrado en otros textos de La Excepción, hay fuertes corrientes que han venido apuntalándolo desde unas u otras posiciones. Y que han pretendido encaminarlo, como ente dinámico que es, hacia la configuración más cercana a sus ideas e intereses.

Los progres (ver Progres: El ocaso de una pose), en primer lugar, han abogado de palabra por un sistema algo diferente del que en realidad defendían, y que no es otro (al menos, superficialmente hablando, como ya veremos) que el capitalismo tardío, con todos sus rasgos económicos y socioculturales. Le han dado, es cierto, su propia impronta, generalmente nefasta, aportando también alguna positiva influencia, como la defensa del llamado estado del bienestar y del orden legal democrático. Y han llegado a conformar un pensamiento único (único, al menos, en el sentido de que se pretendió imponer, y se logró en gran medida, como el único válido), con su correspondiente lenguaje políticamente correcto. En España, el PSOE ha sido el partido que mejor ha encarnado el espíritu progre.

Por su parte, los antiprogres, en su versión mayoritaria (ver La Brigada Antiprogre, movimiento que aún está en plena eclosión), han venido para defender el capitalismo sin ningún tipo de complejos. Bravucones y descarados don de los progres solían ser hipócritas y mojigatos, estos antiprogres (en su mayoría, neoliberales declarados o de facto) cuestionan abierta y decididamente la cultura progre, sobre todo desde los años 90 a esta parte.

En cualquier caso, tanto progres como antiprogres neoliberales encuentran motivos de insatisfacción con algunos aspectos del sistema. Los primeros, en la medida en que les gustaría una permisividad moral todavía mayor, la consolidación del laicismo, la reafirmación del papel del estado en la economía y un orden internacional algo menos regido por la pax americana. Los segundos, básicamente por las razones opuestas (junto a una reivindicación españolista no del todo coherente con su apuesta globalizante), aunque con múltiples matices en su seno.

Al margen de estas corrientes dominantes, y con mayor o menor grado de oposición a ellas, cabe mencionar otros dos bloques que, aunque heterogéneos, resultan importantes por su tipo de relación con el sistema:

  1. Las corrientes políticas revolucionarias o “antisistema” (extrema izquierda y extrema derecha; aunque con prevenciones, usaré las etiquetas ‘izquierda’ y ‘derecha’, pues si bien hoy en día resultan cada vez más confusas, todavía me parecen las designaciones más sencillas para los fines de mi análisis; con todo, en el transcurso de éste se verá hasta qué punto han quedado obsoletas).
  2. Las distintas tendencias religiosas (desde el neopaganismo hasta los fundamentalismos e integrismos, pasando por la Iglesia Católica Romana y por numerosas denominaciones en su mayoría protestantes), que manifiestan difere ntes grados de adhesión u oposición al sistema.

La extrema izquierda, aunque también imbuida del espíritu progre en asuntos de “moral y costumbres” (respecto a los cuales, además, sostiene una postura de fondo relativista, o incluso nihilista), se caracteriza por un sincero afán de subvertir el orden capitalista. De ahí su impronta revolucionaria. Donde el “progresista de salón” (o de tertulia) se limita a diletar, el izquierdista genuino se la juega; mientras el psocialista fácilmente se reblandece, víctima de la sensualidad o seducido por Mamón, el revolucionario, concentrado en la lucha subversiva, procura cultivar una disciplina ascética, en muchos aspectos rayana en el puritanismo cristiano; donde el progre, llegado el momento de peligro, se esconde entre la masa que le sirve de cómplice refugio, el segundo se apresta a guiarla por el camino de la revolución.

La extrema derecha promueve explícita y activamente el espíritu antiprogre (lo cual no obsta para que también este sector haya sufrido la influencia progre, en parte acorde con sus frecuentemente explícitas inclinaciones neopaganas), pero también un énfasis profundamente antiliberal. Por lo común tan revolucionaria (al menos, en la coyuntura actual) como la extrema izquierda, fomenta en el mismo grado, si no mayor, el ascetismo y el valor. Es propio también de la extrema derecha –sobre todo, la de nuestros días– efectuar un cuestionamiento radical del sistema capitalista.

Admitir que “los extremos se tocan” no resulta del todo descabellado. Las dos “extremas” coinciden en el frente antiglobalista, y no siempre con disgusto mutuo. Se conoce ya, de h echo, algún ejemplo sonado de trasvase de una a otra “extrema” (quizá, como curioso síntoma de nuestro tiempo, más bien de la ultraizquierda a la ultraderecha; aunque cueste creerlo, incluso algún terrorista marxista-leninista se ha pasado al campo neonazi; pero éste no es el momento de dar más detalles). De ahí que, como ya hemos apuntado, la clásica distinción izquierda-derecha aparezca cada vez más borrosa y desfasada (algo aún más perceptible, si cabe, en las versiones “moderadas” de estas demarcaciones políticas, dada su común obsesión por ofrecer una imagen “centrista”). En el momento histórico actual, más bien pareciera que la “derecha” estaría integrada por la Brigada Antiprogre en sentido estricto (neoliberales globalistas, tecnocráticos pro norteamericanos, españolistas “modernos”…) y afines; y la “izquierda” sería todo aquel batiburrillo de sectores que se oponen a la globalización capitalista.

Pero, naturalmente, algunas importantes diferencias persisten entre ambos extremos ideológicos, según es propio de sus respectivas tradiciones. En particular, la relativa a la cuestión nacional. Sabido es que la ultraizquierda siempre defendió el internacionalismo y el cosmopolitismo, mientras que la ultraderecha se asoció al nacionalismo, e incluso a la xenofobia y el racismo declarados. La extrema derecha es, en realidad, la única corriente política que se opone de verdad a la globalización. Los “antiglobalistas” de izquierdas, herederos del internacionalismo proletario, simplemente abogan por otro modelo mundialista (ver Antiglobalis tas por la globalización).

En cuanto a las religiones, la casuística es amplísima, y en modo alguno podemos ser exhaustivos. Hay corrientes de vocación antisistema, pero con diferentes, incluso variadísimas, percepciones de cuál es el adversario a batir o a superar. Así, son muchas las tendencias que proclaman su aversión al orden imperante: desde los musulmanes (en particular, los integristas) hasta la corriente mayoritaria, y “evolucionada”, del fundamentalismo protestante (no tan antisistema como los evangélicos “separatistas” o fundamentalistas clásicos), pasando por buena parte del movimiento Nueva Era, con sus ramificaciones orientalistas y gnósticas.

El sistema, de hecho, parece no satisfacer por completo a ninguna tendencia religiosa (lo mismo que ocurría con las corrientes políticas), y de una manera o de otra todas buscan sustituirlo o, cuando menos, depurarlo. Pese a ello, es evidente que hay sectores religiosos más proclives a acomodarse a él. Así, las iglesias “establecidas” (Católica Romana, Anglicana, Evangélica Alemana, etc.; en el mundo anglosajón, las mainstream churches) a menudo forman, incluso, parte orgánica del mismo, lo cual perdura en estos tiempos aún laicistas. Eso no obsta, naturalmente, para que dichos sectores cobijen en su seno corrientes críticas e incluso declaradamente antisistema (véanse la teología de la liberación y el social gospel, pero también el integrismo romanista); o para que aun las propias jerarquías, caso del Vaticano, efectúen con alguna frecuencia duras admoniciones contra múltiples aspectos del orden vigente.

Por esta ambigŁedad, debida al casi universal reconocimiento de que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, para identificar a los verdaderos adversarios del sistema no basta con saber cuáles manifiestan su disgusto frente a él, sino que es preciso conocer cuáles contribuyen realmente a desmontarlo (en el resto de este artículo nos centraremos en las corrientes políticas, dejando para otra ocasión, quizá, las religiosas). Para ello primero entraremos en el campo de las definiciones…


¿Qué entendemos por ‘sistema’?

Impaciente desde hace rato, más de uno ya habrá exclamado, en tono de queja: “¡Pero bueno, dinos ya de una vez qué entiendes por ‘sistema’!” He preferido acercarme primero al concepto por la vía intuitiva, para recoger la(s) idea(s) de la calle, en su sentido polimorfo, y con un enfoque más o menos superficial. A partir de ahí, me propongo ahondar brevemente en el asunto con vistas a descubrir lo más relevante del mismo.

Desde un punto de vista genérico, el sistema es un conjunto de entes interrelacionados que supuestamente favorecen o propenden a un determinado fin, o que al menos dan lugar a resultados que afectan a todos sus integrantes.

Desde el punto de vista de la crítica sociocultural, se puede decir que el sistema es la red o engranaje socialmente enquistado de intereses, estructuras, inercias mentales y actitudes, todos los cuales devienen rémoras o trampas en las que sucumben los impulsos de cambio positivo, el cual así se torna utópico. Autores como Kafka y Orwell comprendieron como nadie la lógica del sistema en todo tiempo.

Por ejemplo, la globalización actual (q ue incluye lo económico, pero también las esferas política, cultural, militar y religiosa) es un factor de crecientes interdependencias, que constituyen una poderosa vía para engordar y petrificar el sistema capitalista. Hoy por hoy, podríamos decir que la globalización, en tanto que proceso general de desregulación y de interconexión planetaria, provee las ruedas del sistema capitalista posindustrial. El chasis viene dado por la presente coyuntura histórico-política. La cultura, los ejércitos, el ordenamiento jurídico, la religión, además de contribuyentes al proceso globalizador, son también los que suministran al capitalismo posindustrial las formas concretas, es decir, la carrocería.

El motor vendría dado, como en las anteriores fases del capitalismo, por la competitividad y el espíritu de lucro (es justamente el motor el que mueve al capitalismo de una fase a otra de su historia). ¿Y el combustible…?

Es así como vamos avanzando del plano global, colectivo, al plano humano, individual (y como, contra lo que pueda parecer, rebasamos de manera definitiva el ámbito economicista). Pero recordemos que estamos en el marco de un ejemplo, el capitalismo actual, y la imagen del automóvil sólo pretendía ilustrar algunos de sus rasgos básicos.

Hemos hablado, haciendo uso de una expresión convencional, de “sistema capitalista”. Pero, ¿es el capitalismo el sistema, en un sentido profundo? Hay elementos más esenciales que él, e incluso que cualquiera de sus componentes mencionados. Y los hay tanto dentro como fuera de él (por más que, razonablemente, nos parezca que el capitalismo “todo lo engulle”).


¿Cuál es el sistema (en sentido profundo)?

Lo anterior nos permite comprender, siquiera aproximadamente, la complejidad del concepto de ‘sistema’, y lo problemático que es llamar así a lo más visible del entorno sociopolítico en el que estamos inmersos. Si realmente el sistema es un muro contra el que se estrellan las aspiraciones de individuos y pueblos, habrá que saber cuál es su naturaleza, es decir, aquello que lo convierte en obstáculo generador de frustración e impotencia. En otras palabras, habrá que preguntarse por su fundamento, por su núcleo duro y rocoso. No basta con hablar de estructuras y procesos externos; hay que descubrir su matriz, el combustible del sistema.

Pero hablar de fundamentos no tiene por qué implicar alejarse de la realidad; antes al contrario, se trata de indagar en ella de un modo radical (en su misma raíz). Así pues, no vamos a emprender aquí un vuelo metafísico hacia el mundo de las ideas, sino a mantenernos en el plano empírico (en su más amplio sentido), el único que se encuentra al alcance de nuestra mirada.


Los rasgos del sistema

Clásicos, marxistas, neoclásicos, keynesianos, monetaristas…, todos, desde una perspectiva más o menos crítica, nos han dicho que la economía capitalista se basa en el libre mercado, y que éste a su vez se caracteriza por la competencia entre los agentes que concurren y operan en él. Los productores compiten entre sí por sus cuotas de mercado; los consumidores, menos conscientemente, hacen lo propio por los servicios y bienes que demandan. El conjunto de la sociedad se halla embarcado en un proceso de competencia por unos recursos limitados. Es precisamente esta limitación –“principio de la escasez”– la que, se nos dice, justifica la necesidad de competir en el mercado. A partir de ahí, el desenvolvimiento del mercado implica, lógica e históricamente, el desarrollo de una lucha cada vez más feroz por los bienes y capitales.

Pero no todo es economía. Fuera de la parte del sistema denominada “sistema capitalista” (que es donde todo se compra y se vende), existe un ámbito, cada vez más residual, donde no se mercadea. Es el mundo de los sentimientos, de los afectos, de los principios. Ciertamente, buena parte de ellos han sido colonizados (pervertidos, adulterados, comprados…) por el mercado. Así pues, será más riguroso hablar de ese margen del mundo de los sentimientos, afectos y principios que aún no han sido monetarizados: desde el amor verdadero (en la medida en que todavía haya quien lo profese) hasta los ideales insobornables (de cuando en cuando se sabe de alguien que los conserva).

Este es, dicho sea sin el menor sentido épico, el mundo de la resistencia natural al mercado. Se trata, como vemos, de un ámbito muy personal, pero no necesariamente tiene que ver con el yo más auténtico (la voluntad, la autoconciencia), pues también incluye la circunstancia (por ejemplo, los instintos sexuales no son directamente monetarizables, aunque todo llegará…).

Pero, ¿qué sucede en el mundo de la resistencia? ¿Cuáles son las leyes que lo rigen? Sorprendentemente, en el amor romántico, en la lucha política idealista, en el disfrute de la naturaleza, en las gan as de soñar y de realizar los sueños, en la búsqueda de la paz interior…, imperan, a pesar de las apariencias, las mismas leyes que rigen el mercado: la competencia interpersonal, la confrontación, la lucha, el afán de prevalecer sobre el otro, la (pre)disposición a asegurarse (acaparar) la propia parcela a costa o al margen de los demás. En suma, la contemplación del otro como rival.

Así, lo mismo en el “concierto de las naciones” (esos territorios acotados y estatalizados que pugnan entre sí por seguridad, influencia y poder) que en el terreno de la conquista amorosa; igualmente en la defensa polémica de las ideas que en el deporte competitivo (incluido el no profesional); de modo similar en el afán de notoriedad de los artistas que en la comparación entre las notas escolares… encontramos ese dato del otro como rival.

Vistas las cosas de este modo, se alcanza a comprender que, en un sentido profundo, el capitalismo no es el sistema; tampoco lo son el nacionalismo o la globalización; ni siquiera lo es la cultura posmoderna…

Si hablamos del “sistema de valores”, entonces ya nos aproximamos mucho más al meollo del orden imperante. Pero, por su carácter etéreo e inesencial (i.e., insustancial), demasiado ideológico-verbal, no nos deja satisfechos aún. Pues de inmediato nos asalta la pregunta: ¿Quién funda, dónde radica, cuál es la sede del vigente sistema de valores?


El núcleo del sistema (o el sistema mismo en un sentido radical)

El núcleo duro, rocoso, del sistema, allí donde tropieza y se encalla el barco de la humanidad que anhela poner rumbo a un horizonte de esperanza, no es otro que el corazón humano en estado de guerra permanente consigo mismo (ver La gran paradoja humana) y con el mundo. He aquí el elemento común al mercado y al no mercado; en él germinan y se desarrollan los atributos externos del sistema: el odio, la competitividad, la violencia, la rivalidad, la envidia, el afán de poder, la vanagloria, la lucha de clases, la soberbia, el espíritu de lucro… Los rasgos individuales y los sociales, los psíquicos y los sociológicos, se dan la mano en el fuero interno de la persona, que es donde todo se gesta.

Las coyunturas históricas y las estructuras sociales (desde las clases socioeconómicas hasta eso que llamamos naciones), las más variadas ideologías y los estilos de vida, son fruto de la interacción de los individuos, que forma una red intermental (tejida entre los corazones humanos), con las inercias y las vigencias que derivan de las tradiciones y los hábitos establecidos.

Estas inercias y estas vigencias sociales nada serían si no encontrasen acomodo en las mentes singulares. (Hay, por cierto, un tremendo absurdo en creer, hipostasiándolo, que lo social tiene vida propia fuera de esas mentes). Es justamente esa acogida, favorable o simplemente instintiva y acrítica (pero también, en algunos casos, fruto de la impotencia por negarles el paso), la que favorece la petrificación de las instituciones del sistema, que por gracia de aquélla adquieren incluso un rango esencial, hipostático (siendo como son, en realidad, meramente históricas y temporales, cuando no, incluso, circunstanciales). En efecto, así es como lo Social, el Estado, el Pueblo, el Capitalismo, la Iglesia, la Raza, el Mercado, la Nación, el “Sistema”… devienen entes mayúsculos y metafísicos, por mor de un proceso mitificador (y mixtificador, ya que al mismo tiempo vela el carácter mítico de aquéllas) que olvida el origen individual e interindividual de tales instituciones. A raíz de esa mitificación, incuestionada en las mentes de la inmensa mayoría, las instituciones engordan hasta la “omnipotencia”, quedan sacralizadas, y se convierte (casi) en tabú arriesgarse a enfrentarlas… Adviene de este modo el totalitarismo, en mayor o menor grado. A la minoría consciente de semejante mixtificación, y preocupada por las tendencias alarmantes, de poco le sirve darse cuenta, pues las mentes de la inmensa mayoría, insistamos en ello, forman parte inexpugnable del sistema incluso en el aspecto más institucional de éste; lo fantasmagórico se hace realísimo por causa del asenso que encuentra en los corazones humanos. El proceso de concienciación de las masas se vuelve cada vez más doloroso y esforzado, en muchos casos con riesgo de la propia vida.

¿En qué consiste, pues, el sistema, empíricamente hablando? En un núcleo, el humano corazón belicoso (dígase mente, si se prefiere), y en las instituciones que ese núcleo proyecta. Estas últimas, de carácter diverso en el tiempo y en el espacio, tienen una importancia infinitamente menor que el núcleo que las engendra; pues, a diferencia de éste, aquéllas son inesenciales. Y son ellas las que, contempladas aislada y/o superficialmente, dan lugar a todo tipo de confusiones sobre la identidad y la naturaleza reales del sistema (y de ahí las múltiples perspectivas erróneas: sociologista, psicologista, economicista, culturalista, cientificista…).

Es en el ente irreductible de la persona, el único esencial (o, si se prefiere, en la red que forman las personas, red presocial en el sentido de lógicamente anterior a todo enfoque sociologista), donde se fragua todo el entramado del sistema.


Consecuencias

De los resultados previos se colige de inmediato que no todos los “antisistema” declarados contribuyen realmente a desmontar el sistema, o el orden vigente entendido en un sentido profundo. Lejos de ello, la mayoría contribuye a reforzarlo.

Así, cuando el marxista se opone (atención, por cierto, a ese verbo) al sistema, lo hace proclamando y promoviendo la lucha de clases. A su vez, el nacionalista inevitablemente aboga por la prevalencia de su nación o nacionalidad (aunque sea con fines defensivos, pero sin desdeñar nunca la vocación imperial), y en detrimento (xenofóbico, si es preciso) de otras culturas. Tanto unos como otros fomentan un espíritu de clan (del “nosotros” frente a “ellos”), llámese clase o nación, parejo al más básico espíritu de confrontación.

Pero, según lo que hemos visto, tanto el marxista como el nacionalista no hacen sino usar los típicos resortes y apelar a los clásicos valores del sistema: la rivalidad, la fuerza, la guerra. En otras palabras, están reforzando el sistema, trabajando, en el fondo, en la misma dirección que los partidarios del capitalismo globalista puro y duro (quienes, por supuesto, también hacen uso de la rivalidad, de la fuerza y de la guerra).

Por su naturaleza, el corazón humano tiende a ver la oposición como imposición, pues por lo común entiende ésta como la única manera de oponerse eficazmente. Esto es así, en la práctica, incluso en los sistemas llamados democráticos, aunque también es cierto que en ellos hay más frenos a esa tendencia (frenos, por otra parte, sutilmente esquivables: por medio de la propaganda, la dictadura de las mayorías, la persuasión, la mentira, los golpes de efecto…, diferentes máscaras que suele usar la imposición). Así, no es extraño que la oposición, con enorme frecuencia, genere el conflicto y aun la guerra. La violencia que bulle en la mente humana engendra la violencia del mundo.

Por ello, los planteamientos antisistema, en la medida en que los anima de modo primordial semejante inclinación opositora (revelada en el propio prefijo ‘anti’), difícilmente harán otra cosa que alimentar al propio sistema. Y cuanto más se entienda la radicalidad antisistema como contundente oposición al mismo, mayor será en el fondo la tendencia a reforzarlo.

Por lo común, en virtud de esa inclinación opositora y del ya mencionado espíritu de clan, los presuntos detractores del sistema incurrirán en el típico simplismo bipolar, consistente en la denigración del adversario en tanto que tal, pero asimismo en la de todo aquél que no comparta al cien por cien las tesis básicas del bando propio (aunque no lo sea, tal discrepante se convierte automáticamente en cómplice del adversario). En la práctica, la oposición, incluso por parte de los “antisistema”, no es contra el sist ema mismo, sino contra las otras corrientes que lo integran y por el poder. Así es como, de hecho, todas ellas lo apuntalan (porque es la lucha misma, el afán de poder, lo que define al sistema). Justamente por ello, el simplismo bipolar no es menos frecuente entre los partidarios que entre los presuntos detractores del sistema.

Cegados por la propia idea (que puede ser, o nacer, de un simple interés rastrero, o bien consistir en el más noble ideal), a la que se ama y se convierte en la causa por la que luchar, tanto los partidarios de las instituciones del sistema como sus detractores no alcanzan a ver a la persona. Ambos contemplan entes abstractos, dimensiones colectivas, fantasmagóricas hipóstasis…, mientras olvidan al individuo de carne y hueso (no importa que éste sea, en esencia, de su misma carne y hueso). Y de ese menosprecio de la vida (no hay otra que la individual) es lógico y natural que brote la muerte, proliferando sin límites.

De esta manera, se completa el círculo… Primero, las personas personifican a las instituciones (en eso consiste darles rango esencial), ignorantes de lo que están haciendo. Luego, van olvidando que fueron ellas quienes crearon a esas pseudopersonas. Finalmente, y en parte soslayando también su propia condición personal, exterminan a otras personas en el altar de las pseudopersonas que han creado y a las que rinden idolatría.

Es lo que podríamos llamar el proceso general de la pérdida del alma (pero entendiendo ‘alma’ como persona; véase Dualismo antropológico griego y judeocristianismo). Dados al embeleso que les provoca n las falsas esencias por ellos mismos engendradas, los hombres acaban rindiendo culto a una realidad desalmada; de paso, ellos mismos van perdiendo su propia alma y, lo que es peor, ya desalmados, son incapaces de verla en sus iguales, a quienes toman, en la práctica, por meros entes abstractos, simples obstáculos en el camino hacia su idea. Es entonces cuando las armas sustituyen a las almas.

Ya hemos visto que el núcleo del sistema se proyecta visiblemente, de manera privilegiada, en la lucha de las diferentes corrientes entre sí. Se trata, decíamos, de una lucha por el poder. Cuando una corriente (pretendidamente antisistema) expulsa a otra del poder, comienza a fabricar su propio “sistema” (en realidad, sus propias instituciones) a partir de su propia idea. Antes o después diseñará su propio pensamiento único, que será difundido a través de su propio lenguaje políticamente correcto. Naturalmente, esto involucrará la denostación (primer paso) y la persecución (segundo paso) de los “herejes”, “contrarrevolucionarios”, “subversivos”, “enemigos”, “terroristas”, “sectarios” y “traidores” al “sistema”, sobre la base de la propia versión del simplismo bipolar. Algunos de estos calificativos, no lo negaremos, a veces designan de modo realista a sus referentes (y, de hecho, en la mayoría de los casos apuntan a individuos que no son menos parte del núcleo duro del sistema que sus denostadores; ver El condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda). Pero, en general, más tarde o más temprano dichos calificativos designarán a todo aquél que se aleje de los estrechos cauce s del pensamiento único; y acabarán siendo especialmente empleados contra la ínfima minoría que se sale de la lógica nuclear del sistema real.

Al aplicar tales epítetos a los disidentes (es decir, a los discrepantes a quienes se niega el derecho a discrepar), se les están colgando ya etiquetas persecutorias (los célebres sambenitos). En otras palabras, se está transmitiendo el mensaje de que deben ser perseguidos. Con el tiempo, las minorías ven crecientemente mermados sus derechos, hasta quedar apisonadas por el “sistema” (a pesar de las comillas, agreguemos a continuación que es consustancial también al núcleo del verdadero sistema, con sede en el corazón humano, el aplastamiento del débil). Los regímenes democráticos, simplemente (aunque no es poco…), ralentizan todo este proceso inexorable.

Con el permanente juego de la lucha por el poder entre los seres humanos y las corrientes que constituyen, el núcleo del sistema logra el milagro de perpetuarse, camuflado bajo las instituciones y las diferentes ideas, gracias al apoyo expreso de los partidarios de las primeras y al clamor de sus detractores…; unos y otros, engordando cada día un poco más al sistema, esa red de odios y rivalidades cruzadas que se manifiesta, sobre todo, en instituciones (globalización capitalista, racismo, mundos virtuales, modas estúpidas…) cada vez más gravosas para el individuo, menos favorecedoras del alma.

Se comprenderá, entonces, la realidad básicamente intemporal del sistema, de su núcleo. Su naturaleza surca todos los períodos históricos, y las más variadas estructuras e instituciones sociales. Va no es pretender cambiarlo enfrentándose, simplemente, a cualquiera de sus históricas concreciones externas.

En tanto que modo de producción socioeconómico-cultural prodigiosamente afín a la naturaleza bélica del sistema, el capitalismo, institución superabarcante del fin de los tiempos, tiene todas las de ganar. No hay otro modelo capaz de ceñirse tan rigurosamente a la realidad íntima de los corazones humanos de nuestro tiempo, en particular los occidentales. Ningún otro les resulta tan natural. A diferencia de los demás, el capitalismo es capaz de conjugar la competitividad (es decir, la guerra, más o menos larvada, fría o caliente) con la eficiencia productiva. Ya su primer gran teórico, Adam Smith, supo ver esto muy bien: la economía de mercado como mecanismo conciliador, como solución de la paradoja, entre el egoísmo humano y el “adecuado” funcionamiento de la sociedad. ¿Qué, sino eso, designa la “mano invisible”?

Es verdad que luego llegó Marx y, con sumo tino, mostró la inexorable tendencia oligopólica del capitalismo (hoy, por cierto, una realidad). En una primera fase, el libre comercio puede mejorar la eficiencia y la distribución de la renta; pero, una vez que las posiciones se van definiendo, quienes ocupan las más adelantadas tienden a aumentar su distancia en detrimento de los rezagados.

Aunque así sea, el capitalismo no conoce opciones alternativas (aparte de eventuales y deseables correcciones que lo suavicen, pero siempre dentro de su marco), en la medida en que se ha mostrado capaz de generar riquezas como ninguna otra modalidad económica. En el plano teórico, haberlas, claro que las habría (el cooperativismo ind ustrial, por ejemplo), pero siempre se toparían en la práctica (como, de hecho, históricamente se toparon) con el insalvable escollo de la pérfida naturaleza humana; es decir, con el sistema y su lógica. Con estas premisas, no ha de sorprender aquello tan reiterado de que “el capitalismo todo lo engulle”, pues resulta ser el modelo político-económico que mejor integra la guerra sin dar al traste con el conjunto del entramado institucional del sistema (a diferencia, por ejemplo, del fascismo, que lleva a una extrema polarización en la que, más pronto que tarde, acaba naufragando).

Por lo demás, dado que, humanamente hablando, el mundo está en manos de los poderosos, y el poder que lo rige es el del dinero –que no es sino poder monetarizado–, el capitalismo tiene para sí todo el futuro, dicho sea en el plano intrahistórico. En este sentido, mal que nos pese, y sin perjuicio de que no lo bendigamos ni de palabra ni de obra, podemos afirmar, con Fukuyama (alguien, por cierto, que pocas simpatías ideológicas me inspira), el advenimiento del fin de la historia. Sobre todo si admitimos el axioma de que, intrahistóricamente, los ricos son invencibles, y si comprendemos que, aunque siempre lo fueron, han encontrado en el capitalismo su más fiel y seguro aliado para el dominio de la tierra.


¿Hay que resignarse, pues, ante el sistema?

Del análisis anterior no debiera desprenderse que el autor ve todas las corrientes políticas humanistas (pro y antisistema) como susceptibles de provocar exactamente los mismos efectos. No hay duda de que unas, al menos a corto plazo, tienden a favorecer más la libertad humana que otras; en tanto que quizá estas últimas, en el corto o medio plazo, promueven más eficazmente la justicia social. (En el plano estrictamente humano, se ha probado históricamente la imposibilidad de conjugar satisfactoriamente ambas metas, sobre todo cuando el asunto se contempla a escala planetaria).

El problema es que en la medida en que tanto unas como otras corrientes, aun llamándose humanistas –o quizá por ello–, anteponen la idea (que puede ser la especie humana, otro ente fantasmagórico) a la persona, más tarde o más temprano todas ellas tienden a la anulación del individuo. A un plazo más o menos largo, todas acaban apostando por el totalitarismo. Esto se constata lo mismo en el fascismo que en el marxismo, pero no más que en el (neo)liberalismo, como lo prueban las posturas que sostienen en nuestros días los “fundamentalistas” del mercado. Y curiosamente todos, ¡°incluso los autodenominados pacifistas!, devienen belicistas (Joschka Fischer, el líder carismático de los Verdes alemanes, representa un proverbial ejemplo al respecto). Quizá porque su corazón ya lo era desde un principio…

La subordinación de la persona (sobre todo, de las otras) a la idea (causa noble o interés más o menos racionalizado) deriva justamente de la naturaleza del núcleo del sistema, que es absolutamente egocéntrico y carece de amor. Se trata de una extrema miopía para ver las necesidades de los demás como idénticas a las propias, a la vez que una implacable determinación innata a procurarse la autosatisfacción y el mayor grado posible de seguridad a uno mismo.

Así las cosas, parece que no habría otra opción sino la resignación ante el sistema y sus instituciones, incluido el capitalismo, a pesar de que todo ello se ha probado –en un sentido global– como profundamente antihumano.

Hay, con todo, una salida de esperanza, que invitamos a buscar (ver La gran paradoja humana). No es de tipo humanista, ni siquiera es humana (al no ser una proyección ni una institución nacida en nuestras mentes); pero es la única que garantiza que ni el capitalismo, ni los ricos, ni el sistema digan la última palabra.

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