Secarral del mundo y del alma

Secarral I:

Así es el mundo, así de feliz
Secarral II:

El mundo de los adultos

Secarral III: Incomprensión
Secarral IV: Desolación
Secarral V: El mundo de los adultos con vocación de niños
   
  Secarral I
 

Así es el mundo, así de feliz

Amigos/as (permitidme que os llame así), os invito a un paseo por el desierto en cinco etapas. Es mi deseo que el Cielo os acompañe durante el trayecto.

En el mundo los falsos maestros tienen tribunas de preferencia.
En el mundo pensar por cuenta propia entraña serios riesgos para la tranquilidad personal, la posición –cuando se tiene–, y aun la integridad física.
En el mundo ser libre es un delito que se paga con la vida.
Así es el mundo, así de feliz.

Los jefes de este mundo, siempre fue así, se erigen en dueños de vidas y haciendas. Se enseñorean del pobre, del débil, del pusilánime, sean éstos rebeldes o no. Se apropian de su tiempo, de sus bienes, de sus familias, hasta de su dignidad. Y no admiten excepción a esta norma.

Vano es confiar en nadie –ni siquiera en uno mismo–, pues además de su propio lastre de mezquindad todos arrastran, en mayor o menor medida, un creciente peso de reverencia hacia los jefes de este mundo. En esta atmósfera, aun los iguales acaban siendo cómplices de la tiranía, chivatos, acusadores, pisoteadores del discrepante; o simplemente, ajenos a todo. Y quien menos cabía esperar, resulta ser el bulldog del amo.

Es así como el mito del poder se establece, consolida y perpetúa.
Es así como va engordando la bestia, y el misterio de la maldad lo envuelve todo.
Es así como los hombres dejan de ser hombres.

Cada justa, sana y pacífica rebeldía omitida en su momento es un paso más hacia la servidumbre personal y colectiva.

Si el amo me pide llevar la carga una milla, iré con él dos; y haré bien. Si me pide dos, cuatro; y haré bien. Si me pide cuatro, ocho; y haré bien... ¿Y si me pide mil? ¡Dos mil! (¿Y haré bien? Hay amos tan malos que siempre piden más. Así que la pregunta es: ¿Alguna vez se debe decir BASTA?).

En este orden de cosas los ricos, los poderosos, los fuertes son ciertamente invencibles: es ésta una verdad que inútil resulta negar. De lo que aquí se trata es de controlar los límites de su poder sobre nuestras vidas y haciendas. Y de preguntarnos si esta triste realidad es todo lo que hay.

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  Secarral II
 

El mundo de los adultos

Segunda etapa de la travesía por el desierto.

Cayendo del cosmos de las ideas, vine a dar en el mundo de los "adultos".
El golpe fue ciertamente traumático.
Y lo que antes era la idea del recelo se convirtió en la experiencia del recelo.
Y lo que antes era la idea de la ruindad se convirtió en la experiencia de la ruindad.
Y lo que antes era la idea de la codicia se convirtió en la experiencia de la codicia.
Y lo que antes era la idea de la soberbia se convirtió en la experiencia de la soberbia.
Y lo que antes era la idea del odio se convirtió en la experiencia del odio.
Y lo que antes era la idea de la guerra se convirtió en la experiencia de la guerra.
Y lo que antes era la idea de la muerte se convirtió en la experiencia de la muerte.

Pero lo que antes era la idea del amor se convirtió en la experiencia de la nada.

Lo más penoso fue comprobar que mi propio ser traslucía estas experiencias.

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  Secarral III
 

Incomprensión

Nos acercamos a las arideces más extremas.

Cuando sufres de manera intensa y prolongada (un día sí, otro también, y así sucesivamente) y te vienen a la cabeza los grandes incomprendidos de la historia, descubres que los comprendes cada vez más. Tú ya no les eres útil (tu comprensión ya no les puede ayudar), pero ellos te son cada vez más útiles a ti. Pues hallarse tocado por el sufrimiento pertinaz se acompaña siempre de la incomprensión ajena; ésta agudiza dicho sufrimiento, y eso fue lo que debió de sucederles a esos grandes incomprendidos, reales o ficticios: Sócrates, Don Quijote, Pascal, Servet, Kierkegaard, el Idiota, Nietzsche, Josef K., Gandhi, Winston Smith y, por sobre todos, Jesús. Cuando analizas su experiencia, te sientes insólitamente comprendido por ellos.
Y comprendes, por encima de todo, que no hay abismo mayor que la incomprensión de los demás. La experiencia orwelliana de Winston Smith, la del hombre desprovisto de horizontes sobrenaturales pero no de espíritu crítico, simboliza la tuya cuando toda tu fe –aun la de índole más sublime– parece insuficiente para acarrear la pesada carga de la vida; pero muy en especial cuando sientes que lo que más te pesa es tu propio espíritu crítico: la capacidad de ver las cosas tal como son, y no como te las quieren hacer ver.

Genera una penosa impotencia sentirse incomprendido, en particular cuando no quieren escucharte, no te dan ocasión de explicar nada.
Aún peor es una secuela nada excepcional de dicha incomprensión, sobre todo si no cejas en el empeño de arrojar luz por donde vas: se trata de la violencia. Sentirse agredido en lo más íntimo (lo físico, lo psíquico...) es una horrible experiencia que erosiona la frágil autoestima y torna del todo inseguro el cotidiano vivir.
Pero nada tan lastimoso como, una vez violentado, seguir recibiendo incomprensión: percibir que ni siquiera tu trauma, el que instaló en ti esa violencia, son capaces de comprender; el desamparo te sobrecoge y te preguntas qué sentido tiene llegar al día de mañana.

El colmo de la incomprensión lo padeció el Mesías del Getsemaní y del Calvario. No ansiaba su propia liberación, sino la de sus hermanos; había venido a ofrecérsela sin pretender imponérsela. Su entrega a la especie humana había desatado contra él inéditos grados de maldad en esa raza ya de suyo perversa. Abandonado de todos los hombres, al final lo fue también de Dios, y entonces clamó: «Padre, ¿por qué me has desamparado?»Al parecer, este cáliz era preciso beberlo: la redención de sus asesinos seguía estando en juego.

Quizá eres tú de los que todavía esperan algo de tus congéneres: de la ciencia, la cultura y la "evolución"; o de los "recursos latentes y ocultos" de la humanidad; o, cuando menos, del afecto que te profesan tus más allegados.
Todavía esperas de más. Aún eres un místico que se aferra a lo tangible y espera sorber la plenitud aquí y ahora; aún no eres como el seguidor de Jesús que, por fe, se entrega al Invisible mientras solamente le sea dado ver como «en un espejo».

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  Secarral IV
 

Desolación

Sin una gota de agua y con la más atroz lucidez.

Y sigilosamente, el misterio de la maldad se va haciendo dueño de todo.
Asoma en el desperdicio tirado al suelo de la calle y en el último asesinato múltiple.
Respira en la adulación y en el chantaje.
Se revela en la risa pícara y en el falso amor.
En la negligencia y en la alevosía.
En la justicia propia y en los más lacerantes agravios.
En el saludo omitido y en la mendacidad sistemática.
En la guerra y en eso que los políticos llaman "paz".

Se esconde en el corazón humano, engañoso y perverso. Inútil es confiarle, entonces, las esperanzas de futuras grandezas morales, de sublimes destinos personales y colectivos.
Más razonable es aceptar que en cualquier corazón humano cabe cualquier bajeza: desde la colilla displicentemente arrojada hasta el exterminio de los propios hijos. Sólo la debilidad, el miedo, la conveniencia... evitan a menudo "lo peor".

Oyes dar lecciones de ética a quienes te han pisado impunemente.
Ves reír a aquellos por cuya causa estás sufriendo.
Crepitan tus entrañas porque prevalece la sinrazón a tus ojos flagrante.
Entonces tu humor se torna amargo cinismo, ácido desdén que hasta el desdén desdeña, voluntad de nada absoluta.
Porque sabes, además, que vano será argumentar, que no habrá más diálogos que el de besugos y la violencia, que ningún necio admitirá tu "corrección fraterna", que en el mundo de los "adultos" no hay redención posible, pues en su seno –contra lo que suele afirmarse– al final siempre se impone la mentira.
Y te alejas del campo de tus derrotas llevándotelas contigo, escupiendo amargura a los transeúntes que se cruzan en tu camino, haciéndote el encontradizo con la muerte.

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  Secarral V
 

El mundo de los adultos con vocación de niños

Llegamos al final, amigos/as (gracias por haberme permitido así llamaros). El paseo por el desierto concluye aquí.
Pero, ¿concluye también el desierto...?
¡Gracias por vuestra compañía, siquiera presentida o, cuando menos, imaginada!

"Veo que estás en hiel de amargura y en prisión de maldad."
Y dondequiera que vayas esparcirás tus amargas heces.
Y esas funestas semillas alumbrarán nuevas almas resentidas, cautivas del mal.
Y también ellas irán sembrando posos de amargura.
Y todo se llenará, aún más, de odio, violencia y muerte.

Ha sido tu hiperconsciencia, tu visión clara y distinta, tu mirada más profética que creyente.
Ha sido ella la que te ha mostrado la verdad del mundo de los "adultos".
Ha sido esa bomba de elemental sabiduría la que ha hecho de tu alma un secarral.

Llevas ya unos años naufragando entre corazones "adultos", dobles y duros, y aunque no te gusta admitirlo has llegado a ser uno de ellos. Te has enfangado en su pozo de malicia que tú has ayudado a llenar hasta el desbordamiento. Incluso has presenciado cómo sus miasmas rebosantes anegaban mundos antes menos maleados, así el de los niños. Y cómo, metódicamente, la infancia misma quedaba aniquilada, de manera que (salvo en las edades más tiernas, más inconscientes) hoy el mundo de los "adultos" lo invade ya todo, instalando en las almas el reino de la desesperanza progresiva. De este modo la niñez, que podía resultar ejemplar, va quedando sumida en el cosmos de la puerilidad "adulta"; en la edad de la inmadurez devenida podredumbre sin estados intermedios.

Con todo, aun en ese vertedero de las ilusiones, eres capaz de adivinar almas sedientas como la tuya. Son, como tú, secarrales consumados o en potencia, pero, aunque muertas o moribundas, milagrosamente no han desaprendido la sed. Pues inútil es engañarse con que uno puede llegar al acomodo en fríos y duros asientos, aparentar impavidez sin un temblor o un parpadeo, enfrentarse a esta vida macabra sin quedar mellado por el filo de su traicionera guadaña. Hasta el corazón más belicoso (¡y son tantos los que cobijan guerras sin tregua!) experimenta un inmarcesible anhelo de paz, acaso escondido bajo risueñas bravatas y sardónicas bengalas dialécticas.

No en vano fuimos hechos para vivir en un jardín.
Y para corretear por él sin inhibiciones, como los críos en los tiempos aquellos en que jugaban en la calle.
Para cantar nuestra melodía de alegres niños eternos, henchidos de confianza básica en la vida.
Expandiendo nuestro pecho en risotadas puras y oxigenadas, nacidas del gozo interior, ya no de la ruda inmadurez ni de la cínica amargura.
Arrojándonos sobre el césped de verdor inmaculado, ribereño de las aguas en las que el cielo se espeja y, sólo por eso, nuestra sed calman para siempre.
Y luego, arrodillándonos, ya sin contrición alguna, para, con la satisfacción que hace brotar la sonrisa más auténtica, musitar emocionados: "¡Abbá, Padre!"
"Gracias, ahora sé que todo valió la pena, incluso ver mis años agostarse y mi alma convertida en un desierto. Ahora sé que eso era parte del proceso, pues a la vez que dolorosamente moría la ilusión maldita (la que espera bendiciones de los hombres), tú seguías avivando en mí la sed edénica."Así es el mundo de los adultos con vocación de niños: un inmenso jardín donde la hierba no amarillea. Y aun los más áridos secarrales lo seguimos añorando.
¡Ah, sí, te amo, hermano/a, quienquiera que seas!

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