Cuentos de El Peregrino (I)
Trilogía de los falsos maestros
Juan Fernando Sánchez
www.laexcepcion.com (3 de julio de 2005)


Una puerta a la derecha

En aquel mísero paraje todos eran feos pero amaban la belleza. No sólo para verla, también para lucirla. Así se sentirían más realizados, pensaban.

Un día se oyeron alegres sones por todo el pueblo, tintineos incluidos. Y unas voces que anunciaban: “Pónganse guapos, amigos… Regalen las ropas más lindas, las joyas más resplandecientes...” Los lugareños, al pasar por el Ayuntamiento, veían en su fachada altavoces emitiendo esos reclamos. En realidad procedían de otra parte, como anunciaba un letrero sobre la puerta del consistorio. Muchas personas se encaminaron al sitio allí indicado.

Era un recinto especial, ubicado al otro lado de la travesía del pueblo. Al entrar en él, los visitantes se topaban con largas velas que iluminaban una gran estancia, más bien lóbrega. Al fondo veíase una mesa, muy amplia, sobre la que reposaban múltiples objetos.

Pomposamente ataviado, un hombre atendía la mesa. Otros dos, más jóvenes, le ayudaban por detrás. Un cuarto sujeto, muy alto, se hallaba inmóvil justo delante de una puerta situada a la derecha. La gente llegaba y contemplaba los productos ofrecidos. Se probaba los vestidos, se colgaba los adornos (básicamente, bisutería), acercaba a sus rostros los frascos de diversos aromas. Los precios, aunque variados, resultaban más bien caros. Los había incluso privativos. Sin embargo, los lugareños se veían más guapos al mirarse en un gran espejo de la izquierda con aquellas prendas puestas. De modo que muchos de ellos, quizá la mayoría, hacían un esfuerzo y compraban algo.

Así fue como aquel negocio se estableció duraderamente en el pueblo. El Ayuntamiento a veces ponía pegas para publicitarlo, e incluso quitaba los altavoces. Pero siempre acababa devolviéndolos a su fachada. No sin jactancia, los negociantes argüían que hacían una gran labor social, pues la gente –aunque su miseria crecía– se sentía mejor luciendo aquellas prendas.

Una tarde el interior del recinto rebosaba de clientela. El bullicio era notable, casi estridente. Aun así el cling de las monedas y el clang de la caja registradora se dejaban oír de continuo. En ese momento llegó, como cada día, un anciano y humilde visitante. Aunque portaba una bolsa de la compra, casi nunca adquiría nada (salvo tal vez alguna baratija para Clara, su mujer, inválida), pero siempre lo miraba todo con sumo interés. Contempló el panorama con los ojos bien abiertos. Observó el trasiego de objetos, el griterío de la multitud, la mirada ávida del hombre pomposo, el frenesí que se había apoderado de sus ayudantes, desbordados por la afluencia de clientes (era fiesta y había llegado mercancía muy especial, a precios algo más baratos).

Luego se fijó en el guardián de la puerta de la derecha … ¡Se había dormido! Su cuerpo, habitualmente erecto, estaba ligeramente encorvado y pegado a la pared, sin tapar la puerta. Aquel era el momento que el anciano tanto había esperado. Sigilosamente, se acercó a la puerta y la abrió sin dificultad, confirmando que no estaba cerrada con llave (“De ahí el guardián…”, se dijo). Cerrando la puerta tras él, penetró en un cuarto de medianas dimensiones.

Se quedó atónito: ante sí había los más preciosos vestidos, de los más ricos tejidos, para hombres, mujeres y niños. Todos, de un blanco reluciente, y a la vez todos distintos entre sí. En medio yacía un gran cofre abierto, repleto de alhajas brillantes. “Éstas sí que resplandecen”, se dijo. Tampoco había dos iguales. Y a un lado, una mesa oblonga con finísimos perfumes de todas clases.

Se sentía extasiado. Pero la mayor sorpresa llegó al mirar las etiquetas de los precios… Todas decían lo mismo, no importaba el tejido de la prenda, la refulgencia de las piedras preciosas, la rara esencia de los perfumes… “GRATIS”. Tomó un traje masculino, otro de mujer, un par de joyas, un frasquito de colonia… y los metió en su bolsa. No necesitaba más. Se acordó del guardián y se dijo que debía salir enseguida. Pero antes volvió a recorrer la estancia con la mirada, comprobando entonces que los huecos de los objetos que había tomado estaban ocupados de nuevo por otros. “¡Qué extraño!”, se dijo, fascinado, mientras apretaba la bolsa contra su pecho.

Salió. El guardián seguía dormitando, recostado contra la pared. El anciano cerró suavemente la puerta y miró al hombre pomposo. Meneó varias veces la cabeza, a izquierda y derecha. Aceleró el paso porque quería mostrarle aquello a su esposa, entregándole una de las joyas, el vestido de mujer y la colonia.

Estaba muy contento, radiante como nunca lo había estado. Sólo una cosa le inquietaba respecto a Clara, no en vano eran muy pobres: “¿Se creerá que todo es gratis?”


En la escuela

Aquel niño quería saber. Sus ojos reflejaban grandes inquietudes. Llegaba pronto a la escuela y no apartaba la mirada del maestro durante las horas de clase.

Los maestros de aquel colegio elaboraban sus propios libros de texto y requerían de sus alumnos que los comprasen. Luego, sobre todo en las materias humanísticas, les exigían aprenderlos de memoria.

Las clases consistían en la lectura del libro por los maestros. Cerca del final, dejaban un breve turno de preguntas de los niños. Invariablemente, la respuesta del docente consistía en una remisión al párrafo tal de la página cual del libro. Si algún alumno, cosa que raramente ocurría, manifestaba no entenderlo, el maestro le respondía que bastaba con que se lo supiera.

Pero aquel niño no se conformaba con esto. Sin poder formular exactamente lo que le pasaba, sentía que quería saber, no sólo aprender vanas repeticiones. Una mañana, a la hora del recreo, se quedó en su sitio mientras todos sus compañeros salían en tropel al patio. En la mesa profesoral seguía sentado el maestro que enseñaba Verdad Histórica. Estaba revisando unos trabajos de sus alumnos y sólo reparó en el niño cuando éste se acercó a su mesa:

–Don P.

–Dime –replicó, un poco molesto.

–Es sobre las lecciones…

–Diiime –insistió el maestro.

–Estoy preocupado…

–No veo por qué: tus notas son las mejores de la clase.

–Pero no entiendo nada…

–Eso no importa. Lo que cuenta es que estás aprendiendo. Hala, ahora vete al recreo a jugar con tus compañeros.

El maestro volvió con su cosas, y el niño se dio media vuelta hacia la puerta. Salió lentamente, pero camino del patio sus ojos, muy tristes, se vieron atraídos por un letrero que decía “Biblioteca”. Maquinalmente, trató de abrir la puerta de aquel lugar, pero estaba cerrada con llave. Ya se alejaba cuando un sonriente hombrecillo, al que no había visto antes, apareció junto a él y le preguntó:

–¿Quieres entrar?

–Sí –respondió.

El hombrecillo miró a uno y otro lado; después abrió la puerta y entraron juntos. El rostro del niño se iluminó al ver los estantes llenos de libros. Se acercó a un volumen muy grueso que se titulaba La verdad histórica. Lo tomó con dificultad y se sentó a una mesa con él. Mientras, el hombrecillo le dijo sonriendo:

–Volveré dentro de media hora.

Y el niño, que casi se había olvidado de él, replicó:

–Vale… ¡Gracias!

En aquel libro encontró muchas palabras que le recordaban a las del texto de clase. Pero todo era más amplio, estaba más desarrollado y mejor explicado. Al leerlo en una versión distinta, ahora entendía mejor las “enseñanzas” de su maestro, como suele ocurrir cuando leemos acerca de un mismo tema en dos o más fuentes distintas.

En los días siguientes sucedió igual. El niño, en vez de salir al patio, se encontraba con el hombrecillo a la puerta de la biblioteca. Éste, tras mirar a uno y otro lado, la abría y así empezaba la mejor “clase” para el niño…

Llegó el examen. El maestro repartió los folios y dictó las preguntas. El reloj se puso en hora. Todos los niños levantaron sus cabezas en un típico gesto que les servía para traer a su mente lo que se habían estudiado de memoria. Ahora se trataba de volcarlo sobre el papel lo más literalmente posible.

Todos… menos el niño que quería saber. Al leer el tomo grande había descubierto serios errores del libro de su maestro. No podía limitarse a repetir lo que éste decía. Era como un deber para él…

Le suspendieron. Así, una y otra vez. Todas las asignaturas. En los exámenes, no reproducía los dogmas de los maestros. En las clases, aunque se limitaba a preguntar en el turno correspondiente, aquéllos interpretaban que colaba sutilmente ideas distintas de las suyas. Esto les fastidiaba, pero el disgusto fue aún mayor al comprobar que algún otro alumno, repentinamente “despierto”, empezaba a contaminarse por culpa de aquel curioso mozalbete.

Le echaron del colegio. Pero al niño no le importó. Para entonces, había encontrado otra biblioteca. Ahora ya sabía que no necesitaba intermediarios en su camino a la Sabiduría. Ésta era accesible de manera directa y le estaba esperando con los brazos abiertos.


La caverna

Cuenta el sabio Platón que los hombres estaban atados de cuello y piernas a unos asientos de los que no podían levantarse y sobre los que no podían girar sus cabezas para mirar atrás. Frente a ellos, unas sombras de objetos se movían sobre una pared, proyectadas por personas que portaban esos objetos junto a una hoguera, y que pasaban por detrás de ellos sin que éstos pudieran verlos (a lo sumo, oír sus voces de cuando en cuando). Todo esto acontecía en una oscura caverna, de la que sólo saldrían los que lograsen desatarse o fueran liberados, y atravesasen un escarpado camino en pos de la luz del sol.

Siglos después de Platón, los hombres seguían atados. Ante ellos había ahora un gran libro encadenado, casi enteramente cubierto de sombra, que nunca podían abrir. De todos modos, como en su mayoría eran analfabetos, no hubieran podido leerlo. En las paredes laterales había unos hombres encapuchados que vestían recias casullas: eran los vigilantes. Nadie podía moverse, acercarse al libro. Tenía que conformarse con las sombras de la pared frontal, entre las que ahora, a menudo, destacaba una enorme tiara. La hoguera que servía para proyectar las sombras se usaba también para quemar a los ocasionales rebeldes, personas por lo general instruidas que cuando los vigilantes dormían lograban soltarse y retirar las cadenas del libro. A veces, incluso, salían de la caverna y, bajo el sol, hallaban otros ejemplares de esa misma obra, pero eran sistemáticamente perseguidos tanto dentro como fuera. Así fue, al menos, hasta que en un lugar exterior a la caverna se estableció un poder diferente.

Ya más cerca de nuestro tiempo, el gran libro había sido liberado de sus cadenas. Tampoco los hombres estaban atados con cuerdas. Y además todos sabían leer. Pero la gran mayoría de ellos seguía mirando al frente sin moverse, deleitándose en las sombras. Éstas ahora, en su mayoría, eran mucho más atractivas que antaño… ¡había sombras de colores! Aunque muchos decían estar hartos de ellas, lo cierto es que la inmensa mayoría no apartaba la vista y se dejaba seducir por su hechizo, sin pensar en más. No en vano ahora podían interactuar con ellas, charlar, hacerles hablar más alto… Entre los que creían tener espíritu crítico, algunos las “personalizaban”, formándolas a su medida, aunque fuera virtualmente. Y entretanto, el gran libro pasaba inadvertido, en buena medida porque los sucesores de los antiguos vigilantes comentaban paternalmente que era aburrido y difícil de entender. «Si queréis saber lo que dice», le explicaban a algún ocasional curioso, «sólo tenéis que preguntarnos a nosotros, que ya os hemos ahorrado ese trabajo tras largos años de estudio. De hecho, aunque vosotros lo leyerais, no lo entenderíais. Dejad eso a los que saben». 

Mientras, afuera la luz del sol brillaba cada vez menos, y las tinieblas se iban apoderando de todo. El mundo entero se estaba convirtiendo en una gran caverna.

Para escribir al autor: juanfernandosanchez@laexcepcion.com
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