Parábolas / 1
© Haire Tikós [hairetikos@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2004)


La carrera

En los días del hambre, hubo un pueblo que recibió alimentos de un país amigo. El consejo municipal decidió que debían distribuirse de forma justa, de manera que se convocó a todos los habitantes al reparto.

Se colocaron los lotes de alimentos en un extremo de la Calle Mayor, y se agrupó a los ciudadanos en el otro extremo. El alcalde explicó que cada ciudadano tendría derecho a recibir tantos alimentos como pudiera tomar al alcanzar el final de la calle. Para preservar el principio de igualdad, todos saldrían del mismo lugar y tendrían idénticas oportunidades de obtener comida.

Así que, a la orden de salida, todos corrieron veloces hacia la meta. Primero llegaron los jóvenes más fuertes, que consiguieron acaparar muchos alimentos. La policía vigilaba para que no hubiera peleas por la comida y se respetara la igualdad de oportunidades. Llegaron otros jóvenes y adultos, y algún niño veloz, y todavía quedaban algunos lotes. Cuando los ancianos, los enfermos y algunas personas débiles lograron alcanzar el lugar de los alimentos, ya no quedaba ninguno para ellos. Pero los jóvenes les consolaron prometiendo que en los días siguientes irían a visitarles llevándoles parte de sus provisiones.

El alcalde y el consejo municipal se felicitaron por la forma tan justa en que habían logrado repartir esos lotes de comida, cuyo número era más o menos el mismo que el de las familias del pueblo.


El ladrón arrepentido

Un hombre robó bienes de gran valor, los vendió, y dilapidó el dinero en poco tiempo. Nadie sospechó de él y nunca fue acusado del robo. Pero, dándose cuenta de que era profundamente infeliz por el crimen que había cometido, sintió un arrepentimiento genuino. Escribió una carta al único gran amigo que había tenido en la infancia, relatándole su delito y comunicándole que, arrepentido, se iba a entregar a la justicia.

Pero antes de hacerlo, decidió que restituiría lo robado, así que dedicó un año de su vida a trabajar y ahorrar. Cuando reunió una suma equivalente a lo que en su día había sustraído, se la hizo llegar de forma anónima a la víctima y se entregó a las autoridades. Sentía, por un lado, que había hecho justicia; por otro, sabía que el juez tendría en cuenta su arrepentimiento y rehabilitación y, aun preocupado por la pena que tuviera que cumplir, se sentía satisfecho de su decisión.

Al presentarse ante el juez, descubrió sorprendido que éste no era ni más ni menos que el amigo de la infancia al que había escrito, quien le dijo:

–Cuando recibí tu carta acababa de ser nombrado juez. Viendo que tu arrepentimiento era genuino, el mismo día redacté una sentencia absolutoria. Aquí la tienes.


El ídolo

Un indígena se postraba cada día ante la imagen de su diosa y le expresaba los deseos de su corazón: “Dame fuerzas para labrar la tierra hoy”, le pedía con frecuencia. O “Mándanos lluvias”, o “Haz que sane mi hijito enfermo”. Cuando la diosa no le respondía, el hombre añadía dones, rezos y sacrificios.

Llegó un misionero occidental y le enseñó que postrarse ante la diosa y pedirle cosas era idolatría y que se debía orar sólo a Dios.

Así que el hombre rompió el ídolo y empezó a orar diariamente al Dios del misionero, rogándole las mismas cosas que le pedía a la diosa. Cuando sentía que el Dios del misionero no le respondía, se esforzaba por ser mejor persona, como le había enseñado el ministro, y le pedía a Dios que le escuchara en atención a su bondad.

Un día se le apareció Dios en sueños y le dijo:

–Soy el Dios de todos los hombres. A veces recibirás exactamente lo que me pides y otras no, pero no has de ofrecerme tu bondad como si se tratara de un don, porque yo no soy un ídolo. Bástate con saber que siempre te escucho y estoy junto a ti.


El Estigma

El día en que decretaron el Estigma, el panadero no lo recibió con su habitual sonrisa; solamente le dijo, mirándole fijamente a los ojos:

–Tienes el Estigma.

Y se negó a venderle el pan.

En el autobús, un guardia impedía acceder a los estigmatizados. Tuvo que caminar hasta el trabajo. Nadie le dirigió la palabra aquel día; sólo el jefe le indicó que no debía volver más.

De modo que ya sabía cómo le recibiría su esposa, pues ella no tenía el Estigma. Hacía tiempo que estaba preparado para esto, pero una sombra de dolor lo cubrió cuando ella no le dejó entrar.

En el bosque se reunió con sus compañeros de Estigma, pero aun así sabía que durante esas horas estaría solo, completamente solo, hasta que llegara la Conquista y a los estigmatizados les fuera dada una ficha blanca con un nombre nuevo.

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