El origen del mal
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (30 de julio de 2002 [actualización])

¿Cómo llegó el mal a invadir la tierra, con su secuela de crímenes, injusticias y todo tipo de calamidades? Conocer el origen del mal nos da la clave para saber, además, cuál será su destino. Esto, a su vez, responde a la pregunta de si hay esperanza frente a él.

«El mal es un intruso. [...] Si se pudiera encontrar alguna causa
en su favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser mal.»

(Ellen G. White, El conflicto de los siglos)

No hace falta ser muy observador para constatar su presencia. Ésta se impone con una cotidianeidad que parece inevitable.

La prensa, la radio y la televisión, auténticos heraldos de un mundo en ruinas, presentan a cada hora sus efectos: atentados terroristas y conflictos bélicos, malos tratos a mujeres y explotación de niños, mortíferas enfermedades y siniestras malformaciones congénitas, catástrofes naturales cada vez más artificiales...

Si no somos pasivos espectadores que degluten acríticamente lo que nos sirven los medios de comunicación, comprobaremos además la degradación de los gustos sociales (fomentada, entre otros, por muchos de esos medios) y un general enfriamiento de la genuina compasión.

Y a poco que seamos sinceros con nosotros mismos, nos toparemos con esa triste omnipresencia (la del mal, pues de él hablamos) en nuestro propio ser. Si además cultivamos un mínimo de autoanálisis, quizá descubramos que es justamente en nuestro corazón donde tan odiosa realidad tiene su sede, o al menos una de ellas.


¿Qué es el mal?

Las mentes más privilegiadas del pasado se enfrentaron a la pregunta por el mal, y lo más que pudieron obtener fue un éxito relativo: una respuesta parcial, a menudo errada en algún grado, como lo atestiguan las contradicciones entre las muchas que se dieron.

Vano sería, entonces, aspirar en estas líneas a una definición concluyente. En realidad, el problema del mal escapa a la razón humana, ella misma –imperfecta– afectada por él. Debido a esto, antes o después apelaremos aquí a una instancia superior.

Digamos primero una obviedad: el mal es malo. Esta perogrullada puede resultar, con todo, esclarecedora.

El mal es malo porque hace sufrir. Quizá no directa o inmediatamente a quien lo ejecuta; pero alguien, más tarde o más temprano, padecerá sus dañinos efectos.

Dondequiera que haya habido en toda la historia del cosmos un ser sufriente, el mal fue siempre la causa última de sus padecimientos. No todos estamos de acuerdo sobre qué es lo malo y qué es lo bueno; pero de un modo genérico e instintivo todos llamamos “malo” a lo que produce dolor, siendo éste una evidencia que delata al propio mal.

La presencia del mal rompe un estado que podríamos denominar “el orden bueno”. Pensemos, por ejemplo, en un grupo de niños y niñas jugando armoniosamente en un parque, columpiándose y correteando. De repente, uno de ellos se cae y se hiere la rodilla; o una jeringuilla abandonada se clava en el brazo de una niña; o tal vez, alguno pisa el excremento de un perro mal educado; o bien, a uno de los niños le da por agredir a otro. Cualquiera de estos sucesos romperá, de modo más o menos duradero, la armonía previa, el orden bueno.

Notemos que, en todos los casos, el mal ya existía previamente al momento del juego infantil, no es un mero agente que irrumpa allí para producir un desequilibrio. Y el origen inmediato de la desarmonía se encuentra, según el caso, dentro del círculo de los propios niños o fuera de él.

Es, por otra parte, importante destacar que, aun cuando en el ejemplo anterior unas circunstancias parecen más fortuitas que otras, al menos en tres de ellas subyace una responsabilidad personal: alguien, quizás ajeno al círculo infantil, abandonó la jeringuilla; el dueño del perro (o quien tuviera asignada la labor de cuidarlo o controlarlo) no impidió su deyección en ese lugar; y la agresividad de uno de los niños generó la discordia.

Pero, ¿qué decir del primer caso: el niño que de repente tropieza y se cae, produciéndose una herida? ¿Cabe hablar de responsabilidad en tal circunstancia? ¿Pudo algún adulto evitarlo, pudieron sus padres prevenirlo, quizá con alguna oportuna instrucción o amonestación? ¿O es acaso el propio niño, pese a su corta edad, responsable de la caída? ¿No cabe hablar más bien de una “desgracia natural”? Más adelante propondremos una respuesta.

Desde luego, no pretendo extraer conclusiones generales de un simple ejemplo, por variados que sean sus supuestos. Pero sí creo que, sobre todo a nivel intuitivo, puede ilustrar el difícil problema del mal. Y recordarnos la relación que guarda con términos como ‘culpa’ y ‘maldad’.


La cuestión del origen

Mientras redacto estas líneas me entero de la muerte de alguien a quien apreciaba. Luego, ya en el tanatorio, contemplo la deprimente escena de unos familiares con los ojos enrojecidos y el corazón desecho. Una vez más el mal ha mostrado sus garras.

Y una vez más cobra vigencia la pregunta entre las preguntas: ¿Por qué? ¿Tiene sentido una vida que el dolor machaca y acaba cercenando? ¿Qué alegría real y duradera puede haber donde el mal no solo se hace continuamente visible, sino que al final de nuestras vidas prevalece?

La aparente victoria del mal sobre el orden bueno nos deja estupefactos. Esto es así porque nuestro fuero interno está habitado por la idea de ese orden bueno, presente incluso en medio de nuestra propia maldad, la cual reconocemos en virtud de aquélla.

Es como si yo entono una canción y, mientras lo hago, percibo cuánto desafino. Si lo percibo es porque en mi memoria más o menos consciente se encuentra el modelo correcto de esa canción que, mal cantor como soy, no acierto a reproducir bien.

De igual modo, la voz de la conciencia resuena en mí para afear mi conducta en contraste con el orden bueno. El sentido de la justicia me impele a reprobar el desorden moral y “natural” que me circunda.

Fuimos hechos para el orden. Algo dentro de mí evoca un designio subyacente al cosmos, una realidad cargada de propósito y sentido. Cierto es que el mal y su desorden cuestionan en mi ánimo esa imagen; y, sin embargo, no son capaces de extirparla ni de extinguir el afán de mi conciencia por que impere el orden.

Este orden que, aunque más ideal que real, sirve de marco a mi observación de la realidad, me remite a Dios. Si hay o ha de haber un mundo ordenado seguramente será porque alguien dispuso que así fuera. La tendencia al orden no puede proceder del azar.

Pero es aquí donde surge más radicalmente la contraposición entre el desorden que contemplan nuestros ojos y el orden al que aspira nuestra conciencia. O en otros términos, entre el mal reinante y el bien que debería reinar. Y entonces nos planteamos el interrogante que tantos pensadores ya se formularon: ¿Por qué Dios (es decir, un ser bueno y todopoderoso) permite el mal, con las secuelas de dolor y muerte que inevitablemente acarrea?

A esta pregunta muchos respondieron de una de estas dos maneras:

  1. “En realidad, Dios es todopoderoso pero no es bueno.” En ese caso, él mismo sería el responsable del mal.
  2. “Dios es bueno, pero no todopoderoso.” Si así fuera, nunca estaría garantizada la victoria sobre el mal.

Una tercera posiblidad sería acumular ambas opciones: “Dios no es bueno ni todopoderoso”. Esto, en la práctica, equivale a negar la existencia de Dios por razones morales (algo, en realidad, ya favorecido por cada una de las dos primeras opciones aisladamente). Esta fue la respuesta del llamado “ateísmo moral”.

Pero hay una cuarta posible respuesta, que salva la definición de Dios como un ser infinitamente bueno y todopoderoso al mismo tiempo. Alguien exento de culpa en lo relativo al origen del mal, y capaz de ponerle fin en el futuro.

Esta explicación pone en escena a otro personaje, conocido como Satanás, en cuya mente el mal se gestó como consecuencia de una decisión voluntaria. De este modo, la cuarta respuesta no niega que haya un responsable del surgimiento del mal, pero no dice que sea Dios; y, de hecho, asocia la repulsión que nuestra conciencia nos inspira hacia el mal (el que hacemos y el que presenciamos), con una responsabilidad personal que, como pronto veremos, está en la base de cualquier desarmonía cósmica.

Según esta explicación, revelada en la Biblia, eso que hoy sentimos como desorden empezó también como tal. No es fruto del orden, pero se originó en un ambiente donde sólo el orden imperaba. Comprender cómo pudo ser esto resulta peliagudo (o más bien, imposible), pero ciertamente es la única vía que nos previene de considerar justificable el origen del mal. Si el mal, como decíamos, es malo, entonces no puede haber ningún motivo que explique plenamente su aparición en el seno de un orden bueno (el mismo que nuestra conciencia y sentido de la justicia continuamente añoran). El mal solo puede ser el fruto indeseable del misterio de la libertad, entendida ésta como una auténtica capacidad de generar realidades nuevas.


La Biblia y el origen del mal

Así narra la Biblia el origen del mal, en un texto que, dirigido a Satanás (personificado en la figura del “rey de Tiro”), parece aludir a la sorprendente anomalía cósmica que supuso:

«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28: 15).

El pasaje que contiene este versículo bíblico, en el capítulo 28 del libro de Ezequiel, nos habla de un ángel celeste muy querido de Dios, pero que llegó, de extraña manera, a ser víctima de su orgullo y empezó a anhelar el puesto del mismo Dios Todopoderoso (ver también Isaías 14: 12-14).

A partir de ahí, por medio de la mentira y la manipulación de las conciencias, arrastró consigo a una tercera parte de los ángeles y plantó cara en el cielo al gobierno de Dios, basado en el amor. Fue arrojado a la tierra y descargó el mal sobre ella (ver Apocalipsis 12: 4, 7-9, 12). Su afán de poder lo estaba llevando a su propia perdición y a la corrupción de buena parte de la creación divina.

En el jardín del Edén, sedujo con ardides a la primera pareja, formada por Adán y Eva (ver Génesis 3: 1-6 y Ezequiel 28: 13). Así contagió su maldad al corazón humano.

Aceptar esta secuencia revelada nos permite dar respuesta a la cuestión formulada en nuestro anterior ejemplo de los niños, en relación con el pequeño que se hace fortuitamente una herida en la rodilla. Recordará el lector que nos preguntábamos si cabía considerarla, sin más, una desgracia natural, o un simple accidente.

Pero en la raíz de esa herida, como en la de cualquier terremoto destructor, se halla el mismo germen que en el daño más concienzudamente premeditado. Al introducir el mal en la tierra, todo el buen orden de las cosas quedó alterado. Por eso dice la Biblia que hoy la creación entera «sufre dolores como de parto» (Romanos 8: 20). En la medida en que hay un responsable último incluso de las “desgracias naturales”, el mal siempre es en última instancia maldad.

Como intruso absoluto en el orden de Dios, el mal no es un mero objeto surgido accidentalmente. Es el fruto personal de un alma responsable. En su amor, Dios decidió crear una clase de sujetos, las personas (ángeles y seres humanos), dotados de la capacidad de elegir. No los programó para que fuesen sumisos a su gobierno, sino que esperó que lo aceptasen sobre la base del mismo amor que él les mostraba e infundía. Los hizo libres, y fue en uso de esa libertad como, de la manera más oscura e inconcebible, el corazón de Lucifer engendró la maldad en el cosmos.


El bien

Llevamos demasiado tiempo hablando del mal, pero el bien también existe. Y al final triunfará.

La lógica nos dice que sólo la existencia de un Dios amante del orden, todopoderoso e infinitamente bondadoso podría garantizar que finalmente el mal fuera derrotado. Solo así esa idea genérica del orden bueno que albergamos en nuestro interior podrá plasmarse un día en todo el universo, incluido nuestro espíritu.

Pues bien, la revelación bíblica nos dice que ese Dios existe. De acuerdo con ella, el mal no tendrá la última palabra. Porque Dios mismo, haciéndose humano, vino a sufrir y morir por nosotros, cargando sobre sí toda maldad sin ser responsable de ninguna. Por medio del reconocimiento de ese sacrificio efectuado en favor nuestro, lo que implica también admitir nuestra propia condición afectada por el mal, podemos tener acceso a una realidad futura en la que ya no habrá lugar para ese molesto intruso. Y tampoco para sus horribles secuelas:

«Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron. [...] “Yo hago nuevas todas las cosas.” [...] “El vencedor tendrá esta herencia, y yo seré su Dios, y él será mi hijo”» (Apocalipsis 21: 4, 5, 7).

Ésa es la buena noticia.

LaExcepción.com

[Página Inicial] | [Índice General]
[Actualidad] | [Asuntos Contemporáneos] | [Nuestras Claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
laexcepcion@laexcepcion.com