Modestia y humildad
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (22 de diciembre de 2001)

Fruto de las inercias posmodernas y las memeces de lo "políticamente correcto", tienden a confundirse la tibieza intelectual y la discreción pacata con la modestia más encomiable, que es la basada en la humildad.

¿Ha notado usted, querido/a lector/a, que desde hace unos años la expresión ‘un poco’ se usa más que antes? Y además, ya no se emplea sólo en frases como ‘Dame un poco de agua’ o ‘Eso me molesta un poco’. Ahora también aparece delante de verbos, en oraciones como ‘Hemos querido un poco reflejar...’ o ‘Se trata un poco de resolver las cuestiones...’; o también, sin venir demasiado a cuento, en declaraciones como ‘Hemos explicado un poco la problemática...’ y ‘Almudena Grandes intervino para glosar un poco la figura de Ana María Matute...’ Son todos ellos usos impropios o abusivos que es frecuente escuchar en los medios de comunicación, sobre todo en la radio.

Hace tiempo que me intriga la razón de este nuevo hábito coloquial, pero creo que ya he dado con ella: Tendría que ver con la moda, ya un tanto añeja, de lo light, que en mi opinión lleva aparejado un gusto muy peculiar por la modestia.

Pasados los años de la fiebre ideológica, caído el ya anticuado furor reivindicativo, domina ahora entre nosotros una preferencia por la asepsia uniformizadora y la "moderación" en las ideas, y por tanto un rechazo de lo disonante (no es ajeno a ello el éxito, en música y religión, de la Nueva Era con su paz oriental...). Quebrada la confianza en ambiciosas quimeras visionarias, ha ganado terreno la modestia intelectual (entendida como renuncia a la búsqueda de la verdad plena), cuya presencia se manifiesta en forma de pensamiento débil y un cierto grado de apocamiento generalizado. Y con la modestia intelectual, tan posmoderna, ha llegado también su variante sociológica.

La modestia exige, simplemente, no destacar. Es contraria al afán de protagonismo. Se trata de una virtud social muy recomendable, que combina bien con un adecuado sentido de la oportunidad. Como cualidad, es digna de sujetos elegantes. No es propiamente ética, sino estética. No es imprescindible que sea interna, basta con que resulte visible.

Pues en la modestia, para que exista, no importa mucho la motivación subyacente. Tanto da que ésta sea la vanidad o la humildad, la timidez o el afán de impresionar, el sentido del ridículo o la consideración hacia los demás. Y no es demasiado relevante si su mecanismo causal es activo o reactivo (es decir, si se opta por ella por convicciones u obligados por los golpes recibidos).

Es por todo ello que, socialmente hablando, hay muy poca diferencia entre la modestia y la llamada "falsa modestia". Trátase, insisto, de una cualidad social, no espiritual.

La humildad es otra cosa. Cuando es genuina, inspira la verdadera modestia. Pero es mucho más profunda y abarcante. A diferencia de aquella, la humildad sincera exige una ruptura con la naturaleza humana: no es posible ser humilde sin nacer de nuevo.

La humildad es, más que una cualidad, una condición. Implica la superación real del orgullo y del egoísmo, no sólo de la vanidad. El ser humilde se ocupa más de la felicidad del otro que de la suya, pues de ésta tiende a olvidarse (cuando ya se es feliz no hace falta pensar mucho en ello). Y cuando ayuda al otro, lo hace de modo espontáneo, sin necesidad de decidirse a hacerlo, esforzándose sólo en llevar a buen término la acción.

Todos los seres humildes son también modestos, pero no al revés: hay modestos humildes y modestos arrogantes. Los fuertes según el mundo (los "tipos duros", por ejemplo) raramente son humildes, pero son modestos con mucha mayor frecuencia de lo que comúnmente se cree. Los débiles, a menudo, exhiben una apariencia de humildad, simple máscara de su alma frágil y vulnerable. También los hay –como el arriba firmante, valga la vanidad– que no son ni humildes ni modestos.

Pero además de la modestia, la humildad inspira otras cualidades altamente deseables, como la mansedumbre, la bondad y la tolerancia. Y favorece la paz, la paciencia, el autocontrol y hasta el puro amor. Hablamos, claro está, de los frutos del Espíritu Santo, los que se obtienen al dejarse contagiar por Jesús, el supremo modelo de humildad (Epístola a los Gálatas 5: 22, 23; Evangelio de Mateo 11: 29); y esto es algo que dice mucho acerca del papel central que la humildad puede desempeñar en nuestras vidas.

Decía Pablo de Tarso, apóstol del Señor: «Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Epístola a los Gálatas 2: 20). Morir al yo (morir al pecado: ver Epístola a los Romanos 6: 2) es morir al orgullo, ceder el control de nuestras vidas a ese ejemplo vivo de humildad, a quien la acreditó más que nadie al estar dispuesto a vivir y morir por nosotros (cf. Epístola a los Filipenses 2: 6-8).

Esta maravillosa virtud es, además, un antídoto contra el miedo y la inseguridad. Porque en estas dos amenazas al bienestar humano suele estar presente un alto grado de orgullo (y el orgullo engendra muchos temores, ¿no es cierto?); y porque el ser humilde está mejor capacitado para confiar en el Todopoderoso y para desconfiar de sus propias fuerzas humanas, tan limitadas.

Por ello, la humildad también nos vacuna contra el fanatismo, falso refugio donde se esconde el orgulloso para protegerse de su propia inseguridad. El humilde, en cambio, sabe que siempre puede estar equivocado, pues la verdad no le pertenece: es él quien pertenece a la Verdad. Además, la humildad nos libra de erigirnos en jueces y conciencia de los demás (la conciencia de los demás debe ser nuestra aliada, nunca nuestra posesión). Y nos habilita lo mismo para perdonar que para pedir perdón.

La humildad, igualmente, es maestra de la elegancia más genuina: Por ejemplo, nos enseña a callar cuando conviene y a sonreír sin afectación. Nos hace seres espontáneos y naturales, pero mansos y equilibrados.

Por lo demás, no está reñida con la dignidad humana, con la defensa de la justicia y con el amor a la verdad. Antes bien, y esto es importante en una época moral e intelectualmente tibia, la genuina humildad cristiana, la que se funda en el principio de que sólo Dios es Soberano, exige de nosotros la más ardiente, ambiciosa e irrenunciable lucha por nuestros nobles ideales, bien que matizada siempre por el respeto a la libre elección de cada cual.

Muchas otras loas podríamos hacer de la humildad. Pero, como ante todo se trata de una virtud práctica, dejemos ahora las palabras y corramos prestos a incorporarla a nuestra praxis cotidiana.

Y cuando de gloriarse se trate, hagámoslo en el Señor (1ª Epístola a los Corintios 1: 31).

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