“Lo que más nos interesa”
© Juan Fernando Sánchez
www.laexcepcion.com (8 de abril de 2006; previamente aparecido en 1998)

Sobre dos buscadores de Dios en la generación del 98: Antonio Machado y Miguel de Unamuno.

Por todas partes te busco
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.

(Antonio Machado)

La España decadente había perdido los últimos restos de un ya lejano imperio. Un puñado de patriotas –intelectuales ellos, un tanto renegados– se propusieron extraer las conclusiones críticas del Desastre: España necesitaba un estímulo regenerador, un nuevo impulso que la ayudase a levantarse de su estado de postración.

Era la generación del 98: Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Maeztu, Ganivet… y, sobre todos, Miguel de Unamuno y Antonio Machado, el pensador poeta y el poeta pensador, seguramente los más intimistas y profundos integrantes de aquel movimiento.

Unamuno –fogoso, idealista, inoportuno– era el hombre en crisis permanente, un auténtico “agonías” (obsesionado por la agónica experiencia humana: lucha por la vida, contradicción existencial). Concebía la vida del hombre como un “desnacer” que acaba en la muerte, cuyo conocimiento daba lugar a un “sentimiento trágico de la vida”. Y la concebía así porque así era como vivía su propia vida, siempre transparente a su obra.

A Unamuno, aunque le dolía España, le dolían aún más “las aristas de la finitud” (como bellamente lo llama el profesor Francisco Seoane en La luz de la Palabra), la conciencia de estar vivo, pero vivo de una vida mortal, cuando el hombre lo que quiere –según don Miguel– es vivir siempre. Por eso hablaba tanto, en fórmula calderoniana, de “la cruz del nacimiento”, ésa que llevamos a cuestas por el mero hecho de haber nacido, y que tanto nos pesa. Es la cruz del sufrimiento, de la angustia existencial, y es la cruz de la mortalidad.

Además, a Unamuno le angustiaba la oposición entre sentimiento y razón. Y tenía tendencia a reducir la religión al campo de lo sentimental. En virtud de ello, razón y religión aparecían como opuestos inconciliables. Pero, al no ser del todo racionalista, no podía dejar de estimar el valor del sentimiento y de la fe. De hecho, su experiencia es la de un hombre de fe (o, mejor, con voluntad de fe), y sus crisis son generalmente crisis de fe. No en vano, como sostiene en San Manuel Bueno, mártir, el objeto de la fe (Dios, la vida eterna) es «lo que más nos interesa».


Un tanto egocéntrico, pero interesante

El problema en Unamuno –en el Unamuno-persona tanto como en el Unamuno-autor– es que parece no hallar nunca la paz espiritual. Es más, llega a juzgarla una meta quimérica: «La paz entre estas dos potencias (la razón y el sentimiento) se hace imposible, y hay que vivir de su guerra. Y hacer de esta guerra, de la guerra misma, condiciones de nuestra vida espiritual» (El sentimiento trágico de la vida). Y añade: «Sólo se pone uno en paz consigo mismo, como don Quijote, para morir.»

Pero, cuando se lee su obra con atención, uno constata que, junto a la noble y sincera preocupación unamuniana, hay también un exceso de artificio y un mayúsculo tensar sin límite la tensión misma entre los presuntos opuestos (duda racional y fe, filosofía y religión, razón y sentimiento, mortalidad e inmortalidad). Tal vez, demasiado aficionado a los juegos de palabras y a las “frases afortunadas”, Unamuno deja de investigar hacia dentro y repite las mismas ideas-fuerza de mil maneras distintas (esto se echa de ver, sobre todo, en El sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo). Pudo haber profundizado en la Palabra, pero leyendo muchas páginas de Unamuno se diría que se extravió en el verbo (de verborrea, bien que siempre lúcida y sugerente). ¿Lo perdió el orgullo?

Y así, tiende al desvarío especulativo. Y llega a decir que Dios es el fruto del hombre: Dios «soy yo proyectado al Todo», el resultado de la personalización del amor humano… (El sentimiento trágico de la vida). ¡Y lo dice él, que tan cerca parece estar de Jesús, el Dios personal!

Pero late, con todo, en don Miguel una vocación que podemos llamar genuinamente religiosa. Por paradójico que resulte su devenir intelectual, por conflictivas que nos parezcan sus experiencias de fe, y por más resignada que se nos muestre su actitud ante las supuestas contradicciones irresolubles, Unamuno no puede dejar de pensar en la fe. Y eso es lo que lo hace grande.

¡Cuántos escritores y artistas –de modo destacado, en el siglo XX– consintieron en dejar de ser interesantes para tornarse mediocres, anodinos, simples estetas… al negar, sin más, lo trascendente! Pero, ¿cómo pretenderán interesarnos cuando desprecian así «lo que más nos interesa»?

Unamuno (como Dostoyevski y Kierkegaard, cristianos que dudaron, o Nietzsche y Camus, ateos que no rehuyeron el debate sobre la trascendencia) se salvó de ese error que convierte el talento en futilidad, la brillantez en pobre y huera vanidad. Dudó, sí, como pocos lo han hecho, pero nunca se engañó hasta el punto de negarse –de negarnos– el derecho y la valentía a seguir pensando en la fe, fuera o no en términos de fe. Erró al afirmar tantas veces que la vida eterna es sobre todo consuelo e ilusión, pero nunca dejó de conceder un valor serio y real a la preocupación por ella.

Incluso más: pocas cosas lo molestaban tanto como el afán nihilista de algunos por robar la fe de los humildes, prácticamente lo único que tienen. En San Manuel Bueno, mártir, novelita de sabor evangélico que cabe considerar una obra maestra, don Miguel expresa su claro rechazo hacia quienes «se esfuerzan en negar al pueblo el consuelo de creer». (Sólo a los fanáticos inquisitoriales toma por el mismo rasero).


Melancolía esperanzada

No menos turbulenta que la de Unamuno, pese a su exterior más sereno y apacible, se nos aparece la aventura interior de Machado, otro ejemplar buscador de Dios en un tiempo en que los tales eran, con mucho, los menos. Él mismo desmiente en un cantarcillo esa primera impresión que podía causar:

No extrañéis, dulces amigos,
que esté mi frente arrugada,
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas.

También agónico, pero quizá en su timidez menos estentóreamente angustiado, el dulce y hondo poeta se atreve a expresar su anhelo de Dios:

Anoche cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

¿“Ilusión”? ¿Simple “consuelo”, como parecía insistir Unamuno? No, hay algo más. Hay deseo, pero también necesidad. Por eso hablábamos de ‘anhelo’, que los reúne a ambos. Hay verdadera sed. Sed de amor, sed de transformación interior:

Que el puro río,
de caridad que fluye eternamente,
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
de una fe sin amor la turbia fuente!

Y esa sed se expresa en la fe en el Dios poderoso, en el único capaz de saciarla:

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

El “olmo seco” (el propio poeta), privado prematuramente de su tierna Leonor, ve su vida toda teñida de tristeza. Infinitamente solo, clama en su desesperación:

Señor, ya me arrancaste lo que más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Mezcla de reproche a Dios y afán de renovada fe, este poema –como los lamentos de Job– manifiesta impotencia pero no sucumbe a la tentación de rebelarse contra el Creador. Parece que Antonio supiera que la fe en el Salvador es una fe provista, justamente, para el trance del dolor. Que Dios no ha prometido ausencia, todavía, de todo sufrimiento. Y que nos ha dado la fe para sobrellevarlo esperanzados, y aun con el gozo de quien está dispuesto a amar en medio de la adversidad. Por eso, a renglón seguido, canta:

Late, corazón… no todo
se lo ha tragado la tierra.

Y lo asaltará la duda, y luchará entre la esperanza y el desespero («Ayer soñé que oía / a Dios, gritándome: ¡Alerta! / Luego era Dios quien dormía, / y yo gritaba: ¡Despierta!»), pero siempre confiando que «hablará con Dios un día» (ver La antisaeta de Machado).


Caminante, sí hay camino…

Machado y Unamuno –más humilde quizá el primero– tuvieron mucho en común, incluyendo su mutua admiración. Y, de modo señalado, la búsqueda de Dios, el reconocimiento de su necesidad más trascendente.

Pero no siempre alcanzaron a ver –sobre todo, el gran Unamuno– que la razón humana es compatible con la fe (mucho más que sentimiento) si está dispuesta a someterse al Supremo Hacedor; y que la “cruz del nacimiento” no tiene por qué suponer una carga tan pesada, porque Jesús ha prometido llevarla con nosotros (Evangelio de Mateo 11: 28-30), como ya llevó la suya.

Y a Machado –aparte de agradecerle sus regalos de belleza y sabiduría– a veces, de puro cariño que se le toma, viéndolo tristón y meditabundo, dan ganas de corregirle gritando:

¡Caminante, hay Camino,1
se hace camino al amar!

1 Evangelio de Juan 14: 6.

Para escribir al autor: juanfernandosanchez@laexcepcion.com
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Lectura complementaria:

“La fe de Pío Baroja”, de Juan Antonio Monroy.

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