La esperanza
© Roberto Badenas, teólogo, autor de Más allá de la ley y Christ the End of the Law: Romans 10:4 in Pauline Perspective, entre otras obras.
www.laexcepcion.com (15 de marzo de 2005)

La humanidad, para superar la tragedia y el desamparo de su condición, lleva milenios recurriendo a variadas ilusiones, alejadas de la esperanza que puede colmar sus anhelos.


Esperanza humana

El drama humano se agrava por el hecho innegable de que el hombre se resiste a aceptar los límites de su existencia. La angustia ante la fragilidad de la vida ha empujado al ser humano de todas las épocas a intentar penetrar el misterio de la muerte, a resolver esa última incógnita ante la que se estrellan su sabiduría, su ciencia y su experiencia misma.

El drama de la muerte es para el hombre, si cabe la expresión, un problema vital. La historia de las religiones está ahí para probarlo. Todas las religiones representan un intento de explicar, superar y franquear la barrera de la muerte.

Los no creyentes reprochan a las religiones el haber fabricado esperanzas ilusorias, y de difundirlas como un “opio del pueblo”. Prometiendo al hombre un futuro feliz después de la muerte, lo ayudan a soportar resignadamente y sin rebelarse la situación injusta en la que vive.

Pero la preocupación por el más allá no es una invención de las clases sacerdotales. Siempre ha ocupado, y sigue ocupando, un lugar central en el pensamiento. La esperanza en el futuro es tan importante para la fe comunista como para la fe cristiana, por poner un ejemplo. En ambas el presente es justificado y explicado en función del futuro, en una actitud que podríamos calificar de igualmente “mesiánica”.

Baste, como botón de muestra, comparar con algunas profecías bíblicas el famoso Canto a la nueva humanidad de Trotsky: «El hombre será mucho más fuerte, mucho más inteligente, mucho más agudo. Su cuerpo será más armonioso, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical. La media humana se elevará al nivel de Aristóteles, de Goethe y de Marx. Y por encima de esta cordillera de cumbres se alzarán nuevas cimas» (citado por Roger Mehl, Images de l’homme, Ginebra, Editorial Labor et Fides, pág. 7).

Y es que la esperanza es consustancial al hombre. Aristóteles la definía como “el sueño de una persona despierta”. Para avanzar, para progresar, para sobrevivir, el hombre necesita esperar algo.

Privado de esperanza verdadera, el hombre cae, algunas veces por exceso, en la presunción, y casi siempre, por defecto, en la desesperanza.

El siglo XIX fomentó la presunción. Para el hombre adorador del progreso, Prometeo era el símbolo de los tiempos modernos. Desafiando a los dioses y robándoles el fuego para darlo a los hombres, Prometeo encarna bien a la nueva humanidad, empeñada en construir con sus propias manos su dignidad terrena, después de haberla esperado en vano de la Divinidad y de sus representantes. Esa fue la mentalidad de los promotores de la Revolución Francesa, de los idealistas románticos, como Goethe y Schiller, y de los soñadores materialistas, como Marx.

El siglo XX ve frustrarse rápidamente esa actitud progresista llena de optimismo. Y el signo de nuestra época será el escepticismo pesimista. Para la humanidad de hoy, a diferencia de para los griegos de la antigüedad, la esperanza parece haber desertado hasta la caja de Pandora. La literatura existencialista fue un claro exponente de esa abdicación de la esperanza. Como modelo humano, Camus sustituye a Prometeo por Sísifo: un hombre que conoce el camino, el combate, la decisión, el esfuerzo, la perseverancia en el trabajo, pero que no tienen ninguna perspectiva de futuro. Un hombre que ve claro, pero que no espera nada. Ante la tragedia humana, Sartre y Françoise Sagan –por no citar más que a dos famosos-, tan sólo se atreven a proponer como respuesta una mueca de náusea (La nausée) o una sonrisa triste (Bonjour tristesse). Tras el drama o el tedio del presente, sólo esperan el drama o el tedio del mañana. Y por fin, la nada.


Revelación y esperanza

La Biblia se presenta, desde sus primeras páginas, como un libro de esperanza. Un libro que revela el futuro y anuncia lo que ha de venir. Podríamos decir que su elemento clave es la promesa.

Dios se revela por medio de promesas. Ya inmediatamente después de la caída de Adán y Eva, el Creador promete a la serpiente que del drama humano recién provocado será definitivamente resuelto un día: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tu le herirás en el talón» (Génesis 3: 15).

Así Dios propone a los hombres la religión de la esperanza y del rechazo de la desesperanza. Un día, el reino de Dios traerá a esta tierra lo que aquí no puede ser más que deseado. Por medio del anuncio de esta realidad que todavía no existe, Dios suscita en el hombre la lucha por la superación de la realidad actual y el deseo de una realidad mejor.

Como cada promesa divina implica una contradicción con el presente, cada promesa sitúa al hombre ante una alternativa en la que debe ejercer su libertad y su inteligencia. Frente al Dios que promete, el hombre puede adoptar diversas actitudes: rebelarse, resignarse o esperar.

Si el hombre acepta la promesa de Dios y vive de acuerdo con ella, Dios se compromete a intervenir en su vida ofreciéndole infinitas posibilidades de futuro. En eso consiste la alianza. El cumplimiento por parte de Dios de sus promesas, suscita la confianza del hombre. El incumplimiento por parte del hombre de las expectativas de Dios, trae consigo una nueva intervención divina, una renovación de sus promesas. Y así, la historia de la revelación se convierte en la historia de la promesa. Esa revelación por promesas, y su progresivo cumplimiento en el juego de la obediencia y la desobediencia del género humano, este sucesivo esperar y alejarse, produce en la vida de los hombres, en situación ante Dios, lo que se ha dado en llamar “la historia de la salvación”.

Conviene observar que esta "espiritualidad de la promesa" contrasta con las religiones agrarias y epifánicas de los pueblos que rodeaban a Israel al inicio de su historia. Se ha pretendido que la religión de la esperanza es la religión nómada, del que no tiene raíces, del que vive siempre en marcha, en continua migración, esperando siempre algo mejor, hacia la tierra prometida. Como dice la Epístola a los Hebreos: «Por la fe, Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber adónde iba. Por la fe, habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo artífice y constructor es Dios» (Hebreos 11: 8-10).

Pero sorprendentemente, al pasar del nomadismo del desierto a la vida sedentaria de Canaán, Israel no abandonó su fe en las promesas divinas adoptando las ideas de los demás pueblos que se habían vuelto agrarios. Al contrario, su aferrarse a la esperanza, fundado en una cada vez mayor tensión mesiánica, no dejó de crecer.

Al reflexionar sobre esta cuestión uno se pregunta si no sería finalmente intención divina mantener el estado de espera a lo largo de la historia.


La parusía, centro de la revelación divina

En esta atmósfera, el mensaje bíblico se concentra particularmente en la promesa de la parusía, verdadero punto omega de la revelación.

Las Escrituras hebreas apuntan hacia el Mesías que ha de venir. El Nuevo Testamento se centra en la seguridad de que el Mesías ha venido ya, pero ha de volver a cumplir definitivamente las promesas divinas y las esperanzas humanas.

Podemos decir que la doctrina de la parusía está presente en todas las demás.

La creación, por ejemplo, sólo cumple su objetivo último en la re-creación final, de la que el sábado es, según el relato bíblico, una señal perpetua. Porque Dios nos ha creado no sólo para sacarnos de la nada, sino para darnos un futuro.

Por el hecho de ser creados no somos eternos, y por el hecho de ser libres, el rechazo de la vida y el regreso a la nada es siempre posible. La eternidad es una posibilidad que la voluntad de Dios no nos impone independientemente de la nuestra, y que el hombre alcanza sólo en el restablecimiento de todas las cosas.

Puesto que se trata de una esperanza centrada en un Mesías enviado por Dios, afecta profundamente a la relación espiritual del creyente con él. Si se esperan unos acontecimientos, se esperan sobre todo por Aquel que los hace posibles. Lo que cuenta es el encuentro con Aquel que ha de venir, «el Deseado de todas las naciones» (Hageo 2: 7), el prometido y el que nos promete el futuro, el esperado y el que nos espera: «Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria» (Colosenses 1: 27).

La misma doctrina de la salvación no se realiza plenamente hasta la instauración definitiva del reino de Dios. En su caída, el hombre había quedado “sin esperanza... en el mundo” (Efesios 2: 12), abocado a la muerte como único destino. La reconciliación con Dios, obtenida mediante Jesucristo, empieza aquí y ahora, pero no culmina hasta la glorificación, al fin de los tiempos.

Tampoco se puede entender la antropología bíblica sin tener en cuenta la resurrección, que da sentido a la vida y respuesta al misterio de la muerte. Pero la dimensión de eternidad solo es poseída, de momento, en esperanza, por la fe, que «es la firme seguridad de las realidades que se esperan» (Hebreos 11: 1). La vida eterna empieza, en cierto sentido, en este mundo, pero se realiza en el "más alla".

Incluso el concepto de iglesia se ve afectado por la esperanza. La Biblia subraya sin cesar que la iglesia no es un fin en sí misma, que debe avanzar con la mirada puesta en lo que aún no se ve, en las cosas de arriba. Su realidad es pasajera, aspirando en su peregrinar por este mundo a aquel día en que el reino de Dios la hará innecesaria. Como esposa, debe prepararse para el encuentro del esposo, para entrar con él en una nueva realidad en la que ya no habrá necesidad de templo porque Dios será todo en todos (Apocalipsis 21: 22). Su misión mientras tanto es la de transmitir su esperanza al mundo, no la de instalarse en él.

La esperanza de la parusía impregna por consiguiente la oración y la liturgia: En el Padrenuestro, Jesús nos enseña a orar “Venga tu reino”; el bautismo es testimonio del nuevo nacimiento, símbolo y arras de la resurrección futura en Cristo; y la comunión es anuncio de la muerte salvífica del Señor «hasta que él venga» (1 Corintios 11: 26).

La parusía no es, pues, un detalle accesorio de la escatología, una doctrina secundaria, un apéndice de la teología cristiana. Es la perspectiva en la que se sitúan todos los elementos de la doctrina predicada por Aquel que «era, el que es, y el que ha de venir» (Apocalipsis 4: 8). Hasta tal punto que en el Nuevo Testamento, el mensaje cristiano se identifica con el mensaje de la parusía y se le llama «la esperanza bienaventurada» (Tito 2: 13). Así, cuando Pedro insta a los creyentes a profundizar su conocimiento del cristianismo, les habla concretamente de estar «siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3: 15).


Parusía y esperanza

Desde mi perspectiva de creyente veo la espera y el anuncio de la parusía como un importante elemento de respuesta al drama humano, puesto que su razón de ser última es poner fin al problema del mal.

De ahí que, para el cristiano, la espera sea principalmente gozosa. Como ser humano, sufre, se impacienta y llora, pero no de la misma manera que los «que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4: 13). La espera de la parusía le permite vivir sin temor, aunque la vida parezca insoportable, porque su futuro está asegurado. “No temáis” es un verdadero leitmotiv en las predicaciones de Jesús. Las terribles señales de los tiempos no le amedrentan, porque Jesús le ha dicho: «Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca» (Lucas 21: 28). Para él, los horrores humanos no son la última palabra de la realidad. Si Dios ha de juzgar la historia, la situación del mundo sólo puede ser terrorífica para el que todo lo espera de los hombres. Para el que confía en Dios, la última palabra la tendrán la justicia y el amor.

A diferencia de las escatologías profanas, elaboradas por la fantasía, el miedo o la curiosidad frente al futuro, las descripciones bíblicas sobre las últimas cosas son sumamente sobrias y se embozan de un halo de misterio. Dios ha preferido para nosotros una espera a una gnosis. «Las cosas secretas pertenecen a (…) Dios, mas las reveladas son para nosotros» (Deuteronomio 29: 29). De ahí que podamos afirmar tan poco, que sepamos tan poco sobre la realidad por venir. La mayoría de las declaraciones sobre el más allá no dicen cómo será, sino que se limitan a decir cómo no será: «Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21: 4).

Este no conocimiento del futuro nos pone en guardia contra el peligro de intentar convertir la segunda venida de Cristo en una mera culminación de una “agenda del fin del mundo”, o en la última página del gran calendario profético.

Por otra parte, lo esperado no afecta solamente a una realidad futura. Es en cierto sentido una realidad presente. Porque aunque se refiera un acontecimiento histórico, y por consiguiente a una interrupción en el tiempo, y a un día final, como la vida de los seres humanos es tan incierta, la parusía y el juicio son posibles a cada momento para cada uno de nosotros, con la llegada de la muerte.

De ahí que las Escrituras den a la segunda venida de Cristo un sentido ineludible de inminencia y de repentinidad: «El día del Señor vendrá como un ladrón en la noche» (2 Pedro 3: 10). «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Mateo 24: 42). De ahí también que, ante la espera, se nos invite a vivir «aprovechando bien el tiempo» (Efesios 5: 16). Porque si no esperamos a Cristo en lo inminente no lo esperamos en absoluto. Retrasar su venida a un hipotético futuro, lejos de nuestra vida personal, es dejar de esperarla. Ese es el peligro en el que cayó el siervo insensato de la parábola: empezar a decirse en su corazón: “Mi Señor tarde en venir” (Mateo 24:48).

Así pues el cristiano no puede separar la parusía de sus actos de hoy. Todo el tiempo que pueda haber entre ambos acontecimientos no es más que el tiempo de la gracia, del arrepentimiento, de la acción y de la misión. Cualquier margen de distancia que pongamos entre lo esperado y la vida es un margen a expensas de la esperanza. Como seres humanos, tendemos a pensar que somos dueños del tiempo. Pero como creyentes sabemos que no tenemos tiempo. Que hemos de vivir siempre en espera de la parusía porque la parusía no espera.


Esperanza y acción

La espera de la parusía comporta, por consiguiente e inevitablemente, una ética. Lo que se espera influye en la vida presente, de modo que el porvenir del creyente afecta ya su existencia actual. En vez de dejarlo pasivo, instalado en su comodidad o en su desazón, lo transforma sin cesar y exige de él un compromiso constante.

Hasta que la promesa final se cumpla, presente y futuro, experiencia y esperanza seguirán en conflicto; porque la esperanza condena a la experiencia a ser una realidad pasajera que un día será superada por la realidad definitiva (Romanos 8: 24, 25). El cristiano vive en su vida la misma contradicción que hay entre la cruz y la resurrección; entre el porvenir de justicia que deseamos y el estado de injusticia en el que vivimos; entre la vida eterna que se nos promete y la muerte actual que nos acecha; entre la gloria futura y el sufrimiento presente; entre la paz prometida y nuestras vidas en conflicto. Para un cristiano, esta esperanza está en el corazón de su teología y de su vida.

La parusía, en el Nuevo Testamento, lejos de ser un simple consuelo frente al sufrimiento y la muerte, es la condena divina del sufrimiento y de la muerte. Esperarla no puede significar inhibición y conformismo, sino inquietud e impaciencia. Quien realmente desea la solución del drama humano no puede jamás acomodarse a la realidad actual, sino sufrir con ella y rechazarla. Esperar no es escamotear u olvidar la realidad en la que se vive. No es evadirse de lo desagradable, refugiándose en un proyecto utópico, o en un sueño quimérico. La esperanza en el reino venidero no permite acomodarse al presente con sus imperfecciones, ni desentenderse de este valle de lágrimas para refugiarse mentalmente en un futuro imaginario. Hay en ella una fuerza que impulsa al hombre a ocuparse de la transformación de este mundo devastado y de los seres humanos que lo habitan, porque ese es el reino que le ha sido prometido y ellos son los candidatos al reino.

La expectativa de la parusía no anula las ansias de renovación en esta vida sino que, al contrario, las suscita, a la vez que las relativiza y las orienta.

Quien de veras desea que Dios reine definitivamente sobre nuestro caos, siempre estará en lucha contra todos los gérmenes de la resignación. Como cree en lo posible, cree también en lo que es posible aquí. Su esperanza es un fermento activo de transformación. Cuando Cristo nos dijo que esperásemos su regreso nos encargó al mismo tiempo una misión: «Dichoso aquel siervo, al cual, cuando su señor venga, le halle obrando así. De cierto os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda» (Mateo 24:46). Precisamente el rechazo divino cae sobre los que confunden espera con inacción, y no ponen en juego los talentos recibidos (Mateo 24: 48-51).

En la parábola del retraso de la parusía, la condenación divina se aplica sobre el que se deja llevar por lo más superficial de la vida, sobre el que no hace nada para ocupar la espera. Sobre el que, ante los nuevos plazos que se conceden, ante las infinitas perspectivas de realización que Dios le ofrece, rehuye, se inhibe. Dios le propone una nueva creación, pero él vive como si todo fuera a ser siempre igual. Dios lo honra con sus promesas pero él las rechaza, no hace nada para alcanzarlas. Su pecado –el más fácil de cometer– no está en el mal que hace sino en el bien que deja de hacer; no está tanto en sus errores como en sus negligencias. Es, en realidad, el pecado de la falta de esperanza.

La esperanza auténtica tira del hombre aferrado a su presente incumplido y le impide acomodarse a las cosas tal como son. Es precisamente la distancia que hay entre su realidad y lo que espera lo que le impide conformarse, lo que lo impulsa al rechazo del mal y a la lucha a favor del ideal que Dios le propone.

El que espera en la parusía es un homo viator, alguien siempre en camino, que sufre, trabaja, lucha y sueña por compartir con los demás su empeño por una realidad mejor, definitivamente justa y verdadera.

Así pues, la esperanza de la parusía ayuda a la comunidad cristiana a realizar su vocación y a ser un agente transformador constante en el seno de las sociedades humanas, porque éstas siempre defraudarán nuestras últimas aspiraciones, y jamás podrán satisfacer nuestros más profundos anhelos. «Porque no tenemos aquí una ciudadanía permanente, sino que buscamos la que está por venir» (Hebreos 13: 14).

La misión de la iglesia es una misión escatológica por excelencia: devolver la esperanza a un mundo desesperanzado.


Esta misión no se puede reducir, sin embargo, a una teología horizontal, en la que el hombre se construye su propia tierra nueva. Porque mientras el mal no sea desarraigado de nuestros corazones, toda solución humana radical no será más que una solución totalitaria y violenta.

Tarea difícil en la que Jesús nos aconseja empeñar todos nuestros talentos. Aunque la esperanza, como otras actitudes –o estados de ánimo– se comparte tanto por contagio como por convencimiento.

A los que rechazan la esperanza cristiana por no considerarla realista, preguntamos si es más realista esperar un mundo mejor que venga sólo del hombre. A la luz de la experiencia de la historia, ¿no es más probable, de seguir así, que lo que el hombre produzca por sí mismo se parezca más a un infierno que a un paraíso?

La esperanza cristiana es realista porque toma en serio todas las posibilidades que surcan la realidad, sin excluir lo trascendente. Así pues, esperar, para el creyente, no es sinónimo de utopía; porque no es tender hacia lo que no existe, sino hacia lo que no existe aún. Esperar es creer que para Dios todo es posible (Marcos 10: 27), y por consiguiente, es estar abierto a su acción transformadora. Heráclito ya decía que "sólo el que espera lo inesperado será capaz de alcanzarlo."

Por eso, la esperanza no solo permite tender hacia la vida eterna, sino, sobre todo, vivir plenamente nuestra vocación de hombres en este mundo efímero, en el que todo parece desmentir nuestras expectativas, y en el que nos toca “esperar contra toda esperanza” (Romanos 4: 18). Y proseguir solo por fe (Romanos 1: 17).

Esperar en ese Cristo que viene es, pues, una respuesta al drama humano, en dos tiempos. Ahora, ya. Porque esperar no es “no tener” sino “no tener todavía”. Y esa victoria, esa solución prometida es la que da la fuerza para continuar la lucha. Y al esperar a Aquel que nos transformará definitivamente, somos ya renovados por la inmensa solicitación de su gracia. De modo que vivimos nuestro drama humano entre un “ya” y un “todavía no”. Entre un ahora de esperanza y un entonces de plenitud prometida.

Entre tanto, «somos salvos en esperanza» (Romanos 8: 23-24).

Para escribir al autor: roberto.badenas@euroafrica.org

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