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Francisco (XXIII): Todo es imagen y estrategia
© Simón Itunberri (@SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com)
www.laexcepcion.com (16 de junio de 2016)

Descripción: http://www.cristohoy.org/admin/imagenes/noticia/1417833724francisco-con-gerhard-muller%20%28Copiar%29.jpg

Desde que llegó al trono papal, casi todos asumen que Bergoglio es un papa reformista, incluso revolucionario, que está transformando profundamente la Iglesia Católica Romana (ICR). Como muchas de sus palabras y gestos chocan con las tradiciones de su iglesia, hay sectores conservadores, tanto de la jerarquía como del laicado, que vienen mostrando su rechazo a un excesivo aperturismo.

Se considera que en la propia Curia existe un partido de jerarcas opuestos a la línea de Francisco, incluso a su persona. Entre ellos destacaría Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Tribunal de la Inquisición), cargo al que fue designado por Benedicto XVI en 2012. Muchos creen que su presencia en la Curia es por tanto una herencia de la que Bergoglio “no ha podido” desembarazarse, pero no tienen en cuenta que el papa ostenta completa potestad para realizar cambios en la Curia. Además, si Müller hubiera sido un obstáculo para los planes de Francisco, ¿por qué este lo habría elevado a la influyente categoría de cardenal en febrero de 2014?


«Es una estrategia»

En una visita a España en mayo de 2016, Müller explicó ante un público formado por estudiantes y profesores de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, en el que se encontraban también obispos como Rouco, Osoro y Martínez Camino, el contenido de una reunión que mantuvo con Francisco: «Al comienzo del Pontificado, el Papa Francisco y yo hablamos. Vimos que con los papados anteriores la prensa nos acusaba a la Iglesia de hablar solo de sexualidad y de hablar sólo contra el aborto y esos temas. Y decidimos con Francisco hablar siempre, siempre, siempre de lo positivo, sin olvidar las otras dimensiones. Si nos fijamos, en los textos del Papa Francisco aparece la ideología de género, el aborto... sí, esos temas aún aparecen. Pero nos centramos en lo positivo.»

Añadió Müller: «Es una estrategia contra estos círculos de la opinión pública que quieren encerrar a la Iglesia en la imagen de que sólo habla de sexualidad. Es una estrategia. El Papa Francisco tiene su propio estilo. Él dice que se siente como un párroco, dice que la base de la doctrina ya está clara en los textos de Benedicto XVI. Él dice: “adelante con la teología”, pero él tiene el carisma de comunicarse con la gente y quiere servir desde ese carisma…».

Müller considera que «tenemos que aceptar al Papa como es, como él se entiende a sí mismo». «Varias veces Francisco afirma: “yo no quiero cambiar la doctrina”. Todos saben que la doctrina no se puede cambiar, no es de nuestra propiedad. Es un depósito de la fe que tenemos que preservar en fidelidad a la palabra de Dios.»

Según Müller, esa estrategia ha tenido éxito: «Creo que podemos ver en la reacción de la prensa que hoy hay menos agresividad contra la Iglesia. No se han convertido todos al catolicismo, claro, pero al menos hablan de otras cosas. Hablando de Laudato Si´ podemos hablar de la Creación, podemos introducir el tema del Creador, por ejemplo. Eso fue lo que hablamos: hacer un cambio, tratar esos temas, y profundizar luego en la dimensión de Dios.»

Dice además Müller: «Ningún hombre puede realizar en su persona todos los carismas de la Iglesia, tampoco el Papa Francisco. El Papa es un hombre como cualquier otro, que no puede estar siempre dando declaraciones magistrales. […] La Iglesia no es sólo el Papa: la Iglesia tiene las diócesis, las parroquias… Una homilía de párroco tiene la misma importancia que las homilías de Francisco en Santa Marta. Las homilías de Santa Marta son un impulso espiritual, pero no son declaraciones del Magisterio. Para usted, en su parroquia, la prédica de su párroco es más importante que las homilías del Papa».

Sin duda, aquí Müller está poniendo en marcha parte de la estrategia “de despiste” que él mismo ha descrito, pues según la doctrina oficial católica, el papa en cuanto tal no es un hombre como cualquier otro, sino que está dotado de un carácter sacral y de unas atribuciones sobrehumanas, a las que Bergoglio jamás ha renunciado (entre ellas la infalibilidad, que Francisco ha confirmado ostentar). Y, frente a lo que afirma Müller, la Iglesia Católica Romana sí es el papa, en el sentido de que en última instancia absolutamente todo el poder, la autoridad y la iconografía mediática se concentran en él, y todo remite a su figura, tal y como Bergoglio ha confirmado (ver Francisco (VII): Organización de la iglesia). Considérese, por ejemplo, cómo el largo proceso del sínodo sobre la familia concluye con una “exhortación apostólica” firmada exclusivamente por el papa, en la que él dicta la última palabra sobre los asuntos tratados. Y así con todo lo demás. Sin papa no hay ICR.

Pero, obviamente, esa imagen tradicional no resulta aceptable para gran parte de la sociedad actual, por lo que el papado opta por ofrecer un rostro “más humano” y sencillo.

Según Müller, Francisco «cuenta sus impresiones, da conversación cotidiana… y luego resulta que esas cosas saltan a la prensa como si fueran declaraciones ex cátedra. ¡Es ridículo!». No, no es ridículo, es parte de la estrategia. Bergoglio puede resultar espontáneo, pero no es tonto. Conoce perfectamente el impacto que tienen sus declaraciones, y emite intencionalmente mensajes contradictorios para satisfacer a todas las corrientes de su iglesia y los diferentes sectores de la sociedad, procediendo a un hábil reparto de papeles entre él y diferentes jerarcas, como se explica en el artículo Francisco (XII): Su estrategia comunicativa. En realidad supone la aplicación del secular y típicamente jesuítico Principio de Sí Contradicción de la ICR, pero a una escala más amplia y profunda.


Una institución adaptativa

La gente en general, y los analistas también, olvidan que el papado es una institución que actúa con un cálculo a largo plazo. Siempre ha resultado tremendamente adaptativa, excepto en el periodo de las revoluciones del siglo XIX, cuando en gran medida perdió el tren de la historia al reaccionar a los desafíos de la nueva etapa histórica con respuestas muy agresivas (oposición frontal al liberalismo, Concilio Vaticano I, infalibilidad…); pero en el siglo XX, y en especial con el Concilio Vaticano II, entró en lo que L. de Chirico denonima “la era del catolicismo compatible y cautivador“, en la que la estrategia consiste en hacer que parezca que todo se transforma, sin que nada cambie realmente. De este modo se puede alcanzar a los sectores más suspicaces o indiferentes hacia la Iglesia Romana.

Tras la etapa reaccionaria de Wojtyla el observador atento podía prever que la ICR buscaría un rostro aperturista. Pero los cardenales calcularon bien: todavía se podía dar una vuelta de tuerca más al énfasis conservador, a fin de consolidar la identidad imperial del papado, y a la vez suscitar en los sectores aperturistas más sed por un cambio. Así que pusieron a Ratzinger, seguramente ya con la idea de que, en el momento oportuno, renunciara para dar paso a un papa que, como predijimos en LaExcepción, habría de ser «alguien muy dinámico, incluso juvenil, que despierte ilusión en un mundo angustiado por la “crisis” y las guerras. Para lo cual convendrá que, además, irradie pureza» (¿Un papa que abandona?, II).

Así es como llegó el pseudorrevolucionario Bergoglio, que está desempeñando su papel a la perfección: parece que todo cambia, pero todo sigue igual (en temas de reproducción y homosexualidad, en la concepción del matrimonio, en las doctrinas, en el concepto de iglesia, en la gestión de la pederastia…). Como resultado, todos le aplauden, incluso parte de la izquierda radical.

La estrategia papal entraña un riesgo, que es la aparición de escisiones por la derecha; es evidente que hay sectores conservadores que se sienten muy incómodos con los gestos de Francisco y las implicaciones que pueden tener. Pero el papado sabe que aunque en ese flanco genere estupor, descontento y protestas, precisamente por ser de línea ultraconservadora es muy difícil que en estos círculos se genere un cisma que amenace al papado. El fracaso de décadas de desafío lefebvriano desanimará a cualquier corriente reaccionaria a ir más allá de las lamentaciones. Precisamente parece que será este papa tan “progresista” quien consiga restablecer a los cismáticos seguidores de Lefebvre, algo que resultará sorprendente para muchos, pero no para quienes comprenden el proyecto omniabarcante de esta institución (ver Francisco podría conceder una Prelatura Personal o un Ordinariato a los lefebvrianos).>

Los ultraconservadores no irán mucho más allá de lamentarse y de expresar el deseo de que este pontificado no dure demasiado, y de que el siguiente papa revierta la tendencia marcada por Bergoglio. Algo que es perfectamente posible: también se pensaba que el estilo aperturista de Juan XXIII e incluso de Pablo VI era irreversible, pero (tras la extraña muerte de Juan Pablo I) llegaron Wojtyla y Ratzinger a restablecer abiertamente el modelo imperial. El papado se consolida adaptándose hábilmente a cada época, y además juega con movimientos pendulares que van contentando, alternativamente, a “derecha” e “izquierda” (tanto internas como externas). Lo principal es que nada sustancial cambia jamás.

Una prueba más de que el estilo de Francisco (pues los supuestos cambios no van más allá del estilo) no supone ninguna oposición al de Benedicto XVI, sino que ambos forman parte de una misma estrategia, es que las veces en que este se ha pronunciado sobre su sucesor, lo ha hecho para elogiar su gestión y para apoyarlo incondicionalmente (ver 1 y 2 para comprobar que no son palabras de cortesía).

Sin duda hay jerarcas incómodos con Francisco. Pero en los altos niveles todos comparten una misma estrategia de convertir al papa en el indiscutido líder mundial. Para ello Bergoglio despliega sus encantos aperturistas e incluso “progres”, pero también es necesario que la vieja guardia siga activa para apaciguar a las grandes masas conservadoras de su iglesia. Müller en su visita a España no pudo, obviamente, explicar todos los detalles de la estrategia, pero su mensaje, que pasó prácticamente desapercibido a los aperturistas, fue muy claro: “Todos saben que la doctrina no se puede cambiar”; el estilo de Francisco “es una estrategia” diseñada conjuntamente con conservadores como el propio Müller, cuyo objetivo es superar la “imagen” negativa del papado.

@SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com
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Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

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Fuentes de la imagen: cristohoy.org

 

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