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A propósito del caso Dreyfus
© Simón Itunberri (@SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com)
www.laexcepcion.com (4 de febrero de 2020)

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Causas y consecuencias de la oleada de antijudaísmo desatada con motivo del caso Dreyfus.

El film de Roman Polanski El oficial y el espía (2019) ha puesto de actualidad el caso Dreyfus, no muy conocido fuera de Francia (quizá por ello –y es una pena– en la versión española no se ha conservado el título original, J’accuse).

Para quien no haya visto la (muy recomendable) película, la historia en síntesis es la siguiente: en 1894 Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, es acusado de entregar a los alemanes secretos militares. Juzgado por un tribunal militar, es condenado a cadena perpetua. Pero el nuevo jefe de contraespionaje, el coronel Picquart, descubre que el auténtico espía había sido el mayor Esterhazy. Algunos políticos de peso, como Clemenceau, se pronuncian en favor de Dreyfus, y el novelista Émile Zola publica una serie de artículos en su defensa, entre ellos “J’accuse” (1898), que supone un auténtico bombazo: toda la jerarquía del ejército queda acusada de arbitrariedad, injusticia, antisemitismo y maniobras para tapar intereses ocultos. La opinión pública se divide en dreyfusards y antidreyfusards y los disturbios antijudíos se propagan por todo el país. Dreyfus consigue la revisión del caso, pero es condenado de nuevo, en esta ocasión a diez años de trabajos forzados. Extenuado, en 1899 el capitán acepta el indulto presidencial.

La película de Polanski es de gran interés porque la historia humana que cuenta es inquietante y aleccionadora en muchos sentidos. Pero además tiene la virtud de rescatar para el gran público unos hechos históricos que tuvieron gran trascendencia y que de algún modo todavía, más de un siglo después, son de actualidad.

El caso Dreyfus dividió a la sociedad francesa en dos bloques que, como en todo conflicto, no tenían los contornos totalmente definidos, pero en lo esencial sí que se polarizaron: el antisemitismo frente a la aceptación del diferente, el prejuicio frente a la sagrada presunción de inocencia, el colectivismo frente al valor de la persona, el clericalismo frente al laicismo, la derecha frente a la izquierda, la nostalgia por la monarquía frente al republicanismo progresista, el militarismo jerárquico frente a la democracia igualitaria.

El papel de los jesuitas

El espíritu intransigente y autoritario que con ocasión del caso Dreyfus afloró en Francia era reflejo del conflicto no resuelto entre tradicionalismo y progresismo que venía viviéndose desde la Revolución de 1789. Tras un convulso siglo XIX, la Tercera República (que nació ejecutando y reprimiendo duramente a miles de obreros de la Comuna de París en 1871) trató de establecer un orden liberal en el país. Sus dos principales enemigos eran los sectores reaccionarios y monárquicos de la casta militar y el clero católico. Ambos se confabularon contra la República en el caso Dreyfus.

Como explica Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Antisemitismo, «el Ejército –sumido en un vacío político por la III República– aceptó de buena gana la guía del clero católico». En concreto, «fueron los jesuitas quienes siempre habían representado mejor, tanto por escrito como verbalmente, la escuela antisemita del clero católico. Este hecho es en amplia medida consecuencia de sus estatutos, de acuerdo con los cuales todo novicio debía probar que carecía de sangre judía hasta la cuarta generación».

Dice Arendt que «la revista de los jesuitas La Civiltà Cattolica fue durante décadas la más abiertamente antisemita y una de las revistas católicas más influyentes de todo el mundo. Publicaba propaganda antijudía mucho antes de que Italia se tornara fascista y su política no se mostró afectada por la actitud anticristiana de los nazis». La influencia de esta orden también fue decisiva en la orientación extremadamente reaccionaria de la política internacional del papado desde principios del siglo XIX y en el acelerón ultraautoritario que desde el Concilio Vaticano I experimentó el propio papado, erigido en «una monarquía absoluta cuya política puede ser dirigida por los jesuitas y cuya evolución pueda ser determinada oprimiendo un botón».

El régimen liberal había permitido que los judíos adquirieran la condición de ciudadanos franceses de pleno derecho. De este modo fueron accediendo a posiciones antes inalcanzables, como el ejército. «Pero –señala Arendt– cuando los judíos comenzaron a buscar la igualdad en el Ejército se enfrentaron con la decidida oposición de los jesuitas, que no estaban preparados para tolerar la existencia de oficiales inmunes a la influencia del confesionario». De modo que desplegaron «el primer intento, y el único anterior a Hitler, de explotar el “gran concepto político” del antisemitismo en una escala paneuropea». En la lucha entre judíos y jesuitas «los judíos no aspiraban a un grado de poder más elevado del que ostentaban las demás camarillas en las que se había escindido la República. Todo lo que deseaban por entonces era una influencia suficiente para lograr sus intereses sociales y económicos. No aspiraban a una participación política en la dirección del Estado. El único grupo reconocido que tenía tal aspiración era el de los jesuitas».

En El oficial y el espía solo hay una breve referencia a la intrusión jesuítica en el caso: es la que desliza Zola en su artículo “J’accuse” (esa valiente pieza maestra del periodismo de todos los tiempos que todo el mundo debería leer) cuando acusa a un general de haber ocultado las pruebas de la inocencia de Dreyfus «por pasión clerical». En párrafos previos el gran novelista denuncia que el oficial judío era víctima «del ambiente clerical en que se encontraba», y clama: «¡Qué limpieza el gobierno republicano debería hacer en esa “jesuitería”, como la llama el mismo general Billot!».

Resulta paradójico que los propios jesuitas también han sido a lo largo de la historia objeto de estigmatizaciones generalizadas. Hay que señalar que en el propio contexto del caso Dreyfus no todos los jesuitas seguían la línea oficial de la orden (por ejemplo, Charles Louvain denunció la falsedad de los Protocolos de los Sabios de Sión, un muy influyente texto antijudío cargado de fantasía y elucubraciones). Y, desde luego, es fácil deducir que había frailes “de a pie” de esta orden que no estaban implicados en la campaña contra los judíos.

La Civiltà Cattolica declaró que los judíos debían ser excluidos de la nación en Francia, Alemania, Austria e Italia, y la prensa católica casi sin excepción se pronunció contra Dreyfus en todos los países. Pero el papa León XIII, que hasta entonces había mantenido silencio, se manifestó contrario al antisemitismo en una entrevista publicada en 1899. Estas declaraciones desinflaron el antijudaísmo católico, que aun así no dejó de estar presente hasta pasada la Segunda Guerra Mundial (el teólogo católico Hans Küng en su libro El judaísmo. Pasado, presente, futuro ofrece una excelente síntesis de las relaciones entre la jerarquía católica y el nazismo).

¿Resolución del caso?

Todavía hoy quedan sin despejar algunos puntos decisivos del affaire: por ejemplo, no se sabe si la carta acusatoria contra Dreyfus (el bordereau) fue falsificada por el comandante Henry siguiendo órdenes del Estado Mayor o por propia iniciativa. Tampoco se ha aclarado quién ordenó el intento de asesinato de Labori, el abogado de Zola (aunque en la película parece que muere, en realidad sobrevivió al ataque y vivió hasta 1917).

A Dreyfus le correspondió el trágico papel de chivo expiatorio en un contexto muy poco favorable. Incluso entre los judíos franceses pocos le apoyaron abiertamente, porque la mayoría estaban afrontando un proceso de asimilación social y no querían destacarse como antipatriotas. En la Asamblea francesa de 600 diputados solo dos defendieron a Dreyfus; uno de ellos era el socialista Jean Jaurès que, debido a esta posición, fue castigado por su electorado y no salió reelegido en los comicios de 1898.

Finalmente, el asunto se resolvió de una forma rápida e interesada, sin que realmente se alcanzara –ni mucho menos se sanara social y políticamente– el fondo del asunto, que era el arraigado prejuicio antijudío. Dreyfus fue absuelto por el gobierno y su caso quedó como un error judicial, no como una injusticia flagrante que había machacado a un inocente y puesto en la picota a todo un colectivo. El giro en favor de Dreyfus en la clase política no vino de asimilar unos principios éticos, sino del miedo a un boicot internacional a la Exposición de París de 1900. Cuando el éxito de esta ya estaba asegurado, el Parlamento volvió a mostrar su auténtico rostro al negarse a revisar la sentencia de condena inicial.

En 1906 Dreyfus fue rehabilitado y reintegrado en el ejército, pero la polémica no se cerró. En 1908 fue abiertamente agredido en la calle y el tribunal parisino que absolvió a su atacante declaró que discrepaba de la absolución del capitán. En la sociedad francesa, y en la europea en general, permaneció incubado el antijudaísmo que tan terribles estragos causaría en las décadas siguientes.

Uno de los efectos del caso es que la oleada de antijudaísmo alentó las tendencias más radicales del sionismo. El propio Theodor Herzl cubrió como periodista el affaire Dreyfus; en 1896 publicaría El Estado judío y al año siguiente fundaría la Organización Sionista Mundial. En las primeras décadas del siglo XX el sionismo (que era una corriente muy minoritaria entre los judíos europeos) fue adquiriendo tintes cada vez más extremistas hasta el punto de convertirse en un ultranacionalismo con muchos puntos en común con los fascismos, como documenta el historiador judío Lenni Brenner en su obra Sionismo y fascismo. El sionismo en la época de los dictadores.

La memoria histórica oficial francesa exalta el mito de la resistencia y minimiza la sangrante realidad de que un porcentaje muy amplio de la nación simpatizaba con el antijudaísmo y el racismo. El propio presidente Charles de Gaulle, que había sido el máximo representante de la “Francia Libre”, calificó en 1967 a los judíos de “pueblo elitista y dominador”. La propaganda y el cine han conseguido hacer creer que los únicos racistas eran los alemanes, cuando lo cierto es que en toda Europa estaban presentes ideas antisemitas, supremacistas, racistas, antiigualitarias y totalitarias. Así, mientras hoy en ceremonias oficiales anuales se consagra la imagen del alemán nazi extremista y criminal, se olvida que ese perfil era común en muchos estratos sociales de todo Occidente.

No hay que olvidar que el antisemitismo del siglo XIX y primera mitad del XX en gran medida es una rama más de la ideología supremacista muy generalizada entre la intelectualidad y las clases dominantes. En plena expansión imperialista, triunfaba la convicción de que la raza aria era superior a las demás, incluida la “raza judía”. Biólogos y antropólogos, adheridos al darwinismo, consideraban a los negros un estadio intermedio entre los primates y los blancos. Científicos, geógrafos, políticos del máximo nivel y escritores proclamaban la superioridad de la raza blanca. Obras como el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1855) del francés Joseph Arthur de Gobineau gozaban de gran popularidad, al igual que numerosos tratados antijudíos que no solo se difundían en Alemania: por ejemplo, el británico Houston Stewart Chamberlain fue un precursor del nazismo, y el famoso ingeniero automovilístico estadounidense Henry Ford publicó El judío internacional, el mayor problema mundial, obra muy admirada por Hitler.

Los nazis avant la lettre

Aunque brevemente, la película muestra cómo el caso Dreyfus fue la excusa para uno más de los numerosos pogromos que desde la Edad Media vivió la minoría judía en toda Europa. Esos breves segundos del film en el que el populacho enfervorecido grita “¡Mueran los judíos!”, pinta estrellas de David y rompe los cristales de sus tiendas, a la vez que quema libros de Zola por defender a un “pérfido judío”, nos recuerdan que la Noche de los Cristales Rotos de 1938 (auspiciada por un Estado totalitario, de ahí su mayor gravedad) fue también la culminación de una serie secular de ataques antisemitas. Los asaltos antidreyfusards son un momento espeluznante en el que comprendemos que las masas justicieras pueden ser capaces de la mayor de las injusticias y abrir el camino a la barbarie. Recordemos que los disturbios no solo se desarrollaron en París, sino también por toda Francia, con complicidad de la policía, e incluso en Argelia, donde el propio alcalde de Argel promovió un pogromo que resultó en el saqueo de tiendas, la muerte de varios judíos y la violación de algunas mujeres de esta minoría.

Se filman muchísimas películas sobre nazis, pero muy pocas de aquellos episodios de la historia de Occidente en los que la mayor parte de la sociedad biempensante era de ideas que hoy no dudaríamos en equiparar con las de los nazis. Los “malditos bastardos” del III Reich alemán interesan mucho a Hollywood, pero los nazis avant la lettre no. La película de Polanski solo muestra algunas briznas de aquella mentalidad racista y ultraviolenta de personajes destacados que con motivo del caso Dreyfus expresaron las mayores salvajadas imaginables. Trescientos clérigos promovieron el Memorial de Henry, una publicación cuyo fin era recaudar fondos para la viuda del coronel Henry, uno de los inculpadores de Dreyfus que se suicidó (como se puede ver en la película de Polanski). En el documento se pedía que los judíos fueran despedazados, cocidos vivos, fritos en aceite, traspasados con agujas hasta morir o “circuncidados hasta el cuello”. Un grupo de oficiales proponía abiertamente que, a modo de prueba bélica, un reciente cañón fuera descargado sobre los cien mil judíos del país. Entre los suscriptores a esta publicación figuraban más de mil oficiales, cuatro generales en servicio y el propio ministro de la Guerra, el general Mercier, además de intelectuales como Paul Valéry, e incluso judíos.

La semilla antijudía venía de muy atrás y por tanto tras la resolución del caso Dreyfus permaneció arraigada en el país. En 1940 la Alemania nazi ocupó media Francia y la otra mitad quedó bajo el régimen colaboracionista y antisemita del mariscal Pétain. Cuando este gobierno introdujo rápidamente una legislación antijudía no fue por la presión del Reich, sino por el antisemitismo ya asentado en la sociedad y el establishment franceses. Los colaboracionistas, por convicción o por interés, estaban en todas partes. También supieron camuflarse bien cuando cayó el Tercer Reich.

Como señala Arendt, «no fue ciertamente en Francia donde pudo hallarse la verdadera secuela del affaire, pero no es difícil hallar muy lejos de allí la razón por la que Francia fue presa tan fácil para la agresión nazi. La propaganda de Hitler empleaba un lenguaje muy familiar y nunca completamente olvidado». Escribe también: «El preludio del nazismo fue interpretado en toda la escena europea. Por eso, el caso Dreyfus es más que un “delito” curioso y perfectamente aclarado, un enredo de oficiales del Estado Mayor.»

Odio a las minorías

El antijudaísmo funciona de manera similar a todas las demás explosiones de prejuicios e intolerancia: estas se basan siempre en unos hechos o unas cualidades atribuidas a un colectivo, que luego se acentúan, exageran y mitifican, y el mito sirve de excusa para denigrar a toda la comunidad estigmatizada. En el caso de los judíos el estigma ha ido variando a lo largo del tiempo: en la Edad Media predominaban la inculpación por  haber “matado a Cristo” y los libelos de sangre (acusaciones de practicar horribles crímenes con sangre humana en sus ceremonias). Posteriormente va cobrando protagonismo la teoría conspiratoria de que los judíos tienen un plan para dominar el mundo. Para ello se les atribuyen estrategias que, aun siendo contradictorias, muchas veces se superponen (no hay más que leer Mein Kampf, de Hitler): proyectos de dominio bien por medio de la banca y el capitalismo, bien por medio del bolchevismo.

Es cierto que hubo y hay judíos en el corazón del capitalismo mundial. Por ejemplo, poco antes del caso Dreyfus estuvieron presentes como intermediarios en el escándalo de Panamá, un sucio asunto financiero y de corrupción que manchó a gran parte de la clase política francesa y que predispuso a las masas todavía más en contra de los judíos (a la casta política le venía muy bien que la ira popular se centrara en esta minoría y no en ellos). Además, dada su histórica tendencia a la actividad financiera y organizativa, había representantes de esta pequeña minoría en los grandes negocios y en todas las corrientes políticas.

El problema consistió, como siempre, en atribuir a esta presencia un fin conspiratorio; y más grave todavía es creer que todo judío, desde el gran banquero hasta el modesto tendero de barrio, está implicado en esa conspiración (máxime cuando, a diferencia de otros colectivos acusados de conspiración, como la masonería o los propios jesuitas, la inmensa mayoría de los judíos lo son por nacimiento y tradición, no por vocación o afiliación; incluso muchos son considerados judíos porque, aunque no comparten esa fe, tienen antepasados judíos).

El prejuicio y la generalización son la semilla de la persecución, antaño y hoy, contra los judíos o contra cualquier minoría. Por eso, por mucho que la oficialidad conmemore con grandes lamentos el Holocausto (olvidando de forma interesada, por cierto, otros genocidios históricos y actuales), el embrión de nuevas estigmatizaciones nunca se ha extinguido, ni seguramente se extinguirá. Para la próxima persecución solo hay que esperar a una oportuna combinación de crisis económica, social y política, una buena dosis de manipulación de los medios de comunicación (y de explosión de las redes sociales), un colectivo que convenga exponer como chivo expiatorio y una hábil utilización del Big Data y demás medios de control social.

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