Los hinchas políticos y el nuevo fascismo
© J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (18 de agosto de 2003)

El simplismo bipolar, cada vez más general, convierte a los políticos, a los informadores e incluso a los “intelectuales” en meros propagandistas.

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»

(F. Nietzsche, Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Las coyunturas críticas, de enfrentamiento, favorecen la simplificación y la polarización general de las posturas. Las pasiones se avivan, el lenguaje deviene extremista, la razón fría y serena queda fuera de combate. Se hace así patente que bajo el traje de hombre ilustrado, civilizado, el monstruo sigue intacto. Los siglos de progreso no le han hecho mella. Contra lo que muchos creyeran, la barbarie sigue viva y pletórica.

La verdadera identidad del hombre natural, pese a los cantos humanistas, es una fiera agazapada que a la mínima excusa se lanza sobre su presa. La excusa suele venir en la forma de un estímulo que le permita mostrar, desahogar, su radical insatisfacción. Constreñido por las convenciones sociales, azotado por las frustraciones, el ser humano acumula violencia contra su entorno mediato e inmediato. Salvo que la canalice en la única dirección saludable –la misma que hace posible dejar de generarla–, acabará proyectándola contra el exterior.

En el campo de la política esto es cierto de manera muy particular. Y muy grave. Aunque no “todo es política”, como les gusta decir a ciertos comentaristas de posible vocación totalitaria, se trata de un ámbito que implica en algún grado a todo el mundo. A fin de cuentas, la política es la gestión de la cosa pública, que a todos concierne. Y en situaciones de creciente rostro autoritario, como la actual, la sombra del poder se agiganta, invadiendo la esfera del individuo, su intimidad, que tanto tiene que ver con sus derechos inalienables.


Simplismo bipolar

Cuando el mundo se polariza (guerra fría, 11-S...), el discurso también lo hace. Y esto es lo que tiende a ocurrir entonces:

  • Cada parte exige un pensamiento único, el suyo. Intenta imponer su propia corrección política. Espera adhesiones incondicionales. Las “terceras (o cuartas, o quintas...) posiciones” no valen, pues siempre le hacen a uno sospechoso de pertenecer al otro bando. La polarización es, pues, bipolarización.

  • Cada parte, ya se ha apuntado, deviene un bando militar. La realidad entera se militariza, se consagra el estado de guerra. Guerra política, guerra mediática, guerra de propaganda. Puede ser la retaguardia de la guerra “real” –la que tiene lugar en las “trincheras”–, pero también puede ser su antesala. Puede ser caliente o fría. Es un clima que, en nuestro tiempo, ya se ha hecho permanente.

  • El objetivo de cada bando, no podía ser otro, es la completa destrucción y aniquilación del adversario. Es la guerra total, que exige la imposición de un paradigma único e incontestable. Por eso, cualquiera que manifiesta posturas “ambiguas” se hace culpable, según la lógica de cada bando, de “dar alas” al enemigo.

  • En principio, la voz de la conciencia aún sigue escuchándose en el oído interno de los guerreros, incluso de sus generales. En el proceso de bipolarización, de creación de los dos bandos opuestos, se sacrifican principios importantes, en aras a conseguir derrotar al enemigo y conjurar los peligros que presenta. Es la aplicación del criterio del mal menor, consistente en dejar en suspenso ciertos valores tenidos antes por sagrados (las garantías jurídicas, las vidas de los inocentes, incluso el rechazo de la violencia...) frente a la amenaza de un mal mayor. En este proceso, la voz de la conciencia, poco dispuesta a dejarse engañar, se empeña en gritar más alto, pero la manera de acallarla suele consistir en magnificar ad infinitum el peligro en cuestión, y la maldad del enemigo.

  • El análisis frío y sosegado queda fuera de lugar, es algo démodé (salvo, por supuesto, para urdir el engaño más eficaz posible). No se persigue la verdad, sino la victoria. El discurso político no es más que una colección de filias y fobias. Se espera de cada cual que sea un hincha de su bando. Un fanático. El enemigo es absolutamente perverso, así que contra él vale cualquier medio, por repulsivo que resulte.

  • En tales condiciones, el discurso político se convierte en simple propaganda. Pero también la información. E incluso la opinión. Los políticos son maestros en diseñar estrategias propagandísticas. Los informadores son simples correas de transmisión de una determinada “línea editorial”, vinculada al bando correspondiente. Los líderes mediáticos con frecuencia no son menos políticos que los políticos profesionales, y su acción manipuladora suele ser la más eficaz y abarcante. En medio de la locura bipolar, hasta los “intelectuales” (algún “filósofo”, incluso) actúan como meros propagandistas. Se han dejado mediatizar (el afán de notoriedad y de dinero, ya se sabe...), y ya no les importan la verdad ni la crítica constructiva, sino –intereses personales aparte– la construcción del Único Discurso.

  • De más está decir que la consecuencia de todo esto es el totalitarismo. De hecho, cada bando está poseído de un furor totalitario. “¡Victoria [aniquilación, se entiende] o muerte!”, viene a gritar cada parte.

En suma, el simplismo bipolar es el vicio consistente en asociar mentalmente al otro bando, con las consecuencias que ello implica, a quien no piensa exactamente igual que uno, al menos en los aspectos relevantes del asunto en cuestión. Además, supone una autojustificación del bando propio, basada en la máxima: “Los míos no son malos porque los tuyos son peores.” Entraña una actitud maniquea, pero también, conscientemente o no, una orientación totalitaria.

Las dos culturas

Aplicado el esquema anterior a nuestro tiempo, encontramos que la presente “guerra contra el terrorismo” no es una guerra cualquiera. He aquí algunos rasgos específicos, a sumar a los que ya hemos visto:

  • Absoluta desproporción entre los dos bandos. Evidentemente, no se trata de una guerra clásica. Aquí la cuestión no es “a ver quién gana”, sino cuánto tarda el bando más fuerte en destrozar y exterminar al contrario. Es, de manera paradigmática, una guerra de destrucción y aniquilación.

  • Por este motivo, el bando más débil, si bien no deja de aferrarse al simplismo bipolar, lo hace, por razones tácticas, de un modo menos rígido que el otro bando. A fin de cuentas, necesita adhesiones, aunque no sean absolutas e incondicionales. No se encuentra en situación de imponer condiciones, de manera que, al menos en la periferia de ese bando, se tiende a relajar la norma.

  • Naturalmente, dada su superioridad, el bando más fuerte se puede permitir despreciar, en algún grado, a su oponente. (Y en realidad, no se olvide, su oponente es todo aquél que no se adhiera incondicionalmente a sus posiciones). De ahí que no sean raros sus alardes de cinismo: como la victoria es (prácticamente) segura, en ocasiones se puede permitir la desfachatez de reconocer incluso sus mentiras.

  • Operan dos culturas como fuentes motivadoras de la acción guerrera: la cultura del odio y la cultura del desprecio. Ambas definen, delimitan, la bipolaridad de nuestro tiempo. Las dos se hallan presentes en ambos bandos, pero en distinto grado. En el más débil, como motor para la lucha prevalece la cultura del odio, por razones obvias (lógico resentimiento, afán de venganza, sensación de que es absurdo despreciar a la superpotencia...). En el bando más fuerte, aunque en los momentos álgidos de la propaganda se extrema el odio, predomina más bien la cultura del desprecio. El odio, de hecho, tiende a ser una máscara de aquél. Se desprecia al otro bando subrayando su inferioridad civilizatoria, aunque a la vez, por mor de la propaganda, se minimice su inferioridad bélica. En todo caso, incluso en relación con ésta el desprecio inevitablemente se cuela en los discursos del líder máximo, de extrema prepotencia y absoluta seguridad en la victoria. Pero es que este desprecio tiene también virtudes propagandísticas: en particular, facilita el desánimo del enemigo, de los partidarios del enemigo, y de quienes se empeñan en situarse al margen de ambos bandos (ejemplo: el desinfle de las movilizaciones contra la guerra de Irak una vez que ésta se inició). La victoria del bando más fuerte se contempla como un designio inexorable; cunde la resignación.

La ignorancia de la gente

La gran aliada del totalitarismo político es la ignorancia. Ella es también el terreno abonado para el triunfo de la mentira. No se trata siempre de ignorancia involuntaria. La actitud de “no complicarse la vida” tiene mucho que ver con ella. La de “ya no quiero saber más de este asunto”, también.

El abandono de la observación del mundo, la dejadez respecto al estudio y la reflexión, la falta de un pensamiento personal y crítico, son formas que asume la ignorancia así entendida. El ignorante prefiere la comodidad de seguir los dictados políticos o mediáticos; a lo sumo, puede adherirse circunstancialmente a una moda (como la campaña contra la guerra de Irak), pero no está dispuesto a efectuar un esfuerzo sostenido de atención. Puede “picotear” en la realidad, no se posa duraderamente en ella.

No es un simple tópico que el poder, y más el poder autoritario, quiere mantener al pueblo sumido en la ignorancia, distrayendo su atención hacia sucedáneos de la realidad (fútbol, telebasura, loterías, ficción cinematográfica...). No es incurrir en un pueril “conspiracionismo” afirmar que el poder no se limita a ese deseo, sino que maquina y actúa para lograrlo.

Se ha de incluir aquí también la ignorancia sobrevenida o desmemoria. Las maniobras de distracción buscan, de manera destacada, el olvido. Y como “un tanque se olvida con otro tanque”, el poder se las ingenia para ubicar en primer plano un asunto que permita relegar al que no interesa. Son las célebres cortinas de humo. El bombardeo de noticias y sensaciones también es útil a estos efectos. A mayor saturación de informaciones, mayor ignorancia.

«La verdad os hará libres», decía Jesús de Nazaret. Es algo que saben bien desde el poder, y por eso se esfuerzan en que se ignore la verdad. Y a la vez, se construye una realidad ficticia, un mundo ilusorio, pues a fin de cuentas la gente quiere respuestas consoladoras: “Esta guerra es para defender el mundo libre.” “El enemigo es la encarnación del mal absoluto.” “En la Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad." No son frases-tipo inventadas por el autor, sino declaraciones expresadas desde uno y/u otro poder o instancia mediática.

Y como telón de fondo, sobre todo, la ignorancia de lo esencial... La que no sabe, o no quiere saber, acerca de la maldad, o del absurdo de confiar en cualquier poder humano.

«La masa popular [...] es más frecuentemente víctima de las grandes mentiras que de las pequeñas.» La frase es de un psicólogo nada desdeñable, que supo hacer un uso genocida de esta gran verdad. Se trata de Adolf Hitler.

Instruidos por él o no, parece evidente que los poderosos de nuestros días no desconocen ese principio. Y que saben que cuanto mayor es la ignorancia de la masa, mayor puede ser la mentira que se le haga creer.

El nuevo fascismo

Es preciso hacer aquí alguna precisión terminológica. Para entendernos, habrá que distinguir entre “neofascismo” y “nuevo fascismo”. El neofascismo no es más que una actualización del movimiento totalitario derrotado en la segunda guerra mundial. La mayor parte de sus partidarios (por cierto, mucho más adaptados a los nuevos tiempos que sus viejos adversarios de la extrema izquierda) han comprendido que para sobrevivir en la legalidad tenían que hacerse un lavado de cara. Y si antes hablaban de “raza”, ahora hablan de “identidad”; en vez de invocar el anticomunismo, hoy defienden “la tercera posición”; su proclamado antisemitismo de entonces ha sido reemplazado por un radical antisionismo; y en lugar de hacer explícitas loas al totalitarismo, prefieren hablar de “comunidad política”, “comunitarismo”, “democracia social”, etcétera.

Los neofascistas, aunque son esencialmente los fascistas de siempre (o precisamente por eso), no suponen ningún peligro serio para el sistema actual. Las razones son varias:

  • En primer lugar, el sistema, a pesar de lo que digan y crean los neofascistas, asume cada vez más algunas de sus posturas. Por ejemplo, el choque de civilizaciones (“democracia occidental” versus islam) y las fuertes restricciones a la inmigración, ¿acaso no son sino otra versión (“adulterada”, es cierto) del típico identitarismo fascista? Es verdad que hay otras demandas neofascistas, como el cuestionamiento del orden burgués-capitalista, que no serán recogidas por el sistema, pero enseguida veremos que esto es poco relevante.

  • En segundo lugar, el sistema asume cada vez más su estilo: creciente autoritarismo militarista en los gobiernos occidentales, y empleo cada vez mayor de un lenguaje simbólico-religioso (el fascismo clásico, no se olvide, tenía fuertes tendencias místico-espirituales).

  • En tercer lugar, el mundo actual, caracterizado por una globalización unipolar (en otras palabras, un único estado mundial, usando el término ‘estado’ en el sentido de Max Weber), no dará opción a un verdadero auge del neofascismo. Y ello no sólo porque éste seguirá siendo tabú a corto y medio plazo, sino porque los poderes actuales del planeta no admiten fisuras en su control global. Son ya totalitarios. No tolerarán, por ejemplo, ninguna veleidad que ponga en riesgo su metódica depredación ultracapitalista (salvo cuando sea requerida como factor moderador o autocorrector del propio sistema).

El fracaso del neofascismo está garantizado por el éxito del nuevo fascismo. Muchos partidarios del primero, sobre todo los de tendencia “derechista”, se verán atraídos por la fuerza del nuevo imperio global, manifestada en sus aspectos autoritario, militarista y triunfador. Por ejemplo, en España, no son pocos los neofascistas que titubean entre seguir su proyecto autónomo o sumarse, aunque sea críticamente, al Partido Popular, a cuya dirección contemplan como un creciente ejemplo de patriotismo militarista, firmeza contra el terrorismo, y defensa de Occidente. En cuanto a los neofascistas más “revolucionarios”, su futuro oscilará entre ser desmantelados por un sistema que no tolere subversión alguna, o proceder a su autodisolución y dispersión en cuanto sus análisis y la realidad lleguen a resultar demasiado divergentes.

Así pues, el nuevo fascismo no brotará desde “el lado oscuro de la fuerza”, sino en el amplio y claro espacio del sistema. En ese sentido será realmente nuevo. Pero a la vez, será fascismo por reunir rasgos como éstos:

  • Identitarismo (más “culturalista” o “civilizacionista” que el biorracismo hitleriano o el nacionalimperialismo mussoliniano) y extremo nacionalismo (estadounidense, claro está; y por supuesto, muchos de los más acérrimos patriotas de los Estados Unidos no son norteamericanos: véase, por ejemplo, el caso de La Brigada Antiprogre).

  • Militarismo imperialista.

  • Empleo de un simbolismo capaz de apelar a las más intensas emociones humanas.

  • Uso consciente y deliberado del simplismo bipolar y de la propaganda masiva y mentirosa, con especial cultivo de la ignorancia de la gente.

  • Fuerte vocación totalitaria, con imposición de un pensamiento único y suspensión de las libertades siempre que se estime oportuno (sobre todo, pero no en exclusiva, para ciudadanos extranjeros).

  • Moral de linchamiento.

Queda fuera de este nuevo fascismo (por algo es “nuevo”) el énfasis antiburgués y anticapitalista del fascismo clásico, pero sabido es que en la práctica de las experiencias alemana e italiana dicho énfasis no fue para tanto.

Conclusión

Personajes de una maldad proterva conducen a este mundo a su más profunda sima de abyección. Cualquier zarpazo al sistema basado en sus mismas armas no hará sino reforzarlo (ver El sistema), como ya se ha podido contemplar sobradamente desde los sucesos del 11-S.

Los forofos del poder (por ejemplo, La Brigada Antiprogre) están de enhorabuena. Desde sus tribunas mediáticas podrán cantar una victoria tras otra. Su sed de sangre enemiga gozará de manantiales diversos en los que saciarse.

Entretanto, las almas sensibles se verán en medio de la cultura del odio y la cultura del desprecio. Su alternativa será: o bien autotraicionarse, integrándose en el bando más fuerte o en el más débil (en realidad, las dos caras del mismo sistema), y seguramente convirtiéndose así en nuevos forofos; o bien, preservar su independencia frente al simplismo bipolar, aferrándose al único Poder que vale la pena: el del Dios Eterno y Todopoderoso.

© LaExcepción.com

Para escribir al autor: juanfernadosanchez@laexcepcion.com y laexcepcion@laexcepcion.com

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