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Francisco (XVIII): La verdadera y la falsa misericordia
© Simón Itunberri (@SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com
www.laexcepcion.com (31 de diciembre de 2015)

¿En qué consiste el Jubileo de la Misericordia convocado por Bergoglio? ¿Qué obras y rituales hay que realizar para obtener la indulgencia ofrecida? ¿Cuál es el concepto de “misericordia” del papa?

El 8 de diciembre de 2015 el papa Bergoglio dio por iniciado el conocido como Jubileo de la Misericordia, que se extenderá durante el “Año Santo” que concluye el 20 de noviembre de 2016. Desde inicios de su reinado, y especialmente en el último año, el tema preferido de Francisco es la misericordia de Dios: el Padre es ante todo misericordia, y esta es el fundamento básico de la fe cristiana. Muchos llaman a Bergoglio “el papa de la misericordia”.

Pero, ¿qué entiende él por “misericordia”?  ¿En qué consiste un jubileo y cuál es el contenido exacto de este “Año Santo”?


Los jubileos romanos

El concepto “jubileo” está tomado del Antiguo Testamento. Tal y como se explica en Levítico 25, en el antiguo Israel cada cincuenta años todos debían devolver las tierras a los propietarios originales. Era una institución orientada a evitar la concentración de la propiedad en pocas manos, y a permitir que todo el pueblo, incluso quienes habían incurrido en deudas de las que no podrían librarse nunca, tuviera un mínimo acceso a la tierra. Además, si en esos cincuenta años alguien había caído en la esclavitud, el quincuagésimo año debía ser liberado.

Los jubileos papales tienen su origen en el año 1300, cuando Bonifacio VIII proclamó el primero de ellos. Desde entonces se han celebrado a intervalos regulares (jubileos ordinarios) o con motivo de circunstancias especiales (jubileos extraordinarios).

El jubileo romano toma el concepto de la Biblia, pero no tiene nada que ver con la institución original. No es un tiempo de condonación de deudas materiales ni de restitución de bienes a los pobres. La Iglesia Católica Romana (ICR) aplica el jubileo en un sentido espiritual, fundamentándose en la doctrina de que «la combinación de los méritos de Cristo, los santos, y los creyentes piadosos son almacenados en un lugar referido como el Tesoro de Méritos (a veces llamado el Tesoro de la Iglesia o tesaurus ecclesiae). Sólo la Iglesia Católica Romana tiene la autoridad de sacar méritos de este tesoro y otorgarlo a los creyentes en esta vida (o en el purgatorio), para pagar por todos sus pecados veniales, el llamado castigo temporal» (Protestante Digital [P+D], 11.8.15).

Aun entendiéndolo de forma espiritual, para que esta iglesia otorgue indulgencia plenaria los fieles deben cumplir una serie de requisitos formales: peregrinaciones, oraciones, paso a través de “puertas santas”, celebración del sacramento de la confesión, etcétera.


El jubileo jesuita

En este mismo año de 2015, en junio, el papa actual ya aprobó un jubileo, la “Penitenciaría Apostólica”, y convocó el Año Jubilar Ignaciano en honor del fundador de la Compañía de Jesús (pilar de la Contrarreforma y de la lucha histórica contra el protestantismo), «para animar la piedad de los fieles y la salvación de las almas, en vigor de las facultades concedidas por el Santísimo en Cristo Padre Francisco, Papa por la divina Providencia». En el documento, Bergoglio «concede e imparte en el Señor misericordiosamente Indulgencia plenaria de los tesoros celestiales de la Iglesia con las condiciones acostumbradas (confesión sacramental, comunión eucarística y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice) a los fieles que se arrepientan verdaderamente y movidos por la caridad, desde el próximo día 31 de julio hasta el 31 de julio de 2016». La indulgencia se extiende «a las almas de los fieles que están en el Purgatorio», y «además los peregrinos deberán asistir a alguna función religiosa en la Basílica Santuario de San Ignacio o al menos rogar durante un tiempo conveniente a Dios por la fidelidad de España a la fe cristiana». Así, los peregrinos «reforzarán su comunión», no con Cristo, como cabría esperar, sino «con el Romano Pontífice, fundamento visible de la unidad de toda la Iglesia Católica» y obtendrán «acceso al perdón divino por medio de las llaves de la Iglesia» (Religión Digital [RD], 30.7.15).


El Jubileo de la Misericordia

El Jubileo de la Misericordia fue convocado oficialmente mediante la bula Misericordiae Vultus del 11 de abril de 2015. En ella Bergoglio recoge unas palabras de Juan XXIII con motivo del Concilio Vaticano II: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella» (nº 4). Conociendo la historia de la institución, estas palabras no dejan de resultar veladamente amenazadoras, además de condescendientes, supremacistas y paternalistas.

En el nº 22 Bergoglio afirma que «el perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites». Así lo afirma la Biblia, efectivamente: Dios se entrega a la humanidad en Jesús, y sólo espera la aceptación de su gracia, y la entrega del corazón del hombre, sin ninguna mediación humana ni celestial. Pero a continuación, el papa sí establece unos límites al perdón de Dios: «Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia». Para Francisco, “la Iglesia” se establece como mediadora entre Dios y los hombres a través sus actos sacramentales. Para obtener el perdón, es indispensable «el sacramento de la Reconciliación», es decir, la confesión de todos los pecados a un cura (de no hacerlo, peligra la salvación de la persona). Además, se añade la mediación de «los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable». Según la doctrina católica, sus buenas obras han acumulado méritos ante Dios, y por eso «la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de ir al encuentro de la debilidad de unos con la santidad de otros». Es decir, hay una transferencia de gracia desde esos seres humanos perfeccionados que supuestamente están en la gloria, a los pecadores que permanecen en el mundo.

La mediación por excelencia corresponde a María, «la Madre de la Misericordia» (nº 24), a quien una vez más Bergoglio sitúa en un lugar destacadísimo (atribuyéndole honores y funciones que sólo pertenecen a Cristo) y para la cual pide oraciones.

La bula concluye destacando, no la gracia de Dios, sino el que “la Iglesia” «nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos”» (nº 25).


Las “obras de misericordia”

Bergoglio suele enfatizar la gracia absoluta de Dios. Pero este lenguaje evangélico no puede ocultar la auténtica concepción de la gracia que tiene su iglesia: una gracia condicionada por la conducta humana, por las obras meritorias que el hombre muestra a Dios para ser aceptado y justificado. En su bula, Francisco recuerda que la tradición católica establece un listado de catorce obras de misericordia necesarias para obtener la indulgencia: «Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos» (nº 15).

Como recuerda un texto del Opus Dei, «el ejercicio de las obras de misericordia comunica gracias a quien las ejerce», y «una manera de ir borrando la pena que queda en el alma por nuestros pecados ya perdonados es mediante obras buenas» (InfoCatólica [IC], 6.12.15). Una concepción legalista y cuantitativa que nada tiene que ver con la justificación por la fe y la gratuidad de la salvación proclamadas por la Biblia.


“Puertas santas” y “año santo”

Pope Francis opens first Holy Door of the Jubilee of mercy, Bangui cathedral, 29 november 20015El papa dice que la misericordia de Dios no tiene límites. Pero resulta que, según él, hay que cumplir ciertas condiciones para alcanzarla. Una de ellas es atravesar una de las numerosas “puertas santas” que su iglesia está abriendo en este año. Estas ceremonias de apertura se han convertido en uno de los espectáculos mediáticos protagonizados por el papa (y por los correspondientes obispos). En su viaje a la República Centroafricana, Francisco, ejerciendo de sumo sacerdote universal, protagonizó un ritual de apertura de la “puerta santa” en la catedral de Bangui pronunciando estas palabras: «El Año Santo de la Misericordia llega con antelación a esta tierra […]. Ahora, con esta oración, empezamos el Año Santo, aquí, en esta capital espiritual del mundo hoy» (Zenit, 29.11.15).

Jubilee of Mercy de open dayUnos días después Francisco abría la “puerta santa” en la basílica de San Pedro del Vaticano, con la presencia del icono de la Virgen “Puerta de la Misericordia” trasladado expresamente desde Polonia para la veneración de los fieles. La ICR asegura que quien venera este cuadro recibe milagros. «Por esta razón, los pontífices Clemente XII y Clemente XIV concedieron la indulgencia a los fieles que pidieran las gracias a la Virgen “Puerta de la Misericordia”» (Zenit, 7.12.15).

En la Biblia, es Dios quien establece los espacios y los tiempos santos. En el Antiguo Testamento, para evitar la idolatría sólo un lugar conservaba santidad especial a lo largo del tiempo: el templo de Jerusalén. Pero en el Nuevo Testamento se abandona por completo cualquier sacralización de los espacios. A la mujer samaritana que adoraba en el monte Gerizim, Jesús le dijo: «Llega la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. [...] Los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4: 21, 23). Los primeros cristianos adoraron en casas durante siglos, y no sólo por necesidad, sino porque Jesús dijo que «donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18: 20). En cuanto a los tiempos santos, en el Antiguo Testamento existía un calendario religioso, pero a partir de Jesús el único tiempo santo es el que establece el cuarto mandamiento: el séptimo día, el sábado, como memorial de la creación y día de descanso (Mateo 12: 8). Y no hay autoridad humana que pueda sacralizar caprichosamente espacios ni tiempos.

En cambio, la ICR ha multiplicado los espacios santos, determinados como tales por la jerarquía clerical. Además, es el papa, un simple mortal, quien establece “tiempos santos” en los que se supone que Dios concede gracias especiales, siempre a iniciativa y bajo la mediación de “la Iglesia”. Dice Bergoglio: «La Iglesia necesita este momento extraordinario. No digo que es bueno para la Iglesia este momento extraordinario. No, no. La Iglesia necesita este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios» (Zenit, 9.12.15).


Hay misericordia si te confiesas a un cura

Francisco es un papa que siempre ha puesto mucho énfasis en la necesidad de acudir al sacerdote a confesar los pecados (ver ¿Giro doctrinal?). En actos como la Jornada Mundial de la Juventud de Brasil se instalan en la calle decenas de confesonarios para que los católicos acudan a confesarse y cumplir la penitencia correspondiente. La bula de convocatoria del Jubileo afirma que «los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia» (Misericordiae Vultus, 17).

Bergoglio enviará en este año a los “Misioneros de la Misericordia”, «sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica. […] Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia». La misericordia de Dios, administrada por el papa como su representante en la tierra, queda al alcance de quienes confiesen ante un cura todos sus pecados y se sometan a la Iglesia Católica Romana: a estos “misioneros” se les insta a «celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna» (nº 18).

Siguiendo las instrucciones de Bergogio, «cada obispo ha emitido un decreto para explicar cómo se va a aplicar el Jubileo en su diócesis, y la mayoría enfatiza este aspecto sacramental. Es el caso de monseñor Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, que ha pedido que en todos los arciprestazgos se facilite “la recepción de este sacramento”, se organice, al menos, ”una celebración comunitaria del sacramento de la reconciliación en un lugar público”» (ReligiónEnLibertad<, 14.12.15)


Indulgencia para las abortistas

Tuvo un gran eco en los medios el anuncio de Bergoglio de que durante este Año Jubilar habría vías especiales para obtener la misericordia de Dios, incluso para las mujeres que hubieran abortado. Para ello, deben atravesar las “puertas santas” establecidas oficialmente en ciertas iglesias, confesar sus pecados a un cura, y cumplir las condiciones penitenciales que establezca el sacerdote. El “humilde” papa establece además una condición que refuerza su autoridad absoluta sobre su iglesia: «Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo» (Zenit, 1.9.15).

El portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo, explica que «a lo largo de la historia ha habido pecados de especial gravedad que han estado más penados», como el aborto (“sacrificios humanos”, según Francisco). En este año su iglesia ofrece «que la gente pueda acudir sin trabas para aliviar y quitar ese peso de encima que supone un pecado de estas características». Hasta ahora si una mujer quería confesar su aborto y obtener la absolución debía acudir a un obispo, quien designaba a un cura especializado en esas materias. Tras el Jubileo, en principio, el mecanismo seguirá siendo ese, pero durante este año cualquier cura podrá absolver. Según Tamayo, la Iglesia pone «determinados tiempos» de «amnistías religiosas» para esos pecados, y en este año el papa la ha extendido al aborto porque, según él, «la Iglesia no va a machacar». Un planteamiento paternalista y basado en el control de la conciencia personal por parte del clero.

«Hay que dar una imagen de coherencia con las convicciones, de una gran comprensión y de una gran confianza en el perdón», añade Tamayo. Es una cuestión de imagen, pues. Imagen por lo visto transmitida con éxito, pues estas decisiones papales fueron recibidas muy positivamente en la ICR e incluso en la sociedad secular, que vio en la decisión papal todo un gesto de auténtica misericordia y espíritu aperturista. Incluso representantes de católicas partidarias del “derecho a decidir” de la mujer se han expresado favorablemente a esta medida, como Rosangela Talib, quien la considera «un cambio importante en la postura del Vaticano», aunque matiza que «sería mucho más importante si no tuviera fecha de término». Respetable enfoque, pero es inevitable preguntarse: ¿Acaso se necesita un decreto papal para saber que Dios perdona los pecados cuando se le pide con sincero arrepentimiento? Otras abortistas católicas, en cambio, mostraron su rechazo ante esta decisión de Francisco. A pesar de ello, siguen perteneciendo a esa iglesia (RD, 2.9.15)


El papa privilegia a los ultraconservadores

Hay un aspecto que los medios pasaron por alto al considerar el decreto sobre el aborto, y es que en él Bergoglio otorga la autoridad para perdonar abortos a la Fraternidad San Pío X (Zenit, 1.9.15), es decir, a los cismáticos ultraconservadores conocidos como lefebvrianos, que están en conflicto con el papado desde que este, según ellos, se apartara de la Tradición católica en el Concilio Vaticano II. Una organización que, supuestamente, representaría los valores contrarios a los énfasis que está marcando Francisco, pero que, como se puede ver, comparte la misma visión eclesiocéntrica y sacramentalista que este papa.

Otra organización ultraconservadora recibe también indulgencia plenaria en forma de jubileo durante el año en que conmemora los 75 años de su fundación: nada menos que los Legionarios de Cristo y miembros del Movimiento Regnum Christi, la organización fundada por el pederasta Marcial Maciel, siniestro personaje favorecido y privilegiado por Juan Pablo II. Un movimiento que, lejos de ser disuelto como mucho esperaban, recibe ahora el apoyo de Bergoglio. Las condiciones de sus miembros para obtener la indulgencia papal son, entre otras: «Si renuevan por devoción sus compromisos que los vinculan al Movimiento o a la Legión, y rezan por la fidelidad de su patria a su vocación cristiana, por las vocaciones al sacerdocio, la vida consagrada y la defensa de la familia» y si «se dedican durante un tiempo conveniente a enseñar o aprender la doctrina cristiana o participan en misiones de evangelización». Además, los miembros «impedidos por la vejez o la enfermedad podrán lucrar la indulgencia uniéndose espiritualmente a las celebraciones jubilares y ofreciendo sus sufrimientos y oraciones por la nueva evangelización y por la instauración del Reino de Cristo» (Zenit, 28.10.15).

Por supuesto, esta medida de Francisco, así como el rancio lenguaje en que se ha expresado, han sido totalmente ignorados por los medios, que se empeñan en mostrar a un papa progresista y “revolucionario”.


Purgatorio

Un aspecto esencial de todo jubileo vaticano es la creencia en el purgatorio, una doctrina que, a pesar de lo que algunos creen, está totalmente vigente para la ICR (por supuesto, no tiene la menor base bíblica, como tampoco la tiene la creencia en un infierno eterno).

Como explica Jean Pateau, abad de Fontgombault (Francia), centro mundial de oración por las almas del purgatorio, hay tres caminos para el alma de la persona que muere: «O el alma está en amistad con Dios, pero se le impone una purificación, o el alma puede entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, o puede condenarse eternamente. Las almas que imploran nuestro auxilio, son las que mueren en gracia y amistad con Dios, pero que están imperfectamente purificadas». «Los agonizantes y las almas del Purgatorio tienen necesidad de nuestra ayuda», explica el abad (IC, 14.12.15).

Esa convicción de origen medieval es la que lleva a que millones de católicos encarguen (previo pago) misas en sufragio por sus seres queridos fallecidos, a veces muchos años después de su muerte. Quizá gran parte de ellos no recapaciten en que al suscribir esas celebraciones están pidiendo a Dios que recorte a sus difuntos el tiempo (que puede ser larguísimo) en el que estarán penando en el purgatorio. Debido a esa creencia, en los funerales se ruega por el alma del difunto (pues se da por hecho que ya al morir se le asigna un destino, y si ya está en el Paraíso, ¿para qué rogar? Y si está en el infierno, todo ruego sería inútil). Paradójicamente, en los mismos servicios a menudo se ruega al difunto que interceda ante Dios por los vivos.

Bergoglio dice que la misericordia de Dios es infinita, pero es un Dios que mantiene un purgatorio para aquellas almas que, a pesar de haber muerto en amistad con él, no están suficientemente purificadas. Ya señalaba Lutero en una de sus famosas 95 tesis: «¿Por qué el papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones?». Pero previsiblemente ningún papa cortará ese grifo de ingresos y esa fuente de control de las conciencias (muy acertadamente, E. Monjo denomina al purgatorio “el campo de concentración del Vaticano”). Y si lo hiciera, no haría más que poner en evidencia lo absurdo de este respetable sistema de creencias (además de escandalizar a los católicos coherentes que leen el Catecismo y que creen en él).

Bergoglio evita dar detalles de todas estas creencias oficiales de su iglesia, pues, obviamente, espantarían no sólo a los no creyentes en general, o a los fieles de otras confesiones, sino también a muchos católicos de línea aperturista que o ignoran u olvidan la doctrina oficial. Pero la teología de Francisco es la que hemos expuesto, y así lo expresa en una carta de diciembre de 2015: «La indulgencia jubilar puede ser obtenida igualmente para los difuntos. […] Podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos a fin de que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de falta y pueda acogerlos en sus brazos, en la bienaventuranza que no tiene fin» (IC, 14.12.15). El Dios del papa encuentra en algunos difuntos un “residuo de falta” que le impide abrazarlos de momento, unos restos de pecados que los retienen en el purgatorio. El Jubileo es una oportunidad (de plazo limitado) para que los vivos traten de sacarlos de allí.

Hay católicos aperturistas que captan la dimensión anticristiana de todo este tinglado. Por ejemplo, el teólogo José Arregi concluye que «Lutero tenía razón en aquellas 95 tesis contra las indulgencias con las que arrancó la Reforma protestante en 1517. Era necesario entonces, y lo sigue siendo hoy». Pero en lugar de hacer como Lutero (abandonar el sistema blasfemo), se conforma con desear que el jubileo romano se oriente hacia el enfoque social del jubileo bíblico (una clave que Roma ni siquiera esboza en sus objetivos del “Año Santo”), y exclama: «¡Bienvenido seas, jubileo! Que se condonen las deudas a las personas y a los países desahuciados. Que los bancos tengan entrañas, no solo cuentas y cajas. Que se abran las fronteras» (RD, 18.12.15). Como si esos buenos propósitos pudieran sobreponerse a la realidad de un jubileo concebido para la mayor gloria del papado y de la iglesia romana.


La verdadera misericordia

Al hablar de la misericordia de Dios, Bergoglio utiliza hábilmente un lenguaje de resonancias evangélicas (en el doble sentido de la expresión: inspiradas en el evangelio de Jesús, y con cierto sabor de la tradición evangélico-reformada). Esto ha suscitado ilusión en muchas personas, acostumbradas a escuchar en boca de los papas palabras de tono condenatorio, y ha hecho creer a muchos, incluso a protestantes, que Francisco significa un cambio no sólo en el tono del lenguaje de su iglesia, sino también en los propios contenidos de su mensaje. Pero nada hay más lejos de la realidad.

Por supuesto, es positivo que las diferentes confesiones y religiones potencien los mensajes de esperanza y una imagen amorosa de Dios. Pero el tono y los énfasis no pueden ni deben ocultar el contenido auténtico y completo de los mensajes. Al igual que en el ecumenismo, las aproximaciones interreligiosas (a las que Bergoglio apela en su bula del jubileo) deben afrontar no sólo los puntos en común, sino también las diferencias. Y, como hemos visto, las concepciones de la misericordia pueden ser muy diversas.

Bergoglio dice que Dios es misericordioso, pero resulta que, según él, esa misericordia llega como consecuencia de la decisión que toma él mismo, el papa, al promulgar un “Año Santo” de indulgencia. Además es el papa quien establece las condiciones para el perdón, entre ellas la confesión a un cura y la realización de ciertas obras meritorias, así como el plazo de esa misericordia excepcional (un año).

Algunos solicitan que cuando llegue el 20 de noviembre de 2016 Francisco extienda indefinidamente las condiciones especiales de la misericordia y el perdón de Dios ofrecidas durante el Jubileo. Si algo así llegara a ocurrir, la inmensa mayoría celebraría la gran bondad del “pontífice” romano, en lugar de entender que, si uno cree en la verdadera misericordia de Dios, esta se encuentra siempre disponible para todo ser humano, y jamás ha dependido ni dependerá de decisiones tomadas por simples mortales que usurpan el nombre de Dios, ni de calendarios litúrgicos de factura humana, ni de decretos canónicos.

De acuerdo con el papa, las indulgencias “se ganan” o “se lucran”; pero el perdón auténtico de Dios no se puede ganar, pues es gratuito. Según la Biblia, sólo Dios perdona los pecados, y ningún hombre puede pretender perdonarlos sin blasfemar (Mateo 9: 2-6); para obtener perdón no hay que hacer ninguna obra (pues la justificación es por la fe), ni hay que peregrinar, ni atravesar ninguna puerta, ni rezar mecánicamente padrenuestros y avemarías, ni recurrir a supuestos mediadores que están muertos, como María y los “santos”, pues todos los cristianos son sacerdotes (1 Pedro 2: 9) La auténtica misericordia de Dios, que no entiende de años jubilares, está abierta siempre a todos, con sólo pedirle sinceramente perdón a él y, en su caso, a las personas vivas a las que hayamos ofendido (Santiago 5: 16).

@SItunberri / laexcepcion@laexcepcion.com
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Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

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