[Desde mayo de 2001]
laexcepcion_logo
Portada | Actualidad | Asuntos Contemporaneos | Nuestras Claves | Reseñas

 

Inicio > Asuntos Contemporáneos > Religión, política y sociedad

Francisco (XV): Nulidades matrimoniales, el criptodivorcio católico
© Simón Itunberri (laexcepcion@laexcepcion.com)
www.laexcepcion.com (20 de septiembre de 2015)

¿En qué consiste una nulidad matrimonial según la Iglesia Católica? ¿Son importantes los cambios introducidos por Bergoglio?

El 8 de septiembre el papa Francisco emitió dos motu proprio sobre nulidades matrimoniales, mediante los que modificó veintiún cánones de derecho eclesiástico con el fin de agilizar estos procesos, así como de hacer que todos lleguen a ser gratuitos.

Como siempre, toda la prensa se apresuró a celebrar la “misericordia”, e incluso “modernidad”, de Bergoglio al facilitar estos trámites a los fieles de su iglesia. Por ejemplo, un editorial de El País lo consideraba «una muestra más del positivo aggiornamento que el primer Papa latinoamericano de la historia está imprimiendo». Consideraba que «Francisco ha decidido responder a una demanda modernizadora de los católicos» y que «sigue acercando la Iglesia a la calle en una puesta al día que está dejando fuera de juego a muchos. Dentro y fuera de la institución».


¿Cuál es el concepto católico del matrimonio?

La doctrina oficial católica sobre el matrimonio incurre en algunas contradicciones, pues como argumento a favor de la necesidad de esta institución alegan que existe en todas las culturas… pero a la vez consideran que sólo el que ellos sancionan es verdadero matrimonio. Efectivamente, para la Iglesia Católica Romana (ICR), el matrimonio civil no es matrimonio (por eso en su día Letizia Ortiz, casada previamente por lo civil y luego divorciada, no tuvo que solicitar la nulidad matrimonial para casarse con el entonces príncipe Felipe de Borbón, porque para esta iglesia ella simplemente había convivido con un hombre con el que no se había unido sacramentalmente; ver Un desprecio al matrimonio).

Para la ICR, la única causa que puede disolver un matrimonio es la muerte de al menos uno de los cónyuges. No se admite ni un solo motivo para el divorcio (sí se acepta la separación, que es algo diferente). En esto, como en tantas otras cosas, se alejan de la Biblia, pues Jesús mismo admitió el divorcio en caso de porneia (Mateo 5: 32; este término griego ha admitido diversas interpretaciones. Y el apóstol Pablo en 1 Corintios 7: 12-16 establece ciertas normas para casuísticas diversas que, se interpreten como se interpreten, no encajan en el rigorismo católico sobre el tema). Pero si en un matrimonio católico una parte es infiel, la norma de su iglesia le dice a la otra parte que debe seguir casada.

En la ICR, «la validación del matrimonio procede de la sanción eclesiástica, mediante la transferencia de gracia que la iglesia, a través del sacerdote, realiza». En cambio, «según la Biblia, la gracia es impartida directamente por Dios al creyente, por medio de Jesucristo, sin otra mediación humana (1 Timoteo 2: 5)». Además, «los primeros cristianos, que se unían en matrimonio civil según las disposiciones jurídicas de la sociedad en la que vivían, concebían esta institución como compromiso firme y duradero (Hebreos 13: 4), pero no como “sacramento”» (ídem).


¿En qué consiste una nulidad matrimonial católica?

Los canonistas insisten en que un matrimonio católico jamás se anula, sino que es declarado nulo. Es decir, la ICR declara que en ciertas circunstancias un matrimonio, aunque la pareja haya convivido durante años y haya tenido hijos, nunca existió. Y por tanto esta iglesia se arroga la potestad de declarar que es nulo, y la pareja puede separarse con la conciencia tranquila.

Un breve artículo del teólogo Federico Pichetto expone muy bien la posición oficial católica: «Los cánones del derecho canónico reformados estos días por el Santo Padre con dos documentos motu proprio no se refieren ni a un proceso breve y gratuito para “anular” el matrimonio (como pretenden los exultantes progresistas), ni a una vía católica hacia el divorcio (como leen los conservadores más obstinados)».

Según este autor, «los obispos de ahora en adelante podrán decidir cómo proceder ante tales hechos: o reconociendo, en presencia de ciertos parámetros, una evidente inexistencia del vínculo, o preparando un proceso diocesano claro y lineal para comprender mejor si algo ha sucedido entre esas dos personas, o remitiendo al proceso canónico tradicional a los esposos, si tiene suficientes motivos para querer analizar mejor la situación. La Iglesia, en definitiva, no se arroga el derecho ni de disolver ni de ofrecer atajos, se pone al servicio de la vida de los hombres para mostrarles qué les ha pasado realmente». Es decir, que no es la conciencia de los cónyuges la que dictamina qué ha ocurrido entre ellos, sino que tienen que someterse al escrutinio de un obispo y otros especialistas que les dirán si su matrimonio ha existido o no; a eso le llaman «ponerse al servicio de la vida de los hombres»…

Dice Pichetto que hoy en día ocurre que muchas veces la persona «no ha estado presente verdaderamente en el momento del sí», y entonces «sólo la misericordia de Dios, mediante la obra de la Iglesia, puede discernir en su verdad». Por ello, el papa «permite a los sucesores de los apóstoles “dar de comer a los hombres”, es decir, inclinarse sobre sus heridas para devolverles a su verdad, devolviéndoles a los protagonistas de estas historias la realidad, y por tanto la responsabilidad frente a lo que existe o no existe entre ellos».

Como es obvio que muchos católicos se toman su boda muy a la ligera, hay quienes se preguntan «cómo es posible no detener a los novios antes del matrimonio. A estos hay que decirles que el matrimonio en la Iglesia es un derecho y que el derecho siempre es a favor del matrimonio. Por lo que no se puede […] detener a una pareja, a menos que no haya hechos evidentes o ella misma quiera tomar conciencia de que –tras el sentimiento amoroso– falta la voluntad, falta la elección». Es decir, que antes de la boda la conciencia de los novios es quien decide, pero una vez que están casados su conciencia no determina nada y “la Iglesia” se convierte en el juez supremo sobre lo que ha ocurrido entre ellos. ¿No es una jugada perfecta (una más)?

Sigue el artículo: «Quien ha cometido realmente un error de inmadurez en el consenso (error que, hay que decirlo, siempre ha estado previsto por el derecho) ahora tiene la posibilidad de comprobarlo con celeridad y verdad». Es decir, que los cónyuges, como no son canonistas, no pueden saber si su matrimonio es tal, y necesitan comprobarlo acudiendo a “la Iglesia”, la cual dictamina si su matrimonio existe o no. Los fieles católicos que entienden que esto es así son dignos de todo el respeto; pero hay que decir que a la luz del evangelio, y del sentido común, esta concepción implica que la jerarquía eclesiástica no sólo ocupa el lugar de la conciencia de los fieles, sino incluso el lugar de Dios.

La base teológica que alega el papado para justificar las nulidades es, en palabras de Francisco, que «el Señor Jesús, juez clemente, pastor de nuestras almas, ha confiado al apóstol Pedro y a sus sucesores el poder de las Llaves para cumplir en la Iglesia la obra de justicia y verdad; esta suprema y universal potestad de atar y desatar aquí en la tierra, afirma, corrobora y reivindica la de los pastores de las Iglesias particulares, en virtud de la cual ellos tienen el sacro derecho y delante del Señor de juzgar a sus propios súbditos». A partir de este planteamiento, Bergoglio autoriza a los obispos a ejercer como “jueces” y declarar nulidades matrimoniales entre sus súbditos.


El criptodivorcio católico

Por todo lo expuesto, la jerarquía eclesial y numerosos autores católicos insisten en que las nulidades no tienen nada que ver con el divorcio, pero los sectores aperturistas del catolicismo y el mundo secular han interpretado los motu proprio de Bergoglio como un avance hacia una especie de divorcio católico. Y, como siempre suelen hacer, leen en estos documentos cosas que no incluyen. Escribe el periodista José Manuel Vidal: «Francisco busca salidas a los matrimonios que, por falta de amor o por otras causas, fracasan». Pero este enfoque de ningún modo se encuentra en los textos; ello implicaría que, cuando el amor se extingue, se admite la anulación del matrimonio; pero el planteamiento papal es que, independientemente de cómo evolucionara después el matrimonio, en su origen este no era válido, y por tanto, no se anula, sino que se declara nulo.

Pero a los “progresistas” no les falta parte de razón. Muchas veces en la ICR, que opera según el Principio de Sí Contradicción, pueden ser verdaderas una cosa y la contraria, y este es uno de esos casos. Explica Pichetto: «Hoy, cada vez más frecuentemente, quien se casa no lo hace de “mala fe” sino “sin estar presente”, sin la totalidad de su razón y libertad. Un hombre ausente no puede consentir de ningún modo en acoger a otro ser humano distinto de sí mismo por historia, por sexo y por personalidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte les separe. Y si no puede expresar ese consenso el matrimonio, el sacramento del matrimonio, no ha existido, no ha sucedido». Por muchas vueltas que se le quiera dar al lenguaje, esta explicación de la nulidad en origen es una argumentación con toques religiosos de algunas de las típicas razones laicas para el divorcio.

Y es que en realidad la mayoría de las nulidades matrimoniales de la ICR siempre han sido divorcios encubiertos. Pero se salvaguarda la apariencia de indisolubilidad mediante los complejos procedimientos que el derecho canónico establecía para la declaración de nulidad; ellos, unidos al coste económico que implica el proceso (sobre todo en abogados), siempre han disuadido a muchos católicos sinceros de recorrer el camino hacia la “nulidad”, viéndose impelidos a divorciarse directamente por la vía civil. Cuando hacen eso, para la ICR siguen casados sacramentalmente.

El hecho de que ahora Francisco simplifique el procedimiento y lo encarrile hacia la gratuidad ha puesto en guardia a los sectores conservadores. Dice un editorial de la Cadena Cope: «A pesar de lo que divulgan erróneamente algunos medios, las nuevas normas no cambian en modo alguno los principios sobre la validez o nulidad de un matrimonio». Esto es cierto: la filosofía no cambia. Pero señala el editorial, refiriéndose a las propias palabras del papa: «La intención no es favorecer las nulidades matrimoniales, sino la celeridad, simplicidad y transparencia de los procesos»; y aquí hay una clara contradicción, porque precisamente el acelerar y simplificar el proceso lo que conseguirá es favorecer, y seguramente multiplicar, las nulidades. Hay más manga ancha.

El agudo (y muy conservador) vaticanista Sandro Magister, en su artículo, Prohibido llamarlo divorcio. Pero, ¡cuánto se le asemeja!, se muestra alarmado por la explosión de solicitudes de nulidad que traerán estas medidas, y cita a un decano del Tribunal de la Rota Romana: «Será difícil para un obispo con millones de fieles presidir personalmente la decisión de las nulidades de todos los fieles que lo soliciten». Según Magister, estas medidas han sido aprobadas a propósito a pocas semanas de la fase final del Sínodo sobre la Familia, de modo que «es por lo tanto fácil prever que la vieja controversia sobre la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar se quedará vacía de hecho, para ser sustituida por el recurso ilimitado y prácticamente infalible a la declaración de nulidad del primer matrimonio». Seguramente es así, pero a la vez Francisco tendrá la habilidad suficiente como para contentar a los “laxos” (aflojando, aunque sea de facto, ciertas normas) y no espantar a los conservadores (manteniendo la rígida teoría de la indisolubilidad). Será muy interesante observar este jesuítico juego de equilibrios.

Concluye el citado editorial de la Cope diciendo que «estas disposiciones pueden ser una gran ayuda para evitar que, ante la complejidad y los costes de un proceso, los católicos se abstengan de verificar la validez de un matrimonio y lo rompan sin más por la vía de los hechos. O que sufran durante tiempos indebidamente largos, la duda sobre la situación real de su matrimonio». Nuevamente vemos que la concepción papal consiste en que, en palabras de Bergoglio, «el enorme número de fieles que […] desean proveer a la propia conciencia» (es decir, que dudan sobre su matrimonio), deben acudir a un clérigo célibe (el obispo), que les dirá si están casados o no. Eso es la nulidad.

Por otro lado, si durante tanto tiempo el sistema canónico de esta iglesia ha mantenido procesos excesivamente complejos y costosos, ¿no debería la ICR (el papa en su nombre) pedir perdón por todo el daño causado a tantas parejas que hasta ahora han pasado por esos procesos?


¿Bergoglio lo simplifica o lo complica?

El experto canonista Edward Peters analiza críticamente la precipitación con que se han establecido las nuevas normas papales (Religión en Libertad, 9.9.15). Destaca algunas de las causas que pueden justificar el juicio rápido, como la falta de fe que llevó a simular el consentimiento matrimonial, la brevedad de la vida matrimonial compartida, haber procurado aborto “para impedir la procreación”, la persistencia contumaz en una relación extramarital en los días de la boda o justo después, el ocultamiento de haber estado encarcelado, el haber ocultado tener hijos previos, esterilidad o enfermedades sexuales, tener un embarazo no planeado, etcétera.

Según Peters, «enunciar estos factores puede crear crisis de conciencia entre fieles que viven con una o más de estas condiciones en su pasado». Por ejemplo, «personas que estaban embarazadas y decidieron por eso casarse podrían ahora dudar (al leer esta lista) de si su matrimonio es válido... Y ¿qué cuenta como “haber estado encarcelado”? ¿Haber pasado una noche en comisaría? ¿Unos meses?». Claro, pero es que cuando la existencia o no de tu matrimonio no depende de tu vida y de tu conciencia, sino del juicio de “la Iglesia”, este tipo de problemas son inevitables, antes y ahora.

Por tanto, las decisiones de Bergoglio posiblemente simplificarán algunos procesos, pero complicarán muchos otros, y todo porque no ha cambiado en absoluto la teología de fondo sobre el matrimonio, basada en las minuciosas disposiciones del derecho canónico y opuesta al evangelio, que es mucho más sencillo (aunque estos temas siempre implican cierta complejidad).


¿Qué anula y qué no un matrimonio católico?

Además de las citadas, entre las causas por las que se declara nulo un matrimonio católico están las siguientes: «Si no son conscientes de que el matrimonio es para siempre y con apertura a generar y educar hijos. […] Si se excluyen los hijos; es decir, se casan, pero deciden no tener familia. […] Si uno de los dos no está bautizado y no ha obtenido el permiso del obispo para un matrimonio con disparidad de cultos. Si el sacerdote que les celebra no tiene facultades para ello, si está suspendido, si está fuera de su territorio, o es falso sacerdote» (obispo Arizmendi). Todas ellas, normas muy propias de la concepción del matrimonio de la ICR. Pero, ojo, las disposiciones “revolucionarias” de Bergoglio no cambian otras tradiciones: «Si después de casarse por la Iglesia, hubo problemas en la pareja, como violencia, embriaguez, infidelidades, no se entendieron y se separaron, eso no anula el matrimonio. Si ya tienen tiempo separados y uno de ellos ya vive con otra persona, eso tampoco lo anula» (ídem). Un contraste bastante chocante, ¿no es así?


¿En qué consiste un tribunal eclesiástico?

Los cambios de Bergoglio seguramente facilitarán muchas “nulidades”. Pero quienes se sometan a un proceso de este tipo deben saber que comparecerán ante un tribunal eclesiástico cuyos jueces podrán indagar en los motivos profundos de conciencia que llevan a la pareja a seguir esta vía, y ante el cual deberán contar todo tipo de intimidades conyugales y personales. Y no cabe duda de que hay quienes exageran o mienten para obtener este divorcio con aprobación eclesiástica, y alegan motivos aceptados por la ICR, como el de que tenían “incapacidad psíquica” cuando se casaron.

En el artículo El timo de la nulidad escribía José M. Vidal en 2001: «El que no anula es porque no quiere. Un buen abogado hace maravillas. Y testigos que digan “lo que hay que decir” salen de debajo de las piedras. Algunas parejas se curan en salud y, previendo su posible fracaso, antes del día de la boda declaran ante notario que van coaccionados al matrimonio o que excluyen la prole para, por si lo necesitasen, tirar en su día de documento acreditativo. Con tal papel, la anulación es casi automática.»

Hay casos sangrantes, como el de María Gil de Antuñano, víctima de malos tratos según sentencia judicial, que acudió al Tribunal Eclesiástico Metropolitano de Madrid citada por el arzobispado para dilucidar la causa de nulidad matrimonial solicitada por su ex esposo. El maltratador quería la nulidad, pero María no, debido a sus convicciones religiosas (ya hemos visto que para la ICR la violencia contra la mujer no es causa de nulidad). Una vez allí, tuvo que responder a si no se casó «epatada con el dinero» de su novio, o a preguntas como «¿Seguro que usted no le provocaba?», o: «Si le pegó, ¿cómo es que no se defendió usted?». La dignidad de esta pobre mujer brilló ante la perversa maldad del pseudojuez cuando ella le respondió: «Porque me educaron en la no violencia» (El Mundo, 18.2.15).

Seguramente la gran mayoría de los procesos de nulidad son mucho más “normales” que este caso. Pero lo destacable es que la filosofía y el procedimiento de la nulidad católica propician situaciones como esta. Que el Estado del Vaticano organice el sistema judicial para sus súbditos como bien le venga, pero quizá cabría plantearse si en un estado democrático se puede admitir que existan “tribunales” de este tipo…


Conclusiones

Multitud de parejas católicas viven su matrimonio de forma ejemplar y coherente con su fe; una fe que les anima a superar los retos y a profundizar en el amor. La teología católica del matrimonio contiene, no cabe duda, elementos evangélicos; pero a la vez se sostiene sobre unas bases sacramentalistas, unas normativas canónicas basadas en tradiciones humanas, y una idea de la indisolubilidad ajenas a la Biblia. Además atribuye a su iglesia el monopolio sobre el matrimonio real, y niega o minimiza el valor del matrimonio civil.

Ello determina un concepto de “nulidad” que implica distorsiones muy graves, y ante todo otorga a la jerarquía y a la institución unos poderes que sólo corresponden a Dios. Las modificaciones canónicas de Bergoglio no cambian nada esencial: aumentan los poderes de la jerarquía (los obispos) y mantienen la autoridad del clero (por encima de la conciencia de los cónyuges) para determinar si un matrimonio ha existido o no.

Con los cambios del actual papa probablemente aumentará el número de “nulidades”, que en general son (siempre lo han sido) divorcios encubiertos. La previsible avalancha de solicitudes y la diversidad de causas de nulidad aprobadas pueden crear situaciones confusas. Y siguen sin ser motivo de nulidad la violencia doméstica o la infidelidad.

La inmensa mayoría de la sociedad, incluso de los católicos, seguirá sin comprender hasta qué punto este sistema teológico-normativo supone dotar a una institución humana de un poder inmenso sobre la vida y la conciencia de las personas. Por eso las modificaciones supuestamente flexibilizadoras de Francisco son vistas como unas medidas de “misericordia”. Si los creyentes se guiaran por el evangelio, que asume que el matrimonio civil es válido porque supone un compromiso solemne de la pareja, y establece que hay motivos aceptables para el divorcio, no tendrían que pasar por estas situaciones tan peculiares.

Para escribir al autor: laexcepcion@laexcepcion.com
© LaExcepción.com

Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

Acceder a todos los artículos sobre el papa Francisco

Fuente de la imagen: www.buenanueva.es

[Portada] | [Presentación] | [Índice General]
[Actualidad] | [Asuntos Contemporáneos] | [Nuestras Claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
correoe-e laexcepcion@laexcepcion.com
Es nuestra intención contestar todos los mensajes recibidos en LaExcepción.com.
Dado que nos llega mucho correo-basura, es posible que alguno de ellos se pierda,
por lo que si no se recibe respuesta en un plazo breve,
rogamos se insista e incluso se escriba a varias de nuestras cuentas a la vez.