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Francisco (XIII): La encíclica ecológica: el problema es el autor
© Guillermo Sánchez y Simón Itunberri (laexcepcion@laexcepcion.com)
www.laexcepcion.com (14 de agosto de 2015)

Todo el mundo alaba a Bergoglio por su encíclica ecológica. Pero, como cualquier documento papal, debe leerse de manera atenta, crítica y contextualizada, lo cual nos permitirá descubrir aspectos preocupantes.

Laudato si’ (“Alabado seas”) es la primera encíclica en solitario de Jorge Bergoglio (la anterior, Lumen fidei, la corredactó con Ratzinger). Se trata de un texto que ha tenido un gran impacto mundial, a pesar de que seguramente pocos de los que hablan sobre él lo han llegado a leer.


Aspectos positivos

Políticos, ambientalistas, ecologistas, movimientos sociales… han agradecido y elogiado que una persona de tanta influencia como el jefe de la Iglesia Católica Romana (ICR) se haya pronunciado claramente a favor de la defensa del medio ambiente. El texto supone una acertada síntesis de las inquietudes científicas y sociales sobre la sostenibilidad de nuestro planeta, desarrolla una teología sobre la naturaleza fundada en sólidos principios bíblicos y plantea propuestas prácticas para afrontar el problema.

Rechazando las tradiciones occidentales, supuestamente basadas en la Biblia, que preconizan el sometimiento del medio ambiente a la arbitrariedad del ser humano, Francisco defiende que el mandato divino indica la necesidad de cuidar sobriamente del entorno natural: «La capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios (nº 5). Es precisamente la negación de Dios la que entraña el riesgo de que el ser humano se erija en dominador de la naturaleza: «El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos» (nº 6; cita de Benedicto XVI). Y el «relativismo práctico que caracteriza nuestra época», que es «todavía más peligroso que el doctrinal», da lugar a un «estilo de vida desviado» (122).

El papa insta a imitar el ideal de Francisco de Asís, que no era «un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio» (11). El ambientalismo cristiano es a la vez humanista, pues «un retorno a la naturaleza no puede ser a costa de la libertad y la responsabilidad del ser humano, que es parte del mundo con el deber de cultivar sus propias capacidades para protegerlo y desarrollar sus potencialidades» (78). La encíclica se distancia de ciertas posiciones que divinizan la naturaleza, pues pueden conducir a «una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana», de modo que «se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos» (90).

Ese marco teológico es el que sustenta la crítica que Bergoglio hace a algunos aspectos y fundamentos del capitalismo (sistema que el papa, una vez más, no menciona por su nombre): ataca la privatización del agua porque esta es un «derecho humano básico, fundamental y universal» (30), las «propuestas de internacionalización de la Amazonia, que sólo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales» (38), «el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente» (56), el papel de las grades finanzas en el desencadenamiento de guerras (57), «la idea de un crecimiento infinito o ilimitado» (106) y la lógica del «paradigma tecnocrático» dominante (108).

Consciente de que «cada época tiende a desarrollar una escasa autoconciencia de sus propios límites» (105), Bergoglio propone una serie de medidas prácticas para preservar el medio ambiente, que abarcan desde las pequeñas decisiones diarias de cada persona, hasta acuerdos de ámbito internacional.

Por cierto, varios pasajes suponen una condena implícita a las corridas de toros y tradiciones similares: «La indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos. […] Todo ensañamiento con cualquier criatura “es contrario a la dignidad humana”» (92; ver también 130 y 221). ¿Se darán por aludidos los toreros, en general tan devotamente católicos?


Autorreferencia y paternalismo

Pero no todo es positivo en esta encíclica. Aun cuando pregona los límites de su función, el papa lo hace resaltando el alto rango desde el que habla: «Quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta…» (3). No hay cargo destacado en el mundo que asuma para sí mismo una jerarquía más elevada entre los hombres que el jefe de la ICR. De ahí que, por mucha humildad que profese, Francisco no puede evitar el característico tono paternalista y de asumida autoridad moral de sus predecesores y de los jerarcas religiosos en general: además de destacar la «paternal preocupación» con que Benedicto XVI trató estos asuntos (6), dice el papa: «Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos» (13). «Espero que esta Carta encíclica, que se agrega al Magisterio social de la Iglesia, nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta» (15). «La Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero invito a un debate honesto y transparente» (115). Tampoco «tiene por qué proponer una palabra definitiva y entiende que debe escuchar y promover el debate honesto entre los científicos, respetando la diversidad de opiniones» (61). Y se dirige «a todas las personas de buena voluntad» (62), asumiendo así su propia buena voluntad...


Elogio acrítico de su propia tradición

No sin razón, destaca Francisco algunos valores positivos del estilo de vida monacal, en el que la «introducción del trabajo manual impregnado de sentido espiritual fue revolucionaria» (126); pero pasa por alto que estos monasterios estaban imbricados en el sistema feudal, del que obtenían múltiples privilegios, y suponían un eslabón en la cadena de explotación del campesinado.

Menciona «esos dualismos malsanos [que] llegaron a tener una importante influencia en algunos pensadores cristianos a lo largo de la historia y desfiguraron el Evangelio» (98), cuando lo cierto es que no fueron “algunos” los pensadores de esa línea, sino que el dualismo impregna la teología y las concepciones del catolicismo romano de todos los tiempos, y la excepción son los pensadores heterodoxos que no sucumbieron a él y que generalmente fueron condenados por Roma. Citando a Juan Pablo II afirma que «el Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad» (235); pero lo cierto es que su iglesia durante siglos sí la ha rechazado, o más bien minusvalorado, precisamente por ser rehén de ese dualismo.


Crítica al capitalismo, pero mirando sólo a los demás

Ya hemos visto las acertadas críticas de Bergoglio al capitalismo, que por cierto no son una novedad, sino que están presentes en documentos papales desde el siglo XIX. También sostiene que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada» (93); algo cierto, pero que suena a sarcasmo al no ir acompañado de una referencia a la estrecha alianza que la Iglesia Católica Romana ha mantenido y mantiene con los poderes financieros mundiales, al descomunal acaparamiento de propiedades privadas que esta institución ha practicado siempre y sigue practicando (véase el caso de las “inmatriculaciones” en España), y a la permanente confusión entre el ámbito privado y el público presente en el sistema ideológico papal.


Escatología inmanentista

Es imprescindible denunciar que el ser humano está destruyendo su propio hábitat. Y esta denuncia, como bien argumenta Bergoglio, parte de la Biblia (67). Pero Jesús y los autores bíblicos de ningún modo predicen una evolución positiva de la historia humana, sino todo lo contrario: a medida que esta avance, la maldad de los humanos crecerá hasta el punto de que la situación global será insostenible. Entonces Cristo intervendrá regresando a la tierra a instaurar su reino definitivo (ver Mateo 24; 2 Tesalonicenses 2: 1-8; 1 Timoteo 3: 1-5; Apocalipsis 16-18). Quienes sostienen esta convicción cristiana de ningún modo deberían volverse irresponsables hacia el medio ambiente (lo mismo que tampoco son incitados a practicar la maldad por ser esta una señal del fin). Pero es una enseñanza bíblica que no puede ocultarse al tratar sobre el futuro del mundo, y que además coincide con las perspectivas de muchos científicos que anuncian que, desde el punto de vista ambiental, ya es demasiado tarde para corregir la deriva catastrófica del planeta (así lo sostienen el padre de la teoría Gaia Lovelock, el virólogo Fenner, los geocientíficos Knight y Harrison, etc.). La dinámica totalitaria de la globalización capitalista, dirigida por círculos de poder transnacionales que nadie puede controlar, el creciente abismo socioeconómico entre el norte y el sur y los usos potencialmente dictatoriales de la tecnología tampoco auguran un futuro positivo para el conjunto de la humanidad.

Bergoglio, en cambio, presenta una perspectiva diferente a la bíblica. En algún pasaje se muestra realista («Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo», 104), pero en general se inclina hacia cierto voluntarismo sin una base real: «No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (212). Una cosa es que los beneficios de las buenas prácticas se difundan; otra, que salven el planeta.

Dice que la criaturas «avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo» (83), pero ¿hacia dónde? Parecería que hacia la vida eterna, que la enseñanza católica sitúa en un más allá difuso: «Nos unimos para hacernos cargo de esta casa que se nos confió, sabiendo que todo lo bueno que hay en ella será asumido en la fiesta celestial» (224). Pero más bien la encíclica apunta a un futuro paraíso en la Tierra, conseguido por el esfuerzo de la humanidad: se debe dar un «salto hacia el Misterio» (210), promover «un nuevo paradigma» (215) y «un nuevo comienzo» mediante «el despertar de una nueva reverencia ante la vida» (207). «Estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo» (53).

Afirma también: «Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados» (243). ¿”Al final”? ¿Cuándo tendrá lugar ese final? ¿Cuando muera cada persona? Una vez más se oculta que el destino del planeta es la Segunda Venida de Cristo, enseñanza que por cierto está en el Catecismo de la Iglesia Católica (números 1001, 1038-1050).

¿Por qué oculta? Quizá porque de este modo Francisco conecta con ciertas filosofías cada vez más populares que anuncian un despertar de la humanidad hacia una nueva fase evolutiva, más plena y más armónica con la naturaleza. Reivindicando la tradicional mística católica, el papa se acerca a la Nueva Era (New Age), con ecos panteístas: «El ideal no es sólo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas» (233). «No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así “siente ser todas las cosas Dios”» (234).

Este ocultamiento de la perspectiva bíblica ha favorecido que la encíclica haya sido tan bien recibida por ambientalistas de todo tipo, incluidas las corrientes más cercanas a la Nueva Era. Y aunque el texto sostiene en varios puntos la idea bíblica de un Dios creador, y remite al Génesis (65), explicando que «la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios» (66), afirma que «Dios quiso crear un mundo en camino hacia su perfección última y […] esto implica la presencia de la imperfección y del mal físico» (nota 49), lo cual es totalmente contrario a lo que la Biblia dice: que Dios creó el mundo perfecto, pero que el ser humano cayó y arrastró consigo a la creación. Pero, según Bergoglio, Dios «de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador» (80); es decir, Dios, aun siendo capaz en su omnipotencia de crear un mundo perfecto, prefirió crear un mundo imperfecto en el que existiera el sufrimiento, en el que unos seres vivos debían matar a otros durante millones de años para poder llegar a estadios evolutivos superiores. Según este planteamiento, Dios no creó un paraíso, sino un infierno. Los intentos de compaginar creacionismo y evolucionismo (propios de la ICR y de muchas otras iglesias) se topan con el grave obstáculo de distorsionar hasta ese punto la imagen de un Dios de amor.


Sacramentalismo místico

Para apoyar su ecologismo, Bergoglio recurre a los sacramentos católicos, según él «un modo privilegiado de cómo la naturaleza es asumida por Dios» (235). Se centra especialmente en la eucaristía. Según su iglesia, la hostia, en el momento en que el cura la consagra, se convierte de forma real en el cuerpo de Cristo: «Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura» (236). A partir de este concepto, basado en una distorsión del texto bíblico (ver Juan 6: 53-63), el papa desarrolla unas ideas un tanto chocantes: «En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico: “¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo”». […] En el Pan eucarístico, “la creación está orientada hacia la divinización”» (80). Estas elucubraciones místicas suenan más a esoterismo que al sencillo planteamiento de Jesús y los apóstoles, que concebían la comunión como una conmemoración de la muerte de Cristo en una comida compartida (Lucas 22: 19).


El domingo como solución

En conexión con la eucaristía, introduce el papa una defensa del domingo como día de descanso. Dice que «ese día, así como el sábado judío, se ofrece como día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo» (237; ver también 68). Menciona el “sábado judío” quizá como aproximación ecuménica a esta religión; pero lo cierto es que el sábado es cristiano pues, a pesar de la tradición seguida por casi toda la cristiandad, el Nuevo Testamento en ningún momento transfiere el mandamiento del séptimo día –sábado– al primero –domingo– (la propia ICR ha modificado los Diez Mandamientos para sancionar este cambio tradicional). Acertadamente dice Francisco que el descanso semanal «es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás», pero retorna al sacramentalismo al añadir que el centro del día de descanso es la eucaristía, que «derrama su luz sobre la semana entera» (237).


Mariolatría

En la ecología de Bergoglio no podía faltar María: «La madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. […] Elevada al cielo, es Madre y Reina de todo lo creado. […] Por eso podemos pedirle que nos ayude a mirar este mundo con ojos más sabios» (241). Una vez más, niega el carácter único de la mediación de Cristo (ver Francisco (IX): ¿Cristo en el centro, o María?).


A Francisco “se le perdona” su antiabortismo

Como muy acertadamente (y con rabia) han señalado sectores conservadores de la ICR, todos exaltan la encíclica, pero la gran mayoría pasa por alto que uno de sus pilares es la condena del aborto. Bergoglio, con gran coherencia, considera que no es «compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades» (120). Es decir, que el auténtico ecologista debe ser antiabortista. Esta idea no ha sido destacada en los titulares de la prensa mayoritaria, aunque se repite a lo largo del texto (ver 50, 117, 123 y 136). Tampoco el rechazo de la homosexualidad que aparece en el número 155: «La valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma”».

Como la gente habla de oídas, se explica que el líder de un partido abortista y partidario del matrimonio gay como el PSOE diga que suscribe Laudato si’ y la toma como referencia (Religión Digital, 14.7.15). Y aunque la progresía leyera la encíclica, pasaría por alto estos “detalles” sobre moral sexual, como ya hicieron en el Parlamento Europeo, porque a un papa tan “revolucionario” como Francisco se le perdona todo (a los dos anteriores se les trituraba cuando atacaban el aborto o la homosexualidad).


Hacia un gobierno mundial

Quizá el tema de este documento que más han destacado los medios de comunicación sea el referido al calentamiento global. Muchos han celebrado que alguien tan influyente como el papa se haya pronunciado a favor de tomar medidas para afrontar este desafío; los “climaescépticos”, por su parte, han destacado que en materias científicas la del papa es una opinión más. La encíclica, efectivamente, expone que «es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero» (23).

Siendo que «en lo relacionado con el cambio climático, los avances son lamentablemente muy escasos» (169), y dada la forma desastrosa en que la humanidad viene tratando al planeta en los últimos dos siglos, Bergoglio defiende que son necesarias políticas globales: «La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (164). «Se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar», y rescata la vieja propuesta de Juan XXIII y de Benedicto XVI: «Urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial» (175). Una propuesta muy peligrosa, máxime si viene de quien viene (ver El papado aboga por un gobierno mundial).

En un mundo sin «verdaderos horizontes éticos de referencia» (110) es obvio que el papa quiere convertirse en el referente mundial: «Hace falta construir liderazgos que marquen caminos» (53). Y contrapone el modelo presente con el evangélico: «La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad […]. Jesús está en las antípodas de semejante modelo, y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: “Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor” (Mt 20,25-26)» (82). Francisco se expresa así con toda tranquilidad porque muy pocos parecen ver que, paradójicamente, al margen del talante personal de un papa u otro, el propio concepto del papado también está en las antípodas de este principio cristiano, y por tanto nadie hay menos autorizado para invocar este texto evangélico.


No es más que un (buen) texto divulgativo

Si hasta ahora la publicación de una encíclica por parte de un papa suscitaba interés en la sociedad, con Francisco las expectativas han sobrepasado todo lo anterior, debido al impacto que su persona viene provocando desde que accedió al trono. El Vaticano, como siempre, ha manejado hábilmente los tiempos y la propaganda, anunciando con meses de antelación el tema de la encíclica y generando grandes expectativas. De modo que, antes de que se publicara, todo el mundo celebraba que el papa iba a alinearse con quienes promueven actuaciones que frenen el cambio climático y el deterioro ambiental. Y, como suele ocurrir, una vez publicada casi todos creen saber lo que dice el documento, aunque se hayan limitado a leer algunos extractos y resúmenes de la prensa (la mayoría hechos de forma precipitada y sesgada).

El papado ostenta unas prerrogativas sobrenaturales y divinas (entre ellas la infalibilidad al pronunciarse ex cathedra). Es lógico que los católicos esperen con expectación lo que dice su jefe sobre este tema o aquel. Pero es llamativo cómo ese “efecto carisma” arrastra al conjunto de la sociedad; constituye todo un éxito de la ICR conseguir que todos estén pendientes de lo que dice un simple mortal, y que se alegren cuando coincide con sus ideas. En el caso de Laudato si’, ya hemos dicho que sintetiza muy bien muchas ideas teológicas, científicas y sociopolíticas sobre el tema ambiental, pero lo cierto es que Francisco no aporta nada que no hubieran escrito antes otros autores, católicos, protestantes o seculares (de hecho, al escribirlo ha integrado aportaciones de numerosas personas y organizaciones). Hace su contribución, como tantos otros, y en seguida se le sitúa a la cabeza del movimiento ambientalista.

Su documento es un texto de nivel divulgativo, ni más ni menos. Pero casi todos lo contemplan como autoritativo. Ello hará reflexionar a muchos y fomentará actitudes positivas, sin duda; pero, ¿a qué coste?


¿Puede el papa salvar el planeta?

Los elogios y alabanzas que está recibiendo Bergoglio alcanzan límites insólitos. Leonardo Boff, el veterano teólogo de la liberación que desde hace tiempo defiende posiciones New Age cercanas al panteísmo, destaca los paralelismos entre Laudato si’ y la Carta de la Tierra, y concluye: «Estos dos documentos son faros que nos guían en estos tiempos sombríos, capaces de devolvernos la necesaria esperanza de que todavía podemos salvar la Casa Común y a nosotros mismos» (RD, 6.8.15).

La activista Naomi Klein destaca la valentía del papa (Zenit, 1.7.15). Juan Arias va más allá: «En un mundo huérfano de líderes mundiales capaces de imponerse por su fuerza moral y de enfrentarse ante los tiranos como hizo Jesús con Herodes, la arriesgada decisión del papa Francisco de dedicar su primera encíclica no al cielo, sino a la tierra, condenando a los responsables del nuevo holocausto ecológico, lo consagra como un gran líder mundial no sólo espiritual sino también social y hasta político» (El País, 18.6.15).

El rabino pacifista estadounidense Michael Lerner titula un artículo suyo: “El papa podría salvar el planeta… ¡si te unes a un esfuerzo interreligioso en apoyo de su hoja de ruta!” (Huffington Post, 17.6.15). Reconoce que si el papa puede expresarse así es porque tiene total libertad de movimientos al ser la cabeza de una organización no democrática y jerárquica; algo que deplora, pero que encuentra conveniente en casos como estos (¡¡!!). Y si algunos católicos conservadores le atacan, ello ofrece más motivos «para que los demás abracemos a este papa».

Efectivamente, los pocos ataques que ha recibido Francisco por esta encíclica, como el de algunos neocons estadounidenses, son tan patéticos que no han hecho más que reforzar la imagen de Bergoglio.

¿Pero tan incapaces somos los humanos que necesitamos grandes líderes, también humanos, que nos guíen? Por lo visto sí. Gente que lleva años en la política parece que necesitaba que el papa escribiera esta encíclica para abrir los ojos al problema medioambiental. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, considera que nada podría ser más alentador que Francisco, «la voz moral más fuerte en el mundo de hoy», llame a la acción a las fuerzas políticas. De Blasio dice que «su voz es muy inspiradora. Creo que para la mayoría de la gente, que lo vemos en la televisión y leemos sus escritos, eso es lo que nos inspira. Será un verdadero honor que pase algún tiempo en Nueva York en septiembre. Pero sólo oírle hablar hoy, el poder de su voz, y también el significado de la encíclica, ha sido increíble» (Zenit, 23.7.15). Lo que es increíble es tanto papanatismo y tanta papolatría… si es que (sólo) se trata de eso.

Por supuesto, no podía faltar el otro emperador del mundo, Obama, quien subrayó que, como indica Franciso en Laudato si’, «la lucha contra el cambio climático es una obligación moral». Cuidado cuando los grandes poderes del mundo nos hablan de obligaciones morales. El gran promotor de amenazas múltiples –buena parte de ellas, cumplidas– dice que «no hay un desafío que suponga una amenaza mayor para nuestro futuro que el cambio climático» (Zenit, 4.8.15). En correspondencia, los obispos católicos de Estados Unidos apoyan el plan de Obama contra el cambio climático (RD, 5.8.15). Aquí tenemos de nuevo al Imperio económico-militar de la mano del Imperio espiritual.

Los grandes poderes, los principales destructores de este mundo, no sólo no se sienten amenazados e interpelados por este papa “profético” y “revolucionario”, sino que unen su hombro al suyo… ¡y todos tan felices! ¿Es posible que casi nadie vea que todo responde a un apuntalamiento del Sistema?


El problema es el autor

Ya hemos visto que el contenido de la encíclica presenta algunos problemas. Pero el principal problema es el autor. ¿Quién es el autor de Laudato si’? No sólo es Mario Bergoglio, una persona que nos puede gustar más o menos. Es el hombre que encarna una institución que siempre se ha caracterizado por tratar de acumular un cada vez mayor poder temporal y espiritual, hasta extremos de autodivinización que han ido aumentando a lo largo de la historia, y que Bergoglio de ningún modo ha abolido o frenado (ver Francisco (VI): Su concepto de iglesia). Es el monarca absoluto de una iglesia-estado que opera siempre buscando los máximos privilegios y prerrogativas para sí misma, como bien sabemos quienes vivimos en países tradicionalmente confesionales, como España. Concederle autoridad y liderazgo moral a una potencia de este tipo, aun cuando diga cosas acertadas, implica entrar en su juego de poder y contribuir a elevarla por encima de los demás humanos, algo que el papado siempre ha pretendido.

Para escribir a los autores: laexcepcion@laexcepcion.com
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Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

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Fuentes de las imágenes: famvin.org y cienciaenlavidriera.com.ar.

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