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Francisco (XI): Todos le aplauden
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (3 de diciembre de 2014)

Hasta el partido Podemos aplaudió al papa en el Parlamento Europeo. Pero pocos han reparado en todo lo que en aquella ocasión dijo Francisco, y en las implicaciones de su presencia y sus palabras allí.

Ya hemos analizado la forma en que el papa Francisco ha cautivado, no sólo a los sectores aperturistas de su iglesia (incluso aquellos reacios a Wojtyla y a Ratzinger), sino también a un amplísimo porcentaje de progresistas o progres, incluyendo a algunos explícitamente antirreligiosos.

En los últimos meses la franciscomanía se ha incrementado, alimentada por la celebración en el Vaticano del sínodo sobre la familia (en el que se han pronunciado palabras comprensivas hacia los divorciados que quieren comulgar y hacia los homosexuales), o por la conducta del papa frente a la pederastia en su iglesia, en concreto en el caso de un joven español al que Francisco animó a denunciar los abusos que sufrió en el pasado.

El 25 de noviembre de 2014 llamaba la atención de todos el que Pablo Iglesias, eurodiputado de la pujante formación Podemos, aplaudiera fervientemente la intervención del papa en el Parlamento Europeo,  a la vez que la elogiaba a través de Twitter. Chocaba porque Podemos es una formación considerada de izquierda radical, que entre sus propuestas defiende la eliminación de los privilegios a la Iglesia Católica Romana (ICR); y chocaba todavía más porque mientras Iglesias aplaudía, los eurodiputados españoles de Izquierda Plural abandonaban el parlamento como protesta por la intromisión de lo confesional en el ámbito político (por lo tanto, y para ser exactos, casi todos aplauden al papa).


¿Un papa "revolucionario"?

En el ámbito de la izquierda española ha habido reacciones diversas a la actitud de Iglesias. Destacaré y analizaré la de Santiago Alba Rico, escritor vinculado a Podemos (cuya posición sobre Libia y Siria, en gran medida coincidente con las premisas imperiales, ya hemos analizado previamente: ver Siria y Santiago Alba Rico I y II).

En su artículo "Pablo Iglesias y el Papa" (Público, 2.12.14), Alba apoya el comportamiento de Iglesias, y defiende al dirigente de Podemos de las críticas que ha recibido desde la izquierda. La mayoría de estas se han centrado en que el papa no sólo es contrario al aborto, sino que además lo expresó en aquel mismo discurso, haciendo referencia a «los niños asesinados antes de nacer» (algo inaceptable para la mayor parte de la izquierda actual); otros también han recordado que la posición oficial de la iglesia a la que Bergoglio representa sigue siendo contraria a cuestiones como el matrimonio homosexual (respecto a Francisco en relación con ambos temas, véanse nuestros artículos ¿Qué pasa con el aborto? y Su posición ante la homosexualidad).

Según Alba, «el Papa Francisco –buen lector de Gramsci, el cual era, a su vez, un sutil y casi envidioso "vaticanista"– ha emprendido una radical reforma de la Iglesia desde dentro, tan radical y tan incuestionable que ha activado numerosas y ásperas resistencias internas». La revolución es tan profunda que «casi la única continuidad que lo vincula aún al pasado (¡que no es poco!) tiene que ver precisamente con el aborto». Cree Alba que «nadie puede negar que el Papa Francisco ha dado un "escandaloso" hachazo al legado más reaccionario de la Iglesia».

Una vez más comprobamos hasta qué punto desbarran quienes hablan sobre el papa de oídas, a partir de los titulares sensacionalistas de los periódicos. Seguramente Alba Rico no se ha enterado de las declaraciones del papa sobre el "genio femenino", sobre la mujer católica comparable al "icono de la Virgen, Nuestra Señora", o sobre la "tontería" de que ellas puedan ser ordenadas; igual de "revolucionaria" es su exaltación del celibato de los "religiosos" (ver Francisco (V): La mujer en la iglesia y el celibato).

Como a los progres (obsesionados con el aborto y la homosexualidad) no les preocupan mucho las cuestiones "exclusivamente" religiosas, Alba tampoco habrá reparado en que a Francisco le vincula (¡y hasta qué punto!) con el pasado su concepto de iglesia: como "madre", salva y limpia de pecado; y como estructura jerárquica, es el único lugar donde se puede amar a Jesús. ¿Y no hay continuidad de Francisco con el pasado en los títulos que ostenta: «Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y metropolitano de la provincia romana, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Siervo de los Siervos de Dios»? (ver Francisco (VI): Su concepto de iglesia).

Una iglesia que Francisco concibe como organización jerárquica y centralizada en torno a su persona, regulada por el derecho canónico, con su "Tribunal de la Inquisición" (de largo nombre actualmente), con sus "canonizaciones" (entre ellas la del "progresista" Juan Pablo II)… (ver Francisco (VII): Organización de la iglesia). Si entramos en cuestiones doctrinales, encontraremos que Bergoglio confirma toda la dogmática tradicional basada en los "avanzadísimos" documentos de Trento y del Catecismo (ver Francisco (VIII): ¿Giro doctrinal?).

Continúa Alba: «En mi opinión el aplauso de Pablo Iglesias fue sincero y al mismo tiempo muy inteligente. No fue una concesión sino una intromisión y hasta una reclamación. Pablo Iglesias, con ese aplauso, se convertía así en el portavoz del ala cristiana de Podemos, de los cristianos de izquierdas que votan o van a votar a Podemos». Incurre Alba aquí en un error que el Vaticano encontrará adorable: identificar al papa como el representante por excelencia del cristianismo y de los cristianos. Porque Alba no habla de los católicos romanos, sino de todos los cristianos; cuando lo cierto es que muchos cristianos no aceptan la institución del papado porque la consideran esencialmente anticristiana (ver ¿Quién es el Santo Padre?).


El discurso del papa

«El Papa se lo [sic] mereció a ratos ese aplauso», afirma Santiago Alba (quien, por cierto, siempre escribe "Papa" con mayúscula). ¿En qué ratos? Analicemos el discurso de Francisco y busquemos en él las referencias que suscitaron el entusiasmo de los "podémicos".

Francisco dijo que «promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos». Algo repetido innumerables veces por sus predecesores, al igual que sus siguientes palabras: «Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese "todos nosotros" formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social» (era esta una referencia de Benedicto XVI, a quien cita varias veces en el discurso, al igual que hace con Juan Pablo II). ¿Resulta esto revolucionario?

Bergoglio señaló la soledad que afecta especialmente a los ancianos, «los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro» y «los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor». Al respecto, repitió sus palabras de Lampedusa de que «no se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio».

Otro de los pasajes que ha despertado entusiasmo entre ciertos izquierdistas fue la referencia papal a la «desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas». Para Francisco, «los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones». Y les satisfizo hasta el colmo su referencia a «las presiones de intereses multinacionales no universales» que hacen más débiles a las democracias «y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos», así como sus palabras: «Es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos».

Están bien estas denuncias escuchadas en el Parlamento Europeo. Pero, ¿realmente son para tanto? En los aplausos de muchos eurodiputados, ¿no ha habido acaso un entusiasmo previamente alimentado por la expectativa de que Francisco "rompe moldes", como muchos dicen que está haciendo en otros ámbitos?

Pero la cuestión clave, ante todo, es: ¿Hace falta que venga un papa al Parlamento Europeo para denunciar todo esto? Lo llevan haciendo numerosos eurodiputados desde hace décadas; lo que ocurre es que no son famosos como el papa y los medios no ponen la atención sobre ellos. Y lo que hay que asegurar es que se oigan las voces de los representantes legítimos de la soberanía europea; no se puede "delegar" la denuncia de la injusticia en el representante de una monarquía absoluta teocratista.


¿Qué más dijo Francisco?

El mensaje papal, y esto es lo grave, no se limitó a lo que acabamos de reseñar, sino que incluía muchas cosas más (aunque a la progresía sólo le chirrió lo del aborto).

En primer lugar, el tono de Francisco hacia los «queridos Eurodiputados» fue paternalista, como es habitual en él y en todos los papas (palabra que no en vano significa "padre"): «Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor…», dijo ("Pastor" aparece con mayúscula en el texto oficial difundido por el Vaticano, cuando para cualquier cristiano el único Pastor con mayúscula es Jesús –Juan 10: 11-14). «Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión», les dice, exhortándoles «a trabajar para que Europa redescubra su alma buena» (esa que se supone que el propio papa representa).

En segundo lugar, fue un mensaje en gran medida eurocéntrico. Es cierto que, al hablar del sector agrícola, dijo que «no se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas» (se olvidó de que se desechan también en los stocks, como consecuencia de la Política Agraria Común). Pero lo hizo en un contexto en el que afirmaba también que «Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología». Si nos referimos a la preocupación por la calidad medioambiental de nuestras ciudades, o a la protección de espacios naturales europeos, desde luego Europa está a la vanguardia. El problema es que Europa no vive cerrada en sí misma, sino que su economía constituye uno de los epicentros mundiales de la rapiña devoradora de las multinacionales que, ya desde la época colonial pero también –y todavía más– en nuestra época neocolonial, arrasan sin misericordia los recursos de los países empobrecidos, a los que exportamos nuestra contaminante basura tecnológica. Pero el entusiasmo europeísta del papado, inspirador de la Comunidad Económica Europea desde sus inicios, también idealiza la imagen de nuestro continente.

Además, Bergoglio expuso la concepción tradicional de la familia según su iglesia, contraria al divorcio y a los anticonceptivos: «La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales».


El confesionalismo de siempre

Pero lo más grave no fue todo esto, sino su discurso confesionalista. Haciendo referencia al famoso fresco La escuela de Atenas de Rafael, Francisco destacó cómo la imagen de Platón (apuntando con el dedo hacia lo alto) y Aristóteles (tendiendo «la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta») describen bien «a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas». Para el papa, «el futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma».

Francisco destaca «no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento». Con su habitual diplomacia, advierte que «dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento». Se muestra «convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque "es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia"», afirma, citando a Benedicto XVI y su famosa tesis de que la vacuna para la violencia es la religión, y la increencia es una fuente de violencia. Bergoglio también cita indirectamente a su predecesor cuando afirma que para «mantener viva la democracia» es necesario precaverse de «los totalitarismos de lo relativo» (una de las expresiones favoritas de Ratzinger).

Para Francisco «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo» (ateos como Alba Rico quedarían por lo tanto en la parte corporal, la inferior según la antropología católica); y añade: «Dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. […] Ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; […] una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe».

Encontramos aquí, si bien con un tono algo más suave, el clásico e insistente discurso sobre las "raíces cristianas de Europa" que tanto Wojtyla como Ratzinger pronunciaron en numerosas ocasiones. Un discurso que defiende el confesionalismo más audaz y que supone un revisionismo descarado de la historia de Europa y del papel que el papado y la ICR han desempeñado a lo largo de ella (ver ¿Una Europa confesional? y Las "raíces cristianas" de Europa: una exigencia confesional). Resulta que el mayor enemigo de las libertades (en especial la religiosa y de conciencia) durante más de mil años en Europa va a ser ahora el garante de esas libertades. Y que la institución que ha negado durante siglos el derecho a existir de otras iglesias apela ahora a la historia para defender las "raíces cristianas" que ella ha perseguido. Y que quien pretende representar al cristianismo es quien con sus palabras y actos más se aleja de lo que según la Biblia este debe ser (ver Blasfemias).

Por supuesto, y como siempre, el papado se postula a sí mismo para la colaboración con las instancias políticas de la UE: «Quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea»


Lo más grave de todo

El partido Podemos y buena parte de la izquierda aplaude un discurso con un diez por ciento de mensaje alternativo (pero de ningún modo insólito en el Parlamento Europeo), un sesenta por ciento de obviedades y un treinta por ciento de peligrosos contenidos confesionales. Pero eso no es todo.

Santiago Alba Rico, como muchos otros, cree que «con el papa Francisco los cristianos sensatos han dado grandes pasos. Si la Iglesia sigue siendo una matriz privilegiada de hegemonía cultural e ideológica, desde Podemos debemos ayudarles en esa dirección […] Aplaudir al Papa es engranar con un sentido común que, desde esa matriz de hegemonía, quiere cambiar también España. ¿No sería bonito echar a la derecha de la Moncloa y de la Iglesia al mismo tiempo? Podemos, en todo caso, no puede ni penalizar a los creyentes ni desdeñar ninguna posibilidad –ninguna– de engranar con el sentido común –como engrana una rueda en el eje– para desplazarlo hacia la izquierda. No se trata de que Podemos apoye al Papa sino, al contrario, de que el Papa apoye a Podemos. ¿El abrazo del oso? Es que Podemos debe aspirar a ser el oso».

Alba Rico parece no caer en la cuenta de varios puntos fundamentales:

1. Lo peligroso es que una institución religiosa sea «una matriz privilegiada de hegemonía», sea en la dirección que sea.

2. La ICR, "la Iglesia" (como la llama Alba, también con mayúscula, y con artículo determinado, como si no hubiera otras), es una institución eclesiocéntrica: siempre ha trabajado para sí misma, y lo sigue haciendo. Francisco, como lo fue Juan XXIII en su día, es la forma actual del aggiornamento, de esa puesta al día peculiar del papado de hacer que todo parezca nuevo, pero conservando las esencias supremacistas de Roma. Es un oso que no se dejará abrazar por nadie, y que abrazará a todos (con rostro cariñoso, que es lo que ahora toca).

3. Si tratamos de influir en la forma en que las iglesias se organizan a escala interna como hace Alba Rico («El aplauso de Pablo Iglesias […] no fue una concesión sino una intromisión y hasta una reclamación»; «¿No sería bonito echar a la derecha de la Moncloa y de la Iglesia al mismo tiempo?»), estamos incurriendo en una transgresión del principio de separación de la iglesia y el estado, y abrimos la puerta a que, en reciprocidad, "la Iglesia" siga queriendo organizar la política con sus intromisiones y reclamaciones.

4. ¿Por qué se invitó al papa al Parlamento Europeo? ¿En calidad de representante de una organización religiosa? ¿En calidad de jefe de estado? Se podría pensar que, ante todo, por esto último. Pero resulta que la Ciudad del Vaticano es un estado minúsculo, insignificante en número de habitantes y en territorio, y que ni siquiera es miembro de la UE (ni puede serlo por no tener un régimen democrático). Es por su doble condición (jefe de la ICR y jefe de estado) por lo que Francisco habló allí con toda la autoridad. Es decir, la UE abrió las puertas de honor a una iglesia-estado, que como tal representa (se supone) lo contrario a la identidad liberal europea. ¿Se dispensarían tales honores al rey de Arabia Saudí?

5. Francisco, ese "revolucionario" que encandila hasta a la extrema izquierda (que le perdona, como Alba, el antiabortismo), no sólo no ha dicho nada sobre una posible renuncia a la jefatura de la monarquía absoluta que gobierna, sino que con sus actos diarios consolida ese régimen (al principio algunos católicos progres tímidamente anunciaron que Bergoglio renunciaría a esa condición, pero ahora, encantados con su "revolución", ya nadie se lo pide).

6. Por supuesto, este papa tampoco ha tenido el más mínimo gesto ni palabra dirigidos a eliminar la condición de estados confesionalmente católicos que algunos países todavía ostentan; ni ha anunciado que vayan a derogarse los concordatos, o los acuerdos como los que mantiene con España, y que dotan a su iglesia de unos privilegios inadmisibles, que además suponen un agravio comparativo en relación con las demás confesiones. En todo esto Francisco no necesita disimular porque, y esto es lo más preocupante, casi nadie le está planteando estas mínimas exigencias democráticas.

7. La personalidad de este papa ha hecho olvidar a muchos lo que ha sido y lo que sigue siendo el papado. Muchos dicen que la institución no les parece aceptable, pero que si al frente de ella hay alguien tan abierto como Francisco, es algo digno de valorar positivamente. En realidad Bergoglio, como todos sus predecesores, está al servicio de la institución que encarna, por la sencilla razón de que la evolución del papado a través de la historia ha llevado a una identificación total del cargo con la persona que lo ostenta. De modo que todo elogio al papa acaba siendo rentabilizado como exaltación del papado (esto afecta a los "progresistas" que están entusiasmados con los papas de su cuerda); igualmente, la exaltación del papado por parte de los conservadores impide que estos, aunque sufran con ciertos gestos y palabras aperturistas de Francisco, se alejen de su persona, porque encarna una institución que ellos consideran sagrada. Resultado: todos están o con el papa, o con el papado. Es parte de lo que Jaroslav Pelikan denominaba "el enigma del catolicismo romano".

8. Al analizar lo que está ocurriendo en el Vaticano desde la llegada de Bergoglio, hay quienes (conscientemente o no) desvían la atención hacia la persona de Francisco, como si la cuestión fuera si es una buena persona o no. En realidad, para el asunto de las libertades, esa cuestión es irrelevante. Aun asumiendo que Bergoglio fuera una persona que estuviera promoviendo el bien en el mundo, todo reconocimiento y elogio a su figura acaba apuntalando la institución, haciéndola todavía más poderosa y hegemónica. Ese edificio político-religioso que es el papado se fortalece cada día. Y si luego llegara un "papa malo", o si este papa no resultase tan positivo como parece, su institución ya sería dominante en el mundo, como va camino de ser. Lo que urge es que las religiones tengan su espacio en la conciencia de las personas y en la sociedad, y que las instituciones religiosas (en especial si son antidemocráticas y supremacistas) no interfieran en la política.

* * *

Una última reflexión sobre Podemos: Entre las aportaciones de este nuevo partido español está la mayor receptividad a las sensibilidades religiosas de la sociedad. La izquierda (real) tradicional de España ha mirado siempre con recelo hacia todo lo que huela a espiritualidad. Algo comprensible, vista la historia de nuestro país; pero al tirar por el desagüe el agua sucia del confesionalismo católico, se corría el riesgo de que se colara también el "bebé" de la religiosidad alternativa y laicista, o simplemente de la libertad religiosa plena.

Podemos está esforzándose por incorporar todas las sensibilidades sociales, incluida la religiosa, lo cual habla positivamente de este partido; de hecho, se ha constituido un Círculo Podemos de Espiritualidad Progresista, de carácter interconfesional y laicista. Pero tras los elogios de sus dirigentes al papa, y en especial tras el episodio del Parlamento Europeo, vemos cómo esta izquierda pujante está incurriendo en el vicio contrario al de la izquierda histórica: con tal de integrar a los creyentes en un proyecto alternativo, se cuela por la puerta de atrás el confesionalismo más reaccionario. Estemos atentos.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

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Fuentes de las imágenes: lavozlibre.com y elfinanciero.com.

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