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Francisco (IX): ¿Cristo en el centro, o María?
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (22 de julio de 2014)

Se ha destacado del actual papa su exaltación de Jesús como esperanza de la humanidad. Pero en sus mensajes los atributos que la Biblia aplica a Dios y a Cristo, y a nadie más, son imputados a María una y otra vez.

Ya hemos visto en entregas anteriores de esta serie que Francisco mantiene intacta la dogmática católica romana tradicional sobre la autoridad de la iglesia papal y su jerarquía, así como sobre las múltiples mediaciones que, según esta iglesia, necesita el creyente para acceder a Dios y a Cristo: sacerdotes, sacramentos, indulgencias, “santos”, imágenes… Entre todas estas mediaciones destaca la de María, la madre de Jesús.

Bergoglio siempre profesó una gran devoción a María. En su viaje a Alemania en 1986 adquirió varias postales de una advocación de la Virgen conocida como “desatanudos”. Un artista argentino reprodujo entonces la imagen y la ofreció a una parroquia de Buenos Aires. Al cabo de pocos años se consolidó la tradición de una peregrinación de personas procedentes de diversos lugares para venerar la imagen. «Nunca me sentí tan instrumento en las manos de Dios», declaró Bergoglio (Chiesa, 29.10.13; añadimos destacados en las citas).

El primer acto de Francisco tras ser investido papa fue depositar un ramillete de flores a los pies de la imagen de “Santa María Salus Populi Romani”; allí estuvo de rodillas por unos diez minutos largos y concluyó cantando la Salve Regina junto a quienes le acompañaron (Zenit, 14.3.13). Esta devoción es muy frecuente en él (Zenit, 29.7.13), como lo ha sido en sus predecesores. En su primer encuentro con Benedicto XVI, ambos papas rezaron a María (Protestante Digital [P+D], 24.3.13).

En Aparecida (Brasil), Francisco no se puso en manos de Dios, sino en las de María: «En vuestras manos pongo mi vida». «Madre Aparecida, ayuda a los jóvenes de la Jornada Mundial de la Juventud ¡Cuánta fuerza, cuánta vida, cuánto dinamismo al servicio de la humanidad! Mantente siempre a nuestro lado, especialmente cuando la Cruz se haga más dura». Cuenta la noticia que el papa «estaba a punto de romper a llorar. Dejó unas flores cerca de la imagen (que era una copia de la original) y, ante la imposibilidad de tocarla debido a la altura, acarició el marco de metal y luego dio un beso a esa mano» (ABC, 25.7.13).

El 13 de octubre de 2013 Francisco “encomendó” el mundo a María. De Chirico analiza este acto y sus implicaciones, que básicamente consisten en ofrecer y atribuir a María lo que según la Biblia corresponde sólo y exclusivamente a Dios (P+D, 26.10.13). No solo eso: una cosa es encomendarse; otra, encomendar; esto último exige posición de superioridad relativa sobre quien recibe la encomienda (o encargo), de modo que el papa, desbordando las funciones de un sacerdote y rozando por tanto la autodeificación, parece arrogarse una superioridad sobre el propio ser sobrenatural al que se dirige. Y con estos actos el papa muestra que no le importa que no todo el mundo sea católico; él actúa como sumo sacerdote de la humanidad y nos considera bajo su jurisdicción espiritual.

El presidente de la Conferencia Episcopal Portuguesa, José Policarpo, reveló: «El papa Francisco me pidió dos veces que consagrara su nuevo ministerio a nuestra Señora de Fátima. […] María nos guiará en todos nuestros trabajos y también en la forma de dar cumplimiento a este deseo del papa Francisco» (Zenit, 9.4.14).

También “consagra” a María territorios en los que su iglesia es una minoría, como El Líbano, fundamentándolo en que allí se ve «a cristianos y musulmanes unidos por la devoción a la Virgen María» y en que «el santuario de Nuestra Señora del Líbano, en Harissa, es un lugar bendito donde todos pueden venir a invocarla» (Zenit, 26.3.14).

Para Francisco, María, más que Cristo, es la clave de la evangelización: «A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial. […] Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación (Evangelii Gaudium [EG], 287). En Río de Janeiro, haciendo referencia al santuario mariano de Aparecida, dijo que éste es la «clave de lectura para la misión de la Iglesia» y que «en Aparecida, Dios ha ofrecido su propia Madre al Brasil» (Vatican.va, 27.7.13). Como señala De Chirico, «si bien el Evangelio trata de Dios dando Su Hijo al mundo, aquí Francisco habla de Dios ofreciendo a su madre. ¡Esto no es meramente un asunto de minucias teológicas!» (P+D, 2.9.13). Y añade: «Lo que es todavía más sorprendente, sin embargo, es su comprensión “territorial” de Aparecida. Cuando dice que María es la madre de “todos los brasileños”, está aplicando un alcance “territorial” de su religión,como si cada brasileño, a pesar del pluralismo religioso que marca a Brasil, fuera, no obstante, un hijo de María». No de María exactamente, hay que precisar, sino de la advocación concreta de Aparecida, según el modelo, tomado del paganismo, de las manifestaciones diversas de un mismo dios (ver Catolicismo y paganismo).

Se ha destacado de Francisco un énfasis cristocéntrico en sus mensajes, una exaltación de Jesús como esperanza de la humanidad. Pero leyendo y escuchando sus mensajes, se comprueba que los atributos, cualidades y acciones que la Biblia aplica a Dios y a Cristo, y a nadie más, son imputados a María una y otra vez, a veces con las mismas palabras tomadas de la Biblia y utilizadas de forma claramente blasfema: «Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica. […] Es allí, en los santuarios, donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: “No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”» (EG, 285; ver también Zenit, 11.9.13). María es «la Virgen de la prontitud. En seguida está lista a venir en nuestra ayuda cuando la rezamos, cuando nosotros pedimos su ayuda, su protección a nuestro favor. En tantos momentos de la vida en los que necesitamos su ayuda, de su protección, recordamos que ella no se hace esperar» (Zenit, 2.6.14).

Francisco reza oraciones a María en las que ella tiene un protagonismo mucho mayor que el otorgado al propio Dios (Zenit, 8.12.13). «Incluso a la Virgen le pido que ore por mí ante Dios. Es un hábito, pero es una costumbre que viene del corazón y también por la necesidad que tengo por mi trabajo. Siento que tengo que pedirlo... No lo sé, es así...» (Zenit, 30.7.13). La intercesión de María ante el Padre es para él imprescindible: «Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, / madre del amor, esposa de las bodas eternas, / intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo […]. Madre del Evangelio viviente, / manantial de alegría para los pequeños, / ruega por nosotros» (EG, 288). Comenta De Chirico: «Mientras el salmista puede clamar “¡Confiad siempre en Él! ¡Habladle en oración con toda confianza! ¡Dios es nuestro refugio! (Salmo 62:8), el consejo de Francisco es buscar el “manto” de María» (P+D, 24.5.14).

María es tanto para Bergoglio, que se podría pensar que es todo para él. Ella es la clave para las buenas relaciones fraternales: «En la mirada de la Virgen, tenemos un regalo permanente. […] La mirada de la Virgen nos ayuda a mirarnos entre nosotros de otra manera. […] No dejemos que nada se nos interponga a la mirada de la Virgen. Madre, regálanos tu mirada. Que nadie me la oculte» (de su libro El verdadero poder es el servicio). Para Bergoglio, somos «hijos pródigos» de Dios, pero a la vez «predilectos en María» (EG, 144). Comenta: «Cuando un cristiano me dice […] que él no ama a la Virgen, y que no siente la necesidad de buscarla y rezarle, me entristezco». Porque «un cristiano sin la Virgen está huérfano, como también lo está un cristiano sin la Iglesia. Un cristiano necesita a estas dos mujeres, dos mujeres madres, dos mujeres vírgenes: la Iglesia y la Virgen» (Zenit, 30.6.14).

En su primera misa de 2014, celebrada en honor no de Cristo, sino de María, tras leer la bendición de Moisés sobre Israel («Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz»), afirma, sin ninguna base bíblica, que «el deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios, y se ha cumplido en ella antes que en ninguna otra criatura». Y añade: «Madre de Dios. Este es el título principal y esencial de la Virgen María. Es una cualidad, un cometido, que la fe del pueblo cristiano siempre ha experimentado, en su tierna y genuina devoción por nuestra madre celestial» (Zenit, 1.1.14). Según él, «María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano». De este modo, Francisco, que se tiene por un papa ecuménico, excluye del “pueblo cristiano” a los primeros cristianos (que obviamente no veneraban a María), a los precursores medievales de la Reforma y a todo el protestantismo.

Continúa el papa: «Su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. […] Nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz; y la invocamos todos juntos: ¡Santa Madre de Dios!». Y Bergoglio concluye la homilía invitando a la asamblea a repetir tres veces: «Madre de Dios».

«Hoy festejamos la onomástica de la Virgen. El santo nombre de María. Una vez esta fiesta se llamaba el dulce nombre de María y hoy en la oración hemos pedido la gracia de experimentar la fuerza y la dulzura de María», afirmó en una misa. «¿Para perdonar? Contempla a Jesús sufriente. ¿Para no odiar al prójimo? Contempla a Jesús sufriente. […] No hay otro camino», dijo. Pero en realidad él muestra otro camino: María, porque esas virtudes de Cristo son las mismas del Padre y las mismas de María: «Encomendémonos a la Virgen. Y cuando hoy la felicitemos por su onomástica pidámosle que nos dé la gracia de experimentar su dulzura», concluyó (Religión Digital, 12.9.13).

Dice Francisco que «si se quiere saber quién es [María], se pregunta a los teólogos; si se quiere saber cómo se la ama, hay que preguntar al pueblo» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13). Teólogos, tradiciones populares de raigambre pagana… pero no la Escritura, pues en ésta se hace evidente que María no tiene nada que ver con lo que la Iglesia Católica ha construido en torno a ella.

Bergoglio afirma: «El nudo que ha hecho Eva con su desobediencia, lo ha desatado María con su obediencia» (Zenit, 25.3.14). Esta afirmación se alinea claramente con la corriente que desde hace tiempo defiende la proclamación de un quinto dogma mariano, según el cual Cristo no es el único redentor del mundo, sino que María es corredentora. Una enseñanza que no es un simple añadido, sino que ataca directamente al mensaje principal de la Biblia. El paralelismo antitético de María con Eva, además, es una invención teológica que viene a sustituir la contraposición que el Nuevo Testamento afirma con claridad: «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15: 22; ver también Romanos 5: 12-17).

Si una persona con problemas espirituales le pide consejo a un cristiano, ¿a quién la remitiría este para encontrar fuerzas, apoyo, consuelo? A Cristo, sin duda. Pero según el papa hay otra vía mejor: «Me acuerdo una vez que estaba en el confesionario […]. Estaba en la cola un muchachón, todo moderno, con aros, tatuajes y todo lo demás. Vino para decirme lo que le pasaba, era un problema grande difícil, ¿y tú que harías? Y él me dijo: “Le he contado todo esto a mi madre y ella me dijo, 'Ve a lo de la Virgen y ella te dirá lo que tienes que hacer'.” Estaba allí una mujer que tenía el don del consejo […]. Le indicó el camino justo» (Zenit, 7.5.14).

El clásico argumento católico para defender la veneración de María es que ella dirige al cristiano a Jesús. Pero Bergoglio invierte los términos: «Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino» (EG, 285). Una afirmación que resulta como mínimo chocante en una iglesia que confiere una participación tan limitada a las mujeres. Precisamente cuando se le han presentado a Francisco algunas reivindicaciones como la de ordenar mujeres al sacerdocio en su iglesia, su respuesta es: «¡Piensen que Nuestra Señora es más importante que los Apóstoles! ¡Es más importante!» (Zenit, 30.7.13). Parecería que el protagonismo celestial de María compensaría las limitaciones terrenales de las mujeres católicas…

Además, no hay más que leer el Nuevo Testamento –en el que ella ocupa un discretísimo lugar– para comprobar que no es cierto en absoluto que María sea más importante que los apóstoles. De hecho, hay palabras de Jesús que precisamente previenen a los cristianos contra la tentación de atribuir a su madre un papel que no le corresponde (ver Mateo 12: 46-50, Lucas 11: 27-28, Juan 2: 1-5). Y la propia María se confiesa pecadora al clamar que Jesús es su Salvador (Lucas 1: 46-47), algo que tira por tierra el dogma de la “inmaculada concepción”. Como cualquier otro ser humano –excepto Cristo–, en cuanto pecadora está destituida de la gloria de Dios (Romanos 3: 23), pero accede a la salvación a través de Jesús. Por supuesto, no media entre los hombres y la divinidad (1 Tim. 2: 5) pues, en contra de lo que algunas leyendas tardías dicen, María sin duda murió, y como los demás creyentes está esperando que el Señor la resucite al final de los tiempos.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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Fuentes de las imágenes: Periodista Digital y El Universo.

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