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Francisco (VIII): ¿Giro doctrinal?
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (19 de junio de 2014)

Muchos han percibido un giro evangélico en las formulaciones doctrinales de Francisco. ¿En qué medida sus enseñanzas han modificado la dogmática católica?

En entregas anteriores (partes III, IV y V) pudimos ver que las posiciones de Francisco sobre algunas cuestiones doctrinales que preocupan especialmente a la sociedad (como los asuntos de sexualidad y familia) son básicamente las mismas que las mantenidas por papas anteriores. Además, su concepto de iglesia (VI) y su forma de gobierno (VII) se ajustan a la más rancia tradición romana. Pero ¿acaso este papa no ha replanteado otras enseñanzas católicas, provocando, o al menos adelantando, un giro doctrinal?

Lo que es innegable es que Francisco se ha llegado a expresar en términos que a muchos les han resultado chocantes por su espontaneidad y sencillez en el lenguaje y por ciertos énfasis poco habituales. De acuerdo con él, hay que «vivir en frontera y ser audaces»; para el papa, «lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas». Según él, por tanto, primero hay que actuar con amor, pues «hay que comenzar por lo más elemental»; pero no por ello hay que olvidar las doctrinas tradicionales: «Ya hablaremos luego del resto» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13; añadimos destacados en las citas).


Mensajes positivos

Toda la parte inicial de la “exhortación apostólica” Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”, EG) resalta la necesidad de que el creyente practique la alegría y la misericordia. Para Francisco, el cristianismo es ante todo un encuentro personal con Jesús. Este extenso texto contiene además interesantes consejos y reflexiones, muchos de ellos válidos en principio para todo cristiano de cualquier iglesia. Propone ideas de claro sabor evangélico sobre la evangelización, la predicación y la solidaridad. Y hace gala de las mejores intenciones hacia todos: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor» (208).

Entre los desafíos del mundo actual (52-75), Bergoglio destaca la pobreza, la desigualdad económica y la explotación. Critica, sin mencionarlo pero describiéndolo, el capitalismo salvaje y las formulaciones del neoliberalismo (las «ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera», que niegan «el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común»). Denuncia «una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas» y que aprieta a muchos países bajo «la deuda y sus intereses». Advierte contra la idolatría del dinero: «¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano», clama (sin explicar, por cierto, cuándo la economía y las finanzas estuvieron anteriormente al servicio del ser humano…).

Según Francisco, «se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión», advirtiendo de que «un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas». «La inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. […] Las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos».

Estas reflexiones le han valido ser acusado de comunista por la extrema derecha estadounidense (CNN, 2.112.13), lo cual, viniendo de donde viene, es todo un honor. Y él ha respondido con habilidad: «La ideología marxista está equivocada, pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenas personas, por eso no me siento ofendido» (20minutos, 15.12.13).

Al analizar «la proliferación de nuevos movimientos religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin Dios», no elude la autocrítica al afirmar que «si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas» (EG, 63).

Francisco ha denunciado públicamente la vergüenza que supone la muerte de los inmigrantes africanos tratando de alcanzar las costas de Europa (ABC, 3.10.13); ha señalado que los medios de comunicación incurren en la desinformación y la falta de respeto hacia las personas y los valores más básicos (La Razón, 22.3.14); ha criticado los despidos provocados por la crisis (Rome Reports en Youtube, 23.4.14) y ha señalado la absurda contradicción de quienes hablan de paz y permiten el comercio de armas (Zenit, 15.5.14; eso sí, al igual que los papas anteriores, nunca ha invitado a que los católicos dejen de participar en la fabricación de armas o en los ejércitos).

Estos mensajes han provocado un gran impacto social. Los demás líderes religiosos, políticos y sociales, en general tan tibios, quizá podrían tomar nota de algunas de estas formulaciones a la hora de pronunciarse sobre los males que aquejan a nuestro mundo.

Ahora bien, este nuevo lenguaje de Francisco, ¿implica un giro sustancial en los mensajes del papado? ¿Podemos esperar que se replanteen alguna de las doctrinas o prácticas religiosas tradicionales de la Iglesia Católica Romana? Así sugirió que ocurriría el cardenal Maradiaga, al decir que «la doctrina vendrá después; primero vamos a escuchar y a cambiar la estructura de la curia» (Religión Digital, 14.7.13). Bergoglio hizo referencia a «costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente», y añadió: «No tengamos miedo de revisarlas» (EG, 43). ¿Hasta dónde podría alcanzar esa revisión? Sus propios actos y palabras establecerán los límites.


La Biblia, la Tradición y el Magisterio

La cuestión más importante para el cristianismo es determinar la fuente de la autoridad doctrinal: ¿Cómo expresa Dios su voluntad a los hombres? Este punto constituye la principal diferencia entre el catolicismo y la fe reformada: para el protestantismo la autoridad doctrinal procede exclusivamente de la Biblia; para el catolicismo romano ésta ha de leerse a la luz de la Tradición y bajo la guía de la jerarquía eclesiástica. ¿Ha modificado Francisco en alguna medida este planteamiento?

De ningún modo. Aunque en Evangelii Gaudium (175) Francisco anima a la lectura y el estudio de la Biblia, en absoluto se refiere al libre examen de la misma, sino que cree que ha de hacerse a la luz de la Tradición (148). En un discurso, refiriéndose a la constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, precisó que todo lo que concierne al modo de interpretar las Escrituras está sometido en última instancia sólo al juicio de la Iglesia Católica Romana, «a la que compete el mandato divino y el ministerio de conservar e interpretar la palabra de Dios» desde la Tradición y bajo la guía del Magisterio (Protestante Digital, 18.4.13)

En la encíclica corredactada entre Ratzinger y Bergoglio se confirma este punto de vista: «La teología, puesto que vive de la fe, no puede considerar el Magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con él como algo extrínseco, un límite a su libertad, sino al contrario, como un momento interno, constitutivo, en cuanto el Magisterio asegura el contacto con la fuente originaria, y ofrece, por tanto, la certeza de beber en la Palabra de Dios en su integridad» (Lumen fidei, 36).


Sacramentalismo y eucaristía

En esa encíclica se define nítidamente la clásica concepción sacramentalista de la ICR. Según ella, la iglesia está basada en la «tradición apostólica», mediante la cual «tenemos un contacto vivo con la memoria fundante» ¿Cómo se transmite a los fieles «el encuentro con el Dios vivo»? No mediante la Palabra, sino mediante «los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia», pues para esta iglesia «la fe tiene una estructura sacramental» (Lumen fidei, 40).

Esta concepción sacramental se extiende a prácticas como la “extremaunción”, expuesta en sus líneas tradicionales por Francisco (Zenit, 26.2.14). Pero ante todo está presente en la eucaristía, que es «un acto de memoria» y a la vez una «actualización del misterio». Los dos papas confirman la doctrina de la transubstanciación, según la cual «el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo» (Lumen fidei, 43; véase el análisis de De Chirico sobre el sentido sacramental de esta encíclica, en Protestante Digital, 14.7.14).

En la exhortación escrita ya solo por Francisco, el papa insiste en esta concepción, si bien expresada en un lenguaje de connotaciones más evangélicas, como es habitual en él: «Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua» (Evangelii Gaudium, 13). Pero el énfasis no está en lo conmemorativo, sino en el sacramentalismo: la eucaristía «constituye la plenitud de la vida sacramental» (47). También habla del peligro de la «sacramentalización sin otras formas de evangelización» (63), asumiendo por tanto que la sacramentalización es evangelización (ver también el número 254).

Para el papa, la propia iglesia es sacramento (112), y la misa es una «ofrenda que se entrega al Padre» (138). Francisco afirma: «Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento» (174). Quizá con esto pretende haber alcanzado una síntesis entre el enfoque católico y el evangélico; pero al no salir del sacramentalismo, la teología de Bergoglio se queda radicalmente anclada en el Concilio de Trento, como se puede comprobar en muchas de sus intervenciones (ReL, 28.7.14; InfoCatólica, 10.2.14; Chiesa, 14.2.14).

A veces Francisco parecería adoptar incluso expresiones con las que el protestantismo siempre ha criticado la transubstanciación: «El sacramento no es un ritual de magia: se trata de un encuentro con Jesucristo, nos encontramos con el Señor» (Zenit, 24.9.13). Pero por supuesto no elimina ni revisa el enfoque sacramental de su teología, una teología que sí contiene elementos “mágicos”. Por ejemplo, Bergoglio suele hacer una explicación “mistérica" de la eucaristía (La Razón, 5.2.14), algo incompatible con la Biblia, pues según Pablo el misterio del evangelio, oculto durante siglos, ya se desveló para siempre en Cristo (Romanos 16: 25-26).

Para Francisco «los sacramentos no son apariencias. Son Jesús, Cristo vivo, sobre todo en la Eucaristía» (La Razón, 7.11.13); el sacrificio de la misa es real gracias a la transubstanciación, y supone una actualización de la muerte en la cruz. Pero de acuerdo con la Escritura el sacrificio de Jesús no puede actualizarse, pues se realizó una vez y para siempre en la cruz (Hebreos 7: 27), y cuando Jesús explicó el significado de “comer su carne y beber su sangre” quiso dejar claro que debía interpretarse simbólicamente al decir que sus palabras «son espíritu» (Juan 6).

Aunque hay teólogos católicos que se han aproximado a una interpretación bíblica, no sacramental, de la conmemoración que implica la eucaristía o santa cena, Francisco no se aparta ni un ápice de la interpretación tradicional católica romana.


Bautizo de bebés

Ratzinger y Bergoglio destacan «la importancia del bautismo de niños»: «El niño no es capaz de un acto libre para recibir la fe, no puede confesarla todavía personalmente y, precisamente por eso, la confiesan sus padres y padrinos en su nombre»; ellos le dan «la orientación fundamental de la existencia y la seguridad de un futuro de bien, orientación que será ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación» (Lumen fidei, 43). Este planteamiento, respetable como cualquier otro, no tiene en cuenta que toda esa orientación la pueden hacer perfectamente los adultos sin necesidad de tomar por el bebé una decisión vital que implica la voluntad de entrega personal a Dios.

Según el propio Francisco, con el bautismo, «sacramento pascual», todos los hombres se vuelven «partícipes del mismo cambio» y, como le ocurrió al apóstol Pablo, les permite «caminar en una nueva vida» (La Razón, 18.6.13). ¿Qué cambio en su vida puede hacer un recién nacido? ¿Qué “nueva vida” puede comenzar, si todavía no ha iniciado conscientemente su camino vital?

Todas estas contradicciones emanan de una concepción del bautismo opuesta a la bíblica, como explicamos en el artículo “Bautizo civil”, bautismo religioso y laicismo.


Salvación por las obras

Desde que asumió el poder, Francisco ha predicado mucho sobre la importancia de la fe y de la relación personal del creyente con Cristo. ¿Significa esto algún giro en la teología católica de la salvación?

En su encíclica con Benedicto XVI, se explica que «la fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros» (Lumen fidei, 20). La idea de transformación de dentro afuera es plenamente bíblica; pero al añadirse que esa transformación Dios la obra con el creyente, se introduce el toque tridentino, al hacerse referencia a la aportación del creyente a su salvación.

En alguna otra ocasión Francisco también ha recurrido a un lenguaje cercano al protestantismo: «¿Cuántos cristianos, cuántos son los que piensan que van a ser salvados solamente gracias a lo que hacen, por sus obras? Las obras son necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta al amor misericordioso que nos salva» (Zenit, 14.10.13). Pero la mejor forma de contrastar si una teología defiende la salvación por la fe o por las obras es comprobar qué tipo de prácticas fomenta. Y Francisco no se aparta de la tradición de su iglesia; lo hace, por ejemplo (EG, 193), al explicar (citando para ello, significativamente, dos libros apócrifos Biblia sólo admitidos por su iglesia en el canon bíblico) que «la limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado» (Tobías 12, 9) y que «la limosna perdona los pecados» (Eclesiástico 3, 30). Y, por supuesto, mantiene todo tipo de prácticas basadas en la justificación por las obras, como las indulgencias, la mediación sacerdotal en la confesión, la veneración de imágenes…


Indulgencias

Francisco conserva el sistema de indulgencias que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, son «la remisión ante Dios de la pena temporal de los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (1471). Según esta doctrina, la indulgencia la obtiene el católico para sí mismo o para los difuntos que están en el purgatorio (1472). Frente a la certeza bíblica de que los muertos en Cristo descansan en él y tienen asegurada la resurrección al final de los tiempos, el catolicismo fomenta las oraciones por los muertos, sobre quienes no se tiene la seguridad de que estén ante la gloria de Dios (a no ser que sean “canonizados”). Por eso el papa pidió: «Algunos de nosotros hemos perdido a nuestros papás. Recemos por todos los papás del mundo, por los vivos y los difuntos» (Periodista Digital, 19.3.14).

Francisco concedió indulgencia plenaria a los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud de 2013 (ACI, 9.7.13). Ante el confusión creada entonces sobre si serían válidas las indulgencias emitidas por el papa a través de Twitter, el Vaticano aclaró que «lo que realmente cuenta» para rebajar años en el purgatorio «es que los tuiteos que el Papa envíe desde Brasil o las fotos de la Jornada Mundial de la Juventud que suban a Pinterest produzcan un fruto espiritual auténtico en los corazones de todos» (ACI, 17.7.13).

Con motivo del V Centenario del nacimiento de Teresa de Jesús, Francisco ha concedido para todas las diócesis de España «Indulgencia Plenaria a los fieles verdaderamente arrepentidos, con las condiciones acostumbradas (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa)» (Infocatólica, 25.4.14).

Bergoglio explica las indulgencias según la doctrina tradicional: «Todos los bautizados en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los beatos que están ya en el Paraíso forman una única gran familia. Esta comunión entre tierra y cielo se realiza sobre todo en la oración de intercesión» (ACI, 2.11.13). Él, como todos sus predecesores, sigue siendo oficialmente el administrador único de las almas del purgatorio, gráficamente definido por Emilio Monjo como “el campo de concentración del Vaticano” (Protestante Digital, 4.5.14). Un sistema doctrinal mediante el cual la Iglesia Católica Romana recauda enormes cantidades de dinero a cambio de misas por las almas de los difuntos.

Sobre este punto nuclear Francisco no ha sugerido ninguna reforma; y no parece que ningún católico, ni siquiera entre los más “progresistas”, se la haya exigido…


Confesión

Otra doctrina y práctica peculiar del catolicismo romano es la confesión ante un sacerdote, considerada imprescindible para la remisión de los pecados. Para el fiel católico, Dios no es suficiente para el perdón; este es administrado por el mediador. Curiosamente, algunas palabras de Bergoglio se han interpretado como aperturistas por “suavizar” este sacramento, cuando lo esencial es que el papa mantiene la práctica con todo su significado tradicional.

Como es habitual en él, ofrece un mensaje plenamente evangélico: «La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: “¡Jesucristo te ha salvado!”. Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia». Pero a continuación lo ilustra con la confesión, dando por válida esta práctica: «Por ejemplo, el confesor corre siempre peligro de ser o demasiado rigorista o demasiado laxo. Ninguno de los dos es misericordioso, porque ninguno de los dos se hace de verdad cargo de la persona. El rigorista se lava las manos y lo remite a lo que está mandado. El laxo se lava las manos diciendo simplemente “esto no es pecado” o algo semejante». Finalmente, concluye con palabras de misericordia: «A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13; ver también Evangelii Gaudium, 44, y Religión Digital, 25.10.13). Los medios de comunicación alaban como aperturistas el principio y el final de la declaración, pero olvidan que ese marco lo que hace es consagrar en la parte central de su discurso una práctica que no tiene nada que ver con el cristianismo genuino.

Bergoglio ha puesto mucho énfasis en este sacramento. Acertadamente dice: «El perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos a nosotros mismos. No puedo decir: “Me perdono los pecados”. El perdón se pide, se pide a Otro» (Zenit, 19.2.14). Pero añade Francisco que es en la confesión al sacerdote donde «pedimos el perdón a Jesús» porque según la doctrina católica el fiel no puede pedirle directamente el perdón a Jesús, sino que debe hacerlo a través de un cura al que hay que confesar hasta los pecados más íntimos, y que es quien otorga ese perdón en nombre de Cristo: “Yo te absuelvo”.

En el característico tono de cura paternalista, en la misma catequesis Francisco pregunta a los fieles: «¿Cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Que cada uno piense… ¿Eh?». Y explica así el sacramento: «No basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad […] Uno puede decir: “Yo me confieso solo con Dios”. Sí, tú puedes decir Dios perdóname, puedes decirle tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Y por esto es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos en la persona del sacerdote». Esta es la doctrina católica: uno ofende a un hermano, pero el perdón se lo pide a otra persona, al sacerdote, quien «recibe con amor y con ternura esta confesión y en el nombre de Dios perdona». Una doctrina contraria a la sencilla enseñanza bíblica, que establece que sólo Cristo otorga el perdón, y que las ofensas las hemos de confesar unos a otros (Santiago 5: 16). Según la Biblia, todos los cristianos son sacerdotes, y Cristo (no el papa) es el Sumo Sacerdote de todos, por lo que no necesitan un mediador humano (ver ¿Quién es el Santo Padre?).

Es tal el valor que Francisco otorga a este sacramento, que organizó una “fiesta del perdón”, consistente en dedicar veinticuatro horas a la confesión en todo el mundo, a la que dio inicio confesándose él mismo, «causando sorpresa a todos» (Zenit, 28.3.14). En la homilía invitó a los asistentes a promover esta práctica: «Muchos de vosotros se harán misioneros para proponer a otros la experiencia de la reconciliación con Dios» (Zenit, 28.3.14). Y, efectivamente, como explica un sacerdote, hay «cantidades de personas que vienen a confesarse porque “el Papa ha dicho que Dios es misericordioso”» (Religión en Libertad, 3.4.14).


Veneración de santos e imágenes

Otro de los énfasis característicos de Francisco es la “veneración” de los santos, considerados mediadores entre los hombres y Dios. Ha sido el primer papa que reza ante la supuesta tumba de “San” Pedro. Y aunque Jesús decía que oráramos en secreto y sin exhibir nuestra piedad (Mt. 6: 5), el Vaticano informó de que Francisco había orado «de manera silenciosa y conmovido» (La Razón, 1.4.13).

Además, siguiendo la estela marcada por Pío IX, quien declaró a “San” José como “Patrono y Protector de la Iglesia universal”, Francisco aprobó un decreto para que este “santo” sea mencionado en todas las misas (La Razón, 19.6.13). Según él, «el crecimiento en gracia […] siendo obra de Dios, tiene en José y María unos grandes colaboradores» (InfoCatólica, 19.3.14).

El papa también bendijo una imagen de “Santa” Bárbara (Zenit, 19.2.14). Y en Evangelii Gaudium exclama: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo!» (264).

La Biblia es clarísima respecto a estas prácticas: hay «un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre» (1 Tim. 2: 5). Si realmente fuera reformista y se inspirara en el evangelio, Francisco tendría mucho que cambiar en este campo (ver Una religión sin imágenes)


Religiosidad popular

Uno de los aspectos distintivos del catolicismo romano es su carácter sincrético, que ha permitido que a lo largo de los siglos vaya integrando elementos de otras religiones, previa “cristianización” de los mismos. Esta tendencia, inconcebible en época apostólica, pero creciente ya desde la etapa posterior (siglo II), se ha concretado en numerosas prácticas tradicionales que la Reforma protestante se encargó de señalar y se esforzó por eliminar.

En la exhortación Evangelii Gaudium Francisco dedica extensos párrafos a defender la religiosidad popular católica. En su característico juego de equilibrios, desliza algunas críticas a ciertos excesos o desviaciones, como el que en ocasiones se promueven las devociones «para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás». Según el papa, «en el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etcétera». Cualquier cristiano diría que la solución a esto es el evangelio puro y sencillo de Jesús, expresado en la Biblia; en cambio Bergoglio considera que «es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida» para sanar y liberar esas culturas (69).

Advierte sobre «supuestas revelaciones privadas que se absolutizan» y sobre «cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica “piedad popular”» (70). Esta exposición resulta engañosa, pues lo cierto es que todas las devociones populares son así por naturaleza: emocionales y con tendencia a absolutizar su experiencia. La jerarquía se cuida mucho de condenar estas manifestaciones, pero sólo algunas reciben el reconocimiento oficial; así nadan y guardan la ropa (ver El Principio de Sí Contradicción).

Dice Bergoglio que «algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles» (70). Bueno, eso es lo habitual en la religiosidad popular; la excepción son los casos en los que, además de las devociones, se promueve la promoción social. Y es bien sabido que los más devotos (miembros de cofradías, etc.) no suelen ser las personas con más interés en estudiar y profundizar en asuntos teológicos y espirituales.

Para Francisco, «las formas propias de la religiosidad popular […] incluyen una relación personal, no con energías armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo». Claramente pone a María y los “santos” en un plano que ha de restringirse a Cristo; y al decir que «tienen carne, tienen rostros. Son aptas para alimentar potencialidades relacionales y no tanto fugas individualistas» está defendiendo la “veneración” de las imágenes sagradas (90).

Según el papa, «cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio». Plantearlo así deja demasiado abierta la posibilidad de que la cultura modifique la verdad bíblica, introduciendo elementos no cristianos que, bajo la excusa de que están “cristianizados”, roban la esencia a la fe bíblica. El peligro está en la concepción que subyace a este asunto, pues lo cierto es que, desde un punto de vista cristiano, no son las culturas las evangelizadas, sino las personas; es cierto que lo son en su propio contexto cultural, pero jamás este puede yuxtaponerse al cristianismo, ni mucho menos sobreponerse a él, como ocurre en las devociones populares. Pero el catolicismo es sincretista: «En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad». Y añade Francisco: «En la inculturación, la Iglesia “introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad”» (116). En las sociedades tradicionales en realidad ocurre lo contrario: la conversión de las personas normalmente va acompañada de conflictos del converso con su medio cultural, porque el evangelio por naturaleza se opone a las tradiciones de todas las culturas. Para evitar estos conflictos y para asimilar en su seno a comunidades étnicas enteras, la Iglesia Católica Romana siempre ha renunciado a los principios bíblicos integrando sincréticamente el cristianismo y las tradiciones ancestrales.

Según la Biblia, la aceptación de Cristo implica la ruptura con los elementos culturales que se oponen al evangelio. Según el papa «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo» y la piedad popular es «verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal» (122). Significativamente, Bergoglio no menciona en ninguna ocasión la necesidad de corroborar si las tradiciones populares entran en conflicto con la Palabra de Dios.

Francisco reconoce que «en algún tiempo» la religiosidad popular ha sido «mirada con desconfianza»; efectivamente, la teología católica seria no puede aceptar que estas manifestaciones tengan algo que ver con el evangelio de Jesús. Pero dice que «ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio» (123). ¿Cómo puede ser esto? Gracias a los dos niveles que tradicionalmente ha diferenciado el catolicismo romano: la élite de los teólogos y los jerarcas se alimenta de una espiritualidad intelectual y docta, y el pueblo sencillo se nutre de la religiosidad de imágenes, procesiones y rituales. Así se trasluce en las citas de otros papas que recoge Francisco: la piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» (Pablo VI), y es un «precioso tesoro de la Iglesia católica» en el que «aparece el alma de los pueblos latinoamericanos» (Benedicto XVI). Esta «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos […] no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental» (124). Con estos argumentos se ha privado del evangelio a los pueblos iberoamericanos durante siglos.

Para entender la piedad popular «hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar» (125). Estas palabras del papa implican el reconocimiento de que hay cosas “raras” en esa piedad; pero aunque escandalicen al teólogo, hay que tolerarlas, pues proceden de gente sencilla que no llega a más. En realidad, el Buen Pastor condenó explícitamente las “tradiciones de los hombres”, incluso cuando no eran de origen pagano (Marcos 7: 1-23). Añade Francisco: «Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo». Con ello da a entender que el credo es una oración “culta” y el rosario una popular, y ambas son válidas. Pero lo cierto es que lo cristiano no es recitar una y otra vez textos de memoria, sino orar como enseñó Jesús (ver Mt. 6: 7).

Según Francisco, «las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización» (126). Son realidades tan escandalosamente anticristianas, que él mismo reconoce que hay que “saber leerlas”.

En la exhortación, el papa pasa por alto todas las manifestaciones de sincretismo entre el paganismo precolombino, los ritos africanos y el catolicismo, que son las expresiones mayoritarias en la religiosidad popular de Iberoamérica.


Sus fuentes doctrinales: el Catecismo y Trento

Muchos han percibido un giro evangélico en las formulaciones doctrinales de Francisco. Pero él mismo se muestra siempre como un hijo fiel de su iglesia, que se somete a lo que ésta ha expresado en el Catecismo. «Debemos estudiarlo, debemos aprenderlo», advierte. Menciona la Palabra de Dios, pero no es esta la piedra de toque: para conocer a Cristo «lee lo que la Iglesia te dice de Él, habla con Él en la oración y anda tu camino con Él» (Religión en Libertad, 27.9.13).

Como buen jesuita, Bergoglio también es un hijo del Concilio de Trento (1545-1563), en el que la Iglesia Católica Romana, en gran medida espoleada por la Compañía de Jesús, asentó firmemente sus bases doctrinales y organizativas frente al desafío de la Reforma protestante.

Con motivo del 450 aniversario de este concilio, el cardenal alemán Walter Brandmüller acudió a los actos conmemorativos en Trento como enviado especial de Francisco, llevando una carta del papa. En ella, Bergoglio recordaba Trento como «un acontecimiento que resplandece en la historia de la Iglesia», e invitaba a rememorar «con mayor desvelo y atención la fecundísima doctrina procedente de aquel Concilio» (AICA, 2.12.13). Según él, la iglesia «es un sujeto que crece y se desarrolla con el tiempo; no obstante, siempre sigue siendo la misma, el único sujeto del Pueblo de Dios perpetuamente en camino». El papa establece, por tanto, una clara continuidad entre Trento y la ICR de hoy, frente a quienes oponen aquel concilio al Vaticano II. Como explica Leonardo de Chirico, «no existe ningún punto del cual el Vaticano II se aleje de la enseñanza dogmática del Concilio de Trento. En el Vaticano II, Trento fue mantenido en un segundo plano pero permaneció dentro del marco del catolicismo romano. El “paradigma tridentino” se puso, por así decirlo, en una perspectiva histórica, pero no se abandonó ni se olvidó. El Vaticano II ha metabolizado Trento pero de ninguna manera lo ha abandonado» (Protestante Digital, 21.12.13).

Otro jesuita, J. I. González Faus, en principio mucho más aperturista que Francisco, también destaca lo positivo del Concilio de Trento pues, según él, «aunque en la dogmática fue muy conservador en la práctica fue muy avanzado» (RD, 8.12.13; ver Francisco (I): El papa de los progres).


Conclusión

Francisco ha formulado con acierto algunas críticas al capitalismo salvaje y ha mostrado sensibilidad hacia los problemas sociales de nuestro mundo (algo que en gran medida ya habían realizado sus predecesores). Pero no ha modificado en absoluto las doctrinas católicas: estas se siguen anclando en la tradición, la cual se sitúa por encima de la Biblia. De ahí se derivan las históricas desviaciones teológicas de su iglesia, que no han cambiado un ápice: la concepción eclesial de Francisco es eclesiocéntrica y sacramentalista; concibe la salvación como fruto de la fe unida a las obras; mantiene el sistema de indulgencias por las almas que sufren en el purgatorio; estima indispensable la confesión de los pecados a un sacerdote; venera a santos e imágenes, a quienes considera mediadores ante Dios, y potencia la religiosidad popular de raíces paganas.

¿Giro doctrinal? En absoluto: afianzamiento de la tradición.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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