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Francisco (VII): Organización de la iglesia
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (31 de mayo de 2014)

¿Está democratizando y descentralizando Francisco la Iglesia Católica Romana? ¿Ha dejado el papado de ser una corte? ¿Hasta dónde pueden alcanzar las nuevas reformas?

Ya hemos visto en la parte VI de nuestra serie que Francisco mantiene intacto el concepto tradicional de iglesia como instrumento sacramental de salvación y como institución jerárquica y clerical. Analicemos ahora algunos aspectos de la organización eclesiástica baja el papa argentino.


¿Democratización o prevalencia de la jerarquía?

En una ceremonia de imposición del palio a varios arzobispos, Francisco explicó que «el palio es símbolo de comunión con el Sucesor de Pedro, principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión», y añadió que «el Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor con estos apóstoles constituyó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él». Y se aplicó a sí mismo las palabras que Jesús dirigió a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Zenit, 29.6.13; para una refutación de esta interpretación de la Biblia, ver ¿Quién es el Santo Padre?).

El papa ha explicado que la Iglesia Católica Romana no tiene nada de democrática, ni siquiera en la escala local: «Cuando el párroco cuenta con la ayuda de los Consejos, él es el sacerdote. Decide, ciertamente, porque él tiene el poder de decidir; pero decide escuchando, se hace aconsejar, siente, dialoga… Y ésta es su tarea. Ésta no es democracia, ¿eh?» (Religión en Libertad, 17.2.14). Dirigiéndose a los sacerdotes, les recordó que ellos deben «obediencia a la Iglesia en la Jerarquía» (Zenit, 17.4.14; añadimos destacados en las citas).

Se ha escrito que al nombrar un grupo de ocho cardenales (conocidos como “G-8”) para asesorarle respecto al gobierno de la iglesia, Francisco ha introducido un elemento democrático en la organización. Como aclara el vaticanista Magister, no han sido elegidos por el conjunto de la iglesia ni por representantes de la misma: «Los eligió el papa Francisco y será él solo quien tomará las decisiones» (Chiesa, 16.4.13). «Por tanto, son llamados a responder sólo ante él, y no también ante una asamblea electiva». Magister explica que el método usado por Bergoglio para formar este grupo está basado en el sistema jerárquico y verticalista de la orden a la que pertenece: «Bergoglio es jesuita y por su manera de comportarse ya se ha entendido que su intención es aplicar al papado los métodos de gobierno típicos de la Compañía de Jesús, donde el prepósito general, el llamado “Papa negro”, tiene un poder prácticamente absoluto» (Chiesa, 13.6.13).

Recoge además las declaraciones del cardenal Ruini: «Es clara una cosa: la curia no puede ser más que un instrumento al servicio del Papa, no un organismo de alguna manera autónomo y mucho menos un condicionante para el ejercicio del ministerio del sucesor de Pedro y para sus relaciones con el episcopado». Por tanto, según Magister, «la iniciativa emprendida por el papa Bergoglio no tiene nada de democratista» (16.4.13).

Lo explica muy bien José Luis Restán: «En realidad la estructura actual de la Curia responde a un diseño de hace más de medio siglo y la experiencia, los bloqueos advertidos y los cambios históricos demandan un nuevo diseño. Nada dramático ni rupturista, tratándose de un órgano auxiliar que debe servir para ayudar al papa en el ejercicio de su ministerio. Al final será él quien decida, como corresponde. Ni la Iglesia se encamina a una suerte de fórmula democrática que desdibuje su constitución ni el papa hace dejación de la autoridad que le confiere su carisma como Sucesor de Pedro. […] La creación de este “grupo” es significativa, desde luego, y se comprende la expectación así como el hambre de noticias (esperemos que alguno no se atragante) pero cualquier sensación de vértigo (exultante o asustadizo) responde a un fantasma y no a la realidad» (Páginas Digital, 16.4.13).

Muchos confunden sus ilusiones con la realidad. Elisabetta Piqué, biógrafa de Bergoglio, afirma que «el G8 es un papado de consulta, por primera vez no una monarquía absoluta» (Religión Digital, 17.2.14). Totalmente falso: el papa, independientemente de cómo ejerza su poder en momentos concretos, sigue siendo un monarca absoluto, tal y como establece la breve Constitución del Vaticano, ya desde el artículo 1.1: «El Sumo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial». Y por supuesto, el conjunto de disposiciones de la “parte religiosa” de esta iglesia-estado, incluyendo las del Concilio Vaticano II, todavía son más autoritarias al formular los poderes papales.

El propio Francisco también en esto induce a confusión con algunas de sus expresiones. En una ceremonia con los cardenales, les dijo que entraban «en la Iglesia de Roma, no en una corte». Añadió: «Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias» (La Razón, 23.2.14). Eso son ejemplos de la degeneración moral típica de una corte; pero el que el papa y los cardenales se esfuercen en evitarlos no hace que el papado deje de ser una corte, con su monarca supremo y sus consejeros elegidos arbitrariamente por él. El lenguaje no puede ocultar la realidad, si bien en este caso, le sirve a Francisco para dar una imagen engañosamente renovadora.

El “G-8” está trabajando en una reforma de la curia, que se anuncia profunda, pero que no puede llegar muy lejos, por la propia naturaleza de la organización jerárquica de la institución. Bergoglio ha anunciado que «el recorrido no será fácil y para emprenderlo se necesita valentía y determinación» (El País, 2.5.14). De este modo, cuando finalmente no se haga ningún cambio significativo, la culpa será de otros, y la gloria de haberlo intentado será suya.


¿Descentralización?

Uno de los éxitos mediáticos de Francisco fue su referencia a la “conversión del papado” en Evangelii Gaudium. Se interpretó a la luz de otras declaraciones suyas en las que, ¡oh sorpresa!, confesaba que se sentía «con muchas limitaciones, con tantos problemas, incluso pecador» (Zenit, 30.7.13). Leamos sus palabras con su contexto: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización». Recibe sugerencias quien tiene el poder de decidir. Y en la misma frase inserta la idea de que Jesucristo fundó el papado, lo cual choca rotundamente con el evangelio. Cita las palabras de Juan Pablo II en las que pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva», y Bergoglio considera que «hemos avanzado poco en ese sentido». A continuación traza su programa de “conversión”: Dotar de más dinamismo a las conferencias episcopales «incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal» para evitar «una excesiva centralización» que, «más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera» (Evangelii Gaudium, 32). Hasta ahí llega la “conversión del papado”.

Como acertadamente señala Leonardo de Chirico, «esta conversión no implica una deconstrucción de la actitud dogmática del Papado, ni el cuestionamiento radical de las afirmaciones papales sobre el ministerio petrino. Esta frase tiene que ver más con la manera como funciona la burocracia vaticana que con la esencia doctrinal del Papado. […] No hay ningún síntoma de conversión “real” del papado en el sentido bíblico. El cambio que se prevé está en la esfera de la gobernabilidad interna de la iglesia» (Protestante Digital, 14.12.13).

También en Evangelii Gaudium escribe Francisco: «Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo». Nótese que aquí el papa no está renunciando a su autoridad suprema, sino que desde ella concede graciosamente que algunos asuntos puedan tratarlos otros. ¿Quiénes? ¿El conjunto de los fieles? ¿Representantes de los mismos? No: «No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable “descentralización”» (16). Es decir, se vende la idea de democratización (para cuestiones administrativas de orden relativamente secundario, además), pero en realidad todo sigue quedando en manos de la jerarquía episcopal, formada precisamente por obispos designados… por el propio papa y sus predecesores. La autoridad de los obispos sobre los fieles la establece más adelante: «Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera» (30; ver también los números 31 y 51).

Magister analiza este texto de Francisco y considera que las disposiciones papales previas (en concreto de Juan Pablo II) cierran la posibilidad de que las conferencias episcopales puedan tener autoridad doctrinal por los riesgos de que «las conferencias episcopales emitan declaraciones doctrinales contradictorias entre sí y con el magisterio universal de la Iglesia» o de que «se creen separaciones y antagonismos entre Iglesias particulares nacionales y Roma» (Chiesa, 3.12.13). En cualquier caso, aun con reformas en este punto, todo seguiría quedando en manos de la jerarquía autodesignada.

¿Ha llevado a la práctica Francisco esta descentralización? Todo lo contrario: en la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), en lugar de delegar en los obispos la decisión de elegir a su presidente, Bergoglio ha acaparado esta función, privando por tanto de poder a sus subordinados. Además, el papa interviene directamente y con plena autoridad en los asuntos de la CEI, como la dirección de los medios de comunicación de su propiedad. «La CEI es el vivo mentís de los propósitos de descentralización y “democratización” de la Iglesia atribuidos a Jorge Mario Bergoglio» (Chiesa, 25.4.14).

Según Francisco, a la jerarquía se le pueden sugerir ideas, pero no hay que enfrentarse a ella: «Un religioso no debe jamás renunciar a la profecía. Lo cual no significa actitud de oposición a la parte jerárquica de la Iglesia, aunque función profética y estructura jerárquica no coinciden. Estoy hablando de una propuesta positiva, que no debe realizarse con temor» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13)


Derecho canónico

Uno de los rasgos más definitorios del catolicismo romano es el derecho canónico, un compendio de regulaciones normativas en su inmensa mayoría contrarias a la Biblia y basadas en tradiciones y disposiciones jurídicas que desde la Edad Media convirtieron a la Iglesia Católica Romana en una entidad hiperinstitucionalizada, básicamente política. El derecho canónico está en el origen de muchas concepciones y situaciones que nada tienen de cristianas, como las anulaciones matrimoniales, la concepción sacramental del matrimonio, la disciplina a los religiosos que incurren en pederastia y otros delitos, las relaciones entre la “Santa” Sede y los estados, las presiones de la jerarquía católica sobre los legisladores y el conjunto de la sociedad…

Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recalca la absoluta vinculación entre la teología católica y el derecho canónico (Religión Digital, 26.1.14). Y Francisco sólo ha llegado a sugerir ligeros cambios en estas disposiciones; pero de ningún modo ha cuestionado un sistema legal que supone el armazón normativo de esta iglesia-estado. En Evangelii Gaudium dice que «el obispo […] tendrá que alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código de Derecho Canónico y otras formas de diálogo pastoral» (31). Además ha manifestado su apoyo y reconocimiento a una importante institución relacionada con el derecho canónico, el Tribunal de la Rota (Zenit, 24.1.14), que dictamina sobre cuestiones matrimoniales (ver Francisco (IV): La comunión de los divorciados).

Quizá llegue a haber, por tanto, leves retoques cosméticos en alguna norma canónica, pero el sistema permanecerá básicamente igual que siempre.


El inextinguible Tribunal de la Inquisición

La Congregación para la Doctrina de la Fe es el nombre con que desde 1965 se conoce a lo que anteriormente se denominaba Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, un tribunal cuyas funciones históricas son bien conocidas, y que en las últimas décadas se ha especializado en investigar y, en su caso, condenar las desviaciones doctrinales de algunos teólogos católicos.

En 2010 Benedicto XVI estableció que este tribunal no sólo dictaminara «sobre la existencia o no de herejía, apostasía o cisma», sino que también pasara «a tener competencia sobre los mismos en segunda instancia, como tribunal de apelación». Fue entonces cuando se estableció un catálogo de los delitos más graves, entre los que se encuentran «el caso de intento de ordenación sagrada de una mujer: «Cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica”». Llamativamente, este delito de ordenar mujeres aparece recogido junto a otros crímenes como el abuso sexual a menores (Zenit, 15.7.10).

No parece que en esta estructura normativa vaya a haber cambios. Según el cardenal Meisner, Francisco le dijo «expresamente que cuando ciertas cuestiones teológicas se mantienen abiertas, entonces la importante Congregación para la Doctrina de la Fe está ahí, para aclarar y formular detalladamente» (InfoCatólica, 27.12.13).

Gerhard Müller, prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, explica que «la Congregación es la primera de la curia romana. Somos la primera ayuda para el Papa porque él es el sumo sacerdote de la Iglesia» (Religión Digital, 26.1.14).

El propio Francisco recibió a los miembros de este tribunal y elogió la tarea que llevan a cabo así como la metodología empleada, aconsejándoles que dialoguen pacientemente con los autores investigados e instándoles a esforzarse por tratar cuestiones como los abusos sexuales por parte de clérigos (Zenit, 31.1.14).


Canonizaciones

Un fenómeno que refleja muy bien la concepción de la iglesia, del papado y del propio Dios que sostiene la ICR son las “beatificaciones” y las “canonizaciones”.

El caso más sonado ha sido la canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II. El papa polaco ya había “beatificado” a Juan XXIII, a la vez que lo hacía con Pío IX, el papa antimoderno del siglo XIX. ¿Por qué Francisco no “canoniza” a este último? Como siempre, todo responde a puro cálculo: ahora, en el binomio progresista-reaccionario, Juan Pablo II ocupa el papel de Pío IX; el papa polaco fue conservador, e incluso en parte involucionista, pero su imagen es mucho menos recalcitrante que la de su predecesor decimonónico, y los católicos aperturistas, felices de que se eleve a Roncalli a los altares, aceptan en general que Francisco “pague el peaje” que supone Wojtyla. Así lo demuestra, por ejemplo, Ernesto Cardenal, quien considera «una monstruosidad» que se canonice a Juan Pablo II… pero se deshace en elogios a la persona que lo canoniza, el papa Francisco, a quien considera un milagro equivalente al que supuso Juan XXIII (Religión Digital, 29.4.14)

Otra manera de contentar a los progresistas es desbloquear el proceso de “beatificación” de Óscar Romero, venerado por los sectores populares de Iberoamérica.

Como explica Sandro Magister, en estos procesos Francisco ha asumido una autoridad sin precedentes, actuando «como monarca absoluto» al recurrir en varias ocasiones al procedimiento excepcional de la “canonización equivalente”, que se usa en casos en los que no hay milagros por parte de los supuestos “santos”. «Francisco ha usufructuado al máximo el poder pontificio del que dispone en cuanto jefe de la Iglesia universal» (ver Chiesa, 5.7.13 y 19.3.14).

Como ya explicamos en el artículo Beatificaciones polémicas, en estos procesos el papa, como “sumo pontífice”, «pretende ostentar la capacidad de decidir o de conocer si ciertos difuntos son dignos de la salvación, y si además su condición post mortem es de mayor rango que la de otros». Explicábamos el carácter anticristiano de estas prácticas, destacando algo que hoy se repite: los sectores aperturistas del catolicismo nunca critican el hecho en sí de las canonizaciones como algo bíblicamente insostenible, sino que sólo protestan cuando se incluye en el catálogo a personajes reaccionarios, como Escrivá de Balaguer, pero aplauden cuando se incluye a los de su cuerda.

No hay más que leer la propia fórmula de canonización pronunciada por Francisco para comprobar que se trata de una sarta de blasfemias: «A honor de la Santísima Trinidad, por la exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado varias veces la ayuda divina y escuchado el parecer de muchos de nuestros hermanos y el episcopado, declaramos y definimos santos a los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, y les escribimos en el registro de los Santos y establecemos que en toda la Iglesia sean devotamente honorados como santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Zenit, 27.4.14).

Además de las implicaciones teológicas y espirituales ya señaladas, todo el proceso de canonización implica aspectos económicos absolutamente incompatibles con la supuesta sencillez y excelencia ética de una “iglesia pobre”. Explican en La Razón (15.1.14) que, según el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, «han entrado en vigor unas tarifas de referencia a las que deben atenerse los postuladores y otras personas implicadas en las causas de canonización. […] Para Amato, es “bueno” que aquellos que impulsan una causa de beatificación sepan desde un primer momento los gastos que supondrá el proceso. Éstos se deben a dos causas: el pago a los postuladores y el abono de las tasas que cobra la Santa Sede».

«Es imposible calcular un precio medio», se indica en esta noticia, porque «no hay un santo igual a otro, ni la investigación que implica lleva la misma complejidad. Lo que está claro es que no está al alcance de todos los bolsillos. Y no sólo por las tasas vaticanas –la presentación de la “positio”, por ejemplo, es superior a los 6.000 euros–, sino por el largo proceso que implica». «Cuando se quiere dar un salto más allá de proclamar venerable a un fiel, esto es, que ha vivido el Evangelio de una forma heroica, los trámites y gastos se multiplican pues para ser proclamado beato o santo es necesario acreditar un milagro. Entre otras cosas, porque demostrar una curación de forma inexplicable, exige un minucioso peritaje por parte de notarios, médicos...». Todo esto después de que Francisco haya introducido algunas reformas en el proceso aplicando el «sentido de sobriedad y equidad» para evitar que haya «desigualdades entre las varias causas».

¿Cómo se puede pretender compatibilizar estos montajes con la sencillez de Jesús y de los apóstoles, quienes sin duda habrían abominado de semejantes mercaderías de la fe?

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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