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Francisco (V): La mujer en la iglesia y el celibato
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (20 de abril de 2014)

¿Qué cambios se pueden esperar con este papa en cuanto a la participación de la mujer en su iglesia y el celibato de los sacerdotes?

En anteriores entregas de esta serie hemos visto las altas expectativas volcadas sobre Francisco por los “progres” ajenos a la Iglesia Católica Romana (parte I) y por los aperturistas de su propia iglesia (parte II), quienes lo califican de “revolucionario”. Hemos analizado su posición sobre dos asuntos de gran repercusión social: el aborto (parte III) y la posibilidad de que se autorice que los divorciados reciban la comunión (parte IV). A continuación explicamos qué cambios se pueden esperar con este papa en otros dos asuntos que, por afectar a cuestiones de género y sexualidad, interesan de forma especial al conjunto de la sociedad: la participación de la mujer en la iglesia y el celibato de los sacerdotes.


La mujer en la Iglesia Católica Romana

Desde que Francisco comenzó a expresarse con su característico tono aperturista, mucho se ha especulado sobre los cambios que implantará en cuanto a la participación de la mujer en su iglesia. Como vimos, hay quienes, además de esperar que replantee cuestiones sobre ética sexual, han llegado a especular sobre si el papa aceptará la ordenación de la mujer al sacerdocio, o incluso sobre si llegará a nombrar a alguna “cardenala”.

En diferentes ocasiones, Francisco ha marcado con claridad los límites de su “revolución” en este punto: «La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad […]. Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque “el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social” […] El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. […] En la Iglesia las funciones “no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros”. De hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos. Aun cuando la función del sacerdocio ministerial se considere “jerárquica”, hay que tener bien presente que “está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo”. Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad, que es siempre un servicio al pueblo. Aquí hay un gran desafío para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia» (Evangelii Gaudium, 103, 104; añadimos negritas en todas las citas).

«El papel de la mujer en la Iglesia no es solo la maternidad, la madre de familia, sino que es más fuerte: es como el icono de la Virgen, Nuestra Señora; ¡aquella que ayuda a crecer a la Iglesia! ¡Piensen que Nuestra Señora es más importante que los Apóstoles! ¡Es más importante! […] Creo que debemos seguir adelante en la explicitación de este rol y carisma de la mujer. No se puede entender una Iglesia sin las mujeres, pero mujeres que estén activas en la Iglesia […]. Creo que no hemos hecho todavía una profunda teología de la mujer, en la Iglesia. Sólo que puede hacer esto, que puede hacer aquello, ahora hace de monaguillo, ahora lee la lectura, es la presidenta de Cáritas... […] Tiene que haber más, más profundamente, incluso más a nivel místico, con esto que he dicho de la teología de la mujer. Y, en relación con la ordenación de mujeres, la Iglesia ha hablado y dice: “No”. Lo ha dicho Juan Pablo II, y con una declaración definitiva» (Zenit, 30.7.13).

Aparte del tremendo error teológico de considerar a María “superior” a los apóstoles, el enfoque de Francisco es el de Juan Pablo II, según el cual han de buscarse fórmulas de integrar el «genio femenino» en la iglesia (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13).

Queda por tanto rotundamente descartada la ordenación de la mujer al sacerdocio. Y respecto a la especulación que lanzó Juan Arias sobre la designación de una mujer cardenal, dice Francisco: «Eso es una tontería que no sé de dónde ha salido. Las mujeres en la Iglesia deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Quien piensa en mujeres cardenales sufre un poco de clericalismo» (Páginas Digital, 10.12.1). Claro; pero el problema es que toda la estructura católica, empezando por el propio papa, e incluyendo las disposiciones supuestamente aperturistas del Concilio Vaticano II, está basada en el clericalismo (ver nuestro apunte sobre el tema). Y también en el sacramentalismo (como analizaremos en futuras entregas), desviación teológica que afecta en especial al concepto del sacerdocio y del orden.

El prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, Gerhard Müller, confirmó los límites marcados por el papa cuando señaló que a las mujeres «podrían encomendárseles cargos en algunas altas instancias vaticanas: no en las Congregaciones, sino en los Pontificios Consejos, como el de la Familia o el de los Agentes sanitarios» y «precisó que, puesto que en la Iglesia el poder jurisdiccional está en manos de ministros ordenados, ni hombres laicos ni mujeres pueden guiar las Congregaciones, es decir los dicasterios que actúan en nombre del Papa con poder jurisdiccional. Otros campos para dar un mayor peso a las mujeres son la investigación teológica y la Cáritas, aunque Müller se dijo contrario a la introducción de “cuotas rosa” prefijadas» (InfoCatólica, 13.2.14).

Los mismos límites marca el cardenal Kasper; aunque afirma que «las mujeres tienen que estar presentes en todos los niveles de la vida de la Iglesia, y también en puestos de plena responsabilidad», en realidad se refiere a los consejos, no a las congregaciones (de mayor nivel), donde en cambio sí podrían entrar como subsecretarias (Religión Digital [RD], 2.3.14).

De momento Francisco ha nombrado a una mujer, Margaret S. Archer, como presidenta de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, pero eso no constituye ninguna novedad, pues viene a sustituir en el cargo a otra mujer, Mary Ann Glendon (RD, 12.4.14).


El celibato de los sacerdotes

El primero en plantear el asunto del celibato en la etapa de este papa fue el recién designado secretario de estado del Vaticano, Pietro Parolin, cuando dijo que el celibato de los sacerdotes «no es un dogma de la Iglesia y se puede discutir porque es una tradición eclesiástica» (El Universal, 8.9.13).

Estas declaraciones, como siempre amplificadas por los medios, animaron a especulaciones varias. Además, por esos días Francisco desplazó a una responsabilidad menor en la curia al cardenal Piacenza, conservador, “ratzingeriano” y firme partidario de mantener el celibato. Pero, explica el vaticanista Magister, «como cardenal, Bergoglio afirmó que compartía el pensamiento de Benedicto XVI sobre este tema, es por eso que el mismo no ha de considerarse hoy en discusión. A lo sumo podría ocurrir que el papa Francisco pueda aprobar o promover un debate intra-eclesial para verificar si están dadas las condiciones históricas para un cambio. Pero es fácil prever que también una apertura tan limitada provocaría discusiones al rojo vivo, con la posibilidad de producir grietas profundas también en el interior del colegio episcopal» (Chiesa, 25.9.13).

Hay que tener en cuenta además que cualquier cambio en este asunto traería en la ICR tales implicaciones organizativas y, no lo olvidemos, económicas, que realmente es inconcebible que se suprima el voto de castidad de los sacerdotes en general. La referencia al celibato se trata por tanto de otra “burbuja de esperanza” que explotará sin que los aperturistas apenas se den cuenta de ello.

En cualquier caso, y aunque eventualmente se aprobaran retoques en la norma, los replanteamientos sobre el celibato de los curas no significan una reformulación de la doctrina católica sobre la sexualidad, pues jamás se ha siquiera sugerido que monjes, monjas y frailes puedan dejar de ser célibes. A ellos se les considera que pertenecen a una categoría “más elevada” por no mantener relaciones sexuales; así lo expresa Francisco: «Los religiosos son profetas. Son los que eligieron un modo de seguir a Jesús que imita su vida con la obediencia al Padre, la pobreza, la vida de comunidad y la castidad. […] El voto de castidad debe ser un voto de fecundidad. […] Anuncian cómo será el Reino de Dios cuando llegue a su perfección» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13)

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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