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Francisco (II): La gran esperanza de los católicos aperturistas
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (16 de marzo de 2014)

Los católicos que podríamos calificar como progresistas, aperturistas o incluso liberacionistas se mostraron en general muy críticos con los dos papas anteriores (aunque finalmente siempre prevalecía la aceptación de la institución). En cambio, desde que Francisco llegó al trono papal todo este sector de teólogos y periodistas se ha entregado incondicionalmente a su persona.

El periodista y escritor Jesús Bastante expresaba algunos de los conflictos propios del católico aperturista, que por un lado desearía un modelo de iglesia más acorde con el evangelio, una iglesia sin papa ni jerarquía, pero por otro no se atreve a dar ese salto: «¿Es imprescindible que haya Papa para que haya Iglesia? Parece que no. ¿Es inevitable? Al parecer, sí. La figura del Santo Padre, aún hoy, en el archiateo siglo XXI, continúa siendo la única auténticamente universal en nuestro mundo globalizado. […] No es imprescindible, pero sí parece que inevitable, que haya una cabeza visible en esta Iglesia. Como si fuera necesario sustituir a Cristo, como si no fuéramos mayorcitos para equivocarnos. Para equivocarnos en comunidad, como Dios manda. Y para seguir caminando, de error en error, hacia esa Verdad que nos hace libres a todos por el hecho de sentirnos amados por el mismo Dios que nos creó y que nos sostiene. A todos. Del Papa abajo, a todos. O a arriba, que no sé bien» (Religión Digital [RD], 1.03.13; añadimos negritas en las citas).


Expectativas sobre Francisco

Según las declaraciones de destacados católicos aperturistas, sus expectativas sobre Bergoglio son básicamente las siguientes:

1. Va a revolucionar la doctrina católica sobre asuntos sexuales y de familia. Leonardo Boff «dice […] que aunque en muchos aspectos –como lo referente a los anticonceptivos, el celibato y la homosexualidad– Bergoglio como cardenal siguió una línea conservadora, eso se debió tan sólo a la presión del Vaticano y sostiene que hay elementos que indican que el nuevo papa es mucho más liberal. “Hace un par de meses por ejemplo aprobó expresamente que una pareja de homosexuales adoptara un niño. Tiene contacto con sacerdotes que han sido repudiados por la iglesia oficial por haberse casado» (RD, 17.3.13; lo de la pareja gay parece un bulo). Según José Manuel Vidal, «tras tocar la estructura del papado y de la Curia, Francisco está iniciando también reformas doctrinales. En dos pasos. El primero, ya en marcha, es cambiar la tendencia respecto a temas “delicados” de moral sexual, como los matrimonios gays, el preservativo o las relaciones prematrimoniales […]. El segundo paso serán los cambios en algunos temas doctrinales concretos. Con prudencia y de uno en uno. El primero puede ser el permitir el acceso a la comunión de los divorciados vueltos a casar» (José Manuel Vidal, RD, 4.8.13).

Las Jóvenes de la Red Latinoamericana de Católicas por el Derecho a Decidir le escriben una carta al nuevo papa pidiéndole que «renuncie a mantener sus posturas condenatorias respecto a la sexualidad sin fines reproductivos», que «cambie su radical postura respecto al uso del condón», que «respete a las mujeres y los hombres jóvenes que han optado por vivir su sexualidad o por decidir interrumpir un embarazo» y que «recupere la propuesta ética del cristianismo católico que tiene como principio la no-discriminación de todo ser humano» (no explican dónde se recoge esa propuesta…). Finalmente, no exigen el desmontaje de la estructura jerárquica, sino sólo «que la jerarquía católica nos incluya, nos escuche y nos permita seguir construyendo nuestra Iglesia» (La Jornada, 1.8.13).

2. El papa pretende potenciar el papel de la mujer en la Iglesia Católica Romana (ICR). «Lo primero es que la mujer debe ser sacerdote ya, y que Dios perdone a las personas a las que a estas alturas se les ocurre que eso no sucederá jamás». Eso sí, no sólo el papado, sino también el cardenalato, aparte de la concepción clerical dell propio sacerdocio católico romano, deben mantenerse como instituciones: «Si tenemos presidentas, alcaldesas y concejalas, ¿por qué no cardenalas?». Además, «un Papa tendrá que pedirle perdón a la humanidad y a las mujeres especialmente por el trato (o no trato) que se les ha concedido en la Iglesia» (Antonio Aradillas, RD, 30.6.13).

3. Francisco refleja adecuadamente a Jesús de Nazaret: «Al papa Francisco no es necesario buscarle precedentes filosóficos. Él tiene otra autoridad en su mente: la de Jesús de Nazaret» (Manuel Fraijó, El País, 3.9.13). Según Ernesto Cardenal, es un «milagro» tener en el Vaticano al papa Francisco, pues «enseña a vivir como él lo hace» y cuestiona a los hombres, «acostumbrados a justo todo lo contrario». Considera que «el papa es «un ejemplo a seguir» porque cuando acudió al cónclave de su elección lo hizo en clase turista, mientras que él para viajar ahora a España lo ha hecho en preferente. En su opinión, Francisco «enseña a vivir como él lo hace […] al igual que lo hizo San Francisco de Asís» (RD, 16.5.13).

4. Debe renunciar a ser jefe de Estado. «Lo primero que debería hacer, aunque no sé si se atreverá, es deponer su presidencia de los Estados pontificios» (Aradillas, RD, 30.6.13). José Antonio Pagola “profetiza”: «Creo que Francisco será el último jefe de Estado del Vaticano» (RD, 29.5.13). José I. González Faus cree que si renunciara a ser jefe de Estado, sería «un detalle muy significativo», y estima que «la mayor fidelidad al Papa es liberarlo del papado, porque el papado altera la figura evangélica de lo que tenía que ser el sucesor de Pedro» (RD, 29.3.13). Ya nos dirá G. Faus en qué parte del evangelio se establece que Pedro tuviera un sucesor…

5. Debería reestructurar profundamente el papado y renunciar a su infalibilidad por ser algo indigno «de la Iglesia y de sus autoridades. “Jefe” y “Papa” son dos términos antitéticos» (Aradillas, RD, 30.6.13). «Haría mucha falta también una revisión del Derecho Canónico», considera González Faus. «Pero personalmente creo que esto no se hará», reconoce. «Lo primero debería ser que desaparezcan los cardenales, y que no se llamen príncipes de la Iglesia, porque eso es casi blasfemo». «Al Papa le debería elegir un cónclave en el que estuvieran los presidentes de las diferentes conferencias episcopales, algún general de órdenes religiosas, algunos laicos...» (RD, 8.12.13). El papa «tiene que empezar por hacer una buena elección de los miembros de la curia» (Juan José Tamayo, RD, 24.11.13).

6. Debe rehabilitar a los teólogos díscolos. Escribe Fraijó en referencia a Hans Küng: «Juan Pablo II, el Papa que le retiró su condición de teólogo católico, conocerá próximamente la gloria de los altares y, desde esas cumbres, seguro que agradecerá al Papa actual que concluya cristianamente esta historia» (El País, 3.9.13). Juan José Tamayo recibió a Francisco con gran escepticismo (Lupa Protestante, 17.3.13); la encíclica conjunta con Ratzinger le produjo decepción por su continuismo teológico (El País, 10.8.13), pero finalmente interpreta que Francisco ha supuesto un giro importante. Dice: «Si Francisco me llamara y me dijera que no está de acuerdo con algunas de mis intervenciones públicas, o que hay una parte de mi teología que hay que matizar, y me lo dijera cordialmente, sin anatematizarme, invitándome a participar y a colaborar, me parecería que eso es lo propio. El comienzo de la democratización» (RD, 24.11.13). En su último artículo, aunque pone algunas pegas a su falta de decisión en algunos asuntos, Tamayo hace una valoración realmente positiva de Francisco (El País, 11.3.14).

8. El papa se ha convertido en el máximo crítico mundial de las estructuras de poder. El jesuita González Faus es uno de los católicos más críticos con el papado; recientemente ha publicado Herejías del catolicismo actual, obra en la que denuncia la divinización del papa, el clericalismo y el sacramentalismo, y en su obra Un concilio entre primaveras afirma que “la Iglesia católico-romana no es la verdadera Iglesia de Cristo” (RD, 8.12.13). Pero él también ha sucumbido ante Francisco. Hoy cree que la ICR, en proceso de reforma bajo Francisco, puede ser «ejemplo para otras instituciones (financieras, políticas, democráticas...)» (RD, 8.12.13). Como Francisco expone en su exhortación Evangelii Gaudium una crítica del capitalismo, Boff considera que «ataca el corazón ideológico y falso del sistema imperante» (RD, 3.1.14).

9. Francisco es tan revolucionario que lo podrían asesinar los grandes poderes conservadores, incluidos los del propio Vaticano: «El riesgo existe y Francisco lo asume. De entrada y por convicciones pastorales y teológicas. Sabe bien cuál fue el final de todos los profetas, empezando por el de Nazaret. Si ocurriese algo así (Dios no lo quiera), ¿qué pasaría en la Iglesia? En primer lugar, Francisco se convertiría en un santo por aclamación popular y en el Papa mártir de los pobres. Pero, si las sospechas recayesen en los hombres de Iglesia, ésta quedaría tocada y, posiblemente, hundida. […] Si las sospechas sobre el magnicidio señalasen a los poderes del mundo, la Iglesia saldría reforzada, buscaría un nuevo Papa que siguiese la línea marcada por Francisco y ganaría fieles para su causa. Pero, al mismo tiempo, cundiría la desesperanza, sobre todo entre los pobres, y la protesta. Y hasta puede que los católicos hiciesen causa común con los indignados o se tornasen indignados que, siguiendo el ejemplo de su mártir, saliesen a las calles “pacíficamente y sin violencia, a proponer alternativas sociales a la luz del Evangelio”. Una revolución cristiana mundial, que se extendería por los cuatro puntos cardinales […]. Vivo o muerto Francisco es un peligro y está en peligro. Sólo Dios lo puede salvar» (José Manuel Vidal, RD, 4.8.13). González Faus afirma: «Ya se están uniendo fariseos y herodianos para planear cómo acabar con el Papa» (RD, 8.12.13). El jesuita Pedro Miguel Lamet llega a escribir: «Me atrevería a decir que si le mataran –Dios no lo permita– le harían un favor, porque desde su punto de vista se parecería más a Cristo» (21RS, 26.7.13).

10. El papa debe convertirse en el gran pastor y líder de todas las iglesias y del conjunto de la humanidad: «Este papa es un pastor y tiene experiencia de gobierno. Va a la vida, a la animación de la comunidad, a la unión de las iglesias, a la llamada al mundo para luchar contra el hambre y la pobreza». La forma de ayudarle es «incluyéndose, cada uno y cada una desde su puesto y desde sus capacidades, en el movimiento iniciado por él» (Andrés Torres Queiruga, RD, 13.7.1). «No cabe duda de que se está manifestando como párroco de nuestra aldea global» (Fraijó, El País, 3.9.13). El fundador de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, «se preguntó si la iglesia y los fieles están dispuestos a seguir al Papa para hacer realidad» el sueño de una iglesia pobre y para los pobres (RD, 29.3.13). Según Hans Küng, «el papa Francisco dispone de las necesarias cualidades de capitán para gobernar el barco de la Iglesia sabia y valerosamente entre las tempestades de la época […] Con la brújula del Evangelio (y no del derecho canónico) mantendrá el rumbo franco hacia la renovación, el ecumenismo y la apertura al mundo» (El País, 28.11.13). Pagola propone: «El Papa debe encontrar en nosotros un apoyo total. Si él promueve el cambio desde arriba, nosotros debemos promover el Reino desde abajo» (RD, 29.5.13).

La fascinación ejercida por Francisco se ha extendido retrospectivamente al propio Benedicto XVI, tan denostado anteriormente por su talante reaccionario, pues, además, con su renuncia se ha convertido a ojos de muchos aperturistas en un modelo de humildad. Muchos lo ven ahora como alguien que intentó reformar la curia, pero «no pudo hacerlo», y por ello dejó paso a un nuevo papa (González Faus, RD, 29.3.13). Inicialmente, Hans Küng consideraba que el papa Jorge Bergoglio ha traído una “primavera católica” a la Iglesia, tanto en la forma como en los contenidos, suponiendo así una “ruptura” con lo que “representó” Benedicto XVI» (RD, 8.12.13). Pero entonces Ratzinger escribió una afectuosa carta a Küng en la que afirma que su «única y última tarea es sostener con la oración el pontificado de Francisco», con el que comparte «una gran identidad de puntos de vista» (RD, 10.2.14); con ello, queda definitivamente identificado como el papa que quiso hacer reformas y no pudo, dando paso a Bergoglio.


Los límites de Francisco

Pero la mayoría de los aperturistas duda de que a Francisco la curia le deje cumplir su programa.

González Faus se pregunta qué le dejarán hacer, pues «lo que está haciendo no le debe gustar mucho a la curia». Pero «a veces, cuando creemos que no hay esperanza, de pronto se produce un milagro» (RD, 29.3.13).

Tamayo cree que «una teología de la liberación que hace de la opción por los pobres su imperativo categórico es difícilmente asumible por la institución eclesiástica […]. En los discursos pronunciados durante su visita en Brasil el papa Francisco ni siquiera citó la teología de la liberación. Tampoco se encontró con ninguno de sus cultivadores, muy numerosos en Brasil. A lo más que puede llegar la institución eclesiástica es a respetar la teología de la liberación, establecer una moratoria, no condenarla, a no sancionar a sus cultivadores y cultivadoras» (El País, 6.9.13). Sin duda, los liberacionistas se conforman con eso.

Para Hans Küng, «la prueba decisiva de la reforma papal» es que Francisco ejerza reformas no sólo a favor de los pobres materiales, sino también de «tres grandes grupos de personas que, dentro de la Iglesia católica, son pobres»: los divorciados que no pueden acceder a los sacramentos, «las mujeres, que debido a la posición eclesiástica respecto a los anticonceptivos, la fecundación artificial y también el aborto son despreciadas por la Iglesia» y «los sacerdotes apartados de su ministerio por razón de su matrimonio» (El País, 26.9.13). Este teólogo tan progresista se conforma por tanto con bastante poco, y por supuesto acepta la concepción jerárquica y la teología sacramentalista católica romana. Además advierte del peligro de que las esperanzas depositadas en Francisco se trunquen, y ello sería, cómo no, «por culpa de los grupos de poder del Vaticano», no por culpa de su máximo jefe. A éste se le perdona todo: «El proceso de beatificación de Wojtyla ha estado “forzado” por Benedicto XVI “vulnerando todos los plazos prescritos”, lo que Francisco no puede detener porque sería contemplado como una “afrenta” no solo a Ratzinger sino a todo el pueblo polaco» (RD, 8.12.13).

Küng considera que el aborto y la ordenación de las mujeres son asuntos «donde probablemente se pongan de manifiesto los límites dogmáticos de este papa». Y se pregunta: «¿O es que en esto quizá esté bajo la presión de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de su prefecto, el arzobispo Ludwig Müller?» (El País, 28.11.13). Razonar así resulta absurdo pues significaría que Bergoglio lleva décadas engañando cuando defendía claramente una posición conservadora sobre estos temas, para ahora que es papa decir lo que piensa de verdad. Y no parece que Francisco vea a Müller como un opositor molesto, pues ha sido él quien lo ha nombrado cardenal en febrero de 2014.

González Faus propone que no se le meta demasiada prisa al papa, no sea que el empeño progresista reactive los esfuerzos de los inmovilistas y frene las reformas. A fin de cuentas, «es propio de casi todos los Moisés, atisbar la tierra prometida sin llegar a entrar en ella» (es decir: todavía habría que esperar a que otro papa –u otros– completara la “revolución”). Y concluye: «Temo sinceramente que Francisco esté haciendo (o mejor: le estemos haciendo hacer) demasiado ruido» (RD, 18.9.13).


¿Grandes cambios?

El jesuita Pedro Miguel Lamet sintetiza bastante bien la forma en que muchos aperturistas conciben sus expectativas: «El papa Francisco en la apariencia no ha cambiado nada: los divorciados y vueltos a casar siguen sin poder comulgar, las monaguillas están prohibidas en la Iglesia, la ley del celibato obligatorio permanece vigente, de la ordenación de las mujeres no se puede hablar porque lo prohibió Juan Pablo II, que va a ser canonizado a pesar de haber cerrado los ojos a las barbaridades de Maciel; todavía hay sectores en la Iglesia que prohíben a sus seguidores comulgar en la mano, el Vaticano sigue siendo un Estado independiente con cárcel, jueces, banco y hasta embajadores en todo el mundo, los homosexuales son teóricamente unos enfermos que tienen que curarse y si no no pueden acceder a los sacramentos… ¿Ha cambiado algo en la Iglesia realmente con la llegada del papa Francisco? Todo y nada. ¿Y no aseguran algunos que de fondo es conservador y que esos otros cambios reales nunca llegarán? Mi respuesta es que si consigue una Iglesia más pobre, más humilde, más servicial, más libre, menos emperifollada, más unida internamente y sobre todo menos centrada en sí y de vuelta al Evangelio de Jesús, me doy con un canto en los dientes» (21RS, 26.7.13).

Si analizamos las propuestas de los católicos aperturistas, comprobamos que ante todo, al igual que los progres no creyentes, esperan cambios en doctrina y normativa en relación con la sexualidad y la mujer. Aunque ellos, como el papa, hablan bastante de Jesús, su énfasis sigue siendo básicamente eclesiocéntrico, no cristocéntrico: José M. Vidal espera «que todos encuentren en la Iglesia una razón para seguir esperando» (RD, 8.12.13). Algunos aventuran propuestas maximalistas, como la renuncia a la jefatura del estado o a ciertas prerrogativas papales, pero ni piden ni esperan la supresión del derecho canónico, la curia o el cardenalato, y plantean una elección del papa por parte de las jerarquías de siempre con participación de algunos laicos. Dicen que Francisco «ataca el corazón ideológico y falso del sistema imperante», pero pasan por alto que el sistema dominante no se limita a la dimensión económica, sino que tiene en su núcleo las gigantescas estructuras de poder, entre las que se encuentra el propio Vaticano.

Algunos de quienes han defendido una iglesia democrática cuando reinaban en ella papas autoritarios, ahora que gobierna uno de su cuerda apelan a la autoridad absoluta del papa bueno para imponerse sobre la curia malvada: «Ahora es papa y puede hacer lo que quiera» (Boff, RD, 17.3.13; ver también la valoración de Jorge Costadoat, 17.4.13). Aunque hablan de una iglesia horizontal, en realidad el conjunto de sus propuestas implica reforzar el papado como institución y al papa como líder máximo y figura de referencia mundial.

Cabe preguntarse: Los aperturistas ¿interpretan correctamente la figura de Francisco? ¿Es previsible que se cumplan sus expectativas más idealistas? Y lo que es más importante: ¿Son acordes estas expectativas con una genuina revolución cristiana? Lo analizaremos en las próximas entregas.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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