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Ecumenismo y diálogo interreligioso (II): Oportunidades
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (13 de enero de 2015)

Ecumenismo y diálogo interreligioso (I): Peligros
Ecumenismo y diálogo interreligioso (II): Oportunidades

En la primera parte se han analizado algunas tendencias negativas del ecumenismo  actual. En esta segunda y última parte se exponen las oportunidades que ofrecen las relaciones interreligiosas e interconfesionales.


1. Más diálogo, menos ecumenismo

Los contactos entre comunidades religiosas tendrían que ser lo más abiertos posibles, y no estar condicionados desde el principio por unos objetivos impuestos; nunca deberían entenderse como una necesidad, sino como parte de la libre voluntad de los participantes. Este tipo de encuentros, al igual que se ponen en marcha se deben poder disolver si es necesario, pues frente a la tan ansiada unidad (u otros objetivos circunstanciales típicamente ecuménicos) debe primar el respeto a las convicciones y la conciencia de cada participante y a los principios de cada comunidad.

Por otro lado, frente a la tendencia creciente a celebrar actos religiosos, y para evitar una aproximación que finalmente se centre en aspectos emotivos y tienda al sincretismo o la dilución de identidades, es preferible potenciar encuentros en los que primen el diálogo y la reflexión.


2. Encuentros de base

Ya he explicado por qué la intervención de los niveles más institucionalizados de las religiones, y en especial de los más jerarquizados, dirige hacia un ecumenismo autoritario. No se puede confiar en organizaciones religiosas que a la vez son estados o que están estrechamente vinculadas a la "alta política". Aunque este es el ecumenismo más común y el más fomentado (en gran medida porque también es el más deseado en un mundo sediento de liderazgos fuertes), considero que poco bueno se puede esperar de él.

Existe, en cambio, un ecumenismo promovido por creyentes "de base" de diferentes comunidades, quienes muchas veces actúan a iniciativa propia. Es una especie de "ecumenismo transversal" que vincula a los sectores más aperturistas de cada religión, en ocasiones incluso al margen de las posiciones oficiales de sus organizaciones religiosas.

Estos encuentros pueden ser fructíferos, siempre y cuando se fundamenten en planteamientos críticos, imprescindibles para que el diálogo no derive en dinámicas liberticidas. En ellos deben primar los procedimientos igualitarios, democráticos, participativos, garantistas y transparentes.


3. Proyectos compartidos, pero reconociendo las diferencias

¿No caben entonces unas relaciones a más alto nivel, entre dirigentes religiosos? Pienso que sí, pero discerniendo bien los objetivos, y nunca con el propósito de encontrar la unidad "visible" pues, como he explicado, en última instancia esto significaría en el mejor de los casos la suspensión de principios propios de cada comunidad, y en el peor la absorción de una organización por parte de otra.

Es muy común en el movimiento ecuménico cierto voluntarismo ciego ("en el fondo, todos creemos lo mismo, todas las religiones/iglesias son iguales"); frente a él, es preferible el debate, incluso la confrontación (aunque esta sea un tabú para la actual mentalidad posmoderna, relativista y "buenista"). Si el diálogo es de tipo doctrinal, está bien buscar los puntos en común, pero a la vez es imprescindible reconocer las diferencias, para no caer en el autoengaño. Debe dejarse espacio para la identidad propia de cada participante; en esa identidad inevitablemente habrá incompatibilidades entre las creencias y prácticas de unos y otros, las cuales no se deben concebir como un drama que hay que superar.

El objetivo es conocerse mejor, sin miedo a encontrar escollos (incluso insalvables, aunque no para unas buenas relaciones entre las partes) y sin miedo a que otra comunidad "nos robe las ovejas". Este miedo ha conducido a establecer compromisos entre confesiones de no hacer campañas entre los fieles de las otras comunidades; se estigmatiza así como "proselitismo" la simple difusión de las convicciones propias, y finalmente se incurre en limitaciones a la libertad religiosa (que debe garantizar siempre que cualquier persona pueda decidir cambiar de religión libremente).


4. Iniciativas comunes en plano de igualdad

Cualquier iniciativa interreligiosa debe realizarse en un plano de igualdad de todos los participantes. Aun cuando una o varias organizaciones fueran las promotoras de un acto o una campaña, este debe diseñarse como un proyecto en el que cualquier comunidad o individuo que se sume lo haga con los mismos derechos de participación que el resto.

Si se convoca a participar en un encuentro (orar por personas perseguidas por su fe, promover la paz…), no se debe hacer desde el planteamiento de "uníos a nosotros en esta iniciativa", sino "construyamos juntos un proyecto participativo". En los actos públicos interreligiosos no deberían dominar una puesta en escena y unos símbolos exclusivos de una confesión, y la conducción de los actos debe ser compartida, evitando personalismos e hiperliderazgos.


5. Acción social

Un campo especialmente provechoso para la acción conjunta es el ámbito social. Los voluntarios de las ONG saben perfectamente que en el terreno de la cooperación no hay barreras confesionales; ni siquiera la barrera creyentes/no creyentes. Se trabaja desde valores compartidos de entrega al prójimo, y cada organización e individuo aporta su esfuerzo.

Otro tanto puede hacerse en proyectos de defensa de los derechos humanos. Nuevamente el modelo apropiado no es el de invitar a que otros se sumen a una iniciativa diseñada desde posiciones confesionales, sino preparar campañas abiertas con un objetivo bien definido que permita que quien la apoye no se sienta instrumentalizado por los convocantes.


6. Unidad invisible entre los cristianos

Muchas veces se afirma que la división de los cristianos en miles de denominaciones es una tragedia, incluso un escándalo. Pero no hay que olvidar que las divisiones denominacionales son un fruto de la libertad de culto y de conciencia; son infinitamente preferibles a la falsa unidad en una organización única impuesta al conjunto de la sociedad, que es lo que ha predominado en la historia del cristianismo.

Las relaciones entre iglesias nunca deben plantearse como un "regreso a la unidad visible y plena", pues ello, además de falsear la historia, implica una visión eclesiocéntrica y no cristocéntrica. Bíblicamente la iglesia es invisible, por lo que en realidad todos los cristianos ya estamos unidos en Cristo. Las diferencias existentes (doctrinales, organizativas…) no tienen por qué eliminarse, pues están integradas en la conciencia de quienes participan de ellas. Y de hecho hay acciones compartidas que ya nos unen, pues todos los que se consideran cristianos las pueden practicar sin problemas: compartir un pasaje bíblico, comunicarse mutuamente la esperanza y el consuelo divinos ante el sufrimiento, realizar obra social codo con codo, orar al Padre unos por otros... Es una unidad que se da en las relaciones personales, pero que no puede ni debe darse en el plano eclesial, pues lo cierto es que en la cristiandad se predican "evangelios diferentes" (ver Gálatas 1: 6-9), concepciones enfrentadas de lo que es la iglesia e incluso cosmovisiones distintas (como ocurre en su conjunto entre el catolicismo romano y el protestantismo).

La Biblia no invita a que busquemos la unidad, sino a que nos entreguemos a Cristo. Buscando la unidad no se encuentra a Cristo, sino que es buscando a Cristo (en su Palabra) como nos acercamos a la unidad.


7. Apertura de los cristianos a otras religiones

Se considera que el ecumenismo por antonomasia es el que aspira a la "unidad de los cristianos", entendiéndose que entre todos aquellos que profesamos la fe en Cristo es más lo que nos une que lo que nos separa. Pero si analizamos detenidamente los objetivos explícitos de muchas iglesias, encontraremos que no pocos de ellos son no sólo incompatibles entre sí, sino incluso opuestos. Por poner unos ejemplos: unas mantienen (en sus documentos constitutivos y en la práctica) la vinculación iglesia-estado, otras abogan por la separación iglesia-estado; unas defienden proyectos políticos concretos (la búsqueda de un gobierno mundial, la defensa del Estado de Israel como instrumento divino…), otras prefieren un enfoque basado en los derechos humanos de los desfavorecidos y otras se inscriben en un apoliticismo radical; unas mantienen una posición combativa contra determinadas leyes (aborto, matrimonio gay…), otras promueven legislaciones permisivas…

Por eso, analizando los objetivos de las diferentes iglesias, cada una de ellas descubrirá que en algunos puntos decisivos está radicalmente separada de otras iglesias consideradas también cristianas, mientras que está cerca de otras confesiones no cristianas que comparten objetivos con ella.

La realidad, por tanto, es compleja: primero, porque en algunas iniciativas o campañas ciertas iglesias, en consonancia con sus principios, suman fuerzas con otras religiones para luchar por objetivos opuestos a los de otras iglesias cristianas. Segundo, porque los diferentes sectores de cada comunidad religiosa ("conservadores", "progresistas"…) se alinean de forma transversal con otros sectores afines de otras comunidades.

Esta realidad tira por tierra el mito de la "unidad de los cristianos" y nos abre la posibilidad de interactuar con quien sea (cristianos o no) basándonos, no en una profesión teórica de fe, sino en objetivos específicos bien definidos y compartidos.


8. Apertura a las iniciativas seculares

Junto al mito de la "unidad natural" de los cristianos, existe el mito de la unidad, o la cercanía especial, de todas las religiones, según el cual el hecho de ser creyentes nos acerca unos a otros. La realidad tampoco es así. De hecho, no pocos creyentes nos encontramos en cuanto a determinados asuntos más cerca de algunas iniciativas seculares que de ciertos proyectos confesionales (ver el libro ¿Te crees mejor que yo? Por un diálogo abierto con la ética secular, de H. Díaz y L. González).

Por ejemplo, en la lucha por la separación iglesia-estado en España las iglesias que defienden un estado genuinamente aconfesional podrían cooperar en campañas concretas con organizaciones laicistas (siempre que estas no se dejen dominar por prejuicios antirreligiosos). En las campañas contra las guerras y a favor de la no violencia a veces es más fácil encontrar aliados entre organizaciones pacifistas que en ciertas iglesias. Y no hay que desechar la aproximación a organizaciones y partidos políticos para la defensa de objetivos concretos, siempre con la cautela de mantener una delimitación nítida de tales objetivos (que, en definitiva, es la misma cautela que hemos de mantener en las relaciones con otras organizaciones religiosas, como he explicado más arriba).


9. Religiones y sistemas de valores como herramienta crítica y autocrítica

Una de las propiedades de las relaciones interconfesionales es que promueven la apertura a otros, favoreciendo que cada cual salga de la "burbuja" (confesional, ideológica, social…) en la que vive. Esto debería fomentar el espíritu crítico, así como la proyección del mismo ad extra (sensibilización ante los graves problemas de la humanidad, defensa de los derechos humanos y las libertades…) pero también ad intra (promoción de mecanismos participativos y de transparencia en el ámbito eclesial, defensa de un enfoque basado en la persona y no en la institución…).


Conclusión

Frente a lo que señalan ciertas concepciones voluntaristas de gran parte del movimiento ecuménico actual, lo cierto es que el mundo, cada vez más sometido al globalitarismo bélico y ultracapitalista, sigue una deriva poco favorable para las libertades. El gran reto de las religiones (así como el de todo individuo o colectivo preocupado por la humanidad, por cada ser humano) consiste en no convertirse en la argamasa ideológica de una "humanidad unida" (el viejo sueño de todos los imperios), sino en mantener despierto el espíritu crítico frente a los grandes poderes mundiales (económicos, ideológicos, políticos, religiosos y político-religiosos) y ante cualquier intento de limitar la libertad de conciencia de cada persona en aras de "un bien mayor". Sólo bajo esa premisa es posible llevar a cabo sin peligros una colaboración provechosa entre personas y colectivos (creyentes o no creyentes) en proyectos conjuntos al servicio del prójimo.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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Fuente de la imagen: elenamoreno.net

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