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Gabriel Albiac y los ateos católicos
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (13 de agosto de 2013)

La evolución ideológica de Gabriel Albiac representa muy bien la de los no creyentes que han experimentado en los últimos años una creciente fascinación por el papado.

Gabriel Albiac es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid desde 1988. De joven vivió en París las movilizaciones de Mayo del 68. Materialista y ateo, su tesis doctoral versó sobre El capital de Marx. Ya en 2002, en el artículo de LaExcepción La Brigada Antiprogre, reseñamos brevemente su peculiar (y respetable) giro político desde la extrema izquierda a posiciones cercanas a la "derecha liberal", acelerado sobre todo tras el 11-S de 2001.

Albiac es un pensador que puede sorprender tanto por su lucidez como por sus salidas que benévolamente podríamos calificar de curiosas. Quizá se deban al "efecto tertulia", que afecta incluso a las mentes más capaces. En mayo de 2002, defendiendo la tauromaquia, comparó la muerte del toro en la plaza con el pisotón que se le da a una cucaracha que aparece en nuestra cocina (a raíz de ello le escribí una carta que luego reconvertí en mi artículo Crueldad). En una tertulia del 17 de julio de 2011 (minuto 37) defiende que «la prostitución es una actividad laboral como cualquier otra» (añado negritas en todo el artículo); una participante le corrige indicando que muchas mujeres se ven abocadas trágicamente a esa práctica explotadora, y Albiac responde que él se vio abocado a ser catedrático de universidad, y que es tan desagradable ser basurero municipal como prostituta. Otro tertuliano le replica que estas mujeres deben sufrir una agresión mayor a la de otras profesiones al ser penetrado su propio cuerpo. «Pues, macho, que penetren en tu neurona, que es para lo que trabajamos tú yo», replica alegremente el catedrático, y compara el día a día de la ramera con el de un profesor.

Suele repetir ideas como «Soy ajeno a la política. A toda política» (La Razón, 30.11.08), y a la vez pontificar sobre las cuestiones políticas más variadas, o solicitar medio disimulando el voto para el Partido Popular (p. ej., ABC, 9.5.11). Defensor infatigable de la política exterior de George W. Bush, quien, como buen presidente norteamericano y supuestamente a diferencia de la decadente Europa, apuesta por aniquilar al enemigo (La Razón, 16.12.08), es natural que, al criticar los delirios del nacionalismo como «espíritu encarnado de un pueblo», olvide cualquier referencia a la teoría del Destino Manifiesto estadounidense (La Razón, 8.1.09). Eso sí, comprendió –acertadamente– que Obama supone la continuidad de Bush (La Razón, 26.8.09).


Cómodo con la jerarquía católica

Centrándonos en nuestro tema, el aludido giro ideológico afectó significativamente a sus posiciones sobre asuntos religiosos. Aunque, como hijo del 68, en algunos de sus arrebatos rockeros Albiac se puede llegar a poner transcendente, incluso espiritual, siempre ha hecho gala de su ateísmo escéptico. Hasta el 11-S era frecuente que manifestara su rechazo hacia los monoteísmos, y que incluso menospreciara el legado de estos en contraste con el de la cultura clásica pagana (durante un tiempo escribió bajo el seudónimo de "Lucrecio", en honor al pensador materialista latino). Este rechazo se dirigía no sólo al cristianismo y al islam, sino también al monoteísmo judío, como se puede comprobar en alguna de sus columnas de aquellas fechas en el diario El Mundo. Gran admirador del filósofo judío Spinoza, que fuera víctima de la intolerancia de sus correligionarios, consideraba todos los monoteísmos una fuente de intransigencia y persecución del infiel.

En mi lectura no exhaustiva de sus escritos, he comprobado que tras el 11-S todo su desprecio se ha concentrado en el islam, contra el que escribe repetidamente en sus columnas, y tanto el cristianismo como el judaísmo han quedado libres de sus ataques. En su mirada más complaciente hacia la fe judía sin duda ha influido su sionismo radical. Pero lo más llamativo son sus posiciones sobre el catolicismo romano, al que suele identificar con el cristianismo, ignorando corrientes como la reformada.

Ya en su etapa de colaborador de la cadena Cope (de la Conferencia Episcopal Española) chocaba comprobar cómo en las tertulias rebajaba el tono de sus críticas, anteriormente incisivas, hacia la jerarquía católica romana, e incluso simpatizaba con algunos de sus representantes más ultraconservadores y confesionalistas, como el arzobispo de Toledo y primado de España Antonio Cañizares.

En una serie de vídeos con los que Albiac combatió la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC), incluyó el 28 de enero de 2008 una entrevista con el ya entonces cardenal Cañizares (una «conversación fascinante», según Albiac), en la que el filósofo carga contra la «catequesis de estado» que supuestamente introduce la materia (significativamente, olvida cualquier referencia a la catequesis de iglesia-estado que la institución a la que representa Cañizares ha sostenido durante siglos en España). El jerarca católico afirma que «una mala enseñanza es un pecado» y ataca el relativismo, destacando que los alumnos encontrarán una contradicción entre la enseñanza de Religión elegida por sus padres y la visión del hombre sustentada por EpC. Para Cañizares «Europa es un acontecimiento espiritual», tesis que Albiac apoya citando a "San" Agustín y elogiando el diálogo entre Ratzinger y Habermas; lamenta que en varios estados se está procediendo a la «voladura de la gran riqueza espiritual de Europa». El cardenal defiende que hay que respetar las costumbres, y Albiac critica que se trate de «enseñar un sistema de afectos» (con destacable amnesia del que a él mismo se le trató de imponer de niño bajo el nacionalcatolicismo).

Albiac, miembro en su día del consejo editorial de El Mundo, abandonó este medio que podemos calificar de "secular" para ofrecer su firma consecutivamente a dos diarios de línea abiertamente confesional (católica, por supuesto): La Razón primero y ABC después (hasta hoy).


Fascinado por Ratzinger

La llegada al trono papal de Joseph Ratzinger provocó en Albiac un entusiasmo reflejado en multitud de declaraciones. Benedicto XVI le parece "fascinante" (una de sus palabras favoritas). «Una institución como la Iglesia aspira a la intemporalidad. Lo mismo le sucede a la razón». Al testigo fascinado de Mayo de 68 le encanta que una institución con un historial liberticida aspire a la intemporalidad. «Lo que Ratzinger ha planteado mejor que ningún Papa desde hace siglos, con más radicalidad, es el modo de entronque entre fe y razón, para que no se trivialice ninguna de las dos, para que se respeten los territorios, para que se permita el despliegue del diálogo. Para pensadores no creyentes, como es mi caso, es extraordinariamente importante. Cada vez vivimos más en un mundo de tradiciones religiosas específicas, es el caso del islam, que aparecen incompatibles con algún tipo de interpretación racional. Para un pensador no creyente, de tradición platónica, la única vía de diálogo es la que introduce Ratzinger […], uno de los pensadores de más talla del siglo XX y el teólogo más importante de este período» (Páginas Digital, 23.4.10).

En una mesa redonda en febrero de 2007 sobre la famosa conferencia de Benedicto XVI en Ratisbona, Albiac afirma que «resulta prodigiosa la tesis que desarrolla el Papa: un bloque de continuidad espiritual cristaliza en el concepto de razón; es la filiación entre filosofía griega y dos variantes de espiritualidad religiosa, judaísmo y cristianismo» y destaca la inteligencia del papa «al abrir el interrogante de si algo habla en mí más allá de los paradigmas» (Páginas Digital, 9.2.07).

La provocación del papa a los musulmanes en Ratisbona entusiasma a los islamófobos como Albiac. Para él, Ratzinger ha planteado magistralmente la dicotomía islam o razón: «¿Hay lugar para un islam democrático? En Ammán, el Papa Benedicto XVI ha formulado un deseo: el de que "los musulmanes, que rinden culto al Dios creador del cielo y de la tierra y que ha hablado a la humanidad" puedan acotar, como parte de ese mensaje trascendente, el área de comunidad con la razón griega que, desde los años cincuenta, viene teorizando Ratzinger como la más alta herencia intelectual del cristianismo. Es lo que correspondía promover a un dirigente espiritual de sus responsabilidades. Con el rigor que no puede dejar de exigirse un teólogo de su excepcional talento». Y concluye Albiac: «No todos los monoteísmos son iguales» (ABC, 11.5.09). Para él, el católico romano es el mejor, sin duda (precisamente la rama del cristianismo que no es estrictamente monoteísta).

El catedrático se pliega a la falsa dicotomía entre los conceptos de laicismo y laicidad promovida por Sarkozy y Ratzinger (ABC, 7.12.09): «Benedicto XVI retomaba […] la propuesta formulada por Sarkozy, en términos que partían de la separación Iglesia-Estado fijada por la ley francesa del año 1905, como clave mayor de la democracia. […] Al asentar ese común principio como por igual saludable para Iglesia y Estado, el Papa asentaba el fundamento doctrinal para algo de importancia excepcional en una Europa cuyos dos fundamentos históricos, cristianismo y racionalidad griega, han entrado, en los dos últimos decenios, en la más honda crisis de su historia. […] Si algo tiende un puente entre el aconfesional Estado moderno y el catolicismo, ese algo es el riguroso atenerse al carácter sagrado de la racionalidad». Por tanto, según Albiac, resulta que el papa, que es la cabeza de la iglesia-estado por antonomasia, ¡es el mayor garante de la separación iglesia-estado! Y, por supuesto, el enemigo está bien definido: «No hay hoy más que un adversario religioso a la autonomía democrática de lo político: el islam. Frente a una religión que deslegitima cualquier forma laica de Estado, católicos y no creyentes tienen un envite común: la laicidad; o sea, la democracia». Albiac se esfuerza en ver "laicidad" donde hay sólo hay criptoconfesionalismo papal


Benedicto XVI, el único interlocultor

Su pasión por Ratzinger no tiene límites. Aquel que como papa tardíamente empieza a tomar medidas contra la pederastia que él, como cardenal, más contribuyó a tapar durante años (ver El Vaticano y la pedofilia), resulta ser un gran líder que lucha contra de los abusos. En un artículo en ABC (24.3.10), el filósofo ensalza a «uno de los grandes intelectuales europeos actuales y uno de sus pocos sabios: Joseph Ratzinger, hoy Papa, pero igual de grande en lo teológico desde sus años profesorales a final de los cincuenta. No es necesario creer en nada, salvo en la inteligencia, para apreciar la elegancia conceptual de Benedicto XVI. Puede que sea incluso más sencillo. […] Benedicto XVI, que como Papa escribe a la grey que le fue encomendada, lo hace con todo el saber de Ratzinger. No oculta lo peor: que la rotura anímica que la agresión infantil impone no curará nunca en la edad adulta. Y que el consuelo espiritual no exime de la justicia. "Habéis traicionado –interpela a los clérigos violadores– la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos". Dios, tiene necesariamente que pensar un Vicario de Cristo, perdona. La ley de los hombres, no. […] La ley debe primar ahora. Y la Iglesia cargar con el coste de no haber velado lo bastante sobre sus pastores. Es duro aceptar esa culpa. Y admirable que un Papa se atreva a decirlo: "Todos nosotros estamos sufriendo las consecuencias de los pecados de nuestros hermanos que han traicionado una obligación sagrada o no han afrontado de forma justa y responsable las denuncias de abusos". Y en la asunción de esa culpa colectiva, Benedicto XVI persevera en el rigor teológico de Ratzinger. Admirable. Aun para aquel que no cree. Para él, sobre todo». El texto se comenta solo.

El 28 de mayo de 2006 Benedicto XVI visita el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y exclama: «¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?». En 2009 habla en el Yad Vashem de Jerusalén, memorial del Holocausto. Allí dice: «En el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?». Preguntas de calado, sin duda, pero casi un tópico que miles de creyentes suelen pronunciar en estos lugares. Pero Albiac alucina con el papa (ABC, 5.4.10): «Más sucinto que en Auschwitz. Igual de intenso. Teológicamente, quizá más hondo de lo que lo haya sido nunca. Porque habla de aquellos a los cuales no sólo se quiso quitar la vida, sino, mucho más allá de la vida, su nombre mismo de hombres. El nombre, en cuya afirmación reside lo sagrado: "Perdieron sus vidas –anota–, pero no perderán sus nombres". Es la última esperanza del teólogo torturado por Auschwitz». Teólogo que, sin duda condicionado por las terribles circunstancias del momento, perteneció a las Juventudes Hitlerianas, y que por tanto debería haber ido más allá en sus "profundas reflexiones", incluyendo al menos alguna sobre la sociedad alemana bajo el III Reich. Pero es que, diga lo que diga, se trata de uno de los grandes pensadores actuales…

Albiac asocia con el nazismo el pañuelo palestino que en su día se puso el presidente Zapatero (ABC, 9.6.10). Por supuesto, "olvida" que Benedicto XVI se puso dos veces ese mismo símbolo (ver Pañuelo palestino y doble rasero). Albiac recrimina al alcalde de Madrid por su osadía de haber formulado un «ultimátum formal a un Papa», ¡que además es Ratzinger, «uno de los académicamente mejor formados entre los pensadores vivos»! (La Razón, 2.12.08). Algunos intelectuales tienen una obsesión con la formación académica, como si las máximas cotas en ella fueran garantía de pureza ética y sabiduría…

Cuando Benedicto XVI anunció su renuncia en marzo de 2013, Albiac escribió: «Con Benedicto XVI, perdemos los ateos al único interlocutor de fuste en el mundo moderno, que es el único mundo que, en rigor, ha conocido el ateísmo. No abrigo expectativa de que su sucesor pueda seguir su camino. No hay un teólogo en la galaxia cristiana que tenga el nivel de Ratzinger. […] No es verosímil que a buena de parte del aparato institucional vaticano le tiente optar por un nuevo Papa teólogo. […] La tentación será volverse hacia un Papa más "realista", muchísimo más pragmático, minimizar los riesgos de esas fulgurantes apuestas intelectuales que fueron las del ahora retirado. […] Se ganará en confort lo que se perderá en misterio. Pero a aquel que trata en serio de pensar la vida, el confort no le entusiasma demasiado. Sea creyente o sea ateo. Los "silencios de Dios", tan fascinantes en el magisterio de Benedicto XVI, serán difíciles de oír en tiempos que vienen agobiados por el anhelo de certeza. Mala cosa la certeza. Para todo. Para todos. Así que nos hemos quedado sin interlocutor. Y no esperamos uno nuevo» (ABC, 4.3.13).


¿Y Bergoglio?

Por ello, se esperaría que la elección de Bergoglio, un personaje de estilo fundamentalmente llano y coloquial, le resultaría decepcionante al catedrático. Pero la fascinación que Albiac desplaza desde la filosofía griega a la medieval, y de ésta a Ratzinger, ahora se traslada al nuevo papa. ¿Es ya una fascinación por el papado?

Escribe Albiac (ABC, 29.7.13): «El ateísmo es una de las variedades de la santidad después de Trento. Una variedad muy refinada del ascetismo católico: la renuncia al consuelo. Soy un ateo católico: un hijo del Barroco y Trento, como lo son todos los modernos europeos. Sé —y eso sólo lo saben quienes por Trento y Barroco pasaron— que no hay más yo que el que construyen las imágenes; que, fuera de eso, "yo" es un recurso gramatical sin contenido». Significativamente, Albiac siempre habla del catolicismo romano como representación del cristianismo. Por lo visto, para él no ha existido la Reforma protestante. Peor aún: Trento y el Barroco son la Contrarreforma; ahí es donde ha llegado a situarse nuestro filósofo de raíces marxistas. «Basta adentrarse por la nave central de la enigmática iglesia que para el seminario romano de la Compañía de Jesús diseñara Andrea Pozzo para entender la clave en la cual nace el pensar moderno: no hay realidad en el sujeto que habla; tan sólo en las imágenes que en su mente y su lengua se combinan».

«No me induce el actual Papa el interés mayor del que le ha precedido», continúa el profesor. «Pero eso cae casi por su propio peso. Son gajes del oficio. Ratzinger es el teólogo de más fuste en los últimos dos o tres siglos». Albiac empezó considerándolo un «teólogo de excepcional talento» (11.5.09); poco después era «uno de los pensadores de más talla del siglo XX y el teólogo más importante de este período» (23.4.10). Uno se pregunta si el catedrático habrá leído a Barth, Bonhoeffer, Cullmann, Jeremias, Congar, Von Balthasar, Rahner… Ahora le atribuye una posición preeminente en tres siglos de teología. Desde luego, Ratzinger, en su faceta teológica, es un pensador muy preparado y sugerente, pero las exageraciones que sobre ello se vienen pronunciando desde que fue elegido papa resultan pasmosas. De momento Albiac se lleva la palma en exaltaciones. Cuando fallezca, ¿dirá el catedrático que Ratzinger fue el teólogo más grande la historia? (Es significativo comprobar que en la obra La teología del siglo XX, del católico romano Rosino Gibellini, publicada en 1993, no se incluye ni una sola mención a Ratzinger y sí muchas, en cambio, a Hans Küng, que es casi algo más joven. Lo mismo puede decirse de otras obras similares. Pero es que el trono papal provoca fascinación, incluso intelectual.)

Pero estábamos con Bergoglio. Continúa Albiac: «Quizá por eso, porque el lenguaje de Francisco I no es el mío, como sí lo era el de Benedicto XVI, me ha admirado más hallar en él, casi idéntica, la fórmula con la cual Ratzinger formulara ante Sarkozy, en el París de 2008, el esplendor laico como la mayor aportación del siglo XX a la plenitud católica. Ratzinger elogiaba entonces "una laicidad que une y dialoga, no una laicidad que excluya o denuncie", y ve en ella una "nueva reflexión sobre el verdadero sentido y sobre la importancia de la laicidad", que "insista en la distinción entre lo político y lo religioso, con el fin de garantizar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos cuanto la responsabilidad del Estado hacia ellos". Bergoglio enuncia ahora cómo "la convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad". Y eso define a la Europa católica. También a la de los, como yo, ateos. La certeza de que lo santo no es definido por signos confesionales. Se equivoca el ateo que no se sabe hermano del asceta. Y a la inversa».

Impresionante. Resulta que el catolicismo romano es la garantía de la "laicidad" y la separación de la iglesia y el estado. Resulta que Bergoglio y Ratzinger nos abren los ojos sobre el concepto de libertad religiosa, que durante siglos la institución que encabezan se ha dedicado a combatir con saña. El catedrático de Filosofía ha olvidado que la posición oficial de Roma hasta el Concilio Vaticano II es la que sintetiza el Syllabus de Pío IX (1864), en el que se condena enfáticamente a quienes defienden que «todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera», y a quienes creen que «la Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta», en el que se abomina de la separación de la Iglesia «del Estado y el Estado de la Iglesia», y se defiende que la religión católica romana ha de ser «tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos». Y aunque el Vaticano II contradijo explícitamente estos posicionamientos, el Syllabus, como el resto de documentos conciliares de la historia, jamás ha sido ni será derogado por el papado, entidad experta en el Principio de Sí Contradicción.

Albiac olvida por completo la aportación de la Reforma protestante, y hasta parecería que el humanismo y la Ilustración, en los que nuestro filósofo asienta sus fundamentos filosóficos, palidecen ante la gran aportación católica, exaltada hasta extremos propios del peligrosísimo discurso vaticano sobre las "raíces cristianas de Europa".


Los ateos católicos

Tal es la fascinación que ejerce hoy el papado, incluso sobre mentes supuestamente hipercríticas como el filósofo Gustavo Bueno (otro materialista antirreligioso que ya antes que Albiac se declaró ateo católico). Algunos no creyentes hacen ese recorrido a partir de su visceral odio a la izquierda (tal sería el caso del historiador Pío Moa), otros desde el odio al islam (como el propio Albiac o la fallecida periodista Oriana Fallaci). En Italia constituyen todo un movimiento, con figuras como el político Marcello Pera, los "marxistas ratzingerianos" y los llamados "ateos devotos", cercanos a los teocons.

Para tender puentes con ateos y agnósticos, Benedicto XVI inauguró una iniciativa denominada Atrio de los Gentiles; este nombre evoca el espacio del Templo de Jerusalén al cual podían acceder los no judíos, estando el resto del edificio vetado para ellos. La simbología que el Vaticano promueve es clara: el papado constituye el lugar santísimo del templo de Dios, pero los no creyentes pueden acercarse a la divinidad por mediación del "sumo pontífice" papal. Como en los demás procesos de diálogo en los que participa, el papado siempre se sitúa en el centro, y es quien convoca a los demás para que acudan a su llamado (ver Ecumenismo y autoridad).

Cualquier cristiano debe celebrar que los no creyentes se acerquen a los asuntos espirituales (igualmente, los auténticos cristianos deben estar abiertos al diálogo con todos los colectivos). El problema es que estos ateos católicos centran su interés ante todo en la "tradición cristiana", y conciben al papado como máximo y fiel representante de la misma. No hay una aproximación al cristianismo genuino y al pensamiento bíblico. Fascinados por que una figura de tanto poder como el papa se pronuncie en clave aperturista y liberal, olvidan que el Vaticano fue uno de los últimos en subirse al carro de las libertades, e ignoran la forma sutilmente engañosa en que lo ha hecho. Ante tales admiradores quedan eclipsadas todas las ambiciones mundanas que rodean a esta institución político-religiosa con pretensiones supremacistas.

Para colmo, en el campo de la increencia no parece que haya alternativas dignas de destacar: el "nuevo ateísmo" de Dawkins, Hitchens y compañía parece dirigir sus esfuerzos más a demostrar científicamente que Dios no existe, que a colaborar con los creyentes genuinamente laicistas (cada vez más escasos, cierto es…) en poner límites a la invasión de la esfera pública por parte de la oleada reconfesionalizadora. Apenas existe un movimiento que congregue creyentes y no creyentes en defensa de la libertad religiosa y de conciencia y de la separación del estado y las instituciones religiosas, especialmente aquellas cuyo objetivo secular es la intromisión y el dominio de los asuntos públicos. En cuanto a este asunto, vivimos malos tiempos para el mensaje de Jesús, radicalmente antijerárquico y anticlerical.

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