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El autobús de Hazte Oír (II): El debate sobre la transexualidad
© Simón Itunberri (@SItunberri / situnberri@gmail.com)
www.laexcepcion.com (5 de marzo de 2017)

En la primera parte de este artículo, El autobús de Hazte Oír (I): ¿Libertad de expresión o transfobia?, expuse los motivos por los que en casos como estos debe primar la libertad de expresión sobre el prohibicionismo.

Analizaremos aquí el otro asunto en juego: el debate sobre la transexualidad.


¿Hace daño a los niños transexuales?

Resultado de imagen de cartel campaña niños transexualesMuchos defienden que se prohíba el autobús de Hazte Oír porque consideran que su mensaje puede hacer daño a los niños transexuales. Así lo expresa una niña transexual en este vídeo: “Estas estupideces que hace la gente pueden frenar a algunos niños por miedo al rechazo”.

Es bien sabido que muchos niños y niñas en algún momento juegan a ser del sexo opuesto, o incluso sienten que lo son, pero eso no necesariamente implica transexualidad, pues en muchos de ellos no se desarrolla esa identidad, sino que pasado un tiempo viven su sexualidad de acuerdo a sus genitales, como la inmensa mayoría de las personas. Parece bastante evidente que, al margen de los factores genéticos, factores ambientales pueden fomentar en los niños la convicción de que son del sexo opuesto.

Teniendo en cuenta esta realidad, quienes creen que el autobús de HO es dañino deberían considerar si también el cartel de Chrysallis al que aludíamos en la primera parte del artículo podría hacer daño a esos niños que no son transgénero. El proceso de cambio de género es largo, complejo y delicado (no sólo psicológica, sino también físicamente: tratamientos hormonales, operaciones…), y a veces traumático por no conseguir los resultados esperados. ¿No habría que evitar por todos los medios posibles que quien no lo necesite no sea sometido a él?

Una cosa es informar sobre la realidad transgénero en sesiones en las que pueda haber razonamiento y feed-back; otra cosa son los mensajes visuales que buscan el impacto emocional, y que quizá podrían fomentar “casos falsos” de transexualidad, con el dolor consiguiente para quienes los vivan.

Ante el simplismo de Chrysallis (“Así de sencillo”), Hazte Oír ofreció una respuesta también simplista (“Que no te engañen”). ¿Deberían prohibirse campañas de este tipo? No, pero sería deseable que todas estas organizaciones consideraran bien sus estrategias comunicativas.


Reacción a la intransigencia secular

La ideología de género es una de las corrientes dominantes en la sociedad y la política actuales, no sin oposición de algunos sectores. Forma parte del movimiento de lo políticamente correcto, que en su afán de eliminar cualquier atisbo de marginación, exclusión o discriminación de individuos o minorías, suele incurrir en algunos excesos.

Por otro lado, algunos de los que critican el pensamiento políticamente correcto tienden a idealizar el pasado, cuando lo cierto es que este tipo de pensamiento, llevado a su extremo, es el reverso de las tendencias impositivas de todos los tiempos. En las sociedades tradicionales ha existido siempre una presión moral, religiosa, social y política ajustada a la ideología dominante. Lo habitual (lo políticamente correcto) era que “herejes”, zurdos, discapacitados, homosexuales, “subnormales” (así se llamaba a las personas con síndrome de Down hasta hace no tanto), “brujas”, negros, “salvajes”, dementes… sufrieran o discriminación, o represión, o desatención, o marginación, o una combinación de todo ello y, en los casos más graves, encarcelamiento y hasta muerte.

Esto ayuda a comprender que muchos asocien hoy a organizaciones tradicionalistas y confesionalistas como Hazte Oír con un intento de regresar a aquellos tiempos. Hay que saber ver que entre los motivos del giro histórico actual hay al menos uno que es positivo: el ideal de construir una sociedad en la que cualquier persona, por muy diferente que sea a la mayoría, pueda sentirse aceptada y reconocida.

Pero este avance no puede hacerse imponiendo a la sociedad una única ideología, ni reprimiendo las convicciones de los demás, porque de este modo estaríamos basculando hacia el extremo contrario, como ya viene ocurriendo en casos como el que nos ocupa y muchos otros. Es fundamental comprender que las libertades de conciencia y de expresión consisten ante todo en permitir y proteger la comunicación de ideas que resultan incómodas a otros (sean la mayoría o minoría). La convivencia de diferentes cosmovisiones y prácticas es lo que caracteriza a las sociedades libres.


Sugerencias para Hazte Oír (y para todos)

Como ya he dejado claro, que defienda el derecho de Hazte Oír a hacerse oír no significa que simpatice con las campañas de esta organización. Pero creo en la capacidad de evolucionar de las personas (empezando por mí mismo), capacidad que sólo se desarrolla mediante la interacción con los diferentes. Por eso me atrevo a sugerir lo siguiente tanto a Hazte Oír como a quienes se oponen visceralmente a ellos:

  • Hay que evitar mensajes rotundos y simplistas que no admiten matices.

  • No hay que dejar de exigir que se puedan oír las voces de otras personas, especialistas y colectivos que discrepan del pensamiento dominante, pero conviene hacerlo facilitando esa participación con un espíritu de confrontación de ideas, no de enfrentamiento social.

  • Conviene abandonar la estrategia prohibicionista, y en su lugar propiciar espacios y medios en los que representantes de diferentes posiciones puedan intercambiar sus argumentos públicamente.


La transexualidad, un tema abierto

La ideología de género entiende que la identidad humana no está restringida a dos sexos (hombre / mujer), sino que existe una diversidad prácticamente infinita de identidades de género. Por el contrario, según el lema del autobús de HO, la transexualidad no existiría: no parece que pueda entenderse de otro modo la frase “Si eres mujer, seguirás siéndolo” (es cierto que luego en las declaraciones a la prensa matizan esa interpretación).

Son visiones irreconciliables. Lo cierto es que la transexualidad es un fenómeno muy complejo, en proceso de investigación, que no se puede reducir a lemas simplificadores, y sobre el que existe más debate que el que los medios (de una u otra tendencia) suelen reflejar. Entre los propios transgénero, algunos entienden que su condición es inevitable (dada por la naturaleza) y otros creen que es una opción; unos la perciben como una identidad fija, otros como una identidad fluida.

Véase por ejemplo este breve vídeo en el que cuentan su experiencia dos personas que fueron transexuales y decidieron “regresar” a su sexo original. ¿No merecen la máxima atención y respeto? ¿Alguien se atrevería a acusarlos de “transfobia”?

Se están dando casos que de momento provocan alarma, pero que previsiblemente serán cada vez más frecuentes. Por ejemplo, hay escuelas del Reino Unido en las que se pregunta a niños de tres años con qué género se identifican (o si no se identifican con ninguno), y se solicita a los padres que respeten la opción de sus hijos; una medida que solo puede contribuir a crear confusión y daños siendo que está demostrado que el 84% de niños menores de 12 años ha experimentado disforia de género, y cuando llegan a la pubertad esta persiste solo en un 15%, según un informe médico holandés. El porcentaje de niños que solicitan cambio de género (algunos a edades muy tempranas) está aumentando en proporciones tan altas (en torno al 1.000% en cinco años en el Reino Unido) que es inconcebible que se deba a que más niños se animan a “salir del armario”, y todo apunta a que influyen los condicionantes sociales.

Ante un asunto tan complejo, las familias deben tomar decisiones difíciles. No es “así de sencillo”, como dice Chrysallis. Pero creo que es puro sentido común tomar como criterio general que si un niño manifiesta tendencia a la transexualidad, es preferible ir observando sus inclinaciones y evitar cualquier intervención hormonal (no digamos quirúrgica), aun a riesgo de que pueda sentirse incómodo, y al alcanzar una edad adecuada dejar que decida por sí mismo, a precipitarse en catalogarlo en una categoría y marcarle psíquica y físicamente de modo irreversible, con el riesgo de que al crecer pueda sentirse insatisfecho o frustrado.


Por un debate plural

Por supuesto, la expresión de convicciones opuestas y la vivencia de prácticas diferentes generan conflictos. Pero es que los conflictos son consustanciales a cualquier colectivo humano, por pequeño que sea. Ahora bien, esos conflictos no pueden resolverse mediante la búsqueda de la uniformidad, pues ello lleva inevitablemente al totalitarismo. Por eso hay personas que sienten que se les impone una dictadura ideológica, porque se trata de silenciar su voz no mediante el diálogo o el argumento, sino mediante el decreto, la normativa, la censura y hasta la estigmatización.

Lo triste es que, como ha escrito Pacífico de Vocación (en mensaje personal), «en lugar de debatirse sanamente, asistimos al afán de las dos partes por imponer su propio pensamiento único, reprimiendo y (a)callando a la otra parte. Pero lo peor es que esto ocurre con este tema y con mil más (memoria histórica, tauromaquia, derechos de los animales, feminismo, islam, refugiados, etc., etc.). Cada vez hay menos intercambios constructivos, buscadores de la verdad, y más moral del linchamiento

Todo tiende a polarizarse, y cada medio de comunicación normalmente ofrece solo los datos que puedan apoyar las posiciones previamente asumidas como verdad. No hay medios que ofrezcan auténticos debates.

Se da la paradoja de que el paradigma dominante hoy es, o dice ser, relativista, pero a la hora de la verdad se impone de forma implacable. Como ha ocurrido siempre, los gurúes de la ideología políticamente correcta no son capaces de prever que con toda probabilidad en el futuro muchos de sus postulados incuestionables y “científicos” serán refutados y sustituidos por otros que quizá ahora ni imaginemos (¿quién habría imaginado hace veinte o treinta años la variedad de ideas sobre estos asuntos que hoy se consideran normales?). Ya se ha dado al menos un caso de “transedad” asociada a la transexualidad: un hombre de 52 años afirma ser una niña de seis, y vive como tal.

Quizá los “modernos” de hoy sean los rancios del futuro. Por ello, solo el que es capaz de escuchar a todos está orientado hacia la libertad.


¿Una sociedad libre?

Vivimos en el tiempo de los eslóganes, los tuits, los memes, los carteles, los anuncios de quince segundos, los titulares… Las campañas de concienciación se ajustan a esos formatos atolondrados, y las respuestas a las mismas son igualmente precipitadas. Como escribí en No nos ofendamos tanto y debatamos razonadamente, lo que realmente harían falta son campañas que promuevan la participación, en la que se priorizaran los debates plurales, se promoviera el respeto a todas las personas (incluso a las que sostienen ideas que la mayoría considera descabelladas) y se buscara la refutación mediante el argumento y no mediante la descalificación.

Me temo que, debido a factores como el ritmo vertiginoso de nuestro estilo de vida (acríticamente aceptado por la inmensa mayoría) y a la engañosa sensación de libertad que provoca la sociedad de consumo, el objetivo de construir una sociedad realmente democrática es hoy por hoy imposible de lograr. Pero no por ello quienes creemos que es un ideal que merece la pena dejaremos de luchar por conseguirlo.

Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas.

Leer también: El autobús de Hazte Oír (I): El debate sobre la transexualidad

Fuente de la imagen: Diario de Navarra.

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